Martín
No lo laves en casa, que destiñe.
Eso es lo último que me dijo Curro el viernes por la noche, en un callejón de seis metros, en camiseta y con el disfraz completo en mis brazos. Llevo desde entonces sin poder quitármelo de la cabeza, porque es un consejo práctico y bueno y me lo dio en el peor momento posible.
La levita está colgada en el armario de la seis, en la percha del abrigo.
No cabe entera: las mangas quedan fuera y empujan la puerta izquierda, la que no cierra, y ahora la puerta no cierra todavía más.
El sombrero está encima del armario. La faja la tengo enrollada en el cajón de la mesilla, hecha un rollo apretado, porque así ocupa menos y porque no sabía dónde meterla.
He contado las cosas que hay en esta habitación y salen diecinueve, contando el ventilador y sin contar la maleta; el uno de julio eran quince, y las cuatro nuevas son la levita, el sombrero, la faja y un cargador que Curro se dejó en la mesilla el domingo pasado y que no he devuelto.
Hemos hecho la ruta el sábado y la hemos hecho el domingo.
Curro sale sin levita, con una camisa blanca suya y el pelo mojado, y hace de don Amaro con el orden puesto, las paradas en su sitio y las pausas donde van, y no falla una.
Lo que pasa es que el chiste de las arrobas el sábado no se lo ríe nadie y el domingo se lo ríen tres, y que en la parada seis este fin de semana no se ha entregado ninguno de los dos.
La gorra dio ciento veintidós euros el sábado con cuarenta personas y ciento ocho el domingo con cuarenta y cuatro: la peor recaudación por cabeza desde el nueve de julio.
La gente no tiene con qué comparar. Yo sí. Lo que hacía ese hombre el viernes en ese mismo sitio y lo que hace ahora no se parecen, y lo de ahora lo está haciendo alguien que sabe hacerlo y que no está dentro.
En dos noches nos hemos dicho lo que hay que decirse para trabajar. Ni una palabra más y ni una menos.
El armario tiene una balda suelta desde julio que apoyé con un cartón doblado por la mitad y que aguanta. La bombilla del pasillo se fundió el jueves y Mari Paz la ha cambiado esta mañana por una más fuerte, y ahora entra por debajo de la puerta una raya de luz blanca que antes era amarilla.
Basi llama a las nueve.
— ¿Todo bien para el sábado que viene?
— Todo bien.
— Nosotros hemos preparado las carpetas para las tres agencias. Tres carpetas, con el logo, con las hojas de precios. Nautilia viene con dos personas, Aljarafe con una y Grupo Escala con una que además escribe en una revista del sector.
— Está anotado. Y conviene meter una hoja suelta con el recorrido en metros. Eso lo pedían siempre las agencias en Aragón, según el jefe de producto que teníamos allí.
— Lo metemos.
— Y una segunda hoja con el aforo por pase.
— Martín.
— Dime.
— Yo no sé lo que ha pasado entre vosotros y no lo quiero saber.
Se queda callado. Después me pregunta si el guion lleva la duración por parada o solo la total, le digo que lleva las dos, y cuelga contento.
Saco el cuaderno de la maleta y lo dejo encima de la cama. Es la única superficie plana que hay aquí. Lo abro y lo leo entero por segunda vez, con la espalda contra la pared y el ventilador rugiendo, tardando lo que se tarda.
Está bien. Está mejor de lo que yo sabía hacer hace once años, y no lo digo por vanidad, lo digo porque he escrito ochenta y cuatro fichas de ruta y sé perfectamente cómo son las ochenta y tres anteriores.
Y no hay nadie dentro.
Hay tres notas al pie que escribí con un orgullo considerable y que esta noche no soporto leer.
La de la página setenta y uno es la peor de las tres: frase de tradición oral local, sin fuente documental conocida.
Es una nota correcta y está bien redactada.
La escribí un martes a las seis de la tarde, en la mesa plegable de la oficina, con el ventilador de pie dándome en la espalda, y me acuerdo perfectamente de que la escribí contento.
Está el Arco de la Rosa. Está el minuto exacto en que hay que arrancar a andar.
Están las cuarenta y una frases de un hombre al que no se nombra en ninguna de las ciento cuatro páginas.
Y hay una casilla con dos palabras, que en un documento de este tipo es lo correcto, y yo llevo once años haciendo documentos de este tipo, y a las once de la noche de un domingo eso ha dejado de servirme de algo.
Son las once y cuarto y fuera hay una despedida de soltera cantando calle abajo, hacia la plaza, y se les oye tres minutos y después ya no.
Llamo a Bosco. Descuelga al cuarto tono con la televisión puesta de fondo.
— ¿Qué hora es ahí?
— La misma que ahí. Estamos en el mismo país.
— ¿Y por qué me llamas un domingo?
— Porque los domingos estás en casa.
— ¿Estás bien?
— No.
— ¿Has cenado?
— ¿Eso importa ahora?
— ¿A ti qué te parece?
Le digo que he cenado y es mentira. Bosco lleva siete años pillándome esa mentira concreta por el tono, y esta noche no la pilla, o la pilla y decide dejarla pasar, que con él nunca se sabe cuál de las dos cosas ha ocurrido.
— ¿Se lo has dicho a él?
— ¿El qué?
— ¿Tú te oyes?
Le cuento lo del cuaderno, lo de la casilla seis y lo del callejón.
Se lo cuento en orden y con las fechas, porque no sé contar las cosas de otra manera, y Bosco me deja llegar hasta el final sin interrumpir, que en él es un esfuerzo notable.
Cuando termino, baja el volumen de la televisión. Le oigo hacerlo.
— Llámale ahora.
— Son las once y media.
— Buenas noches, Martín.
Y cuelga él, que en catorce años de amistad no ha colgado nunca el primero. Lo anoto por dentro sin saber para qué lo estoy anotando.
Llamo a la una y veinte, porque antes no soy capaz. Curro descuelga al segundo tono y espera. Se oye la calle detrás, así que está en el balcón.
— Soy yo.
— Lo sé.
— ¿Te he despertado?
— No.
Y aquí es donde tengo preparadas tres o cuatro maneras de empezar, y todas son buenas, y todas empiezan por el guion. La del calendario. La de las páginas. La de proponerle que lo rehagamos juntos en cuatro días. Las tengo pensadas desde el viernes.
— El veintiocho de julio me pediste una cosa — digo.
— ¿Yo?
— En la esquina de tu calle. Me dijiste: una noche cuéntame algo que no hayas leído en ningún sitio.
Se oye la calle. No dice nada.
— Mi padre se llama Ramón. Trabajó cuarenta y un años en Correos, en Teruel, en la oficina de la plaza. Tiene una huerta pequeña a las afueras, en un camino que sale hacia Villaspesa, con una caseta de bloques y un depósito azul. Va los sábados. Va solo. Lleva yendo solo desde que yo tengo memoria.
— Martín.
— Espera, que si me paro no sigo.
Y no me paro.
Le cuento que mi padre nunca me ha dicho una cosa fea.
Ni una. Que no me ha criticado un examen, ni una carrera, ni un trabajo, ni una decisión, ni la vez que dejé el máster a mitad, ni cuando le presenté a alguien con quien estuve dos años.
Que cuando saqué la habilitación de Aragón cogí el coche y fui a enseñársela y me dijo muy bien, y guardó el papel en el aparador, y salió a regar.
Que un sábado de mayo, con dieciséis años, me subí a la bicicleta y me fui detrás de él a la huerta sin avisar, y cuando llegué mi padre se levantó del surco, se quitó el guante, me miró y me dijo: y tú qué haces aquí.
— Y no me lo dijo mal, Curro. Me lo preguntó de verdad. Le extrañó. Y yo no supe qué contestar y me volví en la bicicleta, y desde el camino hasta mi casa hay siete kilómetros y los hice pensando en qué habría contestado otro.
— ¿Y tu madre?
— Mi madre pide. Mi madre pide todo el rato y por teléfono y en persona. Por eso voy a Teruel dos veces al año y por eso ir no me cuesta ningún trabajo.
— Vaya par.
— Sí.
— ¿Cuántos años?
— Dieciséis. Y desde entonces no he ido a ningún sitio al que no me hayan llamado.
A ninguno. Yo entro cuando me dicen que entre.
Cojo el vaso cuando me lo ofrecen dos veces.
Me voy de las fiestas a los cuarenta minutos porque a los cuarenta minutos ya no queda nadie que se acuerde de haberme invitado.
Y no he pedido nunca un aumento ni un puesto ni un turno, y cuando Basi me llamó en junio lo primero que hice fue pedirle que me lo mandara por escrito, y él me lo mandó, y por eso estoy en esta ciudad.
Me paro. Tengo la boca seca y llevo veinte minutos de pie en el poco suelo que hay, y en algún momento he empezado a andar hacia la ventana y a volver, tres pasos para allá y tres para acá, porque no hay más recorrido disponible.
— Basi me pidió el guion. Y llevaba once años esperando que alguien me pidiera algo así, y me lo pidió a mí, y me senté a escribirlo esa misma noche. Y no se me ocurrió preguntarte. Eso es todo. No es una excusa, es lo que hay.
La calle sigue sonando al otro lado. Alguien pasa hablando por teléfono debajo de su balcón, se le oye entero y luego se aleja.
— Curro.
— Estoy aquí.
— Ya está. Eso era.
Y no dice nada más. Se queda al teléfono un rato largo sin colgar y sin hablar, y yo también, y al final soy yo el que cuelga, porque uno de los dos tiene que hacerlo y porque a él no le corresponde.
Me quedo despierto hasta las siete y diez, sentado en la cama con la espalda en la pared y el cuaderno cerrado al lado.
A las siete y diez abren abajo, en la esquina de enfrente, y encienden la freidora, y el olor del aceite caliente y del azúcar sube por el patio interior y entra por la ventana de la seis igual que ha entrado todas las mañanas desde el uno de julio.