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Martín

— Llegas tarde.

Son las siete y diez de la tarde del miércoles y Curro está en la puerta de su casa con una camiseta vieja y los pies descalzos. Nadie me ha dicho que venga. Lo he decidido yo a las cinco, en la habitación seis, mirando la levita colgada en la percha del abrigo con las mangas fuera del armario.

— Traigo esto — digo.

— Se ve.

— Y no me ha dado tiempo a lo de las mangas. Tu abuela me la coge el jueves.

— Pasa, hombre.

El piso huele a comida de mediodía. En la mesa del salón sigue el cuaderno de las anillas, con un cerco de taza en la tapa y una mancha de café al lado que en agosto no estaba y que él ha frotado y ha dejado peor. Dejo la levita doblada en el brazo del sofá verde.

Y nos quedamos los dos de pie, cada uno a un lado de la mesa, sin sentarnos, y esa es la peor manera de empezar una conversación y la única que se nos ocurre.

— ¿Quieres agua?

— No.

— ¿Cerveza?

— No.

— Es que no tengo otra cosa.

— Curro.

— Que ya lo sé. — Se apoya con las dos manos en el respaldo de una silla —. Empieza tú.

— Yo decidí por ti.

— Sí.

— No te pregunté ni una vez. En tres semanas. Tuve veintiuna noches para preguntártelo y me pareció que no hacía falta, porque yo ya sabía la respuesta. Y la respuesta que yo sabía me la había inventado.

Curro se queda mirando el respaldo de la silla y tarda en contestar más de lo que tarda nunca.

— Está bien dicho.

— Lo he pensado mucho.

— Se nota. Suena a escrito.

— Es que está escrito. Lo tengo en la libreta.

— Madre mía, Martín.

Y se ríe. Se ríe de verdad, con la cabeza hacia atrás, y algo se afloja en esta habitación en el mismo segundo, y yo me siento por fin en la silla que tengo detrás porque las piernas me lo piden.

Curro va a la cocina, vuelve con dos vasos de agua que no le he pedido y se sienta enfrente, y después se saca del bolsillo de atrás un papel doblado en cuatro, muy sobado, y me lo empuja por encima del hule, y yo lo desdoblo: es su contrato con Rutas Balandra, prestación de servicios, animación cultural, del uno de julio al treinta de septiembre.

— Llevo con eso en el bolsillo desde el viernes — dice.

— Es un contrato de temporada normal. El mío es igual.

— Pero mira la letra.

Miro la letra: las dos fechas están rellenadas a mano, con bolígrafo azul, en los huecos que deja el impreso.

— Esa letra es mía, Curro. La de las dos fechas. Todos los años bajo a la oficina, cojo el impreso y las relleno yo. Desde el verano de dos mil diecisiete. Y luego subo y se lo cuento a Toñi con la boca pequeña, como el que cuenta lo que le han hecho.

— ¿Por qué?

— Porque si la pones tú no te la ponen. — Se bebe medio vaso de agua de un trago —.

Ocho veranos, Martín. Ocho veranos diciéndole a todo el mundo que yo soy de temporada, con mucha gracia, en las barras, y la gente se ríe y yo me quedo tan ancho.

Y este año se me olvidó ponerla. Se me olvidó.

Y vino un tío de Teruel y la puso él, con la letra derecha, en una casilla que se llama seis.

— Curro.

— Y encima la puso bien.

Deja el vaso en la mesa, se levanta y se va a la cocina sin que haya nada que hacer en la cocina, y desde allí, de espaldas y con el grifo abierto para que se le note menos, dice lo que ha venido a decir.

— El viernes te di la levita para no tener que decirte nada.

Cierra el grifo.

— Tú me estabas preguntando qué pasaba. Tres veces.

Con sujeto y con verbo, como tú lo pides.

Y yo te puse un montón de ropa en los brazos y me fui por Mesón sin volverme, que queda muy bonito y es una guarrada, porque yo sabía de sobra que tú eso no lo sabes leer.

— Se apoya de lado en el marco de la puerta, mirando el hule y no a mí —.

Y llevo doce días diciéndote la hora a la que quedamos y nada más.

— Curro.

— Espera, que lo tengo casi. — Levanta un dedo, y el dedo le tiembla un poco, y lo baja —. Lo hice porque me dio miedo. Ya está, ya lo he dicho. En esta casa no se dice esa palabra ni cuando se cae el techo.

Vuelve, se sienta y se acaba el vaso demasiado deprisa, y le sale mal, y tiene que toser dos veces contra el hombro.

— Y no me lo hagas repetir, que llevo tres días ensayándolo en la ducha y me sale peor cada vez. — Deja el vaso —. Y aparte supuse cosas. Que conste en acta.

— ¿Qué supusiste tú?

— Que te ibas. Desde el primer día. Tú llegaste el dos de julio con una maleta de ruedas y...

— El treinta de junio. Llegué el treinta por la mañana, en un tren con dos transbordos, y empecé el uno.

— El treinta de junio, perdóneme usted. — Levanta las dos manos —. Llegaste con una maleta, con una funda de plástico y con la habitación pagada por meses, y yo me dije: este hombre está de paso. Y no me lo volví a preguntar en setenta y una noches.

— Setenta y una.

— Ni una vez, Martín. Así que ya somos dos.

— La maleta sigue hecha.

— Lo vi.

— La hago y la deshago todos los días desde julio. Es un sistema.

— Es una maleta hecha.

Hay un silencio de esos que en esta casa duran poco.

— No la puse bien — digo.

— La pusiste bien. Un formato no lleva nombres.

— El formato no lleva nombres. La ruta sí. Y yo lo sabía y escribí el formato igual, porque me lo habían pedido y porque llevaba once años esperando que me pidieran algo así, y cuando por fin me lo pidieron dejé de mirar a nadie más durante tres semanas.

Curro empuja el vaso un poco hacia el centro con el dedo y después lo devuelve al sitio exacto de donde lo ha movido.

— También suena a escrito.

— No está en la libreta.

— Ah, bueno. Eso ya es otra cosa.

Me bebo el vaso entero porque tengo que hacer algo con las manos, y cuando lo dejo en la mesa me acuerdo de a qué he venido en realidad, que no era ninguna de las dos cosas que le he dicho.

— Esta mañana he estado en casa de tu abuela.

— Me lo has dicho en el mercado.

— No te he dicho lo otro.

Curro se echa hacia atrás en la silla con la cara del que ve venir una factura.

— A ver.

— Fui a preguntarle por una modista y nada más, y quiero que quede claro, porque si le llego a preguntar lo otro no me lo cuenta. — Cojo aire —. Me puso el segundo café, se sentó y me dijo, sin que yo abriera la boca: Amaro. Ese nombre lo decía mi padre.

Curro no se mueve.

— Decía don Amaro de la Sal cuando alguien traía algo a la casa de tapadillo. Es literal. Y no sabe de dónde lo sacó él, ni si era de aquí o se lo trajo de un barco.

— Mi bisabuelo.

— Tu bisabuelo.

Se levanta, da dos pasos hacia el balcón, se vuelve a la mitad y se queda de pie en medio del salón con las manos abiertas, sin saber todavía qué es lo que ha perdido.

— Yo me lo inventé en una barra.

— Tú lo sacaste en una barra. Ella te lo contó en una cocina de la calle Virgen de la Palma cuando tenías ocho años, y lo tuviste diecisiete años guardado, y lo sacaste creyendo que lo estabas haciendo.

— ¿Y se puede probar?

— No. Ni ahora ni nunca.

Curro se sienta en el brazo del sofá verde y tarda en decir la frase siguiente, y cuando la dice no es ninguna de las que yo llevaba preparadas.

— ¿Y por qué me lo cuentas?

— Porque es tuyo.

Se frota la cara con las dos manos, de arriba abajo, y suelta el aire.

— Ochenta y un años sabiéndolo y te lo cuenta a ti.

— Es que yo no pregunté.

— Ahí está todo el truco de esa mujer — dice, y se ríe, y se le va la risa a un sitio que no es exactamente la risa, y se levanta a por más agua para que no le vea la cara.

— Oye.

— Dime.

— Mi cepillo de dientes sigue en el vaso del baño.

— Lo sé.

— Lleva doce días.

— Se te olvidó.

— Se me olvidó.

— Lo he movido dos veces para coger el mío. — Se rasca la nuca —. Y las dos veces lo he vuelto a dejar mirando a la pared.

— ¿Por qué mirando a la pared?

— Porque estaba mirando a la pared. Yo qué sé, Martín.

Y aquí es donde debería venir la parte difícil, y la parte difícil no viene, porque Curro se levanta, coge la levita del brazo del sofá y la sacude con las dos manos, y sale de ella una nube de polvo que se queda flotando en la luz del balcón.

— ¿Tú has metido esto en un armario cerrado?

— Estaba colgada.

— Está apestando a hostal.

— Le pasé un paño.

— Un paño. — La huele. Pone una cara terrible —. Pruébatela.

— No me entra.

— Anda, pruébatela.

Me la pruebo. Los hombros entran, que ya es más de lo que esperaba, pero las mangas se me quedan por encima de la muñeca y el faldón me llega a un sitio al que un faldón no debería llegar. Curro me mira desde la puerta de la cocina con los brazos cruzados y aguanta lo que puede.

— Pareces un notario al que le han robado.

— Te lo he dicho.

— Un notario al que le han robado y que además ha crecido.

— Encarna dice que cuatro dedos es nada.

— Encarna le sacó una manga a un traje de comparsa en el noventa y cuatro y todavía se habla de aquello en la Palma.

Me la quito, se la doy y Curro se la pone, y ahí, con la luz de las siete y media entrando por el balcón desde el que no se ve el mar, veo lo que hace un hombre cuando se pone la ropa de un personaje que se inventó a los veinticinco años: se pone recto sin darse cuenta, baja los hombros y le cambia hasta el sitio donde apoya el peso.

Se abrocha el cuello, se coloca el faldón y se abrocha la hebilla, y la hebilla de esa levita entra de una sola manera.

Es un pasador de latón con una lengüeta que hay que meter por el hueco de arriba y bajarla después, y si la metes por abajo cierra igual pero se queda torcida y el cuero hace un pliegue.

Curro lleva ocho veranos abrochándola. La abrocha con una mano y sin mirar mientras habla con la gente.

La está abrochando por abajo, despacio, con las dos manos y mirándosela.

— Se te ha quedado torcida — digo.

— ¿Sí?

— Está por abajo.

— Pues arréglamela.

Y me acerco.

En julio, la primera vez, fue en el cuarto sin ventana, a oscuras, y duró cuatro segundos y ninguno de los dos dijo nada.

Ahora son las siete y media de la tarde, hay luz de sobra y estoy a un palmo de él.

Le suelto la lengüeta, la saco entera, la meto por el hueco de arriba y tiro hacia abajo hasta que el latón hace el clic que hace. El cuero se queda liso.

No aparto las manos.

— Ya está — digo.

— No la sueltes.