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Curro

El levante lleva desde el martes por la noche y en Cádiz eso significa que la ciudad entera está de mal humor sin acordarse de por qué, que la gente contesta mal en el pan, que los toldos suenan toda la madrugada como si alguien estuviera desmontando el barrio a golpes y que a las once de la mañana ya hay arena del Sur en el primer escalón de todos los portales.

El de julio duró tres días y trajo una tregua.

Este viene seco y sin nubes, lleva dos días levantando papeles de las mesas y cerrando puertas que no ha tocado nadie, y la playa está con bandera y el paseo del castillo cerrado desde ayer.

Yo bajo a la oficina a por el taco de entradas del grupo del sábado, que son cuarenta y una personas de una asociación de Jerez y vienen con reserva y con autobús, y Basi imprime unas entradas numeradas para esos casos porque dice que el papel da seriedad.

Voy en camiseta y con el pelo lleno de arena a los cuatro minutos de salir del portal.

Por Sagasta baja una bolsa de plástico a la altura de mi cara y se va hacia la plaza con una prisa que no tiene nadie a esa hora.

La persiana de Rutas Balandra está a medio subir. Basi la deja así cuando quiere que se vea que hay alguien dentro y que no se vea quién. Me agacho y entro.

Yeray está de pie junto a la mesa plegable con un rotulador en la mano y una caja de camisetas abierta a los pies.

— Han llegado veinte — dice —. Todas de la eme.

— ¿Y quién ha pedido veinte de la eme?

— Nuestro departamento de imagen.

— Yeray, el departamento de imagen eres tú.

— Por eso lo digo con esa voz.

Le doy al pasar el golpe de siempre al ventilador de pie, el único idioma que entiende ese aparato desde que lo compraron, y el ventilador coge la vuelta y empieza a mover el aire caliente de un lado a otro de la oficina sin arreglar absolutamente nada.

Encima de la mesa plegable, al lado de la caja de camisetas, hay algo que no estaba aquí el lunes.

Es un cuaderno de anillas con tapa de plástico transparente. Grueso. Del tamaño de un folio y con el canto duro de las cosas que se han encuadernado en un sitio donde encuadernan. En la portada, debajo del plástico, hay una hoja impresa con dos líneas centradas.

CÁDIZ EN DOS VOCES. Guion de ruta nocturna teatralizada. Versión 1.0.

Lo abro por el principio, por donde se abre todo lo encuadernado, y en la primera página hay una ficha técnica con siete casillas rellenadas a máquina que voy leyendo de arriba abajo sin sentarme y sin soltar el taco de entradas: duración, cuarenta y siete minutos; recorrido, mil ciento veinte metros; aforo recomendado, treinta y cinco personas; personaje principal, don Amaro de la Sal, contrabandista de sal, mil ochocientos cuarenta y nueve; vestuario de época, proveedor a determinar; intérprete, a designar; idioma, castellano, con versión inglesa en preparación.

Intérprete: a designar.

Paso la página y hay un índice con sus puntitos y sus números alineados a la derecha, igual que en los libros de los que se venden: parada uno, Arco de los Blanco, página nueve; parada tres, Arco de la Rosa, página veintitrés; parada once, callejón del Sereno, página setenta y uno.

Voy a la setenta y uno con el pulgar metido entre las anillas y con la sensación tonta de estar buscándome a mí mismo en una guía de teléfonos.

Y ahí está mi final, el del aduanero y la partida de sal y la mujer que no abre la puerta, ese que llevo ocho años contando y que no he contado nunca dos veces igual, y está escrito, y está ordenado, y está mejor: le ha quitado una vuelta que yo le daba en medio y que yo creía que hacía falta, y ha puesto la pausa donde yo la pongo cuando la noche va bien y no la pongo cuando voy con prisa.

Está todo. Y debajo, en letra pequeña, entre paréntesis, dice: frase de tradición oral local, sin fuente documental conocida.

Sin fuente documental conocida.

A don Amaro me lo inventé un jueves de septiembre de hace ocho años, en la barra del bar que había donde ahora hay una tienda de bolsos, con once franceses esperando fuera y con la ruta caída porque el guía que la hacía se había largado a Málaga sin avisar.

Me bebí un café con hielo, cogí el nombre de un sitio, le puse un oficio que sonara a esta ciudad y salí a la calle.

Los once pagaron, y uno me dio la mano al final y me dijo, en un español bastante mejor que mi francés, que su bisabuelo también había pasado sal.

Me quedo de pie con el cuaderno abierto y el ventilador dándome en el costado por turnos, y lo primero que me sale es una cosa rarísima, y es que pienso que está muy bien hecho.

Está muy bien hecho. Ese hombre ha estado tres semanas metiéndose por dentro de una cosa que me inventé yo en una barra a los veinticinco años para no perder un grupo de once franceses, y la ha dejado de pie, con sus paradas y sus metros y su aforo recomendado, para que la pueda hacer cualquiera en cualquier sitio.

Para que la pueda hacer cualquiera.

— ¡Aaaanda! — dice Basi desde el fondo, saliendo del cuarto del vestuario con una percha vacía en la mano —. Ya lo has visto.

— Lo he visto.

— Nos lo trajeron ayer de la copistería. Hemos encargado tres. Uno para la casa, uno para enseñar y uno de reserva, porque nosotros hemos aprendido mucho de los colchones y en los colchones el que no tiene muestrario no vende.

Basi deja la percha encima de su mesa, se sienta, se abanica con una carpeta y me mira con la cara del hombre que lleva cuatro días esperando que alguien entre por esa puerta.

— Curro, esto es otra cosa. Esto es un formato.

— Un formato.

— Un formato de los buenos. Nosotros hemos hablado con una gente de Málaga que lleva tres rutas y una cosa de vampiros en Antequera.

Y con Sevilla, con los del barrio de Santa Cruz, que están interesadísimos.

Tú les das esto. — Le golpea el cuaderno con el nudillo, tac, tac —.

Ellos ponen a su gente y nosotros cobramos por cada pase que se hace.

Cada pase. En Málaga, en Sevilla, en Granada si nos apuran. Es un producto.

— Un producto.

— Y lo mejor de todo — dice, y se echa hacia delante en la silla —.

Lo mejor de todo es que lo ha escrito él solo.

Yo se lo pedí un viernes, así, sin darle importancia, y el lunes se presentó aquí con cuarenta páginas.

Cuarenta. Yo no había visto a nadie ponerse tan contento por que le mandaran hacer un trabajo.

Se ríe. Se ríe él solo, con ganas, contento de verdad, y a mí no me sale ninguna cosa fea que decirle a este hombre porque no la tiene, porque Basi Cardeñosa no ha tenido una mala idea con mala intención en su vida y esta tampoco lo es, y porque lo que acaba de contarme sobre Martín es exactamente verdad y yo lo sé mejor que él.

— Cuarenta páginas — digo.

— Ciento cuatro tiene ya.

Yeray, desde la caja de las camisetas, con veinte tallas eme entre las rodillas y el rotulador todavía en la mano, levanta el brazo entero como en el colegio.

— Si hay que ir a Málaga, yo me apunto.

— Nadie va a Málaga — dice Basi.

— Cuando alguien vaya.

Basi se abanica. Fuera, una ráfaga levanta la persiana y la suelta, y las dos hojas de la puerta baten y se quedan quietas, y por la rendija entra un puñado de arena que se reparte por el suelo hasta la pata de la mesa.

— ¿Y tú qué opinas? — me dice.

— ¿Sabes lo que me pasó anoche con el grupo?

— digo, apoyando el cuaderno contra la cadera —.

Que en la tercera parada se me metió un perro.

Un perro grande, de esos que van sueltos con el dueño detrás a cuarenta metros.

Y el perro se sentó delante de mí. En el sitio exacto donde yo me pongo.

Y no se movió en once minutos. Y la gente ya no me miraba a mí, Basi, miraba al perro.

Total, que terminé la parada agachado, hablando a la altura del perro, y cuando nos fuimos el perro se levantó y se vino con nosotros hasta el Arco de la Rosa. Cuarenta personas y un perro.

Basi se ríe con el pecho entero, se da en la rodilla con la mano abierta y se echa hacia atrás en la silla hasta que la silla protesta, y mientras dura eso yo soy otra vez el que le hace gracia a su jefe y no el que está de pie con un cuaderno de anillas debajo del brazo.

— Hay que meterlo.

— No se puede meter.

— Todo se puede meter, Curro. Nosotros metemos lo que haga falta.

Le pido las entradas del sábado y me las da sin levantarse, alargando el brazo por encima de la mesa, y son cuarenta y una en un taco con una goma que me guardo en el bolsillo de atrás sin contarlas, porque a Basi se le pueden discutir muchas cosas y el número de entradas no es una de ellas.

Después señalo el cuaderno con la barbilla y le pregunto si me lo puedo llevar a leer, y Basi me dice que claro, hombre, que para eso están, que hay tres.

— Llévate el de la casa — dice —. Y me lo devuelves, ¿eh?

— Te lo devuelvo.

Salgo con el cuaderno debajo del brazo y me agacho para pasar por debajo de la persiana, y al incorporarme el levante me da de lleno en la cara y tengo que cerrar los ojos en mitad de la acera, y me quedo así, con la mano en la pared, esperando a que pase la racha.

No voy para arriba. Bajo por Sopranis y por Botica y salgo al Campo del Sur, donde el levante entra de costado y hay que andar con el hombro por delante, y me cruzo con dos señoras que van agarradas del brazo peleando contra la misma racha y riéndose de ellas mismas a voces.

Me siento en el murete con el cuaderno en las rodillas, que es donde me siento cuando no quiero que me encuentre nadie y donde me encuentra todo el mundo.

Pasa por delante una barca de las pequeñas y va dando saltos, porque con levante ahí abajo no hay quien esté, y el hombre que la lleva va de pie y agarrado y con una gorra que se le va a ir en cualquier momento, y no se le va, y yo me quedo un rato largo pendiente de la gorra en vez de estar pendiente de la página sesenta.

Leo las ciento cuatro páginas ahí sentado, saltándome cosas y volviendo atrás, con el viento pasando las hojas antes de que las pase yo.

Está la parada del Arco de la Rosa con el minuto exacto en que hay que arrancar a andar para no juntarse con el trenecito de mi hermana, cosa que yo aprendí a base de tres veranos y que él ha aprendido mirándome doce noches.

Están las tres frases que digo cuando llueve.

Y está lo que hay que hacer si el grupo pasa de cuarenta y hay que partirlo, escrito con una precisión que el viernes pasado me habría ahorrado la mitad de los disgustos.

Llevo hora y cuarenta sin abrir la boca, cosa que en mí no pasa ni durmiendo, y tampoco tengo ganas de abrirla.

Cierro el cuaderno. Le doy la vuelta y lo dejo boca abajo sobre el murete, con la piedra caliente por debajo, y le pongo la mano encima porque si no se lo lleva el aire.

El levante no ha aflojado. Aquí nunca afloja al mediodía. Empieza a caer a las nueve o a las diez de la noche, si cae, y hay veces que se queda tres días más y no cae.