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Martín

Encima de la mesa plegable hay una carpeta de anillas nueva. Es negra, de cuatro anillas, con el lomo todavía rígido y la pegatina del precio en la esquina de abajo. Dentro no hay nada. Ni una hoja.

Lleva ahí desde el miércoles y nadie la ha tocado, y esta tarde alguien la ha cambiado de sitio hacia la ventana.

Yo me fijo en esas cosas y no lo puedo evitar: en el archivo de Teruel había una caja de cartón encima de un armario que nadie bajó en cuatro años, y yo apuntaba en un cuaderno la capa de polvo, y nadie me lo pidió y no servía para nada.

Son las siete y veinte del viernes catorce de agosto.

En la oficina de Rutas Balandra estamos Basi y yo.

Curro ha ido a recoger la levita de casa de su abuela, que se la ha cosido por dentro porque la costura del hombro derecho llevaba dos veranos aguantando por educación. Yeray no viene hasta las nueve.

El ventilador de pie está apagado, cosa rara, y en su sitio hay un ventilador de sobremesa nuevo que Basi ha traído de su casa y que hace menos ruido y mueve menos aire. El de pie sigue ahí, al lado, enchufado y sin usar. Basi no tira nada.

Basi ha bajado la persiana hasta la mitad. Eso lo hace cuando hay clientes difíciles al teléfono y cuando le da el sol de poniente en la pantalla, y hoy no hay ni clientes ni sol.

— Siéntate, Martín.

Me siento.

— ¿Cuánto tardarías en escribir la ruta entera?

— ¿Escribirla cómo?

— Escrita. De verdad. De principio a fin. Con las paradas, los minutos, lo que dice uno, lo que dice el otro, los datos con su procedencia. Un documento.

Me quedo mirando la carpeta de anillas.

— Depende del nivel de detalle — digo —. Un guion cerrado, con fuentes citadas y tiempos medidos, son unas cuarenta páginas. Tres semanas trabajando por las mañanas.

— ¿Y eso trabajando cómo?

— Por las mañanas. Si tengo acceso al archivo, tres semanas. Si no, cuatro.

Basi se levanta, coge la carpeta de anillas y me la pone delante con las dos manos, y la deja recta.

— Queremos que lo escribas tú.

En once años de oficio yo he escrito muchas cosas: guiones de ruta para tres empresas, los textos de un folleto de Albarracín que todavía se reparte, ciento sesenta fichas de sala para un centro de interpretación y el borrador entero de un plan de visitas que se aprobó en un pleno por unanimidad.

De todo eso no hay ni una sola línea que lleve mi nombre delante.

Nadie me lo quitó: no se me ocurrió pedirlo y no me lo ofrecieron, las dos cosas a la vez, y en su momento ninguna de las dos me pareció rara.

— ¿Con mi nombre? — digo.

— En la primera página. Guion y documentación, Martín Bermejo Solana. — Basi se sienta otra vez y se recoloca las gafas en la frente —. Y debajo, más pequeño, Rutas Balandra. Eso es lo justo.

Noto una cosa rara en las manos. Las tengo apoyadas en la mesa plegable y las noto lejos, de esa manera en que se notan las manos cuando has dado sangre. Me oigo carraspear y me oigo hacer una pregunta técnica sobre el formato del documento, que es lo único que soy capaz de producir.

— ¿Y para qué es?

— Para venderlo.

Y entonces me lo cuenta entero, en plural mayestático, como cuenta él todas las cosas.

Que si se puede envasar el formato, se puede llevar a otras ciudades.

Que hay una empresa en Málaga que le compró hace seis años un circuito de bodegas y que sigue funcionando con el mismo papel.

Que las agencias del doce de septiembre no vienen a comprar una ruta, vienen a ver si esto se puede repetir.

Que si esto solo lo puede hacer Curro, entonces no vendemos un formato: alquilamos a Curro.

— ¿Y las agencias qué han pedido exactamente?

— Las agencias no han pedido nada, que las agencias nunca piden.

Vienen, miran y luego te llaman en enero.

Pero Nautilia trabaja con quince destinos y Grupo Escala mueve autobuses de sesenta plazas, y esa gente no compra una noche bonita en Cádiz.

Esa gente compra una cosa que se pueda poner en un catálogo con un número al lado.

— Y para el catálogo hace falta el papel.

— Para el catálogo hace falta el papel.

Basi tiene sesenta y un años y una manera de explicar el dinero que no he visto en ninguna otra empresa de este sector: no habla de márgenes ni de porcentajes, habla de gente que llama en enero.

— Basi, esa frase es dura.

— Es dura y es verdad. A mí tampoco me gusta.

Me quedo callado. Fuera, en la calle, pasa una moto y detrás pasa el carrito de un heladero con la campanilla.

— Yo no puedo decir que sí ahora mismo — digo.

— No tienes que decir nada ahora mismo.

— Es que hay una parte que no es mía. Las historias de don Amaro las ha construido Curro durante ocho años sin escribir una línea. Yo puedo poner las fechas y la estructura, pero el material...

— El material es de la empresa — dice Basi, y lo dice sin ninguna maldad y sin bajar la voz, con la tranquilidad de un hombre que lleva catorce años pagando una nómina —. Eso está en el contrato de él y en el tuyo. Léelo si quieres. Página dos.

Lo he leído. Está en la página dos, en el apartado cuarto, y lo leí el treinta de junio en la habitación seis antes de firmarlo. Cláusula de titularidad de contenidos. Dos párrafos y medio.

— Aun así preferiría hablarlo con Curro.

— Y se hablará. Pero de momento esto lo llevamos tú y yo, que yo a Curro no le cuento un proyecto hasta que el proyecto existe, porque le conté lo del barco y estuvo tres meses con la coña del barco.

Me río, porque es verdad y porque Curro sigue con la coña del barco.

— ¿Me lo puedes mandar por escrito? — digo.

Basi levanta la cabeza.

— ¿El qué?

— El encargo. Lo que me acabas de pedir. En un correo.

— ¿Para qué quieres tú un correo?

— Para tenerlo.

Y Basi dice que sí sin preguntar nada más. Es un desastre para casi todo y en esto no me ha fallado ni una vez desde junio. Esa es la razón por la que yo estoy en esta ciudad y no en otra.

Salgo de la oficina a las ocho menos veinte con hora y media por delante y las manos todavía raras. Y en vez de ir al hostal, o de ir a comer algo, o de sentarme en un banco como haría una persona normal, me meto en la Papelería Solís de la calle Ancha y me compro un cuaderno.

No un cuaderno cualquiera: estoy nueve minutos delante del expositor descartando los de espiral, porque la espiral se engancha en el bolsillo de la mochila, y los de raya, porque para esto hace falta cuadrícula, y al final salgo con uno cosido, tapa dura granate, ciento sesenta hojas.

El hombre del mostrador me pregunta si es para el colegio y le digo que no, y no le digo para qué es, porque en el momento de abrir la boca me doy cuenta de que no sabría decirlo sin que suene ridículo. Me cobra tres euros con noventa y ahí se acaba la conversación.

En la calle, con la bolsa en la mano, hago una cosa que no he hecho nunca. Escribo el título antes de tener el encargo firmado.

El correo me llega esa misma noche a la una y cuarenta, mientras estamos recogiendo: cuatro líneas, dos faltas de ortografía y el asunto en mayúsculas.

ENCARGO GUION CÁDIZ EN DOS VOCES. Que la empresa encarga a Martín Bermejo Solana la redacción del guion completo, con su nombre en la primera página, y que hablamos de dinero en septiembre.

Lo leo seis veces de pie en la puerta de la oficina. Luego me lo mando a mí mismo a otra dirección, cosa que no he hecho en la vida, y en el asunto pongo la fecha.

En el hostal, antes de la ruta, hago una cosa que llevo dos meses sin hacer.

Abro la maleta del todo, saco la ropa que quedaba dentro y la meto en el armario de dos puertas, incluida la puerta que no cierra.

Tardo seis minutos. Cuando termino, la maleta está vacía y ocupa mucho más sitio vacía que llena, así que la meto debajo de la cama de noventa y no entra, y se queda de pie en la esquina, abierta, mirando a la pared.

La ruta de esa noche la hago mal. No mal de que se note: mal de que yo lo sé. Llego tarde a dos entradas, me como un dato en el Arco de la Rosa y en la parte de la aduana digo mil ochocientos treinta y nueve.

— Cuarenta y nueve — digo, sin que nadie me haya corregido —. Mil ochocientos cuarenta y nueve. Perdón.

El grupo no se entera de nada. Curro sí, y me mira desde el otro lado de la calle sin parar de hablar, y no dice nada delante de la gente porque en eso hemos aprendido los dos.

Y hay un momento peor. En el callejón le toca a él la parte final, la de la sal y la reja y el hombre que salía de noche.

Yo me quedo detrás del grupo mirándole trabajar y me sorprendo pensando en cómo se escribe eso.

En cómo se pone en una página lo que hace Curro Bohórquez con la mano izquierda cuando quiere que cuarenta personas se callen a la vez. Y lo pienso con interés técnico.

Al terminar, en la boca del callejón, me pregunta si estoy cansado y yo le digo que sí, y no es mentira, y tampoco es la respuesta. Él se queda con la levita al hombro hablando con dos señoras de Lugo que quieren saber dónde se come bien, y yo salgo a la calle a que me dé el aire.

Y allí está el Caleta Exprés, aparcado en la esquina con las luces apagadas y Rocío sentada en el estribo con una lata de refresco.

— Buenas noches — digo.

— Aquí el pasaje puede desembarcar por la puerta trasera.

Rocío ha terminado a las once y no se ha ido a su casa, y eso lo pienso después. En ese momento solo me siento en el estribo, al lado, y nos quedamos mirando la calle vacía como dos personas que no tienen nada que decirse y están cómodas.

Encima de nosotros, la guirnalda de bombillas del primer vagón lleva a medias desde junio; ella ha pedido dos veces que se la cambien y le han dicho que en octubre.

Me cuenta que un niño le ha vomitado en el vagón dos esta mañana y que ha tenido que baldear con una manguera prestada, y que su marido está haciendo un curso de soldadura por las tardes y que ella no sabe si es una afición o un plan.

Me pregunta si en Teruel hay trenes turísticos.

Le digo que hay uno en la sierra que funciona los fines de semana y ella quiere saber cuántos vagones tiene, cuánto cobran y si el conductor va de pie o sentado.

— Sentado — digo.

— Pues eso es hacer trampa.

Y se ríe sola durante un rato, con la lata apoyada en la rodilla. Mira la esquina por la que en algún momento va a salir su hermano con la levita al hombro.

De toda la familia, Rocío es la que más se parece a Curro y la única que no lo sabe. Tienen la misma manera de contar las cosas, empezando por el final y sin dejarte sitio, y las mismas manos.

Y luego se calla, deja la lata en el suelo, se inclina hacia mí y me habla al oído.

Rocío Bohórquez no ha hablado bajo en toda su vida. Habla con un micrófono imaginario delante hasta cuando pide el pan. Y en este momento, en la esquina de la calle Sopranis, a la una y media de la mañana de un sábado, se acerca a mi oreja y baja la voz hasta que casi no se oye.

— Mi hermano guarda las cajas de la mudanza — dice —. Detrás del sofá. Montadas. Las mismas desde que se metió en ese piso.

Y se aparta.

Y coge la lata, y se levanta, y antes de que a mí me dé tiempo a decir absolutamente nada ya está subida al trenecito con la voz de siempre puesta.

— ¡Última salida! ¡No se admiten reclamaciones!

No sé qué contestar a eso. Ella tampoco parece esperarlo. Arranca, y el Caleta Exprés dobla la esquina con la campana sonando una sola vez.

Me quedo un rato solo en la esquina con el sombrero en la mano. Detrás de mí, en la boca del callejón, Curro sigue explicándoles a las dos señoras de Lugo dónde se come bien. Las señoras han sacado un papel y están apuntando. Él les está dando además el nombre del camarero y el día que libra.

Podría entrar y decírselo ahora. Basi no me ha pedido que me calle, me ha dicho que él prefiere contarlo cuando exista, y esas dos frases no significan lo mismo y yo lo sé perfectamente.

Pero también sé que Curro no ha escrito una línea en ocho años, que se ríe de todo lo que lleva anillas y que hace cinco días tiró mi guion a una papelera sin levantarse de la silla.

Así que no entro.

Lo de las cajas me lo llevo andando hasta la calle Sagasta. Seis cajas de mudanza montadas detrás de un sofá, con la cinta puesta, en un piso en el que alguien lleva cuatro años viviendo. Un dato nunca explica nada por sí solo, y eso lo sabe cualquiera que haya trabajado con padrones.

Vuelvo a la oficina a dejar el sombrero y la bolsa de tela. La persiana está a media altura y hay luz dentro.

Basi está de espaldas, delante del armario del cuarto sin ventana, con medio cuerpo metido dentro y una percha en la mano. Busca algo que no encuentra y que no me va a decir qué es.