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Curro

Las vallas de la calle Cristóbal Colón son naranjas y blancas y están puestas en un rectángulo delante del once, y dentro hay un agujero hondo con un tubo gris asomando por el fondo y un charco que en julio sigue siendo charco.

El cartel va atado con bridas a la valla del medio.

Dice el nombre de la empresa, dice el número de expediente y dice que la obra termina el treinta de abril.

Paso por delante a las nueve menos veinte, porque el hostal de Martín está tres portales más allá y porque desde el sábado he decidido, sin decírselo a nadie y muchísimo menos a él, que el camino más corto de mi casa a la oficina pasa por la calle Cristóbal Colón, cosa que cualquiera con un plano de los de la oficina de turismo puede desmentir en catorce segundos.

— Buenas noches — dice.

— Buenas noches.

Y ahí nos quedamos los dos, en una acera estrecha, dándonos las buenas noches como dos concejales.

Han pasado tres días desde el callejón. Tres días en los que hemos hecho una ruta juntos, hemos comido dos veces con Basi delante y no hemos hablado ni una sola vez de lo que pasó, porque cada vez que empieza uno llega el otro con el guion.

— Se te ve muy peinado — digo.

— Es el mismo pelo de siempre.

— Digo peinado, no pelo.

Echamos a andar hacia Sagasta por el centro de la calle, como todo el mundo en esta ciudad en julio, y en algún punto entre la primera esquina y la segunda mi brazo le da al suyo y ninguno de los dos se aparta, y así ocho o nueve metros.

En la esquina de Sagasta hay que cambiarse de acera, y eso no lo digo yo, lo dice el barrio entero, porque la señora del cuarto riega los geranios a las nueve y no mira hacia abajo desde que yo tenía dieciocho años.

Martín se cambia de acera sin discutir, se gira a mirar el balcón dos veces y luego me pregunta si el ayuntamiento tiene una ordenanza sobre eso, y yo le digo que el ayuntamiento tiene una ordenanza sobre todo y ninguna sobre la señora del cuarto.

La oficina de Rutas Balandra huele a plástico caliente porque el ventilador de pie lleva doce horas encendido y hay que darle un golpe en la rejilla cada media hora para que vuelva a girar.

Basi está sentado detrás de su mesa con las gafas en la frente y un cuaderno de cuentas abierto, y Yeray, de pie junto a la mesa plegable, se está probando una sábana.

— Buenas noches, equipo — dice Basi —. Hemos tenido una idea.

— Basi, la última idea que tuvimos fue la ruta del miedo para niños de seis a nueve años.

— Y salió muy bien.

— Salió que un niño se hizo pis en el Arco de la Rosa.

— Es que se emocionó. — Basi se baja las gafas y las vuelve a subir —. Nos hacen falta fotos. Del producto. Para el folleto que le vamos a enseñar a las agencias en septiembre. Hemos pensado en el jueves a las once, en el callejón, con los dos y con atmósfera.

— Yo me apunto — dice Yeray, con la sábana en la mano.

— Perfecto. Yeray, tú serás nuestro coordinador de humo.

— ¿A qué me he apuntado?

— ¿Y quién sale de don Amaro? — pregunta Martín.

Y ahí está el problema de siempre, una tragedia griega de tres metros cuadrados. Hay una levita. Una. Parda, con la faja, con la hebilla mala, con las mangas cortas para un hombre de metro ochenta y tres, colgada en el armario del cuarto sin ventana desde hace ocho veranos.

— Hemos pensado una cosa — dice Basi, y junta las manos como un cura —. Que uno lleve la levita y el otro lleve el sombrero.

— No es una foto de equipo, es un reparto de bienes — dice Martín.

— Es una foto moderna.

— Es una foto de dos hombres a los que han desvalijado a medias.

— ¿Tú te crees que yo salgo bien en las fotos? Lo último que me salió decente fue la de la comunión, y llevaba un lazo.

— Tú sales de primer actor — dice Basi —. Y Martín sale de jefe de documentación.

— No es un cargo — dice Martín.

— Lo es desde esta noche.

De los veintidós años de colchones a Basi le ha quedado una cosa que le envidio y que no le pienso decir en la vida, y es que se cree lo que está diciendo mientras lo está diciendo.

Un hombre que le ha vendido un colchón de matrimonio a un matrimonio que no se habla puede vender lo que quiera.

Y si hace falta se inventa el cargo, el folleto y el departamento entero.

Yeray se ríe con la sábana puesta y sin agujeros para los ojos, así que se ríe hacia la pared.

Yo he intentado explicarle dos veces que en una ruta de adultos un chaval con una sábana por encima no da miedo, da pena, y las dos veces me ha contestado lo mismo, que es que yo no la he visto nunca desde fuera.

Basi apunta algo en el cuaderno de cuentas y yo miro a Martín y Martín mira el cuaderno de cuentas y los dos estamos haciendo un trabajo malísimo.

Porque llevamos tres días así. Le paso el mapa plastificado y se lo paso mal, se me cae, lo cogemos los dos a la vez, nos damos en la mano, decimos perdón a la vez, y luego él dice gracias dos veces seguidas y yo digo de nada tres.

En una hora nos hemos pedido perdón más veces que en tres semanas.

Basi no se entera de nada porque Basi lleva desde 1998 sin enterarse de nada que no venga en una hoja de cálculo, pero Yeray sí, Yeray está en esa edad en la que se entera uno de todo y no acierta ni una.

— ¿Vosotros habéis discutido? — dice, quitándose la sábana.

— No.

— Es que estáis muy amables.

— Estamos trabajando.

— Pues cuando trabajáis normalmente os gritáis.

Basi levanta la cabeza del cuaderno con un interés que no ha demostrado por nada en toda la semana, y yo hago lo único que sé hacer en estos casos, que es coger el sombrero de don Amaro y ponérselo a Yeray, y Yeray se lo deja poner porque se apuntó a la sábana y ya no sabe salir.

La ruta de esa noche sale de las buenas, de esas en las que el grupo se ríe a los cuatro minutos y ya no lo sueltas.

En la calle Sopranis me equivoco con un año, y Martín, en lugar de corregirme delante de todos como habría hecho hace dos semanas, espera a la esquina, se pone a mi lado y me lo dice al oído mientras la gente cruza, y luego cuenta él la parte del cólera y la cuenta mejor que nadie.

En el Pópulo, delante del Arco de los Blanco, una señora levanta la mano en mitad de lo de la sal y pregunta si don Amaro existió de verdad.

Llevo ocho veranos contestando a eso y tengo cuatro respuestas preparadas, y la que uso depende de la pinta que tenga el que pregunta, y esta señora tenía toda la pinta de querer que sí.

— Existir, existir, señora, existimos usted y yo — digo —. Y mañana ya veremos.

El grupo se ríe y la señora se ríe la primera, y cuando levanto la vista me encuentro a Martín al fondo del grupo, con la libreta cerrada en la mano, sin reírse, mirándome de una manera que no le he visto en tres semanas y que no sé leer.

Al final, en el callejón, había ochenta personas apretadas. Bueno, cuarenta y dos. Pero parecían ochenta.

Terminamos a las doce y veinte. Yeray se va con la sábana debajo del brazo a un ensayo, Basi baja la persiana desde dentro y desde fuera se oye que la baja mal, y Martín y yo nos quedamos en la esquina de Sagasta con el sombrero en una bolsa de tela y ninguna prisa.

— Oye — digo —. Te voy a pedir una cosa.

— Dime.

— Una noche de estas, cuando tú quieras, me cuentas algo que no hayas leído en ningún sitio.

Martín se para. Se para de verdad, en mitad de la acera, como quien se acuerda de que ha dejado el fuego encendido en casa.

— ¿Algo de qué?

— De lo que sea.

— Es muy amplio.

— Por eso.

— ¿Y cuándo?

— Cuando tú quieras.

— Es que si no me pones una fecha, yo...

— No te voy a poner una fecha, Martín.

Se queda callado tres pasos. Luego dice que lo va a pensar, y lo dice con el tono de un acuse de recibo, y a mí me da la risa por dentro y por fuera.

— ¿Y tú? — dice entonces.

— ¿Yo qué?

— Tú cuéntame algo que no hayas contado en ninguna ruta.

Y yo, que soy un hombre de recursos, le cuento lo de la señora de Zamora.

Le cuento que en agosto del año pasado se me quedó una señora de Zamora al fondo del grupo, y que la mujer no oía bien y en vez de decírmelo se puso a inventarse ella lo que yo estaba contando y a explicárselo a los de al lado, y que al final de la ruta tres italianos me dieron las gracias por la historia del pirata y yo en mi vida he contado ninguna historia de ningún pirata.

Y Martín se ríe, se ríe con toda la boca, cosa que hace poco y que cuando la hace se le queda una cara de crío al que le han dejado quedarse levantado.

Y a mí se me olvida por completo que me ha preguntado otra cosa.

Cruzamos la plaza de las Flores con los puestos ya cerrados y el suelo mojado de baldear, y Martín va contándome, sin que se lo haya pedido nadie, cuántos puestos de flores había en esta plaza en 1930 y cuántos quedan hoy, y la diferencia son once.

Se lo sabe. Se sabe la diferencia de puestos de flores de una plaza de una ciudad en la que lleva veintiocho días.

— Once — digo.

— Once menos.

— ¿Y eso lo has buscado tú?

— Me lo encontré buscando otra cosa.

Lo dice deprisa y mirando al suelo, y a mí me entra en el pecho un calor que no tiene nada que ver con el de julio.

Llegamos al portal a la una menos veinte. La peluquería tiene la persiana echada y un cartel pegado con celo por dentro del cristal que dice CERRADO POR DESCANSO DEL PERSONAL, y el personal es Toñi, y Toñi lleva desde el martes pasado descansando entre las siete y las siete y diez.

Toñi me ha escrito a las once y cuarto: «¿El de Teruel sigue por ahí?

». No le he contestado. A las doce y diez me ha escrito otra vez: «Te lo juro por el lavacabezas nuevo que como no me lo cuentes mañana te tiño mientras duermes».

Tampoco le he contestado, y a Toñi Carranza no contestarle le sale más caro a uno que contestarle mal.

Abro el portal. Le doy al interruptor de la luz, que es de los de temporizador y dura lo que tarda uno en subir hasta el primero y medio si sube corriendo. No subo corriendo.

En el rellano del segundo se apaga.

Y ahí, en el rellano, a oscuras, con el sombrero de don Amaro en una bolsa colgada de la muñeca, Martín Bermejo me pone una mano en la nuca y esta vez empieza él y no hay ninguna duda sobre quién empieza.

Es distinto que en el callejón. En el callejón fue un accidente con dos culpables. Esto es otra cosa, más lenta, con la espalda contra la pared fría, con la bolsa dándome en el costado a cada movimiento y con un ruido de fondo que resulta ser la nevera del segundo derecha.

Y entonces se enciende la luz.

— Buenas noches — dice don Ceferino, del primero, desde media escalera, con un cubo amarillo en la mano.

Nos separamos con la velocidad de dos hombres jóvenes y sanos.

— Buenas, don Ceferino.

— Curro, hijo, qué tarde.

— Es el trabajo.

— Sí, sí.

Don Ceferino baja la basura a la una de la mañana porque de día hace calor, y una vez que le has dicho buenas noches tienes cuatro minutos de conversación por delante y no hay manera humana de negociarlos.

Nos cuenta que han cambiado el contenedor de la esquina de sitio.

Nos cuenta que lo han puesto veinte metros más abajo.

Nos cuenta que él lo entiende, que él no es de los que protestan, y luego protesta durante minuto y medio.

Martín, a mi lado, escucha con las manos cruzadas por delante y una atención de funcionario, y en un momento dado pregunta desde cuándo está el contenedor en el sitio antiguo, y don Ceferino le dice que desde siempre, y Martín asiente.

— ¿Y este es el de Teruel? — dice de pronto, señalando a Martín con el cubo.

— Sí, señor.

— Yo pasé por Teruel en el sesenta y ocho. En un camión.

— ¿Y qué le pareció?

— Frío.

Y con eso queda cerrada la parte internacional de la conversación.

Cuando por fin sube, con el cubo vacío y muy despacio, nos quedamos los dos mirando la escalera.

— Cuatro minutos — dice Martín.

— Cuatro y medio. Has tenido suerte, es julio y está descansado.

Subo al tercero. La llave gira y la puerta no abre, porque esta puerta hay que levantarla del pomo mientras giras y hay que hacerlo con la cadera, y llevo cuatro años haciéndolo y no me sale a la primera desde el primer día.

— ¿Tú sabes lo que pasa? Que esta puerta me tiene manía desde que llegué.

— Es la cerradura.

— Es la puerta.

— La cerradura está montada al revés. Se ve desde aquí.

— Lleva así cuatro años.

— Se arregla en veinte minutos con un destornillador plano.

Le doy con la cadera, levanto y la puerta se abre de golpe, como todas las noches, con el ruido de un mueble que se cae y que no se cae.

— No la voy a arreglar — digo.

— Entonces me la aprendo.