Turoliense Epílogo
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Epílogo

24 de junio de 2028

El panel nuevo se puso en la plaza de Cañigral de la Sierra un sábado de junio, sin discursos, porque el pueblo había votado en concejo abierto que no hubiera discursos.

Era de acero cortén, con las letras recortadas, y lo había pagado a medias el ayuntamiento y la Fundación Dinópolis, y decía lo siguiente:

YACIMIENTO DE LA UMbrÍA DEL SABINAR

LOCALIZADO EN MAYO DE 1999

POR BENJAMÍN LAHOZ MUNIESA, VECINO DE ESTA LOCALIDAD

EXCAVADO CIENTÍFICAMENTE DESDE 2027

LA COMUNIDAD CIENTÍFICA HA PROPUESTO PARA ESTE SAURÓPODO

EL NOMbrE DE TUROLOTITAN LAHOZI

Debajo, en letra más pequeña, había cuatro líneas que costaron cinco reuniones:

«Este municipio reconoce que durante veinticuatro años atribuyó el hallazgo a un lugar y a unas personas que no correspondían. El error se mantuvo a sabiendas. Lo hacemos constar aquí para que se sepa, y para que no vuelva a pasar.»

Vinieron unas ciento veinte personas, que para un pueblo de treinta y uno es una multitud.

Vino Consuelo Garcés con dos estudiantes.

Vino Berta Aranda desde Jaca, que no conocía a nadie y se quedó a comer.

Vino Ana Sanz con su hija. Vino Chesús Piquer de uniforme y sin que nadie se lo pidiera.

Vino Ovidio Maícas con su botella de oxígeno portátil y se sentó en la sombra.

El centro de interpretación había reabierto en abril con la mitad del personal, una sala nueva de doscientos metros cuadrados dedicada a la historia del propio yacimiento —incluida la falsificación de la procedencia,

con facsímiles de las hojas cuadriculadas y de la libreta— y un cartel en la entrada que se había hecho viral en marzo: LO QUE ENSEÑAMOS MAL DURANTE VEINTICUATRO AÑOS.

Los visitantes de mayo habían sido un treinta y un por ciento más que el mayo anterior a todo aquello, lo cual dio a la comarca varias semanas de conversaciones incómodas sobre la naturaleza humana.

Pura Lahoz descubrió el panel tirando de un cordón y después se apartó enseguida, porque no le gustaba que la mirasen. Se quedó en el borde de la plaza, junto al bar, con un vaso de gaseosa en la mano.

Nieves Escriche se acercó a ella.

—Está bien puesto —dijo Pura.

—Está bien puesto.

—Le he traído una cosa. —Sacó del bolso una caja de zapatos vieja, atada con una goma—. Es de las suyas. De las del corral. La abrí anteayer.

Nieves levantó la tapa. Dentro había once trozos de piedra envueltos en papel de periódico, y dentro de cada envoltorio un papelito con el sitio y el día.

—No sé qué hacer con ellas —dijo Pura—. Ya no valen para nada, ¿no?

—Valen para la sala nueva.

—Pues déselas usted, que a mí me da cosa.

Se quedaron las dos mirando la plaza, la gente, los críos jugando alrededor de la fuente.

—¿Usted sigue en Teruel? —preguntó Pura.

—Sigo en Teruel.

—Bien. —Pura Lahoz bebió un poco de gaseosa—. Aquí hace falta gente que se quede.

A las dos y media, cuando empezó a apretar el sol, Nieves cruzó la plaza hacia el bar, donde un hombre alto y ancho de hombros esperaba con dos cafés y con un perro viejo tumbado a la sombra de una silla, y en el rellano de la pista de la Umbría había un todoterreno sucio con el portón abierto,

y arriba, en la ladera de la Hoz Seca, dos lonas azules aguantaban el viento sobre una excavación que iba a durar veinte años.

Y bajo las lonas, en un metro cuadrado de arenisca gris amarillenta, dormía desde hacía ciento cuarenta y cinco millones de años el resto del animal, esperando que alguien lo sacara despacio, con cuidado y con el nombre bien puesto.