62 Nueve vecinos
Presidía la magistrada Carmen Aisa Trallero, cincuenta y siete años, veintiocho de carrera y una fama de tener el reloj más exacto de Aragón.
El jurado quedó constituido con nueve titulares y dos suplentes: una peluquera de Alcañiz, un jubilado de Utrillas, dos administrativos de Teruel, una enfermera de Calamocha, un mecánico de Monreal del Campo, una profesora de secundaria de Andorra, un agricultor de Cella y una mujer de cincuenta y tres años de Villarquemado que durante nueve días tomó apuntes como si le fuera la vida en ello.
Elisa Bádenas Monfort entró la primera, entre dos agentes, con un jersey gris y el pelo recogido. Se sentó y miró al suelo.
En la segunda fila del público estaban Pura Lahoz, con el abrigo bueno, y la hermana de Marisol Sanz, que se llamaba Ana y que durante todo el juicio llevó una chapa con la foto de una mujer sonriendo delante de un mapa de España torcido.
El fiscal Monzón expuso su tesis en catorce minutos.
—Señoras y señores del jurado, este juicio no va de dinosaurios.
Va de un correo electrónico enviado a las once y cuarenta y un minutos de la noche del 3 de octubre de 2026 y de lo que ese correo puso en marcha.
Y va de una maestra de cuarenta y cuatro años que encontró once piedras en el armario de una escuela que cerraba, hizo cuatro fotografías con el móvil y avisó a quien creía que debía avisar.
El letrado Berdejo expuso la suya en veintiséis.
—Señoras y señores, mi cliente cometió hace veintisiete años un fraude académico del que se avergüenza y por el que ya ha sido condenado por la única instancia que le importaba, que es su gremio.
Se le juzga hoy por algo muy distinto: por lo que otra persona decidió hacer una noche de octubre, sola, en un monte, durante cuatro horas, sin hablar con nadie.
Y eso, por muy trágico que sea, no lo hizo él.
La magistrada Aisa miró el reloj de la pared.
—Practíquese la prueba. Comparezca el primer testigo.