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Curro

La sombrilla lleva cuarenta metros de ventaja y va dando vueltas de campana por la orilla con la varilla al aire, y detrás voy yo, descalzo, esquivando a una familia entera de Jerez que ha montado el campamento en la línea del agua, y detrás de mí, a diez metros y sin ninguna intención de correr más deprisa, va Martín Bermejo diciéndome que la deje.

— ¡Déjala!

— ¡Es de Toñi!

— ¡Cómprale otra!

— ¡No se le compra otra a Toñi!

La alcanzo a la altura del último balneario, la piso con el pie derecho, se me clava un poco de la varilla en el empeine y en ese momento pienso, con total claridad, que a los treinta y tres años uno debería tener otro tipo de domingos.

Vuelvo andando con la sombrilla al hombro como un legionario derrotado.

En la toalla, Toñi Carranza aplaude despacio.

— Muy bien, mi vida. Precioso.

— La has soltado tú.

— Yo la he clavado. Lo que pasa es que la arena de agosto no agarra.

Hemos llegado a las doce, andando desde el casco antiguo, que son veinticinco minutos si vas solo y cincuenta si vas con Yeray, porque Yeray se para delante de todos los escaparates de la avenida y en dos de ellos entra.

La excursión ha sido idea de Toñi y la ha organizado en un mensaje de tres líneas del que la tercera decía «y el de Teruel también», sin más.

A Martín le reenvié el mensaje a las nueve. Contestó a las nueve y dos con una pregunta sobre la hora y otra sobre el sitio exacto de la parada, y a las once y media estaba en el portal con la mochila hecha y una gorra que no le he visto poner en la vida.

Somos cinco en cuatro toallas, porque la de Martín es una toalla de hostal del tamaño de un mantel individual y no cuenta.

La playa de la Victoria un domingo de agosto es la reunión de vecinos más grande de Andalucía: sombrillas hasta donde llega la vista, niños que no son de nadie y una señora que vende bollos y grita el mismo grito desde el año noventa.

Cuando hemos llegado no quedaba un hueco decente en doscientos metros de arena y hemos acabado en tres metros mal contados entre una familia que juega a las cartas con una piedra encima del montón y un señor con una radio puesta en un programa de llamadas.

Martín se sienta en el borde de su mantel individual, se quita la camiseta con un cuidado que da pena y saca de la mochila un bote de crema.

— Factor cincuenta.

— Es pintura, Martín.

— Es lo que hay que usar. En Teruel hay más radiación que aquí y aquí me he quemado dos veces.

Y se pone a leer la parte de atrás del bote, que es una cosa que no hace nadie en una playa desde que existen las playas, y a los pocos segundos levanta la cabeza con una preocupación auténtica.

— Pone que se aplique treinta minutos antes de la exposición.

— ¿Y?

— Que llevo aquí cincuenta.

— Martín, tú estás expuesto desde el uno de julio.

Se echa la crema igual, deprisa y por orden, hombros, pecho, brazos, nuca, comprobando cada sitio con la mano después de dárselo.

— ¿Y la espalda de abajo? — dice Yeray.

— No llego.

— Que te la dé Curro.

Y ahí se hace uno de esos silencios que duran menos de un segundo y ocupan una plaza entera. Toñi mira la arena. Rocío mira el mar. Yeray mira a Yeray, porque Yeray no se ha enterado.

— Trae — digo.

Le doy la crema en la espalda de abajo y se la doy bien, y Martín se queda muy quieto y muy recto, con la postura exacta de una revisión médica, y a mí me tiembla la mano y no dura nada y él no se mueve.

Se me queda una franja sin dar. Una franja estrecha, en diagonal, justo encima del bañador.

Eso lo sabremos a las siete de la tarde.

Toñi me da un codazo en cuanto Martín se va al agua con Yeray. Yeray va gritando y entrando de golpe; Martín va entrando con las manos levantadas, con la técnica de un hombre de secano.

— Que no me has contado nada.

— No hay nada.

— Curro.

— Toñi.

— Te lo juro por la horquilla que llevo puesta, que como me lo tenga que sacar con el peine me lo saco con el peine.

Le cuento lo justo. Le cuento el callejón y le cuento la escalera y no le cuento nada más, y ella escucha con las gafas de sol puestas y sin interrumpir ni una vez, que con Toñi Carranza es la única prueba de cariño que existe.

— ¿Y? — dice al final.

— Y nada. Que está bien.

— Ese «bien» tuyo yo lo conozco de otras veces.

— Está muy bien.

Se recoloca la parte de arriba del bañador y se queda mirando a los dos del agua, a Yeray dando manotazos y a Martín de pie con el agua por la cintura, mirando el horizonte con la cabeza un poco ladeada, midiéndolo.

— ¿Y tú qué? — digo, por cambiar de sitio la conversación —. ¿Sigues con lo del chico del almacén?

— Con lo del chico del almacén no sigo. Con lo del chico del almacén estoy en una fase.

— ¿Qué fase?

— La fase en la que él cree que estamos y yo estoy decidiendo.

— Lleva así desde marzo.

— Desde febrero. — Se sube las gafas a la cabeza y me mira, cosa que no ha hecho en toda la conversación —. Pero yo de lo mío hablo cuando quiero, mi vida. Que es una diferencia.

Rocío llega a la una y media con la gorra de la empresa y una bolsa de hielo, y lo primero que hace es contarnos, a volumen de estación de autobuses, que esta mañana se le han subido al trenecito veintidós señoras de Jaén y que una de ellas se ha empeñado en que el Ayuntamiento es la Catedral.

Después se tumba y se duerme en cuatro minutos.

Rocío puede dormirse en cualquier sitio y en cualquier postura, y de pequeñas mi madre decía que eso era buena conciencia.

A las tres comemos lo que hay: la tortilla que ha traído Toñi en un tupper, medio melón que ha traído Yeray sin cuchara y unas cervezas que están calientes desde la primera. Martín ha traído servilletas. Doce servilletas, dobladas, en una bolsa de plástico con cierre.

— ¿Este hombre ha traído servilletas?

— Es que si no hay servilletas, la gente se limpia en la toalla — dice Martín.

— Es que la gente se limpia en la toalla igual, Martín.

— Es verdad. Pero luego no puede decir que no había.

Y se queda tan tranquilo comiendo melón con las manos, y a mí me da la risa y no sé exactamente de qué.

Yeray se pasa la media hora siguiente buscando una pelota.

No pide una pelota: pide prestada una pelota, que es distinto y mucho más largo, y va toalla por toalla explicando el problema entero desde el principio a gente que está durmiendo.

A este chaval le dices que hay que subir un piano a un tercero y sube el piano y luego pregunta quién toca.

Vuelve con una de plástico y de a euro. Juegan Rocío y él y duran cuatro golpes, porque el viento de la tarde en la Victoria se lleva una pelota de plástico hasta Chiclana, y Yeray se queda sin pelota y sin haber jugado.

Y entonces llega la hora muerta, la de la sombra corta, y es entonces cuando Yeray, tumbado boca abajo con la cara en la toalla, dice lo que dice.

— Oye, Curro, ¿y tú en octubre qué haces?

Yo no le contesto a Yeray. Yo le cuento a Yeray lo del hombre del acordeón.

Le cuento que hace tres inviernos había un hombre que tocaba el acordeón en la plaza de las Flores todos los días a la misma hora y que tocaba fatal, pero fatal de verdad, y que la gente del mercado le empezó a dar dinero para que se fuera y él lo cogía y se iba y volvía al día siguiente; y que un pescadero, harto, le pagó veinte euros para que se fuera a tocar a la Candelaria; y que el hombre fue, estuvo tres días y volvió diciendo que en la Candelaria no había ambiente.

Y que aquel hombre se llamaba Ubaldo y que ahora tiene un puesto de castañas en la esquina de San Antonio y sigue sin saber tocar nada.

Yeray se ríe con la cara en la toalla. Rocío, medio dormida, dice que ella se acuerda del acordeón.

Y yo, mientras me río de mi propio chiste, que es una cosa que hago desde los seis años, hago lo que hago siempre al llegar aquí, que es mirar de reojo a Toñi.

Toñi lleva veinticinco años diciéndome dos palabras en este punto exacto. No le hace falta decirlas en voz alta: con que se baje las gafas ya me las ha dicho.

Hoy no se las baja. Hoy está tumbada de lado, con las gafas puestas, dejando pasar de largo el asunto entero como quien deja pasar un coche que no es suyo.

Y tardo medio segundo en entender por qué, porque a mi izquierda, sentado en el borde de su mantel individual, con las rodillas dobladas y la camiseta otra vez puesta, hay un hombre de Teruel que se ha reído tarde.

Se ha reído tarde porque se estaba riendo por educación, y se estaba riendo por educación porque estaba mirando el hueco: el sitio donde estaba la pregunta de Yeray antes de que yo le pusiera encima un acordeón, un pescadero y un puesto de castañas.

Martín no dice nada.

No dice «otra vez». No dice «no le has contestado». No dice «eso te lo he visto hacer tres veces». Coge la bolsa de las servilletas, saca una, se limpia las manos del melón, la dobla en cuatro y la deja debajo del bote de la crema para que no se la lleve el viento.

Y eso es todo lo que hace.

Y a mí se me queda el aire ese que se te queda cuando vas a subir un escalón que no está, porque hasta hoy había alguien que lo decía en voz alta, y mientras hubiera alguien que lo dijera yo tenía a quién contestarle, y contestarle a Toñi es facilísimo y se hace con dos palabras y una cara y llevamos veinticinco años haciéndolo.

Hoy no lo ha dicho nadie. Y sigue dicho.

Me levanto y me voy al agua, porque me he acordado de repente de que hace mucho que no me baño.

El agua de la Victoria en agosto está a veintidós grados y está llena de gente de pie. Me meto hasta el cuello y me quedo ahí, dando saltitos con la corriente, mirando la ciudad de lejos, que desde el agua parece un barco muy largo y muy blanco al que le han puesto una torre.

Martín aparece a mi lado a los dos minutos.

— Está buena — digo.

— Está a veintidós con seis. Lo pone en el panel del paseo.

— Está buena, Martín.

— Está buena.

— ¿En Teruel dónde te bañabas?

— En una piscina municipal con dos calles y un socorrista que era el hijo del panadero.

— ¿Y el mar?

— El mar lo vi con nueve años, en un viaje del colegio a Peñíscola, y me pareció exagerado.

Y se calla, y se queda mirando el agua con esa cara de haber hablado demasiado que se le pone cuando dice tres frases seguidas sobre él mismo.

Y nos quedamos ahí, con el agua por el pecho, y en algún momento su mano me busca por debajo y me coge dos dedos, solo dos, y los suelta enseguida porque la familia de Jerez está a un brazo.

Y yo, que llevo ocho veranos contando historias de gente que se quería en esta ciudad hace doscientos años, me quedo sin material.

A las siete recogemos, y recoger una playa con Yeray dentro es una operación de veinte minutos, porque Yeray tiene que despedirse de los niños de la pelota, de la familia de las cartas y de una pareja de Málaga con la que ha estado hablando media hora de una cosa que no sabemos.

En la ducha del paseo hay cola. Cuando le toca a Martín se sacude la arena de los pies de uno en uno, sin tocar la barra ni apoyarse en nadie, y detrás esperan siete personas y a ninguna le importa, porque en agosto en esta playa la ducha es un sitio donde se está y no un sitio por donde se pasa.

El Caleta Exprés a las siete y cuarto de un domingo de agosto va lleno. Nos subimos los cuatro al último vagón con las toallas mojadas, la sombrilla, la bolsa de red, las dos palas y ninguna pelota, y Rocío arranca, enciende el altavoz y se pone a comentar por megafonía lo que no hay que comentar.

— A su izquierda, la playa. A su derecha, mi hermano, que se ha quedado sin sombrilla dos veces en un año.

— Una.

— A su derecha, mi hermano, que discute con la megafonía. Al fondo, la muralla, que es de verdad.

Un matrimonio holandés del vagón de delante se gira y aplaude, porque piensa que esto forma parte del servicio, y Rocío levanta una mano sin soltar el volante y cruzamos Puerta Tierra con el sol de frente y el vagón entero riéndose.

Y a Martín, cuando se baja en la plaza de San Juan de Dios y se gira para coger la bolsa, se le ve la franja.

Piel roja, en diagonal, justo encima del bañador. El resto de la espalda, blanco. Yeray lo ve primero y se tiene que apoyar en el vagón.

— Es de la crema — dice Martín.

— Es de la falta de crema — dice Toñi.

— Yo me la di por orden.

— Pues te saltaste un renglón, mi vida.

En el portal de Sagasta le doy el bote de después del sol que tengo desde hace tres veranos y que no he abierto nunca, y Martín se lo pone él solo, en el rellano, con el brazo doblado hacia atrás y sin llegar otra vez al mismo sitio.

Huele a coco barato y a domingo, y le va a oler la camiseta tres días.