Martín
— Hoy la veo.
La ruta ha terminado a las once y veinte y estamos los dos en la boca del callejón del Sereno. Curro tiene la gorra de las propinas en una mano y el sombrero colgando de la otra. Dice esa frase y no añade nada detrás. Así cierra él los asuntos.
— No hay nada que ver — le digo.
— Eso lo dices tú.
— Lo digo yo porque he dormido ahí mes y medio. Hay una cama, un armario y una silla.
— Y una ventana.
— Una ventana que da a un patio.
— Pues ya van cuatro cosas.
Yeray sale del portal donde se esconde durante la última parada, con la linterna apagada y el móvil ya en la mano.
— Me voy, que he quedado — dice.
— ¿Con quién?
— Con gente. Todavía no sé con quién, pero dije que sí esta mañana.
Se mete por Mesón hacia la plaza andando deprisa, con la camisa de figurante todavía puesta. Curro le mira marcharse y no dice nada.
Cuenta el dinero apoyado en la reja, sin mirar los billetes, hablando de otra cosa mientras cuenta. Ochenta y seis euros, le digo, porque los números se me quedan solos. Curro dice que ochenta y siete y tiene razón. Había una moneda pegada al fondo de la tela.
Subimos por Sopranis con el sombrero de don Amaro debajo del brazo, que a estas alturas del verano no le llama la atención a nadie en esta ciudad.
En la plaza de San Juan de Dios están fregando la terraza del bar de la esquina con la manguera y un camarero apila las sillas de cuatro en cuatro sin mirar lo que hace.
— Oye — dice Curro —. ¿Y tú por qué no te has cogido un piso?
La pregunta llega sin aviso, en mitad de la plaza, con el ruido de la manguera al lado.
— En julio y agosto aquí no hay alquiler de temporada por debajo de mil doscientos. Lo publicó el colegio de administradores en mayo. Y lo que hay se alquila por semanas.
— No es lo que te he preguntado.
— Es la respuesta.
— Es un dato — dice Curro, y sigue andando.
Le voy detrás, a la distancia justa para hablar sin gritar. Curro camina delante y camina de espaldas incluso cuando no lleva grupo, por costumbre de ocho veranos, y lo hace sin gente, a las doce menos cuarto, en una plaza donde solo estamos nosotros y un camarero con una manguera.
En la calle Cristóbal Colón hay dos gatos sentados en el mismo escalón, muy separados, como dos señores en un banco. La farola de arriba se apaga y se enciende desde hace un mes.
La escalera huele a la lejía de la mañana. Curro se para en el primer rellano a leer en voz alta el cartel de las normas, que está enmarcado y escrito a máquina.
— Aquí pone que no se admiten visitas después de las doce.
— Son las doce menos veinte.
— Entonces vamos sobrados.
La puerta de la seis se abre hacia dentro y hay que empujarla con la cadera, porque roza abajo y nadie la ha cepillado nunca. Enciendo la luz. Curro entra, se planta en el único sitio de la habitación donde se puede estar de pie y da una vuelta entera sobre sí mismo, muy despacio.
— Martín.
— Qué.
— ¿Esto es un cuarto o es una vitrina?
Abre el armario sin pedir permiso. La puerta izquierda no cierra y él lo descubre enseguida: la empuja tres veces, la deja abierta y sigue. Dentro hay tres camisas colgadas y las tres miran hacia el mismo lado. Nunca las había visto desde fuera. Entiendo perfectamente lo que está viendo.
— ¿Por qué están las tres mirando a la derecha?
— Porque si no, las perchas se enganchan entre ellas.
— ¿Y esto de aquí?
— La habilitación. En su funda.
— ¿Llevas la habilitación en una funda de plástico?
— Es un documento. Se estropea.
— ¿Y la maleta dónde la tienes?
— Debajo de la cama.
Se agacha antes de que yo pueda decirle que no hace falta y la saca tirando del asa.
La maleta está hecha. No a medias y no por vaguería: está cerrada del todo, con la cremallera corrida hasta el final y la cinta metida por dentro para que no cuelgue.
La vacié entera el catorce de agosto y a los tres días estaba otra vez así, y no me acuerdo de haberla hecho.
Curro la mira un rato largo desde arriba. Después la empuja otra vez debajo de la cama con el pie, muy despacio, hasta que no se ve.
— Es una maleta muy bien hecha — dice.
— Gracias.
— No era un piropo.
Se asoma después a la ventana, que da al patio interior y a la cocina de la pensión de al lado. Desde ahí se oye una radio encendida a cualquier hora y no se ve el cielo.
— ¿El baño es compartido?
— Con la cuatro y con la siete. En la cuatro hay un señor de Lugo que viene por trabajo dos semanas al mes.
— O sea, que te duchas con horario.
— Yo me ducho a las siete y diez. El de Lugo se ducha a las siete y media.
— ¿Y eso lo habéis hablado?
— No hemos hablado nunca. Se sabe.
Mari Paz, la señora del hostal, me subió una toalla limpia el segundo día sin que se la pidiera y desde entonces me la sube los martes, y nunca hemos hablado más de dos minutos seguidos.
Encima de la cama hay un cuadro de un puerto que no es este y que llevo dos meses mirando sin conseguir saber cuál es.
Curro devuelve la funda a la balda, al sitio exacto del que la ha cogido, y ese detalle me gusta más de lo que le conviene a nadie. Luego descubre el ventilador de techo y le da al interruptor tres veces para comprobar las velocidades, y a la tercera el techo entero se pone a rugir.
— Es la tercera o nada.
— No hay más velocidades. Hay esa.
— O sea, que llevas cuarenta y cuatro noches durmiendo debajo de un helicóptero.
— Cuarenta y cinco.
Se sienta en la cama, que hace ese ruido de queja que hace desde el primer día y que ya no me despierta, y levanta la cara con la sonrisa puesta antes de decir nada. Esa parte de Curro no sé gestionarla y llevo dos meses intentándolo.
— ¿Tú sabes lo que mide esto? — dice, y abre los dos brazos encima del colchón sin llegar a cubrirlo de punta a punta —. Noventa. Noventa centímetros para un hombre de metro ochenta y tres.
— Ochenta y cinco.
— ¿Cómo?
— Ochenta y cinco. La medí en julio con la cinta de la maleta. La venden como de noventa, pero mide ochenta y cinco.
Curro se queda mirándome con las manos todavía en el aire.
Después se deja caer de espaldas sobre el colchón y se ríe hacia el techo, y la risa se le mete debajo del ruido del ventilador.
Yo me quedo de pie en el metro de suelo libre que hay entre la cama y el armario, sin saber qué hacer con las manos.
Ese problema lo arrastro desde el instituto.
— Los has medido — dice —. Con una cinta métrica.
— Los medí.
— Ven aquí.
Y voy.
No hay sitio. Ese es el problema y ahí está toda la gracia del asunto.
Me tumbo de lado porque de otra forma no entro.
Curro se gira hacia mí y ya estamos con las narices casi tocándose, yo con la pared en la espalda y él con el vacío.
Lo primero que hacemos los dos es medir el hueco con los codos, muy serios, como dos peritos de la misma empresa.
Curro se ríe antes. Yo tardo un segundo más y luego también.
Me besa desde donde está, sin incorporarse, porque incorporarse aquí es caerse al suelo.
Es un beso lento por obligación. Todo aquí es lento por obligación.
No puedo echar el brazo hacia atrás, no puedo darme la vuelta y no puedo apartarme para mirarle la cara.
En ochenta y cinco centímetros lo único que se puede hacer es quedarse muy quieto, muy cerca, y hacer bien las cosas pequeñas.
Le paso la mano por la nuca, por el pelo cortado a máquina.
Tiene el calor del día entero metido todavía ahí debajo.
— Espera — dice contra mi boca —. La faja.
— ¿Qué faja?
— La de la levita. Que la llevo puesta. Que llevo un metro y medio de tela verde enrollada al cuerpo y no me había acordado.
Nos incorporamos los dos a la vez y nos damos en la frente.
No fuerte. Lo justo para que Curro se cague en la madre que parió a la cama, al hostal y a la señora que puso el cartel de las visitas, y para que yo tenga que agarrarle del hombro y no irme al suelo de espaldas.
Después me toca desenrollarle la faja. No hay espacio para desenrollarla del tirón, así que la vamos sacando por tramos, girándolo a él sobre el colchón.
Hay un momento en que Curro está con los brazos en cruz, la tela verde dando vueltas alrededor del cuerpo, mirándome desde abajo con una paciencia que no le conozco.
— Esto lo hacían antes con dos mozos — dice.
— Esto no lo hacían. Esto es un disfraz de agosto.
— Tú llámalo como quieras y sigue.
La levita cae a su lado de la cama y no la recoge nadie.
Mi camisa se queda a medio camino, porque me la saca por la cabeza sin desabrochar los puños, y me quedo un rato ridículo, con los brazos presos y la cara tapada, oyéndole reírse muy cerca.
Le noto la boca en el pecho mientras me tiene así, y ese es el momento exacto en el que dejo de pensar en la ropa.
Después ya no hay orden. Hay una cama de ochenta y cinco centímetros con dos hombres encima y hay una pared fría en mi espalda que agradezco cada vez que la toco.
Curro acaba arriba porque no hay otro sitio donde estar y porque le gusta estar arriba.
Le sujeto por la cintura para que no se caiga y no se cae.
La tengo dura contra su muslo antes de que él haga nada, y Curro lo nota y se calla, y callarse no es una cosa que él haga.
Me besa el cuello. Me besa la clavícula.
Me besa el sitio de la costilla donde tengo un lunar que encontró en agosto y del que se ha hecho dueño sin consultarlo.
Baja despacio porque no puede bajar de otra manera.
Se le acaba la cama antes que a mí y tiene que doblar las rodillas contra la pared.
En algún momento el colchón se corre entero sobre el somier y las patas de abajo chirrían.
Los dos nos quedamos parados escuchando el chirrido hasta que para.
— Si esto se rompe, lo pagas tú — le digo.
— Si esto se rompe nos vamos a mi casa y no vuelvo a subir aquí en la vida.
— Es la cama de una pensión, Curro, no es que...
— Cállate un poco.
Y me callo, porque me lo pide con la boca ya donde la tiene.