Martín #2
Curro no tiene ninguna prisa. Yo lo tenía por un hombre de prisas, por un hombre de andar rápido y de espaldas, y en esto resulta ser justo al revés: se toma su tiempo, se para donde le da la gana, vuelve atrás cuando le apetece volver atrás y se para del todo a mitad de camino nada más que para levantar la cara y comprobar cómo lo llevo.
Lo llevo mal y se lo digo. Vuelve a bajar sin contestarme y esta vez no se para.
Tengo una mano en su nuca y la otra agarrada al borde del colchón, porque en ochenta y cinco centímetros hay que agarrarse a algo, y el ventilador tapa casi todo el ruido que hago. Casi.
Cuando ya no aguanto más le tiro del brazo para que suba. Sube, y lo hace mal, y me mete un rodillazo en el costado que me deja sin medio pulmón.
— Perdón.
— No pasa nada.
— Es que aquí no se puede subir con estilo.
— Ven.
Se coloca encima otra vez, apoyado en un codo, con la cara muy cerca de la mía.
Le busco con la mano y le encuentro. Curro apoya la frente en mi hombro y se queda así.
Y de esa manera, con su frente en mi hombro, con su respiración en mi cuello y con la pared fría en mi espalda, terminamos los dos casi a la vez y de una forma que no tiene nada de elegante.
La cama se queja de todo. Curro se ríe al final, en el hueco de mi clavícula, cuando ya no le queda otra cosa que hacer.
— Ochenta y cinco — dice, sin levantar la cabeza.
— Ochenta y cinco.
— Es que es un dato importante.
— Ahora te parece importante.
— Ahora me parece heroico.
Nos quedamos un rato quietos. Yo cuento las vueltas del ventilador porque las cuento todas las noches, y esta noche también. Voy por catorce cuando Curro levanta la mano sin mirar y me tapa la boca.
— Estás contando.
— No estoy contando.
— Se te nota en la respiración. Deja de contar.
Y dejo de contar.
La almohada se ha caído por detrás de la cama y ninguno de los dos hace nada por recuperarla. Curro apaga la luz de la mesilla estirando el brazo sin moverse del sitio y la habitación se queda con la claridad gris del patio interior, que lleva dos meses acompañándome.
Y entonces lo digo. Lo digo a oscuras y lo digo mal, que son las dos únicas maneras que tengo.
— Esto no se lo he dicho a nadie.
Curro no se mueve. Tiene el brazo cruzado sobre mi pecho y lo deja donde lo tiene.
— A ver.
— Basi me pidió una cosa a mediados de agosto. Me lo pidió a mí, en su mesa, con la puerta cerrada. Que escribiera la ruta entera, con los tiempos, con las paradas y con lo que se dice en cada sitio. Ordenado. Por escrito.
— ¿Y llevas escribiendo desde agosto y no me habías dicho nada?
— No sabía si te interesaba.
— Martín.
— Lo digo en serio. Tú no lees nada de lo que se escribe. Tú lo cambias todo todas las noches.
Se queda callado un momento. Fuera, en el patio, alguien tira de una persiana y la deja a media altura. Después Curro se ríe muy bajito, muy corto, y me aprieta el brazo por encima del pecho.
— Ochenta y seis noches escribiendo lo que digo yo.
— Cincuenta y cuatro.
— Lo que sea.
Se incorpora sobre el codo. No le veo la cara y sé exactamente qué cara tiene.
— Ponme frases buenas, ¿eh? De las tuyas, de las de la fecha y el nombre y el número. La gente se cree lo que suena a verdad. Y no me pongas ninguna de las mías, que si me las leo escritas me muero de vergüenza.
Las suyas están todas dentro. Las conté el jueves para no repetir ninguna. Cuarenta y una.
— Está bien — digo.
— ¿Y sale bien?
— Sale bien.
— No, en serio. ¿Sale bien o sale como salen las cosas escritas?
— Sale bien. Está ordenado y se sostiene solo.
— Se sostiene solo — repite. Y se calla un rato largo.
Por la ventana entra el ruido de la moto del reparto de prensa, que sube por Cristóbal Colón a esta hora todas las madrugadas y siempre falla en la misma marcha.
— ¿Y cuándo me lo enseñas?
— Cuando esté.
— Pues avísame. — Se rasca la cabeza contra la almohada que no está —. Oye, ¿y para el doce lo tendrás?
— Para el doce lo tengo.
— Entonces me lo aprendo.
— No hace falta que te lo aprendas.
— Hombre, Martín. Si me lo escribes tú, lo menos que puedo hacer es aprendérmelo mal.
En la primera página del guion hay una ficha técnica con siete casillas. La sexta pone intérprete. La rellené en agosto, la primera tarde, con dos palabras: a designar. Un formato que se vende no lleva nombres propios dentro. Eso lo sabe cualquiera que haya vendido uno.
— Duérmete — digo.
— Si estoy dormido.
Se echa otra vez de lado y a los cuatro minutos le cambia la respiración y se duerme, en ochenta y cinco centímetros, con medio cuerpo encima del mío porque no hay otro sitio donde ponerlo.
Yo me quedo despierto mucho rato mirando el techo que ruge, pensando en la página veintitrés, y en el índice, y en que mañana hay que quitar dos minutos de la parada de la Catedral, y me duermo pensando eso, que me pasa casi siempre.
A las siete y pico se levanta él primero.
Le oigo antes de verle: la silla que se arrastra, el grifo del pasillo, la puerta que roza abajo.
Cuando abro los ojos, Curro está subido en la silla, en calzoncillos, con el brazo estirado hacia el ventilador del techo, buscando a tientas la cadenita del interruptor y sin dar con ella.