Martín
Curro mete la llave del portal con el codo.
Lleva la levita chorreando en una mano y el sombrero en la otra, y la puerta cede antes de que llegue a girarla del todo.
Dentro huele a agua de lluvia entrando por debajo de una persiana metálica.
La luz del portal es de temporizador y alguien la ha dejado encendida.
Subimos los tres pisos y no somos silenciosos.
Un hombre calado que sube una escalera de mármol viejo hace un ruido concreto y bastante desagradable, y nosotros somos dos.
En el rellano del segundo, donde el otro día se apagó la luz, esta noche no se apaga: el temporizador lleva estropeado desde mayo y unas noches se corta y otras da luz eterna.
En el primero hay un felpudo con un sol dibujado y un paragüero con dos paraguas rotos.
En el segundo no hay felpudo y la puerta de la derecha tiene cuatro cerraduras puestas en fila.
Me he fijado en esas cosas las tres veces que he subido y no sabría explicar para qué me fijo.
La puerta del tercero se abre a la tercera, con cadera y con levantón. Yo ya sé cómo se hace y no lo hago, porque no es mi puerta.
Dentro hace veintiocho grados y huele a cerrado, a casa que lleva desde las siete de la tarde con todo bajado.
Curro deja la levita empapada encima de una silla, se deja caer en el sofá verde y desde ahí enciende la luz de la cocina alargando el brazo hacia el interruptor sin levantarse, cosa que hace siempre y que sigue pareciéndome una habilidad menor pero real.
Después se va por el pasillo y vuelve con dos toallas.
Me da una. Es azul, está áspera de secarse al sol en el balcón y huele a jabón de lavadora barato.
— Sécate, hombre — dice —. Que pareces un ahogado.
Y se mete en el baño, y yo me quedo donde estoy, con la toalla en la mano y el agua de la camisa cayéndome por dentro del pantalón, oyendo el grifo y una conversación de un solo hablante: Curro le está hablando a la ventana que no cierra, cosa que hace todas las noches y niega todas las mañanas.
Cuando sale se ha puesto una camiseta seca y trae otra en la mano, con el pelo de punta de habérselo frotado y una gota corriéndole todavía por la sien. Me tiende la camiseta.
— Es de un maratón que no he corrido — dice —. Me la dio Rocío.
No la cojo.
Dejo la toalla en el respaldo del sofá verde, cruzo el salón que nos separa y le beso yo. Sin preguntar. Curro tarda en enterarse y luego se entera del todo, y la camiseta del maratón que no ha corrido acaba en el suelo entre los dos.
Está frío. Los dos estamos fríos por fuera y ardiendo por debajo de la ropa mojada, y la mezcla es una cosa nueva que no sé nombrar y que no pienso nombrar.
— Estás empapado — dice contra mi boca.
— Tú también.
— Yo me he cambiado la camiseta.
— La camiseta.
Se ríe con la boca todavía pegada a la mía, y notarlo desde tan cerca es bastante mejor que oírlo, y mientras se ríe le quito la camiseta seca que se acaba de poner, que es la operación más absurda de la noche y la hago igual.
Debajo está caliente y huele a jabón barato y a la sal que se le queda encima a la gente que trabaja en la calle en agosto.
Tiene el pecho estrecho y los hombros anchos.
Tiene también una cicatriz blanca en la barbilla que hasta esta noche solo había visto de lejos y de perfil.
Ahora la tengo delante y es más larga de lo que parece.
Nos sentamos en el sofá, y el sofá verde de Curro Bohórquez tiene un cojín de asiento que no está fijado a nada, cosa que descubro con el peso de los dos encima y a mitad de un movimiento que iba bastante bien.
El cojín se desliza hacia delante y el sofá nos escupe, y acabamos los dos en el suelo, yo debajo y Curro encima y con la toalla azul cayéndonos en la cara desde el respaldo, y él se queda ahí, apoyado en los codos, muerto de risa y sin ninguna intención de levantarse.
— Este sofá lleva cuatro años intentando matarme.
— El cojín no está sujeto.
— El cojín es libre.
— Se arregla con dos tornillos y una escuadra.
— Martín, cállate.
Me callo. Nos quedamos en el suelo un rato, riéndonos como dos tontos, con el gotelé de un techo ajeno encima. En algún momento la risa se acaba y no se acaba. Se convierte en otra cosa que sigue teniendo la misma forma.
Al dormitorio se pasa por una puerta que tampoco cierra bien.
Dentro hay una cama de matrimonio, una silla con ropa doblada y un ventilador de sobremesa puesto en el suelo con un alargador.
Curro lo enciende con el pie. Oscila, y cada ocho segundos manda una ráfaga de aire frío a la espalda de quien esté en el lado izquierdo de la cama.
Yo estoy en el lado izquierdo de la cama.
Los vaqueros mojados no salen. Esto no lo cuenta nadie y debería contarlo alguien: un pantalón vaquero mojado se agarra a la pierna con una fuerza que no tiene explicación decente.
Tiro. No sale. Tira Curro. No sale. Lo intentamos entre los dos, él sujetando por el bajo y yo tumbado de espaldas empujando con el otro pie, y cuando por fin cede sale de golpe y Curro se va hacia atrás y se da con el hombro en el marco de la puerta.
— Estoy bien — dice desde el suelo.
— ¿Seguro?
— Estoy estupendamente. Sigue tú.
Vuelve a la cama frotándose el hombro, con una dignidad que no le he visto ni con la levita puesta, y a mí me entra la risa por dentro y luego por fuera, y ya no hay manera de recuperar la solemnidad ni ninguna falta que haga.
Le paso la mano por la espalda buscando cualquier cosa y doy con la franja pelada de la crema, la de encima del bañador, y aprieto sin querer. Curro pega un salto y un grito corto y agudo. En un hombre de metro setenta y ocho, ese grito es una cosa maravillosa.
— ¡La frontera no! ¡La frontera no se toca!
— Perdón.
— Esa franja es tuya, Martín. Esa franja tiene tu nombre.
— Es que no llegaba.
— Es que no llegabas.
Nos reímos otra vez, y ahora ya sí. Ya se ha caído todo lo que tenía que caerse. Lo que queda es un hombre riéndose encima de mí en un dormitorio de veintiocho grados, con un ventilador dándome frío en la espalda.
El colchón es viejo y se hunde por el centro, de manera que los dos rodamos hacia el medio sin proponerlo, y Curro se ríe de eso también, y se ríe mucho, más de lo que yo creía que se reía la gente en estas circunstancias, y en algún punto entre la risa y la otra cosa me da por pensar que a las demás veces de mi vida les faltaba justo esto.
Le beso el cuello y le beso la clavícula y noto cómo cambia de respiración. Cuando bajo un poco más, Curro dice mi nombre de una manera nueva, sin la erre gaditana, con la erre entera. Eso no me lo esperaba.
Le quito lo que queda por quitar. Está muy quieto, mirándome, y yo tengo la boca en su cadera y una duda de las mías en la garganta.
— ¿Aquí? — digo.
— Martín, no me pidas permiso para todo.
— Entendido.
— Bueno. Para eso sí. Para eso pídemelo siempre.
Y se ríe otra vez, y yo también, y luego dejamos los dos de reírnos casi a la vez.
No me lo ha pedido. Lo pienso en el momento exacto en que empiezo, con una claridad rara, como quien se da cuenta de que lleva media hora conduciendo por una carretera que no ha elegido.
Nadie me ha dicho que lo haga. No hay un correo, no hay una invitación, no hay una frase suya que yo pueda citar después si alguien me pregunta por qué he hecho esto. Y lo hago igual.
Y luego dejo de pensarlo y le sujeto la cadera con una mano y con la boca me tomo el tiempo que haga falta, que resulta ser bastante, porque quiero enterarme de todo y porque detrás de esto no hay nada a lo que llegar tarde.
Le oigo respirar. Le oigo decir cosas que no son palabras y una que sí, mi nombre otra vez, más bajo.
Tiene una mano en mi pelo y no aprieta, solo la deja ahí.
Cuando doy con el sitio exacto en el que se le corta la voz me quedo en ese sitio y no me muevo, y entonces se olvida de la mano y aprieta.
Con la otra se agarra a la sábana bajera y la va sacando del colchón por la esquina de arriba. Eso lo descubriremos mañana.
Le paro dos veces por el gusto de pararle. La primera protesta con la boca cerrada. La segunda me llama cabrón, y en Cádiz eso no es un insulto y en Teruel tampoco, si se dice así.
Termina con la mano abierta en mi nuca y con mi nombre otra vez, entero, y después se queda con el brazo por encima de los ojos y el pecho subiendo y bajando, y se ríe bajito hacia el techo.
— ¿De qué te ríes? — digo.
— De nada. De que eres un hombre muy callado.
— Estaba ocupado.
— Se ha notado.
Nos quedamos tumbados con las piernas cruzadas y sin ninguna intención de deshacer el nudo.
Tiene la mano abierta encima de mi esternón y me sigue el pulso con los dedos sin darse cuenta de que lo está haciendo.
Por el patio entra el ruido de un coche que pasa muy despacio por Sagasta y el ladrido corto de un perro dos casas más allá.
En la pared de enfrente hay una mancha de humedad con la forma exacta de la provincia de Huesca. Se lo digo. Me contesta que es Cádiz.
Subo, me tumbo a su lado y él se gira y me busca sin abrir todavía los ojos del todo.
Me lo hace con la mano, despacio, sin ninguna técnica y con una atención que no le he visto poner en nada de lo suyo, y habla mientras lo hace, sin parar, con la boca pegada a mi hombro y contándome tonterías: algo de un primo, algo de una moto, algo de un hombre que le vendió una lavadora sin tambor.
Yo llevo treinta y cinco años necesitando silencio para concentrarme y esto no me molesta nada.
Al final tengo que cogerle la muñeca para que pare, y ni con esas se calla.
El ventilador sigue girando. Cada ocho segundos, frío en la espalda. Al final me da la risa y tengo que decírselo, y Curro alarga el pie, sin mirar, y lo apaga de una patada certera que ha hecho ochocientas veces.