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«Nosotros no vendemos rutas. Nosotros vendemos noches.»

Eso lo dijo Basi Cardeñosa el jueves pasado, delante de tres personas y de un ventilador estropeado, y lo dijo con una convicción tan grande que Yeray lo apuntó en el móvil y se lo mandó a su primo, y desde entonces yo lo repito en la barra de El Bombo con acento de vendedor de colchones.

A Manolo Rendón le hace gracia una vez al día y ni una más.

Esta noche, miércoles doce de agosto, Basi lo mejora.

— Treinta y cinco noches — dice —. Desde el uno de julio, descontando lunes. Media de cuarenta y tres personas por noche. En agosto del año pasado íbamos a veintiséis.

— Es que en agosto del año pasado la ruta la hacía uno solo y con una linterna.

— Por eso.

— Y la linterna era mía.

— Por eso también.

Y entonces se echa hacia atrás en la silla hasta que la silla protesta, junta las manos por las yemas de los dedos, mira al techo con cara de acreedor y suelta la palabra.

— Franquicia.

Yeray levanta la cabeza del móvil a la velocidad de un perro que oye una bolsa de plástico en la cocina.

— Yo me apunto.

— Todavía no he dicho a qué.

— Pero por si acaso.

Y Basi se lanza, y hay que verlo lanzarse.

Este hombre lleva veintidós años vendiendo colchones y otros catorce vendiendo excursiones y todavía necesita ponerse de pie para explicar las cosas, y se pone de pie en una oficina en la que estamos cuatro y de la que no se va a ir nadie.

Dice Málaga, dice Sevilla y dice que en Córdoba hay una empresa que hace algo parecido y que lo hace mucho peor, y que él lo sabe porque fue de incógnito, que en el idioma de Basi significa que fue, pagó, hizo la ruta entera y al final le dio su tarjeta al guía y le ofreció trabajo.

— El formato es lo que se vende — dice, y se le pone esa voz de cuando cree que está diciendo algo histórico —. El formato. Dos voces. Uno que sabe y otro que cuenta. Eso lo monta cualquiera en cualquier ciudad de España con dos actores y un guion.

Yo me río, y me río fuerte, porque Basi ha tenido esta misma idea once veces desde que yo trabajo con él y ninguna ha llegado a septiembre: una ruta en barco sin tener barco, una de tapas con audioguía que se estropeaba con la humedad, una de fantasmas para despedidas de soltera y una cosa que él llamaba «el Cádiz en bicicleta silenciosa», que consistía en bicicletas normales y en que la gente no hablara, y que se cayó sola el primer día en cuanto quedó claro que a la gente que se apunta a algo así lo que le gusta es hablar.

De las once ha ejecutado dos, no ha sobrevivido ninguna y el hombre sigue igual de contento, y esa es una de las razones por las que llevo ocho veranos aquí.

— Basi, tú lo que tienes que arreglar es el ventilador.

— El ventilador va.

— El ventilador va si le das un tortazo.

— Pues eso es que va.

Le doy un tortazo en la rejilla, el ventilador arranca con un ruido de cosa que se rompe pero no se rompe, y Yeray aplaude desde la mesa plegable con el entusiasmo de un niño en un espectáculo de magia.

Y en ese momento, sin levantar la voz y sin levantar la cabeza del mapa plastificado, Martín Bermejo dice una cosa de cinco palabras.

— ¿Y eso quién lo escribiría?

Basi le señala con el bolígrafo azul con el gesto del que acaba de encontrar la pieza que faltaba en un puzle que llevaba montando solo toda la tarde.

— Ahí. Ahí está la pregunta. Nuestro arquitecto de producto acaba de dar en el clavo.

— Basi, yo no soy arquitecto de nada.

— Desde esta noche.

Y ahí se acaba la conversación, porque a las nueve menos cuarto hay que sacar la levita del armario y porque Basi se ha metido debajo de la mesa a buscar la caja de zapatos.

Yo no le doy la menor importancia a nada de lo que se ha dicho, y no se la doy con conocimiento de causa, porque he oído a este hombre anunciar la conquista de Andalucía tres veranos seguidos y las tres veces la conquista se quedó en un folleto.

Mientras me abrocho la faja pienso que en septiembre estará con otra cosa, seguramente con lo del barco, que vuelve todos los otoños como vuelven las lluvias.

Lo único que noto, y lo noto de refilón, de esa manera en que uno nota las cosas cuando está haciendo dos a la vez, es que Martín no se ha reído.

Yeray se apunta a la franquicia otra vez antes de irnos, esta vez ya con conocimiento de causa, y le pregunta a Basi si en Málaga haría falta un coordinador de humo.

Basi le dice que con carné de conducir sí, y Yeray, que no tiene carné, se pasa el resto de la noche calculando en voz alta a quién le puede pedir el coche para las prácticas: a mitad de la calle Sopranis ya se lo ha pedido a su tía y a un primo, y son las diez y cuarto.

En la ruta está perfecto: cuarenta y ocho personas, poniente flojo y la temperatura justa para que la gente ande sin quejarse.

Cuenta lo del cólera, cuenta lo de la aduana y hasta se inventa un chiste con lo de las arrobas de sal que le funciona mejor de lo que él esperaba, y la cara que se le queda cuando el grupo se ríe vale la noche entera.

Yo hago lo mío, que a estas alturas del verano consiste sobre todo en dejarle sitio.

Terminamos a las doce y diez y la gorra da ciento noventa y siete con veinte.

Pero en la esquina de Sagasta le pregunto qué le ha parecido lo de Basi. Y me contesta que el modelo de franquicia en turismo cultural está estudiado, que hay un informe de 2019 con datos de toda Andalucía y que se lo puede pasar a Basi si le interesa.

— No te he preguntado eso. Te he preguntado qué te ha parecido a ti.

— Que puede funcionar.

Sube conmigo y no volvemos a hablar del asunto. Yo me duermo en cuatro minutos, porque llevo ocho veranos durmiéndome en cuatro minutos y porque a las dos de la mañana un hombre que ha andado nueve kilómetros no le da vueltas a nada.

El jueves por la tarde subo a casa de mi abuela, cosa que hago los jueves desde hace once años y que no he tenido que apuntar nunca en ningún sitio, porque los jueves mi hermana tiene turno partido y porque a mi abuela, si no sube nadie el jueves, le da por llamar a las nueve de la noche a preguntar si estamos todos vivos.

Encarna Villegas vive en un segundo de la calle Virgen de la Palma al que se entra al salón de golpe, sin recibidor y sin ceremonia, y desde la mesa camilla se oye la calle entera, que en cualquier otra finca sería un defecto y aquí es el entretenimiento principal de la casa: se oye quién pasa y quién discute, y a las siete y media se oye el carrito de una vecina bajando la cuesta con una rueda que lleva mala desde antes de la pandemia.

El hule de la mesa es nuevo, de limones, y todavía huele a plástico de tienda.

Debajo de la camilla, contra la pata, está la caja de costura.

Mi abuela cosió trajes de comparsa durante cuarenta años, hasta que la espalda le dijo que hasta aquí, y en esa caja hay alfileres que han estado clavados en tres agrupaciones distintas y un dedal que era de su madre.

Encima del aparador hay una foto de doce hombres vestidos de romanos a los que el fotógrafo cortó por la mitad de la cabeza, y ella lleva cuarenta años diciendo que ese fotógrafo cobró igual.

Me pone un café que es medio café y medio achicoria, porque dice que el café solo le da vueltas, y me pone también una galleta encima del platillo sin preguntarme si quiero galleta, sistema que lleva usando con todo el que entra por esa puerta desde 1968.

La lista de mi abuela pasó a papel a mediados de los noventa, cuando entraron cuatro nombres en el mismo invierno y ella dijo que así no había quien se acordara.

La hoja se cambia cada dos o tres años y los nombres se copian a mano de una a la otra, con lo cual entrar es fácil y salir es cosa de años.

— ¿Y el alto? — dice.

— ¿Qué alto?

— El alto.

— Trabajando.

— Ese hombre come mal.

— Come normal, abuela.

— Come de pie. Yo lo vi el martes en la plaza comiéndose un bollo andando.

Se levanta, se va a la cocina, que está al fondo y no tiene puerta, y desde allí sigue hablando al mismo volumen, que en esta casa es el normal y en cualquier otra sería una discusión.

La oigo abrir la nevera y sé lo que va a decir antes de que lo diga, porque llevo treinta y tres años oyéndoselo decir con nombres distintos.

— Tengo que quitar a Lolita Peña de la lista, que se ha muerto.

— Pues quítala.

— Es que si la quito parece que la perdono.

— Abuela, la mujer se ha muerto en junio.

— Pues por eso mismo.

Vuelve con una lata de galletas de las de costura que dentro tiene galletas, cosa que de pequeño me parecía un fallo grave del funcionamiento del mundo.

Se sienta y se coloca la bata sobre las rodillas, y entonces, sin mirarme y con la voz de quien habla del tiempo, pregunta lo que lleva media hora sin preguntar.

— ¿Y él tiene familia?

— Padre y madre. En Teruel.

— ¿Y hermanos?

— No.

— Ah.

Un «ah» de mi abuela ocupa la habitación entera y no hay manera de contestarlo. Fuera, en la calle, una moto sube en segunda y a la del tercero se le cae al patio algo de metal que suena dos veces.

— ¿Tú sabes lo que pasa? Que en esta ciudad la gente pregunta por detrás.

Como el Chirri, el del bar de la esquina de la calle Ahumada, que en paz descanse.

El Chirri no preguntaba nunca nada de frente, él te ponía la caña y te decía «tú antes venías más», y con esas cuatro palabras ya te había sacado que te habías separado, dónde estabas viviendo y con quién, y una vez estuvo dos meses enteros sacándole a un hombre del ferrocarril que...

Y me paro.

Me paro a mitad de la frase, con la taza a medio camino de la boca y con la historia entera montada por delante. Y no sabría explicar por qué me paro, porque la historia sigue y tiene final y el final es bueno. La he contado cuarenta veces. Bueno, ocho. Pero de las que funcionan.

Mi abuela se calla, y lo peor de mi abuela es justo eso, porque cualquier otra persona te remata la frase, o te pregunta qué pasó con el hombre del ferrocarril, o cambia de tema por educación y te saca del apuro sin que tú se lo hayas pedido.

Ella se queda quieta con la galleta en la mano, mirando el hule de los limones, y espera.

Y esperar es un oficio que ella lleva ochenta y un años ejerciendo y yo no he aprendido nunca.

— Está bien — digo al final —. Martín está bien.

— Yo no he dicho nada de Martín.

— Me has preguntado por él.

— Yo te he preguntado si tenía hermanos.

Se come la galleta entera y sin ninguna prisa, mojándola primero en el café de achicoria y aguantándola después el tiempo justo para que no se caiga, una técnica que en esta familia se hereda. En la calle, la moto vuelve a bajar.

— Abuela, ¿tú por qué preguntas tanto por él?

— Yo no he preguntado nada, hijo. Aquí el que lleva media hora hablando eres tú.