Martín
A las once menos veinte de la noche el Pópulo huele a fritura, a jazmín, a la lejía del portal que alguien acaba de baldear y, si el aire viene del sur, a los contenedores de la calle de atrás.
Los cuatro olores se turnan en ochenta metros.
Yo he aprendido a saber por dónde vamos sin levantar la cabeza del suelo.
Eso no lo sabía hace dos semanas. Hace dos semanas yo esta ciudad me la sabía en plano y nada más.
Aquí me he aprendido las esquinas antes que las fechas, y eso no me había pasado en ninguna otra.
En Teruel yo sabía primero el año y luego la calle.
En Albarracín igual. Aquí sé que en la esquina de la calle Santiago hay una piedra suelta que suena distinto cuando la pisas, y no tengo ni idea de cuándo la pusieron.
Del sábado dieciocho al viernes veinticuatro hacemos seis rutas: cuarenta y cuatro, treinta y uno, cincuenta y siete, cuarenta, sesenta y ocho y cincuenta y dos.
Doscientas noventa y dos personas en seis noches, y la recaudación media sube de tres euros con veinte por persona a cuatro euros con diez.
Ese dato se lo doy a Basi el viernes, Basi lo apunta en un papel y a los diez minutos pierde el papel.
He cambiado dos costumbres en tres semanas y las dos me las ha cambiado esta ciudad sin pedirme permiso.
La primera es que desayuno a las nueve y media en lugar de a las siete, porque aquí a las siete no hay con quién hablar, y yo desayunaba solo por horario y no por gusto.
La segunda es que he dejado de planchar las camisas.
Aquí una camisa planchada no dura doce minutos.
Los números son lo de menos. Lo que ha cambiado esta semana son los tiempos, y los tiempos no se apuntan en ninguna hoja de Basi.
Yo ahora sé que Curro tarda once segundos en arrancar después de que yo dé una fecha, y que si tarda catorce es porque va a cambiar de historia.
Sé que cuando se quita el sombrero quedan dos minutos de parada.
Sé que si se pasa la mano por la faja es que el grupo se le está yendo.
Sé que si empieza una frase con «y a todo esto» va a terminar en otro sitio del que empezó.
Sé que la levita se la desabrocha en la parada nueve, siempre, y que él dice que es por el calor, aunque en la nueve lo que baja es el tono y el cuerpo se lo acompaña.
Y sé una que no sirve para nada. Cuando se ríe de verdad se le cierra el ojo izquierdo un poco antes que el derecho. Eso no lo he apuntado en ninguna parte.
Y él sabe cosas de mí, y sé que las sabe porque las usa.
El martes veintiuno, en la parada de la muralla, me quedo sin la cifra. Se me va. Llevo once años diciendo mil setecientos y pico y de pronto no está, y me quedo tres segundos con la boca abierta delante de cincuenta y siete personas. Después los cuento y son dos, no tres.
La cifra, cuando vuelve, es 1755, y ese año no me lo invento yo: lo dejó escrito Solís en un cuaderno que está en el archivo y que no ha leído casi nadie.
Curro entra antes del tercero. Cuenta una cosa de un albañil que no viene en ningún sitio, gana veinte segundos, y cuando termina me mira y dice, en voz alta y para el grupo: «y ahora te lo va a contar bien el que lo sabe». Y yo ya tengo la cifra.
Eso no lo hemos hablado nunca. No hemos hablado del reparto desde el día siete, y los dos folios grapados siguen en mi carpeta, doblados por la mitad por él, con la flecha larguísima y el círculo.
El sábado dieciocho viene un matrimonio de Valencia que discute en voz baja toda la ruta por un asunto de un coche.
Los oigo en tres paradas. En la quinta van separados por catorce personas y en el callejón del Sereno están otra vez juntos.
Eso no lo apunto, porque no es una incidencia, y aun así lo he recordado tres veces esta semana.
El domingo diecinueve, después de la ruta, Rocío nos lleva a los tres en el trenecito hasta la plaza de España, sin pasajeros, a las doce y media de la noche.
Va prohibido y lo hace igual. Nos sentamos en el último vagón, Curro con la levita al hombro y Yeray de pie agarrado a la barra, y Rocío nos va narrando el trayecto por megafonía con el aparato encendido y la ciudad durmiendo.
Eso tampoco es una incidencia. El lunes un vecino pone una queja en el Ayuntamiento y Rocío dice que la multa la paga a gusto.
Lo otro que ha pasado es que nos hemos convertido en el número.
Empieza el domingo. En la parada del pozo yo digo que la epidemia de 1800 se llevó a uno de cada cuatro habitantes de la ciudad, y Curro dice que era uno de cada tres, y yo le digo que uno de cada cuatro, y él dice que su abuela decía que uno de cada tres, y una señora de Albacete se echa a reír.
Se ríe ella y luego se ríen treinta. Y cuando seguimos andando, la señora de Albacete le dice a su marido, en un volumen que oímos los dos: «esto es mejor que la ruta».
Desde el domingo discutimos una vez por ruta y nunca lo hablamos antes. El martes toca el año de la Torre Tavira y el jueves una cosa de un obispo. En las tres tengo razón yo, y eso no significa nada, porque a la gente le da igual quién la tenga y se ríe de los dos.
Basi viene el jueves a ver la ruta desde el fondo, con las manos a la espalda, y se queda hasta el final.
Esa noche se va callado. Al día siguiente, en la oficina, le da al ventilador un golpe con la cadera al pasar, se sienta y nos suelta que lo de anoche es un producto, y que él reconoce un producto cuando lo ve porque un colchón se vende enseñando el somier.
— Basi, el somier se vende aparte.
— Por eso.
No lo llamamos nada. Yo lo he apuntado en la libreta como «la discusión» y me da vergüenza haberlo apuntado, porque una discusión programada es un guion, y si es un guion habría que escribirlo, y si lo escribimos deja de funcionar. Eso último no lo he apuntado.
El jueves Yeray me pregunta si en la ruta hay algún papel más aparte del fantasma. Le digo que no. Me dice que se apunta igual.
Toñi me para en la puerta de la peluquería el viernes por la mañana y me pregunta, sin saludarme antes, si yo sé lo que le pasa a Curro con los meses de octubre. Le digo que no lo sé. Me dice que ya, y se mete dentro con la escoba. Eso también lo apunto, y lo apunto en el margen.
Pero antes de todo eso, el miércoles, después de la ruta, tenemos la conversación.
Estamos en la boca del callejón, con la gorra ya contada, y yo saco el paraguas de la mochila porque me lo he traído por costumbre y llevo cinco días sin abrirlo. Curro lo mira.
— Ese paraguas.
— Es para el punto de reunión.
— Si sé para qué es. Digo que ese paraguas y tú tenéis una historia.
Me apoyo en la pared. Él se sienta en el escalón de la reja con la levita abierta.
— Oye. Lo del primer día, lo de «sígueme, por favor».
— No me lo dijiste. Te reíste.
— Es verdad. Perdona.
— No pasa nada.
— Sí pasa. Me reí de ti el segundo día y encima delante de Toñi.
Se queda un momento callado, y luego se pone las manos en las rodillas y me lo explica, y me lo explica despacio, cosa que no le había visto hacer hasta hoy.
— «Sígueme, por favor» es una frase de guía malo. Y no lo digo por ti. Lo digo porque yo la dije durante dos años. Los dos primeros. La decía en la plaza, con la mano levantada, y la gente venía detrás y todo iba bien. Y un día un tío de un grupo me dijo: oye, ¿y si no queremos?
— ¿Y qué le contestaste?
— Nada. Me quedé como un pasmarote. Pero esa noche, andando para casa, entendí una cosa: que si tienes que pedirlo es que todavía no lo tienes.
— Eso es una frase.
— Es una frase, sí. Pero es verdad. El grupo te sigue o no te sigue, y eso pasa en los dos primeros minutos, y si lo tienes no hace falta pedir nada, y si no lo tienes lo puedes pedir con un megáfono y se te van igual a mirar un escaparate.
— ¿Y tú qué dices en la plaza?
— Yo digo vamos. O digo por aquí. Y hay noches que no digo nada y echo a andar, y funciona igual, y eso al principio me daba un miedo horroroso.
— ¿Por qué?
— Porque si no dices nada y no te siguen, no le puedes echar la culpa a la frase.
Lo pienso. Lo pienso de verdad, no por educación.
— En un grupo de autobús de sesenta jubilados hay que pedirlo.
— En un grupo de autobús de sesenta jubilados hay que pedirlo — dice —. Y en un colegio. Y con lluvia. Yo no te estoy diciendo que no exista la frase, te estoy diciendo que a ti no te hace falta.
Y ahí se levanta, se sacude el pantalón y dice que se va, que mañana hay ruta a las nueve.
Yo me quedo con el paraguas en la mano.
Esa noche lo apunto en la libreta, en una línea, con la fecha delante. No lo apunto en la columna de lo que ha salido mal. Lo apunto en el margen.
Y no lo vuelvo a decir. No lo decido, no me lo propongo y no lo tacho de ningún sitio. Sencillamente, el jueves veintitrés, delante de sesenta y ocho personas en la plaza de San Juan de Dios, digo «buenas noches, soy Martín, vamos», y echo a andar. Y vienen.
Nadie me dice nada. Ni él.
El viernes por la noche, a la una y diez, llamo a Bosco.
Bosco Amiel da clases de Geografía e Historia en un instituto de Teruel, tiene treinta y siete años y es la persona que más me conoce del mundo, cosa que a él le parece un dato aburridísimo.
Nos conocimos en un tribunal de oposición.
En catorce años no le he oído dar una respuesta directa, y no porque no las tenga.
— ¿Y tú a qué hora te crees que es esto?
— La una y diez.
— ¿Y tú a qué hora te crees que se levanta un profesor en julio?
— Estás de vacaciones.
— ¿Y eso qué tiene que ver?
Tiene una teoría sobre las preguntas, y es que la gente contesta antes de darse cuenta de que ha contestado. Yo llevo catorce años viéndoselo hacer y sigo cayendo.
Tiene además una hija de once años, Vera, a la que no veo desde marzo. En marzo me preguntó por qué los dinosaurios del parque son de resina si los de verdad están debajo. Le dije que se lo miraba y no se lo miré. Fue la única pregunta directa que me hicieron en todo aquel fin de semana.
Le cuento el verano. Le cuento lo de la fusión, lo del reparto, lo del disfraz único, lo de la ruta infantil y lo de las tres agencias del doce de septiembre. Hablo diez minutos seguidos. Bosco no me interrumpe ni una vez, cosa que tendría que haberme escamado.
— ¿Y el hombre ese?
— ¿Qué hombre?
— El de la levita.
— Curro.
— ¿Y qué tal Curro?
— Bien. Es bueno. Es el mejor que he visto trabajando con gente.
— ¿Y qué tal Curro?
— Te acabo de contestar.
— ¿Seguro que me has contestado?
— ¿Y tú comes bien? — digo, por cambiar.
— ¿Yo?
— Sí, tú.
— Yo como fatal. ¿Y tú?
— Como en un bar de la esquina.
— ¿Todos los días?
— Casi.
— ¿Y eso lo dice el hombre que en Teruel se hacía la compra los domingos por la mañana con una lista escrita?
— La lista era eficiente.
— ¿Y ahora?
— Ahora no hago lista.
— ¿Seguro?
Me levanto de la cama y me pongo en la ventana, que da a un patio interior con cuatro tendederos y ninguna vista. Abajo hay una bicicleta atada a una tubería y con las dos ruedas deshinchadas.
— No sé qué me estás preguntando.
— ¿No lo sabes o no lo quieres decir?
— Bosco.
— ¿Qué?
— Contéstame tú una cosa por una vez en tu vida.
— ¿El qué?
Y ahí me quedo yo. Porque no sé qué preguntarle. Tengo delante una ventana, un patio y una bicicleta, y tengo dentro una cosa de la que no sé ni el nombre, y a mí las cosas que no tienen nombre me duran poco, porque las busco, las encuentro, las apunto y se acaban.
Esta no la encuentro en ningún sitio.
— Nada — digo —. Que duermas.
— ¿Tú vas a dormir?
— No.
— ¿Ves?
Cuelgo a la una y media. Al otro lado del patio, en el segundo, hay una mujer que a esta hora está tendiendo ropa con las luces apagadas, y lleva ya tres prendas puestas y una pinza en la boca, y sigue.