Martín
Martes, ocho de septiembre, nueve y diez de la mañana.
La copistería de la calle Ancha abre a las nueve y me lo tienen preparado desde ayer: un cuaderno de anillas con tapa de plástico transparente, del tamaño de un folio, con ciento cuatro hojas porque lo he encargado con ciento cuatro.
Ciento tres están en blanco.
Pesa cuatrocientos ochenta gramos, y lo sé porque lo he pesado en la báscula de la cocina de la pensión a las ocho de la mañana, con Mari Paz mirándome, solo para saber si pesaba lo mismo que el otro.
La idea la tuve el domingo por la noche y la descarté tres veces antes del lunes, porque es un gesto de teatro y a mí el teatro me da una vergüenza física.
Lo que me hizo cambiar de opinión fue una cuenta: rompiendo el guion delante de Basi habría un cuaderno roto y ninguna prueba de nada, y Basi habría encargado otro esa tarde en la misma copistería.
Este, en cambio, se puede dejar encima de una mesa y se queda ahí.
El chico del mostrador me pregunta dos veces si estoy seguro. Le digo que sí las dos veces. Me cobra catorce euros con veinte y me pide disculpas por el precio, porque encuadernar folios en blanco le parece un abuso, y tengo que explicarle que el trabajo es el mismo. No le convenzo.
La calle Ancha a las nueve de la mañana está vacía de turistas y llena de gente que trabaja: los del banco, los de la papelería, un hombre con dos cajas de fruta que no sé adónde lleva.
Llevo dos meses y medio saliendo a esta hora y todavía me sorprende lo poco que se parece esta calle a la de las nueve de la noche.
La persiana de Rutas Balandra está subida entera, que a estas horas quiere decir que Basi lleva dentro desde las siete. Está en su mesa con las tres carpetas de las agencias abiertas en abanico y un rotulador entre los dientes.
— ¡Nuestro director de rigor! — dice, sin quitarse el rotulador —. Justo el hombre.
Dejo el cuaderno encima de su mesa, justo encima de las tres carpetas abiertas, y doy un paso atrás para no tener que mirarlo de cerca mientras lo abre.
— La versión definitiva — digo.
Basi se quita el rotulador de la boca. Se limpia la mano en el pantalón antes de tocarlo, cosa que le he visto hacer con los contratos y con nada más. Lo abre.
Lee la primera página. Tarda en leerla bastante más de lo que se tarda en leer tres líneas, y en la segunda mueve los labios.
CÁDIZ EN DOS VOCES. Ruta nocturna teatralizada.
Intérpretes: Francisco Bohórquez Villegas y Martín Bermejo Solana. No a designar.
Duración: cuarenta y siete minutos, o lo que dure.
Pasa la página. Está en blanco. Pasa otra. Pasa otra. Levanta el cuaderno, lo pone del revés, lo sacude por si se han quedado hojas pegadas, y luego lo hojea entero con el pulgar, de una sola pasada, de la primera hoja a la última.
— Martín.
— Dime.
— Aquí no hay nada.
— Hay tres líneas.
— Aquí no hay nada, hijo. Esto viene mal de la imprenta.
— Está bien de la imprenta. Lo he encargado yo así.
Deja el cuaderno en la mesa, se echa hacia atrás en la silla y se queda mirando el techo, y en esta oficina no se oye más que el ventilador de pie, que hoy gira sin que nadie le haya pegado.
Luego lo entiende, y se le ve entenderlo por la manera en que deja de tocar el cuaderno y pone las dos manos quietas encima de la mesa. Y a continuación lo entiende otra vez, más allá, hasta un sitio al que yo no había llegado el domingo por la noche haciendo cuentas.
— O sea que lo que se vende sois vosotros dos.
— Basi.
— Y lo que se puede comprar en cuatro sitios vale lo que vale — dice, y se levanta, y empieza a andar por la oficina del ventilador a la puerta y de la puerta al ventilador —.
Lo que solo se puede ver aquí vale tres veces más.
Esto se cobra, Martín. El sábado subimos el precio por persona y a las agencias les vamos a gustar más caros.
— No he dicho eso.
— Lo has escrito.
— He escrito tres líneas.
— Tres líneas y ciento tres folios de silencio, Martín. Yo he vendido colchones veintidós años. Sé lo que es un muestrario y sé lo que es un producto único, y esto es un producto único, y encima nos ha costado catorce euros.
Se sienta otra vez, coge el cuaderno, lo pone encima de las tres carpetas de las agencias y lo deja bien cuadrado con el canto de la mesa. Lo mira un rato largo. Y lo dice sin levantar la vista del plástico de la tapa.
— Bonito detalle, ¿eh?
— No era un detalle.
— Si lo sé, hijo.
Y entonces me quedo de pie delante de su mesa, con las manos vacías, y me pasa una cosa en el pecho que no me pasa nunca y que se parece bastante a subir escaleras deprisa.
Lo tengo preparado desde anoche. Lo he escrito. Tengo cuatro frases escritas en la libreta de tapa dura, en la página de después de la última que apunté, y las cuatro empiezan bien.
Y no digo ninguna de las cuatro.
— Quiero quedarme.
Basi levanta la cabeza despacio, con el rotulador otra vez en la mano y sin haber terminado de sentarse del todo en la silla, y se queda con la boca a medio abrir en una postura que en cualquier otro momento me daría risa.
— ¿Cómo?
— Después del doce. En octubre. En noviembre.
En lo que haya. Quiero quedarme en esta ciudad y quiero seguir haciendo esta ruta y te lo estoy pidiendo yo, ahora, sin que me lo haya pedido nadie a mí.
Es la primera vez en once años que pido una cosa así y me está saliendo fatal, pero la estoy pidiendo.
Lo he dicho demasiado alto. Lo noto por el eco que hace esta oficina, un bajo alargado con persiana metálica y sin una sola cosa dentro que absorba el sonido. Yeray, que ha entrado hace un minuto y está en la puerta del cuarto del vestuario con dos perchas, se ha quedado quieto.
Basi me mira un momento y después mira a Yeray, que sigue en la puerta del vestuario con las dos perchas y con la boca abierta, y después me mira otra vez a mí.
— Hombre, claro.
— ¿Claro?
— Claro, Martín. En invierno hay cuatro rutas al mes y dos si llueve, y en enero no hay ninguna, y cobrarás una miseria hasta marzo. Pero yo daba por hecho que te quedabas desde agosto. Es más, nosotros hemos hecho las cuentas del año contigo dentro.
— No me lo habías dicho.
— ¿Y para qué te lo voy a decir?
Salgo a la calle a las diez menos veinte con la sensación exacta de haber empujado con todas mis fuerzas una puerta que estaba abierta. Me duele el hombro igual. Ando cuatro calles sin decidir adónde voy y me doy cuenta en la plaza de las Flores de que llevo dos manzanas sonriendo yo solo.
Yeray me alcanza corriendo en la esquina de la Compañía, sin las perchas.
— ¿Te quedas en Cádiz?
— Me quedo.
— Yo me apunto.
— Yeray, esto no es una cosa a la que te puedas apuntar.
— Todo es una cosa a la que te puedes apuntar.
— ¿Y a qué te apuntas exactamente?
— Cuando llegue el momento me entero.
A las once estoy en la calle Virgen de la Palma, segundo piso, delante de una mesa camilla con hule de limones y un café que no he pedido y que me he bebido entero.
He venido a preguntarle a Encarna Villegas por una modista, y ese es el motivo entero y verdadero de la visita, y me ha costado veinte minutos de reloj en la puerta del portal decidirme a llamar al telefonillo, porque una cosa es que a uno le hayan quitado de una lista y otra distinta es enterarse de que se la han quitado.
— Para sacarle las mangas a la levita — digo —. Curro me dijo que usted conocía a una.
— Ramona. Vive en Sopranis. Tiene noventa y un años y no coge trabajo desde el dos mil doce.
— Ah.
— Tráemela a mí, que yo con la máquina de mi hija todavía me apaño para una manga. ¿Cuánto te falta?
— Cuatro dedos por lado.
— Nada. Tráemela el jueves.
— El paño de estas levitas encoge si se lava en casa. Eso me lo dijo Curro en agosto.
— Te lo dijo porque se lo dije yo a él cuando se la hice.
Encarna me pone una segunda taza sin preguntarme. Está el doble de cargado de lo que yo lo tomaría en mi casa y me lo bebo callado, porque en las casas ajenas el café se bebe como lo sirven.
Desde esta mesa se oye la calle entera: el carro de una vecina subiendo, dos mujeres despidiéndose en el portal de enfrente tres veces seguidas y una moto que arranca a la primera. Encarna tiene la ventana abierta y no se asoma.
Y entonces, sin que yo le pregunte nada, porque yo no he preguntado nada, dice:
— Amaro. Ese nombre lo decía mi padre.
Dejo la taza en el plato con más cuidado del necesario y espero, porque llevo once años sacando datos de gente mayor y lo primero que se aprende es que si preguntas, se para.
— Don Amaro de la Sal, decía, cuando alguien traía algo a la casa de tapadillo.
— Encarna.
— No sé de dónde lo sacó él, ni si era de aquí o se lo trajo de un barco.
— ¿Y no...?
— Y no me preguntes más, criatura, que ya no queda nadie a quien preguntarle.
Me quedo con las dos manos apoyadas en el hule.
No digo nada. No apunto nada. Es la primera vez.
Encarna se levanta, recoge mi taza y la suya y se las lleva a la cocina, y desde allí me pregunta si quiero otro café.
Le digo que no. Vuelve, se sienta y se pone a hablar de la humedad de esta casa, que es un asunto serio desde el setenta y nueve.
Hay un Amaro Salas en el padrón de mil ochocientos cincuenta y siete, en el cuartel tercero, casado, cuarenta y un años, jornalero.
Salas con ese al final, no Sala, que es el apellido con el que se confunde siempre.
Hay una multa de aduana de mil ochocientos cuarenta y nueve por sal sin sellar.
Hay una casa que aparece con ese nombre en un plano de mil ochocientos sesenta y tres.
Y no se va a poder saber. Eso es todo lo que hay.
Alguien le contó un nombre a un hombre que pasaba sal o que la veía pasar, y ese hombre se lo decía a su hija cada vez que entraba algo en la casa de tapadillo, y la hija se lo contó a su nieto en una cocina de La Viña hace veinticinco años, cuando el nieto tenía ocho, y el nieto lo sacó de una barra a los veinticinco creyendo que se lo estaba inventando.
En mi oficio a eso se le llama tradición oral sin cadena de transmisión documentada.
Bajo con Encarna a la calle porque va al mercado y porque no me deja irme sin bajar con ella. En la esquina de la Palma con Virgen de la Palma hay una mujer de unos setenta años barriendo delante de una puerta.
— Buenos días, Fina.
— Buenos días, Encarna.
Y seguimos andando las tres primeras casas en silencio, y Encarna no dice nada, ni antes ni después, y yo espero un comentario que no llega. Luego me pregunta si en Teruel se come buen pescado.
Curro está en la puerta del mercado con dos bolsas y hablando con un hombre que le está enseñando algo en el móvil. Cuando nos ve, se despide del hombre. Encarna le da un beso, le dice que suba el jueves y se mete entre los puestos sin esperar a nadie.
Nos quedamos los dos en la puerta del mercado, con la gente entrando y saliendo por en medio y con el olor de la pescadería llegando a rachas desde el fondo del pasillo central. Desde el viernes no habíamos estado parados el uno delante del otro sin una ruta empezando en veinte minutos.
— Le he pedido a Basi quedarme — digo.
— Me lo ha contado Yeray. En doce minutos lo sabía toda la calle.
— Y te lo pido a ti también.
Curro deja las bolsas en el suelo. Una se ladea y salen dos limones rodando y él los para con el pie sin mirarlos.
— ¿Qué me pides?
— Quedarme.
— ¿Dónde, Martín?
Y ahí me quedo. Porque tengo la respuesta y la respuesta tiene cuatro palabras y no me sale ninguna de las cuatro, y lo que digo en su lugar es una cosa sobre el hostal, sobre que la habitación está pagada hasta el treinta, sobre que la señora me hace precio en octubre.
Me oigo decirlo. Sé perfectamente lo que estoy haciendo mientras lo hago y no consigo parar.
Curro recoge los limones. Se levanta con las bolsas y se las cambia de mano.
— Y hay otra cosa. Vengo de casa de tu abuela.
— El sábado hay que hacerlo bien — dice.
— El sábado lo hacemos bien.
— Vienen tres agencias y Basi ha impreso carpetas.
— Cuatro personas en total. Nautilia trae dos.
— Me lo ha dicho Basi. — Se coloca las bolsas, una en cada mano, y mira hacia el fondo de la calle —. Pues eso.
Y se va por la calle de la Palma hacia abajo, andando deprisa, como anda él.
Me quedo en la puerta del mercado un rato.
Son las doce y media y el aire ha cambiado esta semana sin avisar: el levante se fue el domingo y ha entrado un poniente flojo que a esta hora todavía no se nota, pero a las siete de la tarde ya viene fresco de la Caleta, y las señoras que a mediados de agosto salían con abanico a las diez de la noche esta semana salen con una rebeca doblada en el brazo por si acaso.