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Curro

El doce de septiembre esta ciudad amanece de otra manera y no hay quien lo explique sin ponerse pesado.

La luz entra más baja por las calles que van al mar, en los escaparates de la calle Ancha han quitado las esterillas y han puesto cuadernos, y en el pasillo de la fruta del Mercado ha vuelto la señora de los higos, que se va en junio y aparece en septiembre y a la que este barrio recibe con más entusiasmo que a un pariente.

A las siete de la tarde estamos los cuatro en la oficina y Basi lleva la camisa metida por dentro, cosa que le he visto hacer en dos bodas y en un juicio, y una corbata color vino que llevaba desde agosto buscando en el cuarto del vestuario y que ha aparecido esta mañana detrás del calentador.

— Carpetas — dice, y las levanta en abanico —. Tres. Una por agencia. Dentro va el dosier, la hoja de tarifas y una tarjeta.

— ¿Y ese precio?

— Ese es el precio nuevo.

— Basi, eso es un cuarenta por ciento más.

— Es un treinta y ocho. Lo he calculado yo tres veces con la máquina de la mesa. Y es un producto que no se puede comprar en otro sitio, y a las cosas que no se pueden comprar en otro sitio hay que ponerles un precio que se note, porque si no la gente cree que se pueden comprar en otro sitio.

Yeray sale del cuarto del vestuario con la levita en las manos, planchada, con las mangas sacadas por Encarna y con un remate por dentro que ha quedado, todo hay que decirlo, mejor que el original.

— Yo me apunto a lo que sea esta noche — dice.

— Tú sales con la linterna en la séptima, como siempre.

— Pero por si acaso.

Vienen cuatro personas. De Nautilia, Carmen Prieto y un chico joven, Diego, que no suelta el móvil en toda la noche aunque luego está tomando notas.

De Aljarafe, un hombre grande, Paco Estepa, que llega antes de tiempo y se disculpa dos veces por ello.

Y del Grupo Escala, Silvia Roldán, que escribe además en una revista del sector y que trae un cuaderno de verdad, de papel, cosa que a Martín le cambia la cara nada más verlo.

Basi los recibe en la puerta de uno en uno, les da la mano con las dos manos y a nosotros nos presenta con nuestro cargo correspondiente, y a estas alturas del año yo ya no sabría decir si se los inventa sobre la marcha o si se los cree.

— Nuestro director de rigor histórico — dice, señalando a Martín —. Y nuestro director de atmósfera.

— ¿Cuál de los dos es el que se disfraza? — pregunta Paco Estepa.

— Los dos — digo yo —. Uno por fuera y otro por dentro.

Y arrancamos.

Yo he trabajado nervioso muchas veces, porque esto es un oficio de calle y en la calle no hay red, pero nervioso por cuatro personas con carpeta no lo había estado nunca, y me dura hasta el minuto tres.

Somos treinta y una personas contando a las cuatro de las agencias, y a las nueve y cinco salgo por el Arco de los Blanco con la levita puesta y con la hebilla abrochada por arriba, y en los primeros pasos ya sé que la noche va a ir bien, porque hay una mujer en la tercera fila que se ha reído antes de que yo diga nada.

Y la hacemos igual que la hemos ido haciendo desde julio, que ya no se parece a la de julio ni en el orden de las paradas.

Martín pone la muralla, el número de casas del recinto en mil ochocientos treinta y uno y las tres fechas que hacen falta, y las pone rápido, y ha aprendido a dejar la última palabra en el aire para que yo la coja.

Yo pongo a la gente: muevo a treinta y una personas por seis calles sin perder a nadie, me llevo a los dos niños a la primera fila en la segunda parada porque los niños en la última fila se aburren y aburren a sus padres, y en el Arco de la Rosa le robo a Martín una frase a mitad y la termino yo mal a propósito para que me corrija, y me corrige, y la gente aplaude.

Está en el guion que hicimos nosotros hablando en una escalera, no en el que se quedó en la mesa de Basi.

Yeray sale en la séptima con la linterna y llega tarde, porque llegar tarde hace gracia y eso ya no se toca.

Y hay una cosa más que no estaba en julio, y es que a mitad de ruta dejamos de repartirnos el trabajo.

En julio él ponía las fechas y yo ponía a la gente y los dos vigilábamos la frontera.

Esta noche, en la quinta parada, Martín cuenta lo del hombre que subía la sal en un carro con doble fondo, y lo cuenta con la forma que tiene una historia y no con la que tiene un dato, y yo me callo y le dejo terminar, y tarda bastante más de lo que tardaría yo y merece la pena hasta el final.

Terminamos en el callejón del Sereno a las nueve y cincuenta y dos.

Cuento el final. El aduanero, la partida de sal, la mujer que no abre la puerta. Lo cuento con la pausa donde la pone él y con la vuelta de en medio que yo le daba y que ya no le doy, y cuando termino, en el callejón hay un silencio de los que se pagan.

Y entonces Silvia Roldán, que lleva toda la ruta escribiendo en el cuaderno de papel y no ha abierto la boca ni una sola vez en cincuenta minutos, levanta la mano igual que en clase.

— ¿Y esto es verdad?

Yo abro la boca. No me da tiempo.

— El personaje no está documentado — dice Martín, desde la boca del callejón —.

Hay un Amaro Salas en el padrón de mil ochocientos cincuenta y siete, en el cuartel tercero, y hay una multa de aduana de mil ochocientos cuarenta y nueve por sal sin sellar.

No se puede probar que sean el mismo hombre y no se va a poder probar nunca.

Treinta y una personas giran la cabeza hacia la boca del callejón a la vez, y las cuatro de las agencias son las últimas en girarla porque estaban mirándome a mí y no se lo esperaban.

— ¿Tú te crees que este hombre me hace esto? — digo —. ¿Aquí? ¿En mi callejón?

— Te lo hago todas las noches.

— Y yo te contesto que el nombre lo decía mi bisabuelo en una cocina de la calle Virgen de la Palma.

— Tradición oral sin cadena de transmisión documentada.

— Eso es mi bisabuelo, Martín.

— Tu bisabuelo no es una fuente.

— ¡Mi bisabuelo es la única fuente!

Alguien se ríe al fondo. Paco Estepa, de Aljarafe, se ríe con toda la boca y se le nota que lleva un rato esperando reírse.

Basi da un paso adelante con las tres carpetas contra el pecho y abre la boca para meter cuchara, y entonces mira a los cuatro y ve lo que está pasando, y cierra la boca y da un paso atrás.

El seis de julio, en esa oficina, con el ventilador dándonos por turnos, Basi nos pidió una sola cosa: que el doce de septiembre no discutiéramos delante del cliente. Ha aguantado hasta el minuto cuarenta y cuatro.

— Vamos a ver — dice Martín, y saca la libreta, y en un callejón de seis metros con treinta y una personas dentro se pone a buscar una página —. Yo no digo que no exista. Yo digo lo que se puede sostener.

— Y yo digo lo que se cuenta aquí desde antes de que tú supieras dónde estaba Cádiz.

— Yo sabía dónde estaba Cádiz.

— Tú sabías dónde estaba el archivo.

— El archivo está en Cádiz.

Silvia Roldán está escribiendo en su cuaderno de papel a toda velocidad. Carmen Prieto tiene los brazos cruzados y una sonrisa que no se molesta en disimular. El chico del móvil está grabando.

— Perdonad — dice Carmen —. ¿Esto lo hacéis todas las noches?

— Todas — decimos los dos a la vez.

— ¿Y cuánto dura esta parte?

— Cuarenta y siete minutos la ruta — dice Martín —. Esto va aparte y no está cronometrado.

— Esto dura lo que haga falta — digo yo.

Y Basi, desde atrás, con las tres carpetas contra el pecho y la camisa metida por dentro, suelta la frase de su vida.

— Eso lo llevamos ensayando desde julio.

A las once menos cuarto estamos en El Bombo, y Manolo Rendón, que se ha enterado por su cuñado de que venían cuatro de agencias, ha sacado las cañas en las copas buenas y se ha peinado, cosa que noto yo y no piensa notar nadie más.

Carmen Prieto quiere fechas para octubre y para el puente.

Paco Estepa quiere saber si se puede hacer con grupos de cincuenta y Martín le dice que no, que treinta y cinco, y no se mueve de ahí en diez minutos.

Silvia Roldán me pregunta cómo se me ocurrió el nombre y yo le digo la verdad, que no se me ocurrió a mí, y ella escribe eso también.

Y al final de la noche, cuando ya se han ido, Basi se queda en la puerta del bar con la última carpeta debajo del brazo y saca el móvil y nos enseña la pantalla.

— Los de Málaga. Tres llamadas esta semana y una hace veinte minutos.

Quieren la licencia del formato: seis mil por la firma y ochenta euros por pase, y ellos ponen a su gente.

— Se rasca la ceja con el canto del móvil —.

He echado la cuenta en una servilleta y sale a catorce mil el primer año.

Catorce mil, Martín. Con eso yo paso el invierno sin pensar.

Martín no contesta. Tiene la carpeta de Nautilia debajo del brazo y la aprieta contra el costado sin enterarse de que la aprieta, y yo le miro las manos porque llevo desde julio aprendiendo a mirarle las manos.

Lo que se vende en Málaga es un papel con su nombre en la primera página.

Once años de oficio y es lo primero que iba a llevar su nombre delante, y lo iba a llevar en Málaga, y en Sevilla, y en un catálogo con un número al lado.

— Basi — dice.

— Dime.

— Con la primera página en blanco no hay licencia que vender.

— Lo mismo he pensado yo. — Basi se guarda el móvil y se encoge de hombros, y se le nota que la cuenta de la servilleta la ha hecho dos veces —. Les he dicho que no. Que esto en Málaga no se puede hacer.

Manolo pasa por detrás recogiendo copas. Martín se queda mirando el suelo de la puerta de El Bombo un rato largo, y luego levanta la cabeza y dice que el jueves habrá que rehacer la hoja de tarifas, y esa es toda la conversación que va a tener con eso.

— ¿Y el barco? — le digo a Basi.

— El barco está muy bien, gracias.

———

El domingo catorce de febrero, domingo de Piñata, Cádiz amanece a nueve grados y con la calle llena desde las once de la mañana.