Curro Bohórquez lleva ocho veranos paseando turistas por el casco antiguo de Cádiz vestido de don Amaro de la Sal, un contrabandista del XIX que se inventó él una noche en una barra y del que se sabe la biografía entera porque se la inventó también.

Nunca cuenta la ruta dos veces igual, cobra a taquilla inversa y jamás ha firmado un contrato de más de tres meses.

Él dice que es de temporada, como los helados.

Lo que no estaba en el plan era Martín Bermejo: guía titulado, de Teruel, con guion escrito, cuarenta y siete minutos cronometrados y la costumbre de comprobarlo todo dos veces.

El jefe ha comprado la empresa de al lado, ha decidido que a partir de esta noche la ruta la hacen dos, y solo hay una levita.

Un disfraz. Dos maneras opuestas de contar la misma ciudad. Setenta y cinco noches de verano y una prueba con tres agencias el doce de septiembre, que es el día en que el jefe les ha pedido, por favor, que no discutan delante del cliente.

Entre pullas a cuarenta grados, una abuela que lleva escrita en la nevera la lista de la gente a la que ya no piensa saludar, una peluquera que jura por objetos cada vez más pequeños, una hermana que habla por megafonía aunque no haya megafonía y un levante que pone a media Cádiz de mal humor,

Curro y Martín van a descubrir dos cosas: que el contrabandista puede que existiera de verdad, y que hay veranos que uno no quiere que se acaben.

Una comedia romántica gay luminosa, con ternura a raudales, secundarios que se lo roban todo y un final feliz garantizado. Para quien quiera reírse mucho, emocionarse un poco y cerrar el libro con buen cuerpo.

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