Curro
Yeray lo dice desde la esquina del Ayuntamiento con la voz de quien avisa de un incendio, y yo estoy todavía abrochándome la faja detrás de la columna, y son las nueve menos diez de un sábado veinticinco de julio.
— Cuéntalos otra vez.
— Los he contado tres veces. Ochenta y dos. Y siguen viniendo.
Salgo y miro, y debajo del reloj hay una masa de gente que ocupa la acera entera y parte de la plaza, con niños encima de los bancos y dos familias que han traído sillas plegables de la playa, y esto no es un grupo, esto es una manifestación pequeña que espera a que alguien le diga por dónde.
Ochenta y dos personas un sábado de julio no salen de la nada.
Salen de tres cosas que han pasado a la vez: que esta mañana ha atracado un crucero en la Punta de San Felipe y hay cuatrocientos pasajeros sueltos por el casco antiguo hasta la una; que el jueves una señora de Albacete subió a una página de reseñas un comentario de once líneas titulado «los dos guías que se pelean»; y que hoy hace veintiocho grados y no corre ni un soplo de aire, y con eso esta ciudad sale a la calle a las nueve y no se mete en casa hasta las dos.
Basi no se ha enterado todavía. Basi está en Chipiona, en la comunión de un sobrino segundo, y lleva desde las siete mandando fotos de una carpa.
Ochenta personas las he tenido dos veces, las dos en agosto, y las dos eran un grupo cerrado de una empresa que venía avisando con un mes de antelación y con una hoja de Excel.
Ochenta y dos por la cara, un sábado, sin avisar, de gente suelta que ha ido llegando de dos en dos, esto no me había pasado en la vida.
Aquí hay que decidir en cuarenta segundos, y yo estas cosas las decido siempre de la misma manera, que es mal y rápido.
Con ochenta y dos personas no se puede hacer esta ruta: no caben en el callejón del Sereno ni en la calle Nueva, no oye la mitad de atrás y a los veinte minutos se te descuelgan doce y te los encuentras en una terraza.
Se puede hacer una ruta para ochenta y dos personas, pero no esta, y esta es la que han pagado.
Martín llega con la mochila al hombro, mira la plaza y dice:
— Dos grupos. Yo salgo con el primero a y media y tú sales con el segundo a menos cuarto. Los cruzamos en el Arco de la Rosa.
— No lo hemos hecho nunca.
— Yo lo he hecho once veces con autobuses.
— Aquí no hay autobuses.
— Aquí hay calles con dos salidas, que es mejor.
Y así, con la faja a medio abrochar y ochenta y dos personas mirándonos, montamos la ruta más rara que hemos hecho en la vida.
El plan es este. La ruta se hace por los dos extremos a la vez.
Él sale a y media con la mitad de la gente y empieza por el final, hacia atrás.
Yo salgo a menos cuarto con la otra mitad y empiezo por el principio, hacia delante.
En algún sitio nos tenemos que dar de frente, y ese sitio es el Arco de la Rosa: allí nos cambiamos los grupos sin dejar de andar y cada uno acaba la noche con la gente del otro.
Es una idea espantosa y no tenemos ninguna otra.
Repartirlos es lo más difícil de la noche, porque en cuanto le partes una familia a alguien se te cae el grupo entero: hay que separar por bloques y no por cabezas y hay que preguntar quién viene con quién antes de que nadie se ofenda.
Martín reparte por la izquierda y yo por la derecha, y él cuenta bien y yo cuento por encima, y me equivoco en dos.
Una señora se quiere venir conmigo porque ella ha venido a ver al muerto.
Le digo que el muerto soy yo pero que su grupo empieza por el final, y me dice que entonces se espera.
Y se espera cuarenta minutos sentada en un banco, con el bolso en las rodillas, y luego me la encuentro en el callejón con una cara de satisfacción que no le he visto a un cliente en todo el verano.
— Yeray — digo —, tú vas a salir cuatro veces.
— ¿Cuatro?
— Dos con cada grupo. En el pozo y en el callejón.
— Yo me apunto.
— Es que ya estás apuntado.
— Pero me apunto otra vez, que no es lo mismo apuntarse a una que a cuatro.
Y sale corriendo con la sábana debajo del brazo, feliz como un hombre al que le acaban de doblar el papel.
Lo que pasa esa noche no lo voy a saber explicar bien nunca, y empieza con los dos grupos moviéndose por el casco antiguo como dos animales grandes que se buscan y que se oyen.
Desde mi grupo se oye el suyo. Se oye una risa de cuarenta personas a dos calles y mi gente se gira, y yo les digo que esos son los otros, que van al revés, y a partir de ahí no están pendientes de otra cosa.
El primer cuarto de hora con cuarenta y una personas es un trabajo físico.
Hay que andar hacia atrás más despacio, parar antes de llegar a las esquinas y hablar un poco hacia arriba, porque la voz se te va por encima de las cabezas y no llega al fondo.
Yo tengo un truco que no le he contado a nadie: cuando el grupo es grande, no hablo más alto, hablo más lento.
Un grupo grande no oye mejor porque le grites, oye mejor porque le has dado tiempo a colocarse.
Nos cruzamos en el Arco de la Rosa a las diez y dieciocho, tres minutos tarde, y no nos cruzamos: nos atascamos.
Ochenta y dos personas en una calle de tres metros no se cruzan, se meten unas dentro de otras, y durante medio minuto largo lo único que hay allí es un tapón de gente riéndose, una señora preguntando en voz alta si esto era así y un cochecito de niño atravesado.
Cuando por fin se despega, siete se han ido con el grupo que no les tocaba y no lo van a descubrir hasta el final.
Y la gente aplaude. Aplaude con las manos por encima de la cabeza, que es como aplaude la gente cuando no ve bien lo que está aplaudiendo, y aquello no lo había ensayado nadie: lo habíamos montado en una acera, cuarenta minutos antes, con la faja a medio abrochar.
Le veo pasar en dirección contraria, con su camisa clara y su carpeta debajo del brazo, y me dice cuatro palabras:
— Los tuyos van fríos.
Y tiene razón, y en la parada siguiente lo arreglo con lo primero que se me ocurre, que es sentar a doce personas en el bordillo. A la gente sentada le cambia la cara, y nadie sabe por qué y yo tampoco, pero llevo ocho años sentando gente en los bordillos y en agosto no me ha fallado.
La segunda mitad de la noche es la mejor hora y media de trabajo de mi vida.
No lo digo yo solo, que también, lo dice la gorra; pero lo sé sobre todo porque en la parada del pozo, contando lo de las cuarenta y una casas sin agua, tenía cuarenta y una personas escuchando y con la calle llena y la gente asomada al balcón parecían ciento veinte.
Y entonces meto la pata, y la meto en la parada diez, a las once menos veinte, cuando ya lo tengo todo ganado y estoy en ese punto de la noche en el que uno se cree que puede con cualquier cosa. Estoy contando la última noche de don Amaro y digo que fue el catorce de febrero de 1849.
Y hace dos horas, en el otro grupo, había dicho que fue en el cincuenta y uno.
Los grupos están mezclados. Eso se me ha olvidado a mí, y la mitad de la gente que tengo delante empezó la ruta con Martín y la otra mitad conmigo, y hay un señor con una camisa de rayas, en tercera fila, que ha oído las dos versiones, y el señor de la camisa de rayas levanta la mano.
— Perdone. Antes ha dicho el cincuenta y uno.
Y se hace ese silencio, el de verdad, el de gente esperando a ver cómo sales de esta.
Yo tengo el sombrero en la mano, y el señor de la camisa de rayas tiene razón, y no tengo absolutamente nada; se me han acabado los trucos delante de cuarenta y una personas, y eso me faltaba por descubrir de mí mismo un sábado a las once menos veinte.
Y Martín, que está apoyado en la pared, con los brazos cruzados y sin ningún papel en esta parada, dice ocho palabras:
— Las dos fechas son buenas. Cambió de ruta.
Ocho.
Yo termino la parada, y la termino bien, y la termino desde muy lejos de mí mismo, oyéndome hablar desde la acera de enfrente.
Sin mirarme. Con los brazos cruzados. Y después se ha quedado exactamente igual de quieto que estaba.
El señor de la camisa de rayas asiente. La fila de delante asiente.
Una mujer le dice a otra «claro, cambió de ruta», y sigo, y termino la parada, y termino la ruta, y en el callejón del Sereno la gente aplaude tres veces seguidas y Yeray sale por cuarta vez y esta vez se le engancha la sábana en la reja.
La gorra da cuatrocientos siete euros con sesenta, y esa cifra no la había visto yo en una gorra.
A las doce menos veinte el callejón está vacío. Se ha ido todo el mundo: Yeray, que se ha llevado la sábana rota diciendo que se la cose su madre, y los últimos, que eran un matrimonio de Jaén que quería una foto y se la he hecho yo con su móvil, mal, con el dedo en la esquina.
Quedamos él y yo y la farola, que sigue haciendo lo que hace, y yo estoy sentado en el escalón de la reja con la levita abierta, contando el dinero por segunda vez porque la primera me he perdido.
Martín está de pie, apoyado en la pared de enfrente, que en este callejón es toda la distancia que hay.
— Has mentido — le digo.
— Sí.
— Delante de ochenta y dos personas.
— Cuarenta y una. Los otros ya se habían ido.
— Has mentido delante de cuarenta y una personas, Martín Bermejo, guía habilitado número cuatro mil ciento veintiocho, y te has quedado tan ancho.
— Cambió de ruta — dice —. Es verosímil.
— ¿Tú sabes lo que acabas de hacer? Acabas de meterle un dato falso al patrimonio oral de esta ciudad. Dentro de veinte años va a haber un señor en una barra diciendo que don Amaro cambió de ruta.
— Es posible.
— ¡Es que no existe!
— Peor para él.
Y me río. Me río fuerte, con la cabeza hacia atrás y las monedas en la mano, y el callejón devuelve la risa porque tiene dos metros de ancho, y él se está riendo también, bajito, mirándose los zapatos, con esa risa suya que no hace ruido y que se le nota en los hombros.
Y cuando dejamos de reírnos no pasa nada durante un rato bastante largo. Yo sigo sentado y él sigue de pie, y la farola parpadea dos veces y vuelve.
— Oye — digo.
— ¿Qué?
— Que con tu carné y tu número de registro y tus cuarenta y siete minutos, tú no habías dicho una mentira en tu vida.
— No.
— Y vienes a Cádiz y a las tres semanas...
Y ahí se me acaba, porque se me acaba la frase en mitad de la frase, que es una cosa que a mí no me pasa desde los quince años.
La tenía entera. Iba a decir «y a las tres semanas mientes como un gaditano», y era buena, y me habría reído yo solo.
Pero le miro para rematarla y él ya me está mirando a mí, y lleva mirándome un rato, y la broma se me queda a mitad de camino y sale de mi boca convertida en otra cosa mucho más pequeña y mucho peor.
— ...y a las tres semanas haces eso por mí.
Martín no dice nada. Se separa de la pared y da un paso, que en este callejón es todo el trayecto que existe, y yo me levanto del escalón porque no se puede estar sentado en un momento así, y se me caen dos monedas de veinte céntimos, y las dos se quedan donde han caído.
Y nos quedamos ahí, sin sitio para nada más, con la farola dando y quitando la luz.
— Curro.
— Dime.
— No sé cómo se hace esto.
— Es que no hay que hacer nada.
Y lo beso yo. O me besa él. Esto lo he pensado luego muchas veces y no lo sé, y creo que los dos hemos ido a la vez, que es exactamente lo que llevamos haciendo desde el tres de julio.
Es un beso corto, un beso de dos personas que llevan tres semanas sin tocarse ni un codo y que de repente no saben dónde poner las manos, y él me pone una en el cuello y la otra en ningún sitio, y yo le agarro de la camisa clara y se la arrugo entera, y sabe a la cerveza que se ha tomado a las siete y huele a crema de farmacia.
Y entonces, desde la boca del callejón, a doce metros:
— ¡Que me he dejado la sábana!
Nos separamos con una velocidad que no le he visto a nadie: yo me giro hacia la reja y me pongo a recoger las monedas del suelo con una dedicación de arqueólogo, y Martín se aparta dos pasos y se mira el reloj, que no lleva, porque se lo quita para trabajar.
Yeray entra en el callejón, coge la sábana rota de encima del escalón, dice que su madre la cose pero que necesita hilo, pregunta si mañana hay ruta a la misma hora, le decimos que sí los dos a la vez, dice que se apunta y se va.
Se va por donde ha venido, silbando una cosa que no reconozco, y no se ha enterado de nada en absoluto.
El callejón se queda otra vez callado. A mí se me han quedado las dos monedas de veinte céntimos en el suelo y me da la risa, y a él también, y estamos los dos riéndonos con la boca cerrada, y así se ríe uno cuando no quiere que se le oiga en la calle de al lado.
— La sábana — dice.
— Se la cose su madre.
Y vuelvo. Doy un paso y vuelvo, y este beso ya no es corto, y este ya sabe dónde va.
Cuando nos separamos, él tiene la camisa por fuera del pantalón y yo tengo la levita en el suelo, porque en algún momento me la he quitado y no me acuerdo de habérmela quitado.
— Esto no estaba en el plan — dice.
— ¿Tú tenías un plan?
— Yo tengo un plan siempre.
— Pues era malísimo.
Nos sentamos los dos en el escalón de la reja, hombro con hombro, porque el escalón mide lo que mide y no da para más, y nos quedamos ahí un rato largo diciendo cosas que no sirven para nada.
Él me pregunta cuánto ha dado la gorra y le digo la cifra.
Me dice que es la mejor de la temporada.
Me dice que se lo tenemos que decir a Basi el lunes y yo le digo que a Basi ni una palabra, que Basi con cuatrocientos euros se compra otro barco.
Las monedas siguen en el suelo y cuando me agacho a cogerlas solo hay una, y me paso un minuto entero buscando veinte céntimos con la linterna del móvil mientras un hombre de Teruel me mira desde la reja y se aguanta la risa.
Al final la localizo en la rendija de debajo de la reja y no la puedo sacar, y ahí se queda, hasta que me pregunta si el callejón tiene nombre oficial.
— Yo lo llamo así desde que tengo memoria. Y mi abuela también.
— En el callejero municipal no tiene nombre. Aparece como prolongación de la calle de al lado, y eso es raro, porque hasta los callejones sin salida tienen nombre desde 1860.
— ¿Y lo has buscado?
— Lo he buscado.
— ¿Y?
— Y no está.
Se me ocurre una broma sobre el barco y no la digo, y a las doce y media subimos por el Pópulo.
En la esquina de la calle Ancha se para, mira hacia un lado y hacia otro con el cuidado del hombre que va a cruzar una autovía, y aquí no hay nada que cruzar y no pasa un coche desde las once, y me da un beso rapidísimo y sigue andando.
La levita se ha quedado en el callejón, y vuelvo a bajar a por ella yo solo, a la una menos veinte, y ahí está, en el suelo, doblada justo por donde no se dobla.
Y a un brazo de distancia, junto a la reja, con el ala partida por la parte de siempre, está el sombrero de don Amaro.