Martín
El Archivo Municipal abre a las nueve. El jueves treinta de julio estoy en la puerta a las nueve menos diez, y eso no es una virtud, es una costumbre de once años.
La sala de consulta tiene seis mesas y en cinco no hay nadie. Merche ya me saca las cajas antes de que las pida, porque llevo tres semanas pidiendo las mismas, y tiene un sello de tinta azul que golpea dos veces por documento: uno seco y otro más flojo, siempre en ese orden.
Amaro Salas Peinado. Cuarenta y un años. Jornalero. Natural de Chiclana de la Frontera. Casado. Sabe leer.
Lo leo cuatro veces. Luego cierro el libro, lo vuelvo a abrir por la misma hoja y lo leo otra vez, por si el papel se hubiera arrepentido.
A las diez y cuarto pido el legajo de la Aduana, que no tenía pensado pedir.
Es una carpeta de expedientes menores del año 1849 y viene atada con una cinta de tela de las que se deshacen si tiras del lado que no es.
Expediente ciento diecisiete. Cuatro arrobas de sal sin sellar, decomisadas en el muelle.
Multa de doscientos veinte reales. Y el nombre del multado, escrito con una letra distinta y más rápida, de las de funcionario que copia diecisiete expedientes seguidos y ya no dibuja las eses.
Está abreviado. Pone Amº Salas, con la o volada, y debajo, en el margen, una anotación a lápiz de alguien que ordenó esto en 1970 y que puso un signo de interrogación y nada más.
En el índice mecanografiado, esta línea es uno de los tres Salas con guion. Pasé el dedo por encima de ella el cuatro de julio y seguí bajando.
Me late el corazón en el cuello. Son las diez y media de la mañana de un jueves.
Estoy sentado en una silla, en una sala con aire acondicionado, con un lápiz de mina blanda y unos guantes de algodón, y me late el corazón en el cuello por un padrón.
Levanto la cabeza para comprobar si alguien lo ha notado.
Merche está sellando una solicitud. El único otro usuario de la sala es un señor que estudia barcos y que no ha levantado la vista en tres semanas.
No lo ha notado nadie, y aun así me pongo colorado, con la vergüenza exacta de un crío al que pillan copiando.
Copio las dos referencias en la libreta, en la parte de atrás. En la parte de atrás apunto lo que no tiene que ver con el trabajo. Hasta hoy estaba en blanco.
Cuando me levanto a devolver el legajo, el señor de los barcos levanta la cabeza y me pregunta, sin ningún preámbulo, qué estoy buscando yo. Le digo que ya no lo tengo claro. Asiente y vuelve a sus barcos.
Salgo del Archivo a las once menos veinte con las dos fotocopias dentro de una carpeta de gomas.
Por el camino decido tres veces que se las voy a enseñar a Curro y dos veces que no.
Al final me quedo con un argumento profesional, el único que sé usar delante de la gente: si el nombre está documentado, la ruta puede decirlo, y si la ruta puede decirlo, vale más dinero.
Es verdad y es completamente insuficiente, y lo sé mientras lo estoy pensando.
A las once tengo que estar en el callejón del Sereno. Basi ha contratado a un chico que hace bodas para que nos haga cuatro fotos y ha decidido que las fotos se hacen de día, porque de noche, dice, no se nos ve.
El callejón del Sereno de día es otro sitio.
La farola está apagada y se ve que le falta el cristal de un lado.
La placa de cerámica solo conserva la palabra CALLEJÓN, así que un turista despistado podría pensar que la calle se llama así y no le faltaría razón.
Encima de la reja del fondo hay un gato naranja que no se mueve en cincuenta minutos.
Yeray sostiene que es el mismo gato que sale por las noches y Curro sostiene que por las noches no hay ningún gato, y los dos hablan del asunto con una seguridad que no tiene ninguno.
Curro lleva la levita y yo llevo el sombrero, y con ese reparto se acaban las decisiones artísticas de la mañana.
— Es que si no se lleva la levita, no se entiende — dice Basi.
— Y con el sombrero puesto y una camisa de manga corta tampoco se entiende mucho — digo.
— Se entiende que hay dos.
Basi dirige. Basi no ha hecho una foto en su vida, pero dirige.
Nos manda ponernos espalda contra espalda, nos manda cruzar los brazos, nos manda mirar con misterio hacia la reja del fondo.
El chico de las bodas no dice absolutamente nada en toda la sesión.
Dispara y enseña la pantalla. Dispara y enseña la pantalla.
— Ahora las manos — dice Basi —. Que se den la mano.
— Basi, ¿esto es una foto de turismo o es la firma de un acuerdo comercial?
— Las dos cosas.
El sombrero de don Amaro es de fieltro, tiene el ala partida por un lado y está hecho para una cabeza más pequeña que la mía, así que no se me hunde: se me queda apoyado arriba, como una tapa.
En las fotos va a salir la rotura. Curro aguanta lo que aguanta y luego se tiene que ir al fondo del callejón a reírse contra la reja, y el gato ni se inmuta.
Yeray llega con un incensario de latón que ha sacado de casa de su tía.
— Yo soy el coordinador de humo — dice.
— No lo has dicho tú, lo ha dicho Basi — digo.
— Pero ya lo llevo escrito en el grupo.
El incensario echa un humo denso, blanco y con un olor dulce que no tiene nada que ver con 1849, y en un callejón de seis metros por dos el humo no se va a ninguna parte.
Curro tose durante toda la sesión. En las cuatro fotos que salen decentes hay un hombre de levita con los ojos llorosos, un hombre con un sombrero apoyado en la cabeza y, al fondo, un gato naranja.
Basi las mira en la pantalla de la cámara y dice que son las mejores fotos que hemos tenido nunca. Es la primera campaña fotográfica de Rutas Balandra en catorce años, así que tiene razón por eliminación.
En El Bombo hay un calendario colgado detrás de la caja, de una fábrica de hielo, y está abierto por abril de 2019. A la una estamos allí. Manolo pone la caña sin preguntar y la tortilla sin preguntar y el pan sin preguntar.
— Quillo, ¿esto qué es? — dice, señalando el sombrero, que sigue encima de la barra porque no cabe en ninguna bolsa.
— Vestuario — dice Curro.
— Pues quítalo de ahí, pisha, que va a caer aceite.
A la una y cuarto queda un cuarto de tortilla en una fuente de barro con un cuchillo clavado. Manolo corta la porción mirándote a la cara, sin mirar el cuchillo, y sale siempre igual. Se lo he visto hacer nueve veces.
Espero a que Manolo se vaya al otro lado de la barra. Luego saco de la carpeta las dos fotocopias y las pongo boca arriba encima del mármol, giradas hacia Curro.
Se ríe antes de leerlas, con el vaso todavía en la mano.
— ¿Qué es esto, mi partida de nacimiento?
— Léelo.
Lee la primera de pie, apoyado con los codos en la barra. Amaro Salas Peinado, cuarenta y un años, jornalero, calle del Sereno, casa número tres. Le veo llegar al final de la línea y volver al principio. Yo he hecho eso mismo esta mañana, cuatro veces seguidas.
— Esto es una casualidad — dice.
— Puede ser.
— Es una casualidad, Martín. Salas hay doscientos en esta provincia.
— Ciento noventa y cuatro en el padrón de ese año. Los conté.
Se ríe otra vez, pero ya no igual. Coge la segunda fotocopia. La lee entera, despacio, moviendo un poco los labios en la parte de la letra rápida, y cuando termina la deja en la barra y se queda mirando el grifo de la cerveza.
— Cuatro arrobas de sal sin sellar — digo —. Mil ochocientos cuarenta y nueve.
— Es de mil ochocientos y pico.
— 1849. El padrón es de 1857. Hay ocho años entre los dos papeles y el mismo nombre y la misma calle.
Curro coge el vaso, no bebe y lo vuelve a dejar.
— Yo me lo inventé — dice.
— Lo sé.
— No, escúchame bien. Me lo inventé yo. Estaba en una barra, en septiembre, con once franceses que se me iban.
Se me iban de verdad, ya habían empezado a mirar el reloj y a decir merci.
Y yo llevaba tres meses haciendo una ruta que no era mía y que no funcionaba, y me subí a un escalón y dije que había un hombre que sacaba sal de la ciudad por la noche y que se llamaba don Amaro de la Sal. Y los once se sentaron otra vez.
— ¿Y al día siguiente?
— Al día siguiente no apunté nada. Y llevo ocho años sin apuntar nada.
— ¿Y de dónde sacaste el nombre?
— De la cabeza.
— ¿Seguro?
— De la cabeza, Martín. Tenía veinticinco años, doce grados encima y una gorra en el suelo con cuatro euros y una moneda de dos francos.
Se queda un rato callado, dando vueltas al posavasos.
— ¿Y tú por qué llevas tres semanas buscando esto? — dice.
— Porque un nombre con apodo y oficio, si es real, deja rastro. Eso lo dice cualquier manual de fuentes locales.
— No te he preguntado eso.
— No.
Le creo. Se lo digo. Y él se queda con las dos fotocopias delante y no las toca y no las aparta, y a mí me da la sensación, sin poder demostrarlo, de que preferiría que no existieran.
Nunca le había visto incómodo delante de un dato, y llevo veintinueve días dándole datos.
Fuera se oye una bocina corta, de las de bicicleta, dos veces. Sebas Ordóñez aparca el patinete en la puerta, entra sin quitarse el casco y le da a Curro un golpe en el hombro al pasar.
— Manolo, un mosto — dice Sebas —. ¿Qué hacéis con un sombrero encima de la barra?
— Trabajar — dice Curro.
— Ah.
Sebas le habla a todo el mundo con la confianza del que se ha visto con esa persona hace veinte minutos. Conmigo también lo hace. Es una habilidad, se aprende de pequeño o no se aprende, y yo no la tengo.
— ¿Y tú qué? — me dice —. ¿Hasta cuándo estás?
— ¿Cómo?
— Digo que si te vas en septiembre o te quedas. Es que el año pasado vino uno de Valencia para la temporada, se hizo amigo de todo el mundo, se apuntó a la liga de pádel del club y el ocho de octubre ya estaba en Benidorm. Sin avisar. Dejó dos raquetas y una bicicleta.
— ¿Y la bicicleta? — dice Curro.
— La tiene Manolo.
— Yo no tengo ninguna bicicleta — dice Manolo desde el otro lado.
— Manolo, la bicicleta azul del patio.
— Esa es mía desde el noventa.
No tengo la respuesta. La busco por costumbre en el sitio donde guardo las respuestas, y en ese sitio solo hay lo que alguien me haya dicho antes.
Basi me contrató del uno de julio al doce de septiembre y lo puso por escrito, con las dos fechas, en un correo de nueve líneas.
Manolo me pone otra caña que no he pedido y yo me quedo mirando el sombrero.
— Bueno — dice Sebas, con el mosto ya por la mitad —. Que os cunda.
La bocina otra vez, dos veces, y se va.
Manolo sale a la puerta con el trapo al hombro y le grita algo sobre el patinete y las aceras. Curro se gira hacia mí en el taburete, con las dos fotocopias todavía delante.
— Oye.
— Dime.
— El ala del sombrero, que está partida por el mismo sitio de siempre. — Se acaba lo que le queda en el vaso —. Hay que coserla antes de septiembre.
Y se levanta a por el sombrero, y desde la puerta Manolo le está diciendo algo del patinete y de las aceras, y Curro le contesta a Manolo, y con eso se acaba la conversación, que era otra.