Sígueme, por favor Curro #2
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Curro #2

¿Tú sabes lo que es cruzar la calle Ancha el domingo de Piñata?

Hace frío del que se mete por las mangas.

Hay romanos con plumíferos por encima de la coraza, hay una familia entera vestida de sardinas y hay un señor de sesenta años disfrazado de sí mismo, con un cartel colgado del cuello que pone MISMO SEÑOR DEL AÑO PASADO.

Por la Palma bajan tres grupos a la vez y ninguno de los tres se aparta.

Pasamos por la oficina a las doce a dejar la caja de las entradas, porque el martes hay ruta y porque si no la dejamos hoy no la deja nadie. Dentro hace más frío que fuera y huele a cerrado.

Encima de la mesa de Basi, de pie contra la pared y apoyado igual que un diploma, sigue el cuaderno de anillas con las ciento tres páginas en blanco, y lleva ahí desde septiembre, y no lo ha tocado nadie ni para quitarle el polvo.

Martín entra delante, deja la caja en la mesa plegable, y al pasar le da un golpe al ventilador de pie con el canto de la mano, sin mirarlo y sin pararse, y el ventilador coge la vuelta y empieza a mover el aire helado de un lado a otro de la oficina.

— Ese aparato lleva doce años pidiendo que lo tiren — digo.

— Funciona.

— Funciona a hostias.

— Funciona.

Martín está moreno. Está moreno en febrero, en Cádiz, con nueve grados, porque lleva desde noviembre haciendo las rutas de la mañana, las de los cruceros y las de los colegios, tres horas al sol cada día laborable, mientras yo me quedo en ese bajo con los papeles del trimestre y con el teléfono.

Yo estoy más blanco que él, y eso no pienso reconocerlo en voz alta ni bajo tortura.

Las cajas de la mudanza ya no están detrás del sofá. Dos las bajó él al contenedor en octubre sin preguntarme y las otras cuatro están en el altillo con la ropa de invierno dentro, y me consta que las llenó por orden de talla.

Salimos y echamos a andar hacia San Antonio por donde se puede, que hoy no es por donde se quiere, y hay que meterse por Rosario y salir por la Compañía dando un rodeo de diez minutos para hacer un camino de cuatro.

Delante del hostal siguen las vallas de la obra, el agujero dentro y el cartel con la fecha de finalización que pasó en abril.

En la plaza de San Antonio hay una comparsa cantando encima de una furgoneta y ciento y pico personas alrededor.

Se llaman Los que vienen a decirnos. Van vestidos de guía turístico de los años setenta, con pantalón corto beis, calcetines altos, gorra de plato y un paraguas cerrado cada uno, y en el estribillo levantan los doce paraguas a la vez.

Yeray va en la segunda fila, con su gorra de plato y su paraguas y su propia cara, y desafina de una manera que se oye limpia por encima de los otros once.

La copla va de unos guías que se han apoderado del casco antiguo y que cobran por enseñar lo que es de todos, y en la tercera cuarteta nombran a un contrabandista de sal, y no lo nombran por nosotros, según jurará Yeray toda su vida, y la calle se ríe igual.

— Ese es Yeray — dice Martín.

— Segunda fila.

— Va desafinado.

— Va contento.

En la esquina de la Compañía hay un puesto de churros con una cola que no avanza, y en la cola hay dos romanos, un pirata y una señora de ochenta años vestida de abeja, y todos esperan con esa paciencia de febrero que no se parece a la de agosto y que también es paciencia.

En mitad de la cola hay una niña con una diadema de plástico puesta por encima del gorro de lana, y Martín se para en seco, se agacha y le dice una cosa al oído, y la criatura se vuelve hacia su madre gritando que sí tenían.

— ¿Sí tenían qué? — digo.

— Gatos.

Toñi aparece por detrás con dos vasos de plástico y con un abrigo de pelo que no es de esta época ni de ninguna. El segundo espejo lo puso en enero, con la moldura del hombre de Chiclana.

— Te lo juro por la tercera balda del armario de los tintes — dice — que si vuelven a cantar la del alcalde me pongo yo a llorar aquí en medio.

Encarna está sentada en una silla plegable que le ha bajado mi hermana, con manta en las rodillas y con un termo, y ha bajado a la calle a las once y media sin pedirle permiso a nadie.

— Ese de ahí — dice, señalando con la barbilla a un hombre que reparte pegatinas —. Ese va a la lista.

— ¿Qué te ha hecho?

— Todavía nada.

Y por encima de todo, la megafonía. Rocío ha sacado el trenecito con la campana y una guirnalda y lo lleva vacío, dando vueltas por el casco antiguo con el micrófono abierto para consternación de la autoridad competente.

— ¡A su derecha, señoras y señores, mi hermano, que ha firmado un contrato indefinido y no se lo ha dicho a nadie!

No contesto. Sigo andando. Martín, a mi lado, se ríe con la boca cerrada y mirando al frente, y esa es su manera de reírse cuando no quiere que se le note.

Nos quedamos ahí un rato largo con los vasos de plástico, entre el abrigo de pelo de Toñi, la silla plegable de mi abuela y doce hombres vestidos de guía turístico de mil novecientos setenta y cuatro, y me doy cuenta a las dos menos cuarto de que llevo semanas sin hacer la cuenta de lo que me queda.

A las dos y media la plaza es imposible. La comparsa se ha bajado de la furgoneta y ha empezado otra vez desde el principio, con más gente, y Yeray sigue desafinando, y ya no cabe un alma entre San Antonio y la Compañía.

Le cojo a Martín por la manga del abrigo y tiro.

— ¿Adónde vas?

— Ven.

Bajamos por la Compañía, cortamos por Botica y salimos al Pópulo, que a esta hora está casi vacío porque el carnaval está donde está la gente. Los ruidos llegan de dos calles más allá, apagados, con el bombo por delante.

Entramos en el callejón del Sereno: seis metros de largo, la reja al fondo, la farola parpadeando igual que parpadeaba en julio. Hace más frío aquí que en la plaza. Martín se sube el cuello del abrigo con las dos manos y se apoya en la pared de la izquierda.

— Aquí es donde te dije lo de la casilla seis — digo.

— Aquí es donde me diste la levita.

— Aquí es donde te di muchas cosas.

— Aquí es donde me diste una levita corta de mangas.

Me río. Se me nota el aliento con el frío. Le miro un rato y él me deja mirarle, cosa que en julio no sabía hacer.

Y entonces se saca del bolsillo de dentro del abrigo la libreta de tapa dura, la de la goma, y se queda con ella en la mano, y se le nota lo que le cuesta igual que se le nota a otro un esfuerzo físico.

— Yo esto no lo sé decir — dice —. Lo he escrito.

Y me la da.

La abro por donde tiene puesta la goma, que es una hoja limpia, y en la hoja hay una sola línea, con su letra derecha y con boli azul.

Sin fecha de fin.

Cierro la libreta, le pongo la goma y me la meto en el bolsillo del abrigo, que es el mío y no el suyo, y él me deja hacerlo.

Después doy un paso atrás y le tiendo la mano con la palma hacia arriba, con el gesto de los guías malos, el de los del paraguas.

— Sígueme, por favor.

— ¿Adónde?

— Yo qué sé, Martín. Tú sígueme.