Curro
El cepillo de dientes sigue en el vaso del baño y ya van cinco días, y en esos cinco días lo he movido dos veces para coger el mío y las dos veces lo he vuelto a dejar en el mismo sitio, girado hacia la pared, igual que estaba.
Un cepillo de dientes en un vaso es un objeto de plástico que cuesta dos euros y pico y que se compra en la farmacia de la esquina de camino a cualquier parte.
Yo lo sé. Lo que pasa es que llevo cinco días entrando en ese baño y saliendo con la sensación de haber tenido una conversación.
Aquí hay una cosa que nadie te cuenta de las rupturas, si es que esto es una ruptura, cosa que tampoco tengo clara porque para romper algo hay que haber dicho antes en voz alta que existía, y es que lo cotidiano no se entera.
La cafetera sigue haciendo el mismo ruido.
La peluquería sigue abriendo a las diez.
El casero sigue mandando el mensaje del recibo el día tres por la mañana con las mismas siete palabras de siempre.
La ruta se hace todas las noches. La hacemos los dos, entramos donde tenemos que entrar, salimos donde tenemos que salir y la gente paga en la gorra, y desde el viernes nos habremos dicho unas ciento veinte palabras fuera del guion, y de esas ciento veinte, ochenta son la hora a la que quedamos.
El miércoles bajo a El Bombo a las dos y me siento en la punta de la barra.
Manolo Rendón lleva el bar desde el año noventa y cuatro y tiene una teoría sobre todo. Hoy la teoría es el arcón congelador.
— Se me ha ido el arcón — dice, poniéndome la caña sin preguntar —. Anoche. A las tantas. Y no se ha ido del todo, mira, porque si se va del todo llamas por teléfono y viene el hombre. Esto se ha ido a medias. Está frío pero no está congelando.
— ¿Y eso qué quiere decir?
— Quiere decir que la gamba está a menos dos cuando tiene que estar a menos dieciocho, y a menos dos una gamba no está mal ni está bien, está pensándoselo.
— ¿Y qué había dentro?
— Nueve kilos de gamba. Nueve.
— Madre mía.
— Y esta mañana llamo, y me dice el hombre que hasta el martes no puede venir. Hasta el martes. Le digo: Manolo tiene nueve kilos de gamba y usted me habla del martes. Total, que he llamado a mi cuñado, que sabe menos de arcones que yo de física, y llevamos dos horas los dos ahí detrás mirándolo.
— ¿Y?
— Y sigue frío pero no congelando. Pero ahora somos dos mirándolo, pisha. Dos.
Fuera pasa un chaval en bicicleta con una caja de reparto atada al portaequipajes con dos gomas, y toma la esquina demasiado abierto, y la caja aguanta.
Me pone una tapa de tortilla que no he pedido, y la tortilla de Manolo Rendón lleva cebolla y ese asunto se cerró en este barrio hace treinta años y no se ha vuelto a abrir.
Estamos los dos apoyados en la barra, cada uno en su lado, y en el cristal del arcón se ve el reflejo de los dos hombres, y uno está mirando el arcón y el otro está mirando la tapa, y desde fuera cualquiera diría que estamos en la misma conversación.
No me pregunta nada. Manolo Rendón no ha preguntado nada personal en treinta y dos años de barra y por eso esa barra sigue llena.
Manolo no ha levantado la vista del arcón en toda la conversación y no la levanta cuando me voy.
El jueves me corta Toñi el pelo, que no tengo, y mientras me lo corta me habla del segundo espejo.
Lleva dos años con el segundo espejo. El segundo espejo son mil doscientos euros con la instalación y la moldura, y ella tiene mil doscientos euros, y lo que no tiene es la seguridad de que la clientela dé para dos sillas en invierno.
— Porque en agosto sí. En agosto me pongo yo y me pongo a la chica de Puerto Real y no damos abasto. Pero en febrero, Curro. En febrero esto es un velatorio con revistas.
— Pues pon el espejo en agosto y lo quitas en febrero.
— Y en marzo pongo una churrería.
— Yo te lo llevo.
— Tú te lo comes.
— Las dos cosas.
Me pasa la máquina por detrás de la oreja y me gira la cabeza con la palma abierta y sin pedirme permiso, un derecho que se ganó en mil novecientos noventa y ocho y que no piensa devolver jamás, y sigue hablando del espejo, y del proveedor de Chiclana que le hace la moldura, y de una clienta que le ha pedido hora para el veintiocho de febrero, o sea dentro de seis meses, y de lo que significa en este oficio que una mujer te pida hora con seis meses de antelación.
— Te lo juro por el tercer cajón de la izquierda — dice, apuntándome con las tijeras —. Como te pongas a organizarme tú el negocio, te echo a la calle con media cabeza.
Y sigue cortando, y sigue con la moldura y con el proveedor de Chiclana, y no me pregunta por Martín, y lleva sin preguntarme por Martín desde el sábado por la mañana, y yo conozco a esta mujer desde los ocho años y sé lo que le está costando, porque Toñi Carranza tiene muchas virtudes y la discreción no ha figurado nunca entre ellas.
Bajando por la Palma me cruzo con un hombre que lleva un colchón a cuestas, él solo, doblado por la mitad y sujeto con una cuerda de las de tender, y va parándose cada quince metros a apoyarlo en la pared y a coger aire, y le pregunto si le echo una mano y me dice que no con una dignidad que no admite ninguna clase de discusión, y sigo andando, y a los cincuenta metros me vuelvo y todavía está en la misma esquina descansando.
El viernes por la mañana voy a casa de Encarna.
Mi abuela tiene la ventana abierta y la mesa camilla puesta con el hule de los limones, y desde esa mesa se oye la calle entera: se oye quién sube, quién baja, quién viene arrastrando el carro y quién viene sin él.
Ella lo sabe todo antes de asomarse y no se asoma nunca.
La casa de mi abuela huele desde el uno de julio a lo mismo que huele desde que yo tengo uso de razón, y es una mezcla que no sé desmontar en ingredientes por más que lo he intentado, y tiene dentro colonia, tela y una cosa dulce que debe de llevar cuarenta años metida en el hule.
Encarna tiene ochenta y uno y una espalda que ya no la deja coser de seguido, aunque para una costura corta todavía se apaña, y en el mueble del salón siguen las cajas con los hilos ordenados por color y por número.
Me pone café. Me pregunta por mi madre. Le digo que mi madre está en Chiclana y que llamó el martes, y ella dice que ya lo sabe, que llamó el martes también a ella y que estuvieron treinta y cinco minutos.
Después se levanta, va a la cocina, que no tiene puerta, y vuelve con el imán de la nevera en la mano y el papel doblado debajo.
— Trae el boli de la cocina.
Voy. Vuelvo con el boli. Encarna despliega el papel encima del hule y lo alisa con el canto de la mano, y ahí está la lista, con su letra de costurera, con nombres tachados de otros años y nombres nuevos escritos en el margen.
— Quita al de Teruel de ahí.
— Abuela.
— Que lo quites tú, que yo con esta luz no veo el renglón.
En la lista hay nueve nombres. Hay una vecina del segundo por lo del patio, hay un hombre del mercado por una cosa de mil novecientos noventa y cuatro que nadie recuerda, hay una Fina la del cuatro con un «por lo del toldo» escrito al lado, hay un cura que ya no está en la parroquia y hay dos primos hermanos suyos, uno tachado y otro no.
Martín está el noveno, escrito con boli azul en el margen de abajo, y al lado, entre paréntesis, pone: el de Teruel.
Le tacho el nombre. Lo tacho con dos rayas, porque con una se sigue leyendo y a ella eso no le vale.
— Hecho.
Vuelve a doblar el papel por las mismas dobleces de siempre, se levanta, va a la cocina y lo pone en la nevera con el imán, y al volver se sienta, se coloca la rebeca en los hombros y se pone a hablar del calor de septiembre, que para ella es peor que el de agosto porque el de septiembre viene con nocturnidad.
Se está veinte minutos con el calor de septiembre.
Después me pregunta si he arreglado la ventana del baño y le digo que no, y me dice que llame al casero, y le digo que ya le he llamado, y las dos cosas son mentira desde julio.
En toda la mañana no me pregunta ni una vez por Martín, y mi abuela es una mujer que en una comida de cuatro personas se entera de quién ha discutido con quién por cómo se pasan el pan.
Salgo de la Palma a la una y bajo por la Viña hacia el Campo del Sur dando el rodeo largo.
En el bolsillo de atrás llevo, desde hace tres días, un papel doblado en cuatro que saqué del cajón de la cocina buscando otra cosa.
Es el contrato que me hizo firmar Basi en junio.
Prestación de servicios, animación cultural, Rutas Balandra Sociedad Limitada.
Del uno de julio al treinta de septiembre.
Del uno de julio al treinta de septiembre.
Yo llevo ocho años poniendo la fecha. Yo.
En los pisos, en los trabajos, en la gente, y la ponía el primero, antes de que la pusiera nadie, en voz alta y con gracia y en una barra.
Este año se me olvidó ponerla, y ha venido un hombre de Teruel con la letra derecha y me la ha puesto él, en una casilla, con dos palabras, y encima me la ha puesto bien.
Me siento en el murete un rato con el papel en la mano y con el mar de este lado, que hoy está liso y azul de estampa y no se parece en nada al del jueves, y pasa por delante un barco de esos grandes que van a Canarias y tarda un cuarto de hora largo en cruzarme la vista de izquierda a derecha.
Doblo el contrato otra vez en cuatro y me lo guardo, y me quedo mirando a un chaval que está enseñando a montar en bici a otro más pequeño en el tramo llano de delante de la muralla, sujetándole el sillín y soltándolo, sujetándolo y soltándolo, y el pequeño se cae dos veces y a la tercera se va solo veinte metros y no se entera de que va solo hasta que se para.
Vuelvo por Sagasta a las dos y media. Al pasar por delante del número once, el portal grande del que sale la escalera de la asociación, oigo un bombo.
Un bombo y una caja. Alguien está marcando un compás detrás de esa puerta, se para, lo empieza otra vez desde el principio y se vuelve a parar, y así cuatro veces mientras yo subo la calle.