Martín #2
Le beso con la levita puesta, que es incomodísimo porque el cuello es alto y rígido y me da en la barbilla, y nos reímos los dos en mitad del beso con esa risa que estropea los besos y los mejora.
— Espera — dice contra mi boca —. Espera, que esto se descose.
— Pues quítatelo.
— Es que si me lo quito ahora parece que me lo he puesto para esto.
— Curro, te lo has puesto para esto.
— Un poco sí.
Nos vamos por el pasillo y entramos en su habitación, donde yo en dos meses no había entrado más que a dejar una bolsa: la cama pegada a la pared, una ventana alta que da al patio, una silla que hace de mesilla y de armario y de todo, y una colcha azul mal puesta.
La levita tarda un rato en salir. Primero la hebilla, otra vez, y la desabrocho yo, y esta vez tardo más de lo que hace falta.
Después el cuello, que lleva tres corchetes diminutos que alguien cosió a mano y que se resisten.
Después los ocho botones del pecho, y un noveno arriba del todo que no se ve y que también hay que soltar.
Voy uno a uno. Curro está delante de mí, quieto de una manera en que no le he visto estar en todo el verano, y cada vez que suelto un botón le veo respirar un poco distinto.
Cuando llego al último tira él de las mangas hacia atrás y la levita cae al suelo, encima de sus pies, y ninguno de los dos la recoge.
Queda la faja: tela verde enrollada por encima de la cadera y rematada con un nudo plano que hizo Encarna cuando la cosió y que nadie ha deshecho desde entonces.
— Esto en el hostal lo hicimos por tramos — digo.
— Aquí hay sitio. Date una vuelta tú mismo.
Y me la desenrollo yo, girando yo, con él sujetando la punta y dándome vueltas como a un carrete, y la tela va cayendo en el suelo en una espiral verde y los dos nos estamos riendo demasiado para lo que estamos haciendo. Cuando termino estoy mareado y me tengo que sentar en el borde de la cama.
— Te has mareado.
— Un poco.
— Dando vueltas como una peonza, claro que te has mareado.
Se sienta a mi lado y me quita las gafas de la cara, que ni siquiera me había dado cuenta de que las llevaba puestas, y las deja en la silla con un cuidado que no le pone a nada de lo suyo. Después me quita la camisa. Con los puños desabrochados esta vez.
Me quita los calcetines, que es lo menos elegante que se puede hacer en una habitación y hay que hacerlo igual. El primero sale bien. El segundo se queda a medias en el talón y hay que tirar dos veces, y Curro me dice que no mire.
Y después me quita todo lo demás, sin prisa y sin gracia, hablando mientras lo hace de una cosa del sábado que no viene a cuento.
El cinturón se le atasca. Yo levanto las caderas para ayudarle y los dos nos damos cuenta a la vez de lo poco elegante que es ese movimiento, y esta vez me río yo primero.
Aquí hay espacio, y esa es toda la diferencia: espacio para tumbarse del todo, para estirar un brazo, para apartarse y mirarle la cara.
Llevo dos meses sin poder hacerlo y era lo que más falta me hacía.
Curro tiene un lunar debajo de la clavícula derecha y una marca de sol que le cruza los brazos justo por donde le acaba la manga de la camiseta de trabajo, y de ahí para arriba es de otro color.
— Me estás haciendo inventario.
— Estoy mirándote.
— Estás contando.
— No estoy contando.
Y no estoy contando. Es la primera vez en toda mi vida que hago una cosa así sin llevar la cuenta de nada, ni de los minutos, ni de las veces, ni de lo que falta para que se termine.
Lo hacemos despacio, muy despacio, porque hay sitio y porque nadie tiene que agarrarse al borde de ningún colchón para no caerse.
Le beso el cuello y la clavícula y la marca del sol del brazo.
Bajo. Me la meto en la boca sin ninguna prisa, con las dos manos en sus caderas para que no me lleve él el ritmo, y me tomo el tiempo que en la habitación seis no había, y no lo hago para lucirme: lo hago porque quiero que dure y porque aquí no hay un ventilador tapando nada y le puedo oír.
Se agarra al cabecero con una mano y con la otra me busca la nuca y no me empuja, solo la deja ahí.
Me dice que pare y no lo dice en serio, y al rato lo dice en serio y paro.
Se le va la voz al final de las frases. Eso no lo sabía. En dos meses le he oído hablar delante de dos mil y pico personas y nunca se le ha ido la voz al final de una frase.
Me para con la mano abierta en la frente, muy suave, y se queda un rato mirando el techo y respirando con los ojos cerrados, y luego me mira a mí y se ríe sin motivo, y yo me río también sin motivo.
Después alarga el brazo hacia el cajón de la silla, que está atascado, y tiene que darle un tirón con las dos manos y casi se lo lleva entero, y al suelo se le caen un mechero, dos monedas y un carné de la biblioteca de hace ocho años, y el bote que buscaba sale rodando debajo de la cama y hay que ir a por él con el brazo estirado y media cara contra el somier.
— Esto en las películas no pasa — dice, desde el suelo.
— En las películas los cajones abren.
Le paso la mano por la espalda y le encuentro las dos marcas que le deja la faja cuando la lleva apretada toda la noche. Son dos líneas paralelas. Una arriba y otra más abajo. Están ahí desde julio y en octubre no van a estar.
Y entonces me tira del brazo para que suba y me lo pide al oído, con todas las letras y sin quitarle una, con una tranquilidad que a mí me deja sin ninguna, y le digo que sí.
Después ya no hay chiste.
Él se coloca. Yo le busco la cara con las dos manos porque quiero verle y porque tengo sitio para hacerlo, y entro despacio porque me lo ha pedido despacio, y me paro donde hay que pararse y le pregunto si está bien y me dice que sí.
Se lo pregunto otra vez más tarde y me dice que se lo deje de preguntar.
Me sujeta la cara con una mano y no la aparta en ningún momento.
Le noto el pulso en el cuello, contra la boca.
Tiene los talones cruzados en mi espalda y cada vez que llego hasta el fondo se le escapa un ruido corto que no es una palabra, y enseguida aprendo cuál es el sitio que se lo saca y ya no me muevo de ahí.
Tengo los ojos abiertos casi todo el rato porque quiero verle, y él también, y en algún punto los dos dejamos de decir nada que se entienda.
La cama hace un ruido bajo y regular contra la pared, y por la ventana alta entra la calle desde un tercero, y una televisión del patio, y alguien fregando enfrente, y nada de eso me molesta.
A mí el ruido de la gente me ha molestado toda la vida.
Curro dice mi nombre dos veces. La primera entera. La segunda casi no se oye, y las dos con la boca pegada a mi hombro. Se corre con la mano metida en mi pelo y tirando, sin avisar y sin soltar una sola palabra que se entienda, y yo detrás, y en ese momento no hay en esta ciudad ninguna otra cosa.
Terminamos con las dos manos suyas en mi espalda y con la mía en su pelo, y me quedo encima de él más rato del que debería, y él no me quita.
— Pesas.
— Lo sé.
— Que peses no es una queja. Es un dato. De los tuyos.
Cuando por fin me echo a un lado, la levita sigue en el suelo hecha un ovillo con la faja alrededor y hace un calor de septiembre que no lo arregla nadie.
Son las nueve menos cuarto, y no lo sé por ningún reloj: lo sé porque abajo, en el portal, Toñi acaba de bajar la persiana de la peluquería, y esa persiana se oye en los tres pisos y en el patio.
— Mañana hay que planchar eso — dice Curro, levantándose —. Que si no el sábado parece que hemos dormido dentro.
— Yo lo plancho.
— Tú no planchas nada. Tú lo doblas.
— Sé planchar.
— Sabes doblar. No es el mismo oficio.
Abre el balcón y se queda ahí, de espaldas, con la mano en la barandilla y el aire de fuera sin moverle nada porque no hay aire.
— Y hay que devolverle a Basi el cuaderno de la casa, que me lo traje yo el jueves y lleva trece días en mi mesa. Te quiero. Y compra café mañana, que no queda ni para uno.
No se vuelve. Se queda apoyado en la barandilla mirando el patio de luces y el trozo de tejado con las tres antenas, y desde la cama se ve su espalda y se ve la mitad de una antena y nada más. Yo me quedo donde estoy.
— Curro.
— Dime.
— Quiero unas llaves.
— ¿Qué?
— Un juego de llaves de esta casa. Uno solo, no hacen falta dos. Y quiero que me lo des tú en la mano.
Se vuelve. Se queda en la puerta del balcón con el pantalón a medio abrochar y el pelo de haber estado donde ha estado.
— ¿Que te lo dé en la mano?
— En la mano. No encima de la mesa.
— Hay que hacer una copia. La de abajo la hace en veinte minutos.
— Mañana.
— A primera hora, que abre a las nueve.
Se queda un rato en la puerta del balcón sin decidirse a entrar del todo.
Después entra, cierra sin echar el pestillo, que en esta casa no se echa nunca, vuelve a la cama, se echa boca abajo y dice contra la almohada algo sobre el jueves que no se entiende.
En la silla, al alcance de la mano, está su llavero: tres llaves, una anilla grande y una chapa de refresco doblada por la mitad que lleva ahí desde antes de que yo llegara a esta ciudad.