Curro
El viernes por la noche, veinticuatro horas después y con el mismo levante, estoy en mitad de la tercera parada, con treinta y dos personas apretadas contra la pared del Arco de la Rosa para escapar del viento, cuando me doy cuenta de que estoy haciendo la ruta exactamente igual que ayer.
Palabra por palabra no, porque eso no sé hacerlo, pero sí el orden, y sí las pausas, y sí el sitio donde me pongo, y sí el minuto en que arranco a andar para no cruzarme con el último pase del trenecito de mi hermana. Estoy haciendo la página veintitrés.
Y sale bien. Sale de una manera que da miedo.
El levante se mete por las calles estrechas del Pópulo con esa mala idea que tiene de escoger justo la esquina donde uno se ha parado a hablar, y la gente se agarra las gorras y se ríe, y esta noche la ciudad hace de sí misma sin que yo tenga que empujarla.
Una señora de Jerez me pregunta en la segunda parada si lo del aduanero es verdad, yo le digo que las cosas que se cuentan ochenta años seguidas se vuelven verdad por su cuenta, y ella se queda contenta con la respuesta y yo me quedo con la mía, que no me sabe a nada.
Martín entra donde tiene que entrar, con la carpeta pequeña, y en el Arco de los Blanco dice lo de la muralla y lo de la puerta tapiada y suelta el número de casas que había dentro del recinto en mil ochocientos treinta y uno.
La gente se ríe de nosotros dos, que a estas alturas del verano es a lo que vienen.
Yo le pincho donde hay que pincharle. Él me corrige donde hay que corregirme.
Todo entra como una llave en su cerradura y a mí se me está poniendo un frío en los brazos que no tiene nada que ver con el viento.
Hay noches en que esto es un oficio y hay noches en que esto es otra cosa, y las de otra cosa se conocen enseguida porque a uno se le olvida que está trabajando, y esta noche a mí no se me olvida en ningún momento.
Voy contando. Voy contando los minutos y los metros y las caras, voy sabiendo antes de abrir la boca lo que va a hacer la gente cuando la abra, y en la quinta parada me oigo a mí mismo hacer la pausa donde la pone el cuaderno y no donde me sale a mí.
La gente se ríe en el sitio y se calla en el sitio, con una puntualidad que en dos meses no habíamos conseguido ni una noche, y a mí eso, que tendría que ponerme contento, me está revolviendo el estómago desde la segunda parada.
Hay además un señor de Chiclana que le va traduciendo la ruta a su mujer por detrás de mí, en voz alta y con las mismas palabras, y llega un momento en que la mitad del grupo está esperando la versión del señor de Chiclana más que la mía, y yo se lo dejo hacer porque con este viento cualquier cosa que entretenga a cuarenta personas es un regalo.
En la sexta parada el hombre se adelanta y dice el final antes que yo.
Su mujer le manda callar. La gente aplaude a la mujer.
Yeray sale del portal con la linterna en la séptima parada, tarde, y ni eso falla porque llegar tarde le hace gracia a la gente.
Un chico de veintipocos me pregunta al terminar si esto lo hago todos los días, yo le digo que sí, y él me dice que se nota, y me quedo sin saber qué ha querido decir con eso y sin ganas de preguntárselo.
Terminamos a las once y veintiséis. La gorra da noventa y cuatro euros, que con levante es mucho, y la señora de Jerez me da la mano y me dice que su marido, que no quería venir, ha estado callado toda la ruta y eso en su casa es una nota altísima.
Se van todos por la boca del callejón hacia la plaza.
Se oyen las voces alejándose por Mesón y luego ya no se oyen.
El callejón del Sereno con levante es el único sitio de esta ciudad donde el viento no entra, y por eso lo elegí hace ocho años sin saber que lo estaba eligiendo bien.
La farola de arriba parpadea igual que parpadeaba entonces.
Yeray recoge la linterna, enrolla el cable en tres vueltas y se cuelga la mochila.
— Yeray.
— Dime.
— Mañana la haces tú.
Levanta la cabeza y tarda en contestar, cosa que en Yeray no pasa.
— ¿El qué?
— La ruta. Don Amaro. Ya te la sabes de memoria, me la sabes mejor que yo. Te pones la levita, sales por el arco y a la tercera parada ya estás dentro.
— No.
— Hombre, Yeray.
— No, Curro. Yo no.
Se cuelga la mochila del otro hombro, dice buenas noches deprisa y sin mirar a ninguno de los dos, y se mete por Mesón detrás de los demás con la linterna todavía encendida dentro del bolsillo.
Martín y yo nos quedamos solos. Me apoyo en la reja.
El sombrero lo tengo en la mano desde hace un rato porque con este viento no hay manera de llevarlo puesto, y me lo voy pasando de una mano a otra mientras hablo, y Martín me mira hacer eso desde el otro lado del callejón sin decir nada, con la carpeta pequeña debajo del brazo.
— Lo he leído — digo.
— ¿El qué?
— El cuaderno. Las ciento cuatro. Ayer, en el Campo del Sur, de una sentada.
Y entonces pasa una cosa que no se me va a olvidar, y es que a Martín se le levanta la cara. Se le levanta entera. Da medio paso hacia delante y se le va la mano al puente de las gafas, que no lleva puestas, y en dos meses no le he visto ponerse así ni cuando encontró la multa de aduanas.
— ¿Y?
— Está muy bien hecho.
— Dime dónde falla.
— No falla.
— Algo fallará. La parada cuatro es larga, yo creo que la parada cuatro es larga — dice, y lo dice deprisa, y este hombre no habla deprisa nunca —. Y hay dos frases repetidas en las páginas treinta y en la sesenta y siete, las tengo marcadas, las iba a quitar antes de enseñártelo.
— No falla, Martín. Es lo mejor que se ha escrito nunca sobre esta ruta, y sobre esta ruta no ha escrito nadie más, pero aunque hubiera escrito medio mundo seguiría siendo lo mejor.
Sonrío. Lo noto yo mismo. Me sale del todo, no de mentira, porque lo que acabo de decir es verdad y porque tengo delante a un hombre que lleva once años esperando que alguien le mande hacer un trabajo y por fin se lo han mandado, y no se me ocurre ni una manera de estropearle eso, ni una, y las he buscado desde ayer al mediodía sentado en un murete con el cuaderno en las rodillas.
Uno se pasa el verano mirando caras y aprende a distinguir la alegría de verdad de la alegría de estar de vacaciones, que no se parecen en nada, y lo de Martín cuando le he dicho que está bien hecho era de la primera clase.
— Solo hay una cosa — digo.
— Dime.
— La casilla seis.
Martín se queda quieto. Se le va la cara despacio, no de golpe.
— La ficha técnica.
— Casilla seis. Intérprete: a designar.
— Curro.
— Y está bien puesto, ¿eh? Un formato que se vende no lleva nombres, eso lo sabe cualquiera, me lo dijiste tú a las tres de la mañana en una cama de ochenta y cinco centímetros y yo te contesté que me lo aprendería.
— Me río, y la risa me sale corta y sin ganas, y sigue siendo una risa —.
Me habéis encuadernado, Martín. Con índice y todo.
Martín deja la carpeta en el suelo, apoyada contra la reja, y se pasa la mano por la cara de arriba abajo una sola vez.
— Iba a enseñártelo cuando estuviera.
— Está encuadernado y hay tres copias, Martín. Está de sobra.
— Yo pensé... — Se para, y vuelve a empezar —. Tú no lees nada escrito. Tú cambias la ruta todas las noches. Yo pensé que si te decía que había que fijarlo me ibas a decir que ni loco. Y pensé que lo de Málaga y lo de Sevilla te daría igual porque tú de aquí no te mueves.
— Y no me muevo.
— Entonces no entiendo qué te he quitado.
— No me has quitado nada. Está todo dentro. Está más que todo: está mejor.
— Pues dímelo de otra forma, porque yo así no sé leerlo. Dime una frase con sujeto y con verbo y yo la escribo y la corrijo esta noche.
— Es que no hay nada que corregir.
— Algo habrá.
Y ahí está. Ahí está el hombre entero, de pie en un callejón de seis metros, preguntándomelo de verdad, sin una gota de mala fe, con la carpeta en el suelo y la camisa dándole latigazos con el aire que baja de la reja.
Me está pidiendo instrucciones, que es lo único que este hombre sabe pedir, y yo lo veo mientras lo hace, y sé lo que le ha costado pedirlas tres veces, y me quedo callado igual.
Y yo tampoco lo entiendo del todo todavía, así que no se lo puedo explicar, y lo que hago en vez de explicárselo es lo que hago siempre.
Me desabrocho el cuello. Me saco la faja tirando de una punta y dando dos vueltas sobre mí mismo en un callejón donde no se cabe, y la faja se me engancha en la reja y tengo que soltarla y volver a empezar. Me quito la levita.
— Curro, ¿qué haces?
— Espera.
Doblo la levita por las mangas encima de la rodilla, con el pie apoyado en el escalón de la puerta tapiada, y la doblo bien, con las costuras hacia dentro, igual que se dobla una camisa que se va a guardar hasta el año que viene. Pongo la faja encima y el sombrero encima de todo. Y se lo doy.
— Toma.
— No.
— Que lo cojas.
Y lo coge, porque yo se lo estoy poniendo en los brazos y porque si no lo coge se cae al suelo.
Se queda con el montón contra el pecho, sujetándolo con las dos manos, mirándome a mí en camiseta con los brazos al aire y la piel de gallina de agosto, la única clase de piel de gallina que da vergüenza.
— Es un disfraz solo — digo —. Desde el primer día ha habido uno. Ahora ya sabemos para quién era.
— No me está bien. Me queda corto de mangas.
— Se lo llevas a una modista y te lo saca. Encarna te dice una en la Palma.
— Curro.
— Y no lo laves en casa, que destiñe. Eso es importante.
Martín no se mueve. Tiene el sombrero encima del montón y lo aguanta con la barbilla para que no se le caiga, porque las dos manos las tiene ocupadas con la levita, y hay en toda la escena una falta de solemnidad tan grande que si esto le estuviera pasando a otro me estaría riendo desde hace un minuto.
Le doy un golpecito en el hombro con los nudillos, el mismo que le doy a Manolo cuando salgo del bar con prisa, y salgo del callejón del Sereno por la boca de Mesón y no me vuelvo a mirar.
Cruzo el Pópulo en camiseta a las doce menos veinte y hago el camino largo, el de las calles anchas, porque por las estrechas se va antes y esta noche no tengo ningún interés en llegar antes a ninguna parte.
Por el arco baja el levante de frente, se me mete por el cuello de la camiseta y me pone la carne dura de los brazos, y hay una pareja en la puerta del bar de la esquina que se me queda mirando y decide, con buen criterio, no preguntar nada.
En la plaza de San Juan de Dios, el hombre de los globos está recogiendo, y mientras desmonta el soporte se le suelta uno de los grandes, uno rojo, que sube derecho por delante de la fachada del Ayuntamiento hasta que se lo lleva el viento de golpe por encima del reloj.
El hombre lo ve irse con la cuerda todavía en la mano y sigue plegando el soporte por donde iba.
Ocho veranos llevo saliendo de ese callejón vestido de un hombre que no existió y entrando en mi casa vestido de mí.
En la calle Botica hay una mujer regando macetas desde un primer piso con una botella de agua de las grandes, apuntando a cada tiesto de uno en uno con una puntería que solo se coge con los años, y me cae una gota en el hombro al pasar y ninguno de los dos abre la boca.
Subo por Sagasta. Paso por delante de la peluquería, con la persiana echada y la luz del rótulo apagada, y subo los tres pisos parándome en el segundo, en la ventana del patio.
No se oye nada en mi casa.
Abro con la llave y no hace falta encender la luz del pasillo, porque desde la puerta se ve el salón entero.
El sofá verde está hecho, con la manta doblada en tres sobre el brazo y los dos cojines de canto, uno contra otro, de una manera que en dos meses no he visto en este salón.
En la mesa hay dos fotocopias del archivo sujetas con un vaso boca abajo.
La maleta no está. La funda de plástico no está.
En el baño no queda nada suyo salvo el cepillo de dientes, que se ha quedado en el vaso, y a este hombre en dos meses no se le ha olvidado nada.
Dejo las llaves en la mesa, encima de las fotocopias, y me quedo un rato de pie en medio del salón con las manos en los bolsillos de un pantalón que no es del disfraz y que no me he cambiado.
La nevera arranca. Se para. Vuelve a arrancar a los dos minutos, con ese golpe seco que lleva dando desde marzo y que el casero dice que es normal.
Abro el balcón. Desde el balcón no se ve el mar, se ve un patio de luces y un trozo de tejado con tres antenas, y detrás de las antenas, si uno se pone en la esquina de la izquierda y mira entre el tejado y la pared del edificio de enfrente, hay un trozo de cielo que en los días claros tiene el color que tiene por el mar que hay debajo.
Yo digo que eso es ver el mar. Lo he dicho en esta casa quince veces este verano y ninguna de las quince en broma.
En el cajón de abajo del mueble están las sábanas que trajo mi madre en julio, cuando vino a comer y estuvo dos horas explicándome que lo que yo tengo en las camas son trapos con memoria, y son de las de antes, pesadas, con una inicial bordada en el embozo que no es la de nadie de esta familia.
Voy al cajón, saco las sábanas, abro el sofá cama tirando de la barra con el pie como hay que tirar, y empiezo a poner la de abajo por las dos esquinas de la izquierda, que son las que se hacen primero, y cuando llego a la tercera esquina me quedo ahí agachado, con la sábana en la mano.