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Curro

Delante del hostal, en la calle Cristóbal Colón, hay tres vallas amarillas atadas con alambre, un agujero dentro del que no sale nadie desde mayo y un cartel con una fecha de finalización que pasó en abril.

Encima de la valla del medio duerme un gato que a estas alturas del verano es parte de la obra.

Yo estoy apoyado en la de la derecha, a las nueve y veinte de la mañana, con dos cafés de El Bombo en un cartón que Manolo me da siempre doblado por la mitad porque jura que así no se vuelca.

Se vuelca igual. Llevo tres semanas quemándome la muñeca por no llevarle la contraria a un hombre de sesenta y tres años a esta hora.

Martín está en la puerta con la llave en la mano y la camisa por fuera, que en él es prácticamente salir a la calle en calzoncillos.

— Cinco minutos — dice —. Subo, abro la ventana, bajo.

— Este hombre sube cada tres días a ventilar un cuarto en el que no duerme desde el catorce — le digo al aire, porque en la acera no hay nadie más y el aire nunca me lleva la contraria.

— Una habitación cerrada en agosto coge un olor que después no se va. Eso me lo dijo la señora del hostal el primer día y tenía razón.

— Que la ventiles tú no cambia nada. La habitación sabe que estás mintiendo.

— Las habitaciones no saben nada.

— Esta sí. Está resentida.

Sube, y mientras sube yo me quedo mirando cómo una mujer baldea la puerta de su portal con un cubo y medio litro de lejía, contra el mundo entero y contra la mañana.

Cuando baja le pido subir. Se lo pido de broma, con el tono ese de pedir las cosas que uno no quiere que le concedan, y aun así me dice que no.

— Está sin hacer.

— Mejor.

— Hay una silla y un armario.

— Martín, llevo dos meses viendo a un hombre en mi sofá cama y no sé ni cómo es el sitio donde tiene la maleta. Eso en un juicio suena fatal.

— Cuando la deje. En octubre.

Lo dice sin darle importancia, colocándose el cuello de la camisa, y echa a andar hacia Sagasta con el vaso en la mano, y yo me quedo detrás mirándole la nuca antes de seguirle.

Esta noche hacemos la número cuarenta y tres.

Las llevo contadas desde el uno de julio porque Basi paga por ruta hecha y porque tengo una libreta de cuentas que es un insulto a la contabilidad, y aun así sé el número exacto: cuarenta y tres noches andando el Pópulo hacia atrás, descontando los lunes y las dos que nos tumbó el levante.

— Es el verano más largo que he hecho nunca — digo, haciendo la cuenta de lo que queda hasta el doce —. Y todavía faltan diecinueve.

— Sesenta y dos en total.

— ¿Tú las llevas contadas?

— Yo lo llevo todo contado.

El móvil me vibra en el bolsillo y es Basi, que a las nueve y media lleva ya tres horas despierto teniendo ideas, y las ideas de Basi por escrito son peores que en persona porque por escrito no te puedes ir.

HEMOS PENSADO EN UNA CAMISETA, pone, todo en mayúsculas y con ese plural suyo en el que cabe la humanidad entera.

CÁDIZ EN DOS VOCES. PARA VENDERLA AL FINAL DE LA RUTA.

NUESTRO DEPARTAMENTO DE IMAGEN ESTÁ EN ELLO.

— El departamento de imagen es Yeray — digo.

— ¿Lo sabe Yeray?

— Yeray no sabe nunca lo que es. Se apunta primero y se entera en el camino.

La Peluquería Carranza abre a las diez y a las diez y cinco ya hay ruido de secador, que en el portal suena a edificio arrancando. Entro con el vaso vacío en la mano porque no tengo dónde tirarlo y porque entrar en la peluquería de Toñi sin excusa es entrar en una entrevista.

Yeray sale con el pelo cortado y el móvil ya encendido.

— Curro, esta noche vienen unos amigos míos a la ruta.

— ¿Cuántos?

— Cuatro. O seis. Voy a decir seis por si acaso.

Y se mete por la calle antes de que a mí me dé tiempo de decirle que un viernes de agosto no se invita a nadie, y eso, visto lo que viene después, es la clase de detalle que uno recuerda con muchísimo cariño.

Toñi cierra la puerta con el pie y empieza a barrer el pelo de Yeray hacia el recogedor.

— Curro.

— Dime.

— Estamos a veintiuno de agosto.

— Veintiuno.

Sigue barriendo. No levanta la vista, y yo sé perfectamente lo que viene porque llevo veinticinco años oyéndola coger carrerilla.

— Todos los años, por estas fechas, entras por esa puerta y me dices: Toñi, pregunta por ahí, que en octubre me muevo.

Todos. El año del piso de Amaya. El año de la buhardilla aquella de San Juan de Dios que se llovía por dentro.

El año pasado me lo dijiste dos veces porque se te olvidó que me lo habías dicho.

— ¿Y?

— Que este año no me lo has dicho.

Me quedo con el vaso de cartón en la mano. Fuera pasa el camión de la basura, que suena a derrumbe.

— Se me habrá olvidado.

— A ti no se te olvidan esas cosas. Se te olvidan los cumpleaños.

— El tuyo me lo sé.

— El mío te lo sabes porque es el mismo día que el cierre por vacaciones. Eso no cuenta.

Suena la campanilla y entra una señora a preguntar si aquí hacen las uñas.

Toñi dice que no hace las uñas. La señora dice que en la otra peluquería sí las hacen y Toñi dice que en la otra peluquería que se las hagan.

La señora se va. Toñi cierra otra vez con el pie y se queda mirando el montoncito de pelo, que sigue en el suelo porque no ha llegado a barrerlo del todo.

— Toñi.

— No te estoy diciendo nada — dice, y por fin levanta la cabeza y se apoya en la escoba —. Te lo estoy contando. Es distinto. Desde aquí hay una silla y hay una puerta, y por una puerta pasa todo el mundo.

Yo me miro la muñeca quemada del café.

— Y no se lo voy a decir a nadie. Te lo prometo.

Me siento en la silla de Yeray, que a mí no me va a cortar el pelo porque no me queda pelo que cortar.

— ¿Sabes a quién me encontré el jueves? Al de Ponferrada.

— ¿Quién es el de Ponferrada?

— Un señor que vino a la ruta tres noches seguidas.

Tres. Pagó las tres. La primera se puso detrás del todo con los brazos cruzados.

La segunda se puso en medio. Y la tercera se puso delante, y cuando llegamos al callejón y yo iba a soltar lo de la partida de sal y el aduanero, va y lo cuenta él.

En alto. Delante de treinta personas. Y lo contó mejor que yo, Toñi.

Con una pausa antes del final que yo no le había puesto nunca.

— ¿Y tú qué hiciste?

— Aplaudir. ¿Qué iba a hacer?

Toñi me mira un rato largo con la escoba en la mano y después vuelve a barrer.

— Anda, quítate de mi silla, que a las once tengo a la del tinte y esa sí que paga.

A las nueve menos diez de la noche, en la plaza de San Juan de Dios, cuento cabezas y me sale sesenta y uno.

Cuento otra vez porque no puede ser y me sale setenta y uno, que era lo que había la primera vez y yo me había saltado una fila.

Sesenta y ocho pagando y tres criaturas de brazos.

Están los seis amigos de Yeray, que son nueve.

Está una despedida de soltera de Utrera con un cartel plastificado.

Y está, sobre todo, un autobús entero de una asociación de Jerez que tenía reserva para el sábado y que ha venido el viernes porque alguien apuntó el día en un papel y el papel lo escribió otro.

Yo he sacado grupos de cincuenta y he sacado uno de cincuenta y ocho el verano del apagón.

Por encima de cuarenta se pierde gente en las esquinas.

Por encima de sesenta se pierde la mitad de atrás y no te enteras hasta el final, y para cuando te enteras esa mitad está sentada en una terraza pidiendo la carta.

— Los partimos — dice Martín, a mi lado, sin levantar la voz.

— No se puede partir. Hay un disfraz.

— Hay dos guías.

Y ahí me quedo yo con la boca abierta y con el sombrero en la mano, que es una postura en la que no me había visto nunca.

Lo montamos en cuatro minutos encima del capó de un coche.

Él saca el mapa plastificado y hace dos recorridos con el mismo orden y veinte minutos de diferencia.

Yo salgo primero con treinta y seis, con la levita y con Yeray.

Él sale después con treinta y cinco, sin levita, sin sombrero y sin nada que le diga a nadie que ese señor alto de camisa blanca es el que manda.

— ¿Y tú qué haces cuando lleguen al callejón? — le digo.

— Contarlo.

— Es que el final es mío.

— Pues préstamelo.

La primera media hora es un desastre razonable.

Yeray tiene que hacer su número dos veces, con veinte minutos de diferencia, corriendo por la calle Mesón con la sábana debajo del brazo, y en el segundo pase llega tan sin aire que le sale un fantasma asmático que le gusta más a la gente que el original.

Una señora de Jerez se cambia de grupo dos veces por su cuenta y termina la noche convencida de que la ruta dura hora y media.

Y en la calle Sopranis, que tiene tres metros, los dos grupos se encuentran de frente porque yo me he retrasado en el Arco de la Rosa y él ha ido más deprisa de lo que había medido.

Setenta y una personas paradas en una calle de tres metros, mirándose unas a otras.

— ¡Estos son los del turno de tarde! — grito, señalando a los suyos.

Y la gente aplaude. Aplauden los setenta y uno, los de él y los míos, y hay dos señores que se dan la mano como si se conocieran de algo, y nos separamos por donde se puede y cada uno tira de lo suyo. Fue un fallo de reloj y salió gratis, que es la única clase de fallo que a mí me gusta.

A las once y veinte estoy en la boca del callejón del Sereno con mi grupo ya deshecho y la gorra pesándome, y en vez de irme me quedo apoyado en la esquina de Mesón esperando a que salga el suyo.

Sale a las once y cuarenta. Sale despacio, hablando, sin querer irse, con esa manera de salir que tienen los grupos cuando les ha gustado. Y detrás sale él, sin levita y sin sombrero, con las gafas colgando del cuello de la camisa y con dos señoras a cada lado preguntándole dónde se come bien.

¿Tú sabes lo que pasa? Que yo llevo ocho años diciendo que esta ruta no se puede hacer sin mí.

Lo digo en las barras, lo digo con gracia y lo digo en presente.

Y esta noche la ha hecho un hombre de Teruel en camisa blanca, con mi final dentro, y la calle Mesón entera se ha reído en el sitio donde se ríen siempre.

Las dos gorras dan trescientos cuarenta y ocho euros con veinte. Es la mejor noche del verano y ninguno de los dos la ha hecho entera.

Subimos por Sopranis sin prisa. Él lleva las fotocopias del archivo enrolladas en el bolsillo de atrás, porque ha bajado con ellas desde la biblioteca y no ha tenido cuándo dejarlas.

— ¿Y eso qué es?

— Otra multa de sal. Doce hubo en todo el año, y las doce por lo mismo: la metían en sacos de harina.

— Es que funciona, Martín. Si le funcionó al primero, ¿para qué se va a comer nadie la cabeza?

— Al primero lo multaron.

Se quita las gafas para decírmelo, que es una costumbre suya que me hace una gracia enorme, porque se las pone para leer y se las quita para hablar, no vaya a ser que las palabras le rayen los cristales.

En la esquina de Cristóbal Colón, el gato de la valla se ha cambiado a la valla del medio. Nos paramos delante del hostal porque es donde se para siempre, aunque desde el catorce no haya ningún motivo.

— Oye.

— Dime.

— ¿Tú te vas a quedar el cuarto hasta el treinta de septiembre?

— Está pagado hasta el treinta de septiembre.

— No te he preguntado eso.

— Ya lo sé.