Martín
— Esta noche llueve — dice Curro.
— No llueve. Ha dado un doce por ciento.
— Llueve.
— El doce por ciento son doce de cada cien. Esta noche es una de las ochenta y ocho.
— Martín, mírame la rodilla.
Son las nueve menos diez del domingo nueve de agosto y estamos en la puerta de la oficina de Rutas Balandra. Curro Bohórquez me está enseñando una rodilla que, según él, se le pone rara cuando va a llover. La rodilla no tiene nada.
Dentro de la oficina, Basi está metiendo folletos en una caja de cartón que antes fue de una partida de aceite.
Mandó imprimir dos mil y le han llegado dos mil doscientos, y esas doscientas de más le preocupan desde el jueves de un modo que no consigo entender.
En la portada salimos Curro y yo con el gato naranja al fondo, un poco desenfocado.
Yeray sostiene que el gato es lo mejor del folleto y esta vez tiene razón.
— Nos han quedado unas fotos de mucho nivel — dice Basi, sin levantar la cabeza de la caja.
— Basi, en la mía se me ve un sombrero apoyado encima del pelo.
— Es carácter.
Han pasado siete días desde la playa. En siete días hemos hecho seis rutas y hemos cenado cuatro veces en El Bombo.
He subido tres veces a su casa. Las tres veces he esperado en el rellano a que dijera «pasa», con la puerta abierta y con Curro ya dentro poniendo el agua a hervir.
Las tres veces lo ha dicho. Yo he contado las tres.
También sé que la franja de la espalda ya no está roja, está pelándose, y que Yeray le ha puesto nombre. La llama la frontera.
De lo que no hemos hablado en siete días es de qué es esto. En esta ciudad la gente no habla de las cosas mientras las está haciendo. Basi no ha notado nada. Toñi lo sabe todo. Rocío se lo calla y me mira de una manera nueva desde el domingo.
El grupo de esta noche son treinta y seis personas y viene con un cielo raro encima.
Vienen doce de un autocar de Antequera, cuatro franceses, una despedida de soltero muy tranquila y el resto sueltos.
La despedida de soltero es de las buenas: siete hombres de cuarenta y tantos que se han apuntado a una ruta cultural a las nueve de la noche y que van a estar en la cama a la una.
Se nota en el aire: hay una humedad de las que se pegan a la camisa y no corre nada, ni el poniente flojo de los últimos días.
Empezamos en la plaza de San Juan de Dios.
Yo hago los primeros ocho minutos. Son los míos: las fechas, el puerto, la sal.
Curro espera en la esquina apoyado en la pared, con la levita puesta y el sombrero en la mano y una cara de aburrimiento profesional.
Hace tres semanas descubrió que, si pone cara de aburrirse mientras hablo yo, la gente me escucha más.
En el Pópulo caen las primeras gotas.
Son gotas de las gordas, de las que se ven venir de una en una y hacen una mancha del tamaño de una moneda en el suelo seco. Una señora abre un paraguas. Dos chicos se ponen la mochila en la cabeza. Y entonces se abre el cielo entero.
En Cádiz llueve en agosto una vez cada dos o tres años. Lo he leído esta misma semana, buscando otra cosa: los registros del observatorio dan menos de dos litros de media para todo el mes. Lo que cae esta noche encima de treinta y seis personas y de dos guías no lo mide ningún observatorio.
Y no se va nadie.
Eso es lo primero que no entiendo. Treinta y seis personas de vacaciones, a las diez menos veinte de la noche, calándose, y no se marcha ni una.
Se meten debajo del balcón del número siete, se apretujan y se ríen.
Un señor de Bilbao se quita la camisa y se queda en camiseta interior.
Su mujer le dice que se la ponga. Dice que no.
Curro se sube al escalón de una puerta.
— ¡Esto no lo habéis pagado! — grita, y el grupo se ríe con toda la boca.
A los cinco minutos aparece por la esquina un hombre con una caja de chubasqueros amarillos de un solo uso y los vende a dos euros con una eficacia comercial que yo no he visto en once años de trabajo.
Coloca catorce en cuatro minutos, cobra en metálico y desaparece por donde ha venido.
Nadie sabe de dónde ha salido y a nadie se le ocurre preguntarlo.
Una señora de Alicante graba la ruta entera con el teléfono metido en una bolsa de congelación.
El plástico le tapa el micrófono y lo único que va a oírse en ese vídeo es el agua.
Se lo digo. Me contesta que le da igual, que lo graba para su hermana y que su hermana lo que quiere ver es que en Cádiz llueve.
Y hace lo que hace él, que es cambiar la ruta entera sobre la marcha sin decírmelo.
Se salta la parte del cólera y mete al grupo por los soportales del Pópulo.
Donde tocaba hablar de la aduana se pone a contar la historia de una boda celebrada en 1802 bajo una tormenta, con el novio descalzo.
Esa historia no existe. Yo lo sé y él sabe que yo lo sé.
En algún punto entre el Arco de la Rosa y la plaza de San Martín, el grupo se pone a cantar. No una canción entera. Cuatro compases de algo que yo no reconozco y que Curro sí reconoce, porque lo canta con ellos y se sabe la letra y la segunda voz.
A mí, la primera semana, esto me habría parecido un fraude.
Esta noche me pongo a su lado y le doy el año de las obras de los soportales, que sí existe. Lo coge al vuelo y lo mete dentro de la boda inventada. Durante un tramo entero estamos contando la misma cosa entre los dos sin habernos puesto de acuerdo.
Mi guion, que llevo doblado en el bolsillo del pantalón desde el uno de julio, sale de ahí convertido en una pasta gris. Lo saco en el Arco de los Blanco y lo miro. No se lee nada. Curro me lo quita de la mano, lo arruga hasta hacer una bola y lo encesta en una papelera desde la otra acera.
Debería importarme más. Ese folio lo escribí el once de junio, en mi cuarto de Teruel, con dos libros abiertos encima de la cama y un cronómetro al lado para medir los tramos.
Cuarenta y siete minutos exactos, con las paradas marcadas y el tiempo de cada una anotado en el margen a lápiz.
Llevo desde el veinte de julio sin cumplir un solo tiempo de ese papel y las rutas están saliendo mejor que en junio.
— Llevas tres semanas sin mirarlo — dice.
— Lo llevaba por si acaso.
— Seguro.
Antes de llegar al callejón perdemos a cuatro personas en la calle Ancha. Se meten en un portal a resguardarse y aparecen diez minutos después en el callejón con la portera detrás, y la portera pregunta si esto se paga. Curro le dice que a ella no. Se queda hasta el final.
Terminamos empapados en el callejón del Sereno, los treinta y seis, con la farola parpadeando. El agua baja por el centro y sale por la boca, porque el callejón tiene pendiente y nadie lo diría. Una señora de Cáceres pregunta si don Álvaro está enterrado por aquí.
— Amaro — digo —. Don Amaro de la Sal.
— El mismo.
Curro me mira desde el otro lado del grupo y no dice nada.
La gorra recoge esa noche doscientos cuarenta y siete euros con cuarenta, de treinta y seis personas. Es la mejor recaudación por cabeza desde el uno de julio y treinta y un euros más que la del sábado.
La gente tarda un cuarto de hora en irse, y eso tampoco pasa nunca.
Lo normal es que en cuanto la gorra da la vuelta el grupo se deshaga en noventa segundos.
Esta noche se quedan de pie en la boca del callejón, chorreando y hablando entre ellos, y el señor de Bilbao vuelve dos veces.
Una para preguntar el nombre de la empresa y otra para decirnos que llevaba nueve años sin mojarse así.
Nos quedamos solos a las doce menos cuarto. Yeray se ha ido corriendo con la sábana metida debajo de la camiseta para que no se mojara. No ha servido de nada. Basi ha llamado por teléfono desde su casa para preguntar si había que devolver el dinero.
Curro se quita el sombrero y lo vuelca. Sale medio vaso de agua.
— Es un canalón — dice.
— Es de fieltro. Está reventado.
— Es un canalón de época.
Vamos andando hasta Sagasta por el centro de la calle y sin correr, porque cuando ya estás calado no hay ninguna prisa.
Hay una parte de esta ciudad, la que va de la Catedral al mercado, que a las doce de la noche y bajo el agua no tiene una sola persona dentro.
Curro lleva la levita colgada del brazo, chorreando.
Yo llevo las gafas en la mano porque con ellas puestas no veo nada.
Le cuento, porque me sale, que en Teruel la lluvia es un asunto serio. Mi padre estuvo cuarenta y un años en Correos y tenía dos rutas de reparto. La de lluvia y la otra. Y que la de lluvia era doce minutos más larga porque evitaba una cuesta.
— ¿Y eso te lo contó él?
— No. Lo vi yo. Iba con él los sábados.
Curro no pregunta nada más, y eso me deja con la frase siguiente en la boca y sin sitio donde ponerla. Llevo la cuenta de las veces que cuento algo de mi casa sin que me lo pregunten dos veces. Llevar la cuenta de estas cosas no me lo ha recomendado nunca ningún médico.
Debajo del toldo de una papelería hay un hombre con un perro pequeño y empapado, esperando a que escampe, y cuando pasamos por delante nos dice que menuda noche. Curro le contesta que menuda. El perro nos mira sin ninguna simpatía.
Doblamos en Sagasta. En el número catorce hay un canalón roto que está echando un chorro entero al medio de la calle, y Curro se mete debajo sin avisar y sale con la cabeza empapada y riéndose de una cosa que no me cuenta. Yo me quedo parado en mitad de la calle mirándole hacer eso.
La peluquería tiene la persiana echada y el agua se le está metiendo por abajo. Mañana Toñi va a tener una conversación con alguien sobre esto.
Y a la altura del portal deja de llover.
Deja de llover de golpe, como aquí lo hace todo, sin ir bajando y sin avisar, y la calle se queda con el ruido de lo que escurre de las cosas: los toldos, los cables, los aleros y el canalón del catorce.
Del suelo sube un aire caliente y quieto que no refresca nada y que trae ese olor a asfalto mojado que dura veinte minutos y no vuelve hasta dentro de dos años.
Curro se busca la llave del portal en un pantalón que pesa el doble que esta mañana.
— Doce por ciento — dice.
— Doce de cada cien.
— Y hoy era uno.
Encima del tejado de enfrente ya no queda una nube. Y aun así sigue cayendo agua de las tejas, muy despacio, gota a gota, sobre una chapa, y eso va a durar toda la noche.