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Martín

La habitación seis, de día, no se parece a la habitación seis.

El patio interior tiene tres plantas y una claraboya que no limpia nadie, así que la luz baja ya usada y sin hora.

Es la luz de las salas de consulta de los archivos, la que se pone a propósito para que el papel no se estropee. Con el papel funciona muy bien.

Llevo despierto desde las siete menos cuarto y sigo en la cama, y eso no lo hago.

En tres semanas he aprendido las tres cosas que hay que saber de este cuarto: que el ventilador de techo solo va en la tercera, que la puerta izquierda del armario no cierra y que si abro la ventana entra el desayuno de los del ocho.

Hoy no he abierto la ventana. La maleta sigue en el suelo con media ropa dentro, y eso viene del primer día.

Anoche besé a Curro Bohórquez en un callejón de seis metros de largo. Empezó él, y enseguida ya no se sabía quién había empezado, y de los dos minutos siguientes no tengo fuente ni testigo, así que no pienso reconstruirlos.

Lo que sí puedo reconstruir es lo que hice al llegar aquí, porque de eso hay pruebas encima de la mesilla.

A las tres y diez de la madrugada, un hombre de treinta y cinco años se sentó en una cama de noventa.

Ordenó por años catorce fotocopias del Archivo Municipal que ya estaban ordenadas por años.

Después las volvió a ordenar por calles.

Luego se quedó mirando la pared hasta las cuatro.

El teléfono lleva boca abajo desde entonces. Lo cojo a las ocho y veinte.

Escribo «Buenos días. Respecto a lo de anoche», lo leo dos veces y lo borro, porque parece el arranque de una reclamación.

Escribo «Curro, buenos días» y lo borro por el mismo motivo.

Escribo «Espero no molestar a estas horas» y lo borro, porque a Curro Bohórquez, a esta hora, no lo levanta ni el levante.

Escribo «Ayer terminamos a las doce y cuarenta», que es verdad y no sirve para nada.

Escribo un emoji y lo borro antes de un segundo, con una vergüenza que no he pasado delante de ningún tribunal. Escribo «Hola».

Van seis borradores y ninguno mandado. Llevo once años subiéndome a autobuses llenos de gente a la que no conozco y dando los buenos días por un micrófono. Cuento el sitio de Zaragoza a las nueve de la mañana con la voz puesta y sin una nota delante. No sé mandar un hola.

El teléfono vibra en la mano y me da un susto ridículo. Es Bosco.

— ¿Estás despierto? — dice —. Perdona. ¿Te he despertado?

— Son las ocho y media.

— ¿Y eso es un sí?

Hablamos una vez a la semana, casi siempre en domingo y casi siempre así.

— ¿Qué tal el sábado? — dice Bosco.

— Bien.

— ¿Bien de bien o bien de los tuyos?

— Bien de bien.

— ¿Y entonces por qué me contestas con esa voz?

Me levanto y me pongo delante del armario, el único punto de este cuarto donde se puede estar de pie sin darle a nada con el codo. Fuera, en el patio, alguien tiende una sábana y la sábana gotea sobre la claraboya durante un rato largo.

— Bosco, ¿le escribirías tú?

— ¿A quién?

— Sabes a quién.

— ¿Y por qué no me lo dices tú?

— Porque te lo estoy preguntando yo.

— ¿Y desde cuándo preguntas tú?

Me quedo mirando la puerta que no cierra y Bosco espera al otro lado sin hacer ruido, cosa que se le da mejor todavía que preguntar.

Espero. Al final se aburre y me pregunta por la cena de septiembre en Teruel, que si voy y si tengo billete.

Le digo que ya veremos y él me contesta preguntándome desde cuándo digo yo que ya veremos.

— Te llamo el martes — digo.

— ¿Me llamas tú o te llamo yo?

Salgo a la calle a las nueve. En el pasillo, la dueña plancha con la puerta de su cuarto abierta y un documental de pirámides puesto a buen volumen.

Me da los buenos días sin levantar la vista de una funda de almohada.

Le contesto y no me oye. El documental está explicando en ese momento cómo se movían los bloques, y eso a mí también me interesa.

Cádiz un domingo de julio a las nueve de la mañana es una ciudad que todavía no ha decidido si se levanta.

Un hombre baldea la acera delante de una bodega cerrada con una manguera que pierde por el empalme.

Huele a lejía y a mar. El mar está a doscientos metros en cualquier dirección que uno elija.

Después de treinta y cinco años en una provincia sin costa, eso sigue sin parecerme una cosa normal.

Ando doce minutos y me doy cuenta, a la altura de la plaza de Mina, de que voy camino del Archivo Municipal por costumbre.

El Archivo cierra los domingos. Lo sé perfectamente y he ido igual, porque el cuerpo va donde está acostumbrado a ir cuando la cabeza está en otra parte.

Doy media vuelta delante de la puerta cerrada y me llevo por delante a un señor con dos barras de pan.

En la esquina de la calle Ancha me para un matrimonio con un plano de papel abierto del revés.

Quieren la Catedral. Les digo que sigan recto ciento cincuenta metros y que giren en la segunda a la izquierda.

Les digo también que la fachada que van a ver no es la que se proyectó.

Las obras duraron ciento dieciséis años y el que la empezó se murió mucho antes de la cúpula.

El hombre me da las gracias. La mujer ya se ha ido andando.

Se van los dos hacia la izquierda, que no es la dirección que les he dicho. Eso pasa en más de la mitad de los casos y no tiene arreglo.

Llego a la plaza de San Juan de Dios a las nueve y veinte. El Caleta Exprés está aparcado en su sitio, con el motor parado y las cortinillas de plástico enrolladas. Rocío Bohórquez, subida al estribo, va comprobando una a una las cadenillas que unen los vagones.

— A su derecha — dice, antes de haberme visto entero —. El historiador.

— Buenos días.

— Recién llegado de la meseta. Rogamos al pasaje que no le dé de comer.

Rocío no baja la voz nunca, ni cuando te habla al oído. Se la oye desde la parada del autobús y desde el portal de enfrente, y el señor del quiosco ya ni levanta la cabeza.

— Solo he venido a andar un rato — digo.

— Nadie viene a esta plaza a andar un rato. — Se baja del estribo, se limpia las manos en el pantalón y me mira de arriba abajo con toda la calma del mundo —. Estás en la lista.

— ¿Qué lista?

— La lista, Martín. La de mi abuela.

La lista es una hoja de cuadros sujeta con un imán en la nevera de Encarna Villegas. Yo la vi el cuatro de julio, en la comida, y me pareció un chiste de los que se cuentan una vez y se olvidan. Tenía nueve nombres escritos con bolígrafo azul y dos tachados.

— ¿Y qué he hecho? — digo.

— El jueves. Virgen de la Palma, a la altura del número tres. Te dijo buenos días y tú seguiste andando.

El jueves iba leyendo una fotocopia del padrón con las casas del callejón del Sereno y no levanté la cabeza en cuatro manzanas seguidas. Es verdad que no la oí. También es verdad que no oí nada más en esas cuatro manzanas.

— Yo no la oí.

— Eso lo dicen todos.

— Es que cuando voy leyendo yo no...

— Y eso también. — Se sube otra vez al estribo y empieza a enrollar un cable naranja alrededor del brazo, del codo al pulgar, sin mirarlo —. Y mi abuela oye una moto a tres calles.

— ¿Y cómo se sale de la lista?

— No se sale. Se espera.

— ¿Cuánto se espera?

— Mi tío Paco entró en el noventa y cuatro.

— ¿Qué hizo tu tío Paco?

— Le dijo que la veía más fuerte. — Rocío se ajusta la gorra sin ninguna prisa —. Con esas palabras exactas. Más fuerte.

Le pregunto quién más hay en la lista y me contesta con el tono de un parte de aduana. Está el del quiosco. Está una prima segunda de Chipiona. Y está un señor llamado Nicolás del que nadie de la familia sabe absolutamente nada.

— Tú llevas aquí un mes — dice Rocío —. Ya deberías saber cómo funciona esto.

— Veintiséis días.

— Pues eso.

Llevo veintiséis días aquí. He dormido en doce hostales de doce sitios distintos y me he ido de todos sin que nadie tuviera que borrarme de ninguna parte.

Para que te borren, primero te tienen que haber escrito.

Me quedo de pie al lado del vagón tres, con las manos en los bolsillos, mientras Rocío termina el cable y lo cuelga de un gancho.

Saco el teléfono y escribo la única frase que me sale entera en toda la mañana.

«Creo que estoy en la lista de tu abuela.

» La mando sin leerla dos veces, cosa que no había hecho nunca.

Contesta antes de que me dé tiempo a guardarlo.

«Lo sé desde el jueves.» Escribo «¿Y no me has dicho nada?

» y me llega «Estaba viendo cuánto tardabas en enterarte».

Miro la hora del mensaje del jueves y hago la cuenta.

Setenta y dos horas. Escribo «Setenta y dos horas» y me contesta «Muy flojo, Martín.

Yo entré a los once años y me enteré esa misma tarde».

Debajo, sin transición y sin mencionar lo de anoche, llega otra línea: «A las nueve en la oficina. Ponte algo que no sea de historiador.»

Leo las dos otra vez, guardo el teléfono en el bolsillo, lo saco y las leo otra vez.

Rocío arranca el Caleta Exprés. La campana suena dos veces, con un golpe seco entre medias. El altavoz se enciende y empieza el bucle grabado por donde lo dejó anoche, con una voz de mujer que no es la suya diciendo «...y a su izquierda, la Catedral».