Sígueme, por favor Martín #2
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Martín #2

Nos quedamos a oscuras y en silencio y con un calor inmediato.

Desde el balcón abierto entra el ruido de la calle Sagasta a la una y media de la noche, que consiste en una persiana, en dos personas despidiéndose durante mucho rato en el portal de enfrente y en una gaviota que a esta hora debería estar haciendo otra cosa.

— ¿En Teruel hace este calor? — dice, con la voz de alguien que ya está medio dormido.

— En Teruel hace cuarenta en julio y menos cinco en enero.

— No puede ser.

— Es la ciudad con más amplitud térmica de España. Sale en todos los mapas del instituto.

— ¿Y tú por qué te fuiste?

Ahí me quedo parado. Podría contestar tres cosas y las tres son ciertas y ninguna es la verdad. Al final digo que en Teruel las visitas guiadas van de octubre a mayo y que en verano no hay trabajo. Curro dice que ya, y por el tono sé que ha contado los segundos que he tardado.

— Ahora nos vamos a morir de calor — dice.

— Sí.

— Merece la pena.

La sábana bajera está fuera del colchón por dos esquinas. Ninguno de los dos hace nada al respecto.

A los diez minutos volvemos a encender el ventilador, porque veintiocho grados con dos personas dentro de una cama son treinta y uno, y Curro se levanta a abrir el balcón y la puerta del dormitorio para hacer corriente, y vuelve andando de una manera que no se parece nada a cómo anda por la calle delante de cuarenta personas.

Desde el patio de luces sube el motor de la nevera del segundo derecha, que arranca cada catorce minutos y hace un ruido de barco.

— ¿Y tú duermes con eso?

— Yo duermo con la nevera del segundo, con las gaviotas y con el camión de la basura. Lo que no me deja dormir es el silencio. Cuando voy a Chiclana a casa de mi madre no pego ojo.

En el pasillo, enfrente del baño, hay una foto enmarcada de un grupo disfrazado delante de un escenario, y de camino a la cocina a por agua me paro y la miro con la luz del móvil: en la segunda fila, muy joven y con un bigote pintado, está Curro, y en la primera, sentada y con un vestido cosido a mano, está su abuela.

Hablamos un rato de cosas pequeñas: que el sofá verde es un sofá cama y que el mecanismo está agarrotado y hay que darle un tirón con las dos manos y el pie en el travesaño; que la ventana del baño no cierra desde siempre y que en invierno se pone una toalla; que desde el balcón se ve el mar.

A eso de las tres me levanto y estiro la sábana bajera por las dos esquinas que se han salido, casi dormido y con método, primero la de arriba y luego la de abajo, tirando en diagonal. Curro me deja hacerlo sin abrir los ojos y sin moverse, cosa que complica bastante la operación.

— Eres el hombre más raro que ha entrado en esta casa — dice, con la cara en la almohada.

— La sábana estaba fuera.

— No se ve el mar.

— Se ve.

— Curro, este piso da a un patio de luces y a un trozo de tejado.

— Por encima del tejado.

— Por encima del tejado hay una pared.

— Tú mañana te asomas.

Me duermo antes de contestarle eso y no me despierto en toda la noche. No me había pasado desde el uno de julio.

A las siete y diez estoy despierto, mirando un techo que no es el mío. Tengo un brazo dormido y la sábana bajera hecha un ovillo debajo de la espalda. Curro duerme boca abajo, en diagonal, ocupando un espacio que no le corresponde a nadie.

Me levanto sin hacer ruido, recojo los vaqueros del suelo, que siguen mojados y ahora además fríos, y los cuelgo en el respaldo de la silla, me pongo la camiseta del maratón que no ha corrido, lavo los dos vasos de la mesa del salón y doblo la toalla azul.

Y entonces me quedo de pie en la cocina, con las manos secas y sin saber qué hago, y lo primero que pienso es que podría irme: son las siete y veinte de un lunes, el hostal está a diez minutos andando y tengo la habitación pagada.

Me sale hasta la nota entera en la cabeza, con la primera línea puesta y todo, «Gracias por la camiseta».

Podría también quedarme, y para quedarme no tengo ninguna frase.

Pongo café porque poner café es hacer algo. La cafetera es de las italianas, de tres tazas, y está quemada por fuera y por dentro. El café sale como el alquitrán y con un fondo amargo que no viene del café, viene de la goma.

A las siete y media, abajo, Toñi Carranza sube la persiana de la peluquería de un tirón, y la persiana se oye entera desde la cocina, y detrás se oye una radio y una conversación de nueve minutos sobre el agua que se le ha metido por debajo de la puerta.

Me asomo al balcón para comprobar una cosa. Desde el balcón de Curro Bohórquez, a las siete y treinta y cinco de un lunes de agosto, se ve un patio de luces, un trozo de tejado con tres antenas y una pared medianera pintada de blanco hace mucho tiempo.

Curro aparece a las ocho menos veinte, con el pelo de un lado levantado, y se sienta en el taburete sin decir buenos días.

— Está malísimo — digo.

— Está normal.

— Está malo, Curro. La goma de la cafetera está cristalizada. Se cambia por dos euros.

— Anda, bebe.

Bebe. Yo también bebo, de pie, apoyado en la encimera, con la taza en las dos manos y la mochila del hostal mirándome desde el suelo del pasillo.

— Bueno — digo —. Yo me voy yendo.

Curro deja la taza. Se rasca la nuca. Mira el balcón por el que no se ve el mar.

— Pues quédate — dice.

Y me quedo.

Desayunamos ese café espantoso y medio paquete de picos del jueves, sentados los dos a la mesa pegada a la pared, que está calzada con un trozo de cartón doblado debajo de la pata de atrás.

Curro moja los picos y luego se bebe el fondo de la taza con las migas dentro, cosa que hace todos los días y que no pienso comentarle nunca.

A las diez llama Basi para preguntar si la lluvia de anoche ha estropeado el sombrero, propone comprar un segundo sombrero y abandona la idea él solo, a mitad de frase, al acordarse de lo que cuesta un sombrero.

Cuelga sin despedirse, cosa que hace siempre.

Me doy cuenta a las diez y cuarto, fregando la cafetera, de que llevo tres horas en una casa de la que no me he ido.

A las diez y media suben a llamar. Es Toñi, con una bayeta en la mano y oliendo al tinte de la primera clienta, y quiere saber si aquí también se ha metido el agua por debajo de la puerta del portal, y me ve en la cocina con la camiseta del maratón que Curro no ha corrido y una taza en la mano.

Toñi Carranza se queda callada, cosa que no le he visto hacer en dos meses.

— Buenos días, Martín.

— Buenos días.

— Qué bien te queda esa camiseta.

— Gracias.

— Te lo juro por el peine de púa fina que le queda mejor a él que a su hermana — dice, ya de espaldas y bajando la escalera —. Curro, lo del agua lo hablamos luego.

Desde el rellano del primero todavía se la oye reírse sola.

El hostal La Corredera cobra veintinueve euros la noche y la habitación seis está pagada hasta el treinta y uno de agosto.