Martín
Miércoles diecinueve de agosto, seis y diez de la mañana.
Llevo dos horas despierto y una hora y cuarenta escribiendo.
Estoy sentado a la mesa del salón, en la silla que no cojea, con el cuaderno de tapa dura granate abierto a la izquierda y el ordenador delante.
Curro duerme al fondo del pasillo con la puerta entornada.
En el patio no hay nadie todavía. Es la única hora del día en que esta casa está callada y yo llevo tres días levantándome a las cuatro y media para cogerla entera.
Escribo bien. No lo digo con orgullo: lo digo porque es un hecho comprobable y porque llevo once años sabiéndolo sin que sirviera de nada. Escribo rápido, ordeno bien y tengo un defecto profesional que aquí juega a mi favor, que es no creerme ningún dato hasta haberlo visto dos veces.
El guion tiene once paradas. Cada parada tiene su plano, sus minutos, su texto y su nota de intendencia.
En la nota de intendencia se apunta que en la calle Sopranis hay que subir la voz porque a las once pasa el camión de la basura.
O que en el Arco de la Rosa el grupo se abre y hay que recogerlo antes de seguir.
Esas notas no las he inventado yo. Esas notas son de mirar a Curro Bohórquez cuarenta y una noches de ruta.
Y aquí está lo que me da vueltas a las seis y diez de la mañana. La parte buena del documento no es la mía.
La parte buena es lo que hace él. Lo que hace con la mano izquierda cuando quiere que cuarenta personas se callen.
La manera en que empieza en un sitio y termina en otro y la gente no se da cuenta de que ha andado doscientos metros.
El truco de contar el final de una historia al principio de otra para que nadie se vaya.
Los cuatro segundos que espera antes de decir el nombre de don Amaro.
Todo eso se puede escribir. Yo lo estoy escribiendo. Y cuando lo leo en la pantalla, ordenado y con sus tiempos y sus corchetes, está bien y funciona y no hay una sola línea que sea mentira.
Esta mañana escribo la parada cuatro, la del padrón, que es la única parte del guion en la que aparece un documento de verdad, y la escribo cuatro veces.
En la primera pongo el hallazgo entero: el padrón de 1857, la casa número tres de la calle del Sereno, Amaro Salas Peinado, cuarenta y un años, jornalero, y la multa de aduana de 1849 con las cuatro arrobas. Queda impecable y queda muerto.
En la segunda lo quito todo y dejo el nombre suelto, sin fecha, como lo dice Curro. En la tercera lo pongo a la mitad y le añado una nota al pie, honrada y de cuatro líneas, explicando que la coincidencia está documentada y que la identificación no lo está.
En la cuarta escribo un párrafo entero sobre lo que hace Curro con esa parada.
Sobre por qué espera lo que espera y por qué mira a la reja y no al grupo.
Lo escribo bien, mejor que todo lo demás, y a los diez minutos lo borro, porque eso no es un guion.
Eso es un retrato y a nadie le he preguntado si puedo hacerlo.
Dejo la nota al pie y sigo con la parada cinco, la del Arco de los Blanco, que tiene menos problemas porque de esa lo sé todo y no me importa nada.
A las siete y veinte guardo y cierro la tapa. Me pongo a hacer café antes de que suene el despertador del dormitorio. Y ahí me doy cuenta de que llevo hora y cuarenta sin mirar la hora, cosa que no me pasaba desde el máster que no terminé.
Curro sale a las siete y media con el pelo de un lado levantado y la camiseta del revés.
— ¿Otra vez despierto a las mil?
— Me despierto solo.
— Tú no te despiertas solo. Tú te levantas por algo. — Se sienta en el taburete y bosteza con la boca entera, sin taparse —. ¿Qué haces a las seis de la mañana en mi mesa?
Y aquí está el momento. Lo tengo delante, con las dos manos en la taza, y dura lo que dura un sorbo.
— Cosas de la ruta — digo.
Que es verdad. Es verdad del todo y no es nada.
Podría añadir tres frases más y estaría contado.
No las añado. Y no las añado por una razón que en ese momento me parece razonable y que soy capaz de formular entera mientras me la estoy diciendo.
Curro tiró mi guion a una papelera sin levantarse.
Lleva ocho años sin escribir una línea. Se ríe de todo lo que tiene anillas.
Y Basi ha dicho que él prefiere contarlo cuando exista. Cuatro razones. Ninguna es mentira.
Nadie me ha dicho que se lo cuente.
— ¿Qué cosas? — dice Curro.
— Los tiempos. Estoy midiendo los tramos otra vez.
— Si los tiempos ya no los cumples.
— Por eso los mido.
Y se ríe, y se levanta a por el pan. Por el camino me cuenta que ayer se encontró a un hombre que le vendió una moto en 2014 y que el hombre le preguntó por la moto.
La moto la vendió él a los cuatro meses.
Estuvo veinte minutos inventándose el estado de conservación de una moto que no tiene desde hace once años.
Termina la historia en la puerta. La historia es buena y es larga y dura exactamente hasta que se cierra la conversación anterior.
Trabajo hasta la una en la biblioteca, que en agosto tiene aire acondicionado, wifi y quince personas dentro, de las cuales doce están opositando y una está durmiendo.
Como el archivo cierra por las tardes, me llevo las fotocopias y trabajo en la sala grande, en la mesa del fondo, debajo de un aparato de aire acondicionado que gotea en un cubo desde el uno de julio.
En la mesa de al lado hay dos chicas de instituto preparando septiembre, y una le está explicando a la otra las desamortizaciones con un vídeo puesto a poca velocidad.
Lo explican mal las dos y lo explica peor el vídeo, y me paso veinte minutos peleando conmigo mismo para no levantarme, y no me levanto, y eso me cuesta más trabajo que las cuatro páginas de esta mañana.
A las cinco paso por la oficina a devolver la llave del vestuario. Basi está solo, con el ventilador de pie a toda potencia apuntando a un montón de folletos para que no se vuelen. No funciona.
— ¿Cómo va aquello? — dice, sin decir qué aquello.
— Treinta y una páginas.
— ¿Y de cuántas van a ser?
— Cuarenta y dos, más los anexos.
Basi se queda un rato mirándome con las gafas en la frente. Luego se levanta, va al fondo, saca del cajón una segunda carpeta de anillas idéntica a la de la mesa plegable y la deja al lado de la primera.
— Por si acaso — dice.
— Basi, es un archivo. No hace falta imprimirlo dos veces.
— Yo cuando una cosa existe la quiero tocar.
Y vuelve a sentarse, y a mí se me queda esa frase dando vueltas hasta la noche, porque es justo lo que llevo pensando yo desde el sábado y no había sabido decirlo.
A las seis y media Curro me manda bajar a la peluquería.
— Bájate, que te corte Toñi.
— Me lo corté en junio.
— Martín, pareces un notario en excedencia.
La Peluquería Carranza huele a lo que huele la casa de Curro los lunes por la mañana, pero de cerca y más fuerte. Toñi me sienta, me pone la capa, me la ajusta en el cuello y luego me mira por el espejo, y en el momento en que me mira por el espejo yo ya sé que esto no va a ser un corte de pelo.
— ¿Te lo dejas o te lo quitas?
— Lo mismo pero más corto.
— Lo mismo pero más corto lo dice todo el mundo y luego se enfada todo el mundo.
Corta cuatro minutos seguidos en silencio, y los cuento porque no me lo creo.
— ¿Y el hombre ese de la sal existió o no existió?
— No se sabe.
— Curro dice que se lo inventó él.
— Y yo le creo. Lo que pasa es que en un padrón de 1857 hay un Amaro Salas Peinado viviendo en esa misma calle. Puede ser el mismo o puede no serlo, y con lo que hay no se puede decidir.
Toñi para las tijeras y me mira otra vez por el espejo.
— ¿Y eso a Curro le hace gracia?
— No mucha.
Sigue cortando y habla de una clienta que se ha ido a Conil, de su cuñada y de un chico del almacén que le manda mensajes a las once de la noche, y no me pregunta nada más de Curro, y eso, en Toñi Carranza, no puede ser un descuido.
Al terminar me quita la capa de un golpe y me sacude los hombros con una brocha.
— Te lo juro por el secador de casco, que no lo usa ni Dios pero es mío, que estás mucho mejor.
— ¿Cuánto es?
— Nada.
— Toñi.
— Que no, hombre. Ya me lo cobraré.
Y no me deja pagar. Subo la escalera con la nuca fría y con una sensación rara que tardo dos pisos en identificar. Alguien de esta ciudad me ha hecho un favor sin que yo se lo pidiera y sin avisarme antes por escrito.
La ruta de esa noche son cincuenta y cuatro personas y va perfecta.
Cojo el grupo en la plaza de San Juan de Dios a las nueve en punto, cuento cabezas, levanto la mano y digo que ya estamos todos y que empezamos por aquí, y echo a andar, y detrás vienen cincuenta y cuatro personas.
Hay dos cosas nuevas esta semana. La primera es que ya no repartimos las paradas antes de empezar: se reparten solas, sobre la marcha, y funciona. La segunda es que Curro ha empezado a callarse cuando hablo yo, que parece poca cosa y es un cambio de oficio entero.
Hay una señora de Alcalá de Guadaíra que en la parada tres levanta la mano para contar que ella tiene una prima que se apellida Salas, y Curro le dice que entonces le toca pagar el doble y la señora se ríe hasta tener que apoyarse en el marido.
Ese es el momento en el que un grupo se entrega, y esta noche llega en el minuto once, que es pronto, y cuando llega en el minuto once la ruta ya no se puede estropear.
Curro hace lo del cólera esta noche, que normalmente es mío, porque el jueves cambiamos y ninguno de los dos se acuerda de por qué.
Yo hago la parte de la boda inventada de 1802, que ahora ya es mía, y le meto un dato verdadero en medio y el dato verdadero es lo que hace que la mentira se sostenga.
Terminamos a las doce y veinte y la gorra da doscientos dieciocho con setenta.
En el callejón, cuando ya se ha ido casi todo el mundo, se queda una pareja de Valladolid preguntando dónde se come bien el pescado frito. Curro les da tres nombres y una recomendación sobre la hora.
Y entonces se palpa los bolsillos.
— ¿Tienes algo para apuntar?
— La libreta — digo, y se la doy.
La libreta de tapa dura la llevo desde el primer día en el bolsillo de atrás.
Es negra, tiene una goma que le cuelga por debajo y en la primera hoja pone mi nombre y un teléfono por si se pierde.
Dentro hay dos partes: delante apunto lo que sale mal y detrás, desde el treinta de julio, apunto lo otro.
Curro la abre por delante. Es lo lógico: se abre por delante.
Le veo pasar una hoja. Le veo pasar otra. Le veo llegar a la última página escrita y detenerse ahí, y quedarse mirándola más de lo que hace falta para ver que una página está en blanco.
La última anotación es del veintisiete de julio. Dice: «Cap. 6 min. El grupo se abre en el Arco. Recoger antes de entrar.»
Veintitrés días sin apuntar una sola cosa de las que salen mal, y no porque no salgan mal, que anteanoche perdimos a dos señoras en la calle Ancha y hubo que volver a buscarlas.
Es que dejé de apuntarlo. En algún momento entre el veintisiete de julio y hoy dejé de sacar la libreta al terminar, y no me di cuenta, y no sabría decir qué noche fue.
Curro no dice nada, ni levanta la cabeza, ni cambia de postura.
Coge el bolígrafo y apunta el nombre de la pareja de Valladolid y un número de teléfono en la primera hoja libre que encuentra, con esa letra suya que parece de médico y de niño a la vez.
Cierra la libreta, le pone la goma y me la devuelve.
— Toma.
— Gracias.
Y se gira hacia la pareja de Valladolid y les dice que si van el jueves digan que van de parte del sobrino y que les pongan la caballa.
No lo comenta esa noche, ni de camino a casa, ni cuando subimos, ni al día siguiente. Y yo tampoco lo comento, porque no sabría por dónde empezar.
Subimos sin hablar mucho. En el rellano del segundo, Curro le da al interruptor por costumbre aunque esta noche la luz está dada, y luego se ríe él solo de haberlo hecho.
En la cocina bebe agua del grifo con el vaso de siempre y me pregunta si mañana voy a la biblioteca. Le digo que sí. Me pregunta a qué hora vuelvo. Le digo que a la una. Y él dice que entonces comemos aquí, y esa es la conversación entera.
Después se cepilla los dientes con la puerta abierta, la ventana del baño abierta y toda la comunidad de vecinos escuchando, y me cuenta a voces una historia larguísima sobre un primo suyo que se compró un congelador de segunda mano y sobre lo que había dentro.
A las dos y diez de la madrugada, con Curro dormido y la casa a oscuras, abro el ordenador en la mesa del salón y añado dos párrafos a la parada número siete.
El documento tiene treinta y una páginas, nueve mil cuatrocientas palabras y cuarenta y una notas al pie.