Curro
Los lunes por la mañana mi casa huele a permanente.
Martín lo notó el primer día y se levantó a comprobar si se estaba quemando algo, y cuando le expliqué que era la peluquería de abajo se quedó parado en mitad del pasillo y luego dijo, con una tranquilidad absoluta, que el amoniaco en concentraciones bajas no es peligroso y que la ventilación cruzada de este piso es buena.
En esta casa eso pasa por una declaración.
Lleva tres noches durmiendo en el sofá cama, y eso tiene una explicación oficial, y la explicación oficial es que el hostal La Corredera está lleno hasta el veinte porque hay unas jornadas de no sé qué en el edificio de al lado.
Se lo dije yo y él dijo que sí, y ninguno de los dos ha comprobado nada y los dos sabemos que el hostal La Corredera no se ha llenado desde la Expo, pero la explicación existe, está dicha en voz alta y a los dos nos sirve.
El sofá cama se abre con un tirón de las dos manos y el pie apoyado en el travesaño de abajo, y antes de abrirlo hay que separarlo de la pared.
Detrás del sofá hay cajas de mudanza montadas, seis, con la cinta puesta y sin nada dentro, apiladas de dos en dos contra el rodapié desde el invierno en que me mudé.
El primer día las saqué al pasillo y las volví a meter cuando cerramos el sofá, y el segundo día hice exactamente lo mismo sin que me lo pidiera nadie.
El tercer día las sacó él y las apiló en el mismo orden en el que estaban. No dijo nada. Yo tampoco.
La primera noche durmió aquí porque se hizo tarde, y la segunda porque se hizo tarde otra vez, y las dos veces él dijo lo mismo antes de quedarse, que era una frase de tres palabras y media sobre el último autobús que no existe porque el hostal está a diez minutos andando.
La tercera noche no se hizo tarde. La tercera noche terminamos la ruta a las once y diez, cenamos en El Bombo, subimos a las doce y media y ninguno de los dos dijo absolutamente nada, y esa es la diferencia entre la segunda y la tercera y no hay más que contar.
La ventana del baño no cierra desde que yo llegué, y cuando digo que no cierra digo que le falta el pestillo entero y que el marco tiene cuatro manos de pintura y ya no encaja, de manera que se queda abierta y da derecha al patio, con lo cual todo lo que se diga en ese baño lo oye la peluquería.
Yo lo aprendí el primer verano, cuando canté una alegría entera en la ducha y esa misma tarde Toñi me la tarareó en el portal.
Martín no lo sabía, y nadie se lo dijo, y la culpa de lo que viene ahora es mía o de la comunidad de propietarios, que lleva desde marzo sin reunirse.
El domingo se metió a ducharse y se puso a hablar por teléfono con Bosco a volumen normal de hombre que habla por teléfono en un cuarto de baño, o sea, a volumen de mitin.
Estuvo ocho minutos. Y cuando bajé a las once a por el pan, Toñi salió de la peluquería con el peine en una mano y las tijeras en la otra y me preguntó, delante de dos clientas y de una señora con papel de plata en la cabeza, quién era Bosco.
— Un amigo suyo de Teruel.
— ¿Y por qué le pregunta tanto?
— Toñi, ¿tú te crees que yo controlo lo que se dice en mi baño?
— Yo lo único que digo es que a ese hombre le hace más preguntas un amigo por teléfono que tú en mes y medio.
Y se metió otra vez y dejó la puerta abierta para que me quedara pensando, cosa que hace desde los ocho años. Aquello lo oyeron tres clientas y la del papel de plata, que en la puerta de una peluquería son veinte personas.
Ahora Martín se ducha con el grifo abierto y sin hablar y ha empezado a poner una toalla enrollada en la rendija de la ventana.
La toalla no sirve para nada. Él lo sabe. La pone igual.
Lo del balcón es otra cosa, y lo del balcón es mío, y no pienso ceder ni un metro aunque me traigan a un ingeniero de caminos con un aparato de esos de tres patas.
Lo del balcón lleva desde el diez de agosto y ya no hay marcha atrás para ninguno de los dos.
Yo digo que desde mi balcón se ve el mar.
Él dice que no. Y no lo dice de pasada, lo dice con datos, y ahí es donde el hombre me tiene ganada la discusión de todas las maneras posibles menos en la única que me importa.
El lunes se levanta a las siete, desayuna, se va a la biblioteca a las ocho, vuelve a las diez menos cinco con una bolsa de papel del horno y lo tiene todo preparado, y cuando digo todo digo que ha impreso un plano.
— ¿Un plano?
— Un plano del casco antiguo con las alturas de edificación. Lo tienen en el archivo.
— Martín, son las diez de la mañana.
— Tú estás en la cota veintitrés. Enfrente hay una medianera de catorce metros a dieciocho metros de distancia. Para ver el agua desde este balcón harían falta cuatro plantas más o que se cayera esa pared.
— Yo he visto el mar desde aquí.
— ¿Cuándo?
— El primer año.
— ¿En qué mes?
Y aquí es donde yo hago lo que hago siempre, que es subirme al taburete de la cocina, sacarlo al balcón y decirle que se suba.
Y él se sube, porque es un hombre educado.
Y se agarra a la barandilla, y estira el cuello, y mira hacia el noroeste durante un rato largo con toda la seriedad de un topógrafo, y luego se baja y dice que no.
— Es que hay que mirar en diagonal.
— He mirado en diagonal.
— Con un ojo cerrado.
— Curro.
— Con el ojo izquierdo. El derecho no vale para esto.
Y se sube otra vez. Se sube otra vez, con el ojo izquierdo cerrado, un hombre de metro ochenta y tres subido a un taburete de cocina de treinta euros en un balcón de un tercero de la calle Sagasta a las diez y cuarto de la mañana de un lunes, y desde el patio la del segundo lo está mirando con la fregona parada.
— No se ve el mar — dice desde el taburete.
— Se intuye.
— Es una pared.
— Es una pared con el mar detrás. Como todo en esta ciudad.
Y se baja del taburete y se ríe, y yo me quedo con el plano en la mano mirando las cotas de altura con muchísima atención, y en ese momento pasa una cosa por dentro que no le pienso contar a nadie y que consiste en darse cuenta, de golpe y sin motivo, de que hace tres días que no pienso en septiembre.
Por la tarde, con Martín en la biblioteca y con toda la casa para mí, hago una cosa rara y la hago deprisa, que es como se hacen las cosas raras.
Vacío dos baldas del armario del dormitorio.
Saco tres bolsas de ropa de invierno que llevan ahí desde que me mudé, dos toallas que no uso y una caja de zapatos con cables, lo meto todo en una bolsa grande y lo subo al altillo, y dejo dos baldas enteras vacías, limpias, con el papel de forrar puesto y todo.
Cuando Martín llega de la biblioteca a las siete y ve el armario abierto, se queda un momento quieto, y luego dice gracias, y lo dice con una voz que no es la de dar las gracias por una balda.
Y yo, que llevo treinta y tres años en esta ciudad y ocho veranos sacando a cuarenta desconocidos por noche de un sitio a otro sin que se me pierda ninguno, digo exactamente lo que no hay que decir.
— Es hasta que en el hostal haya sitio.
Y lo digo rápido, y lo digo mirando el armario y no a él, y en cuanto lo he dicho me dan ganas de meter el brazo en el aire y coger la frase otra vez.
Martín asiente. Coge tres camisas de la maleta y las cuelga en la balda de arriba, y las cuelga separadas, con un hueco igual entre percha y percha, y no dice ni media palabra más del asunto.
En la cena tampoco hablamos del armario.
Hablamos de una mujer que ayer se empeñó en que el Arco de la Rosa se llamaba así por una novia muerta, y de si a Yeray hay que decirle o no que la sábana ya no da más de sí, porque lleva desde el uno de julio y tiene el bajo negro de arrastrarla por el Pópulo.
Decidimos que se lo diga Basi. Basi no se lo va a decir.
Esa noche, que es lunes y no hay ruta, cenamos en El Bombo y volvemos a la una y cuarto. Abrimos el sofá cama entre los dos, que ya lo hacemos sin hablar, y sacamos las cajas al pasillo. Yo me voy al dormitorio. Él se queda en el salón.
Y a las dos y veinte, con la puerta del dormitorio entornada y la casa a oscuras y el olor a permanente ya del todo apagado, Martín Bermejo se da la vuelta en el sofá cama.
El muelle del lado izquierdo hace un ruido corto y agudo, como el de un pájaro pequeño al que le han pisado la cola, y luego otro más flojo, y luego nada.