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Curro

El levante entra el martes por la noche y el miércoles a las siete de la mañana ya lleva doce horas soplando, seco y caliente, empujando la ciudad desde el este con esa insistencia suya de cuñado en una comida familiar: no grita, no para, y a las tres horas todo el mundo está de mal humor y nadie sabe exactamente por qué.

Se sabe que ha entrado antes de abrir los ojos, y se sabe por la persiana, que suena distinto.

Y luego se sabe por la gente. Se le nota primero a los camareros, que sirven más rápido y hablan menos; después a los taxistas, que ya no te preguntan de dónde eres; y al segundo día a todo el mundo, hasta a los que dicen que a ellos el viento les da igual, que son siempre los mismos y siempre los que peor lo llevan.

Mi abuela sostiene que en los tres días de levante de agosto del noventa y ocho se rompieron cuatro noviazgos en la calle Virgen de la Palma, y yo eso no lo puedo verificar.

La playa de la Victoria está cerrada por bandera roja desde el mediodía del martes y en la Caleta la arena se ha subido al paseo y hay que andar de lado.

En la calle Ancha un toldo se ha partido por la mitad.

En la peluquería, Toñi lleva dos días peinando a señoras que salen a la calle y a los cuarenta metros vuelven a estar como cuando entraron, y hay una que se lo ha tomado como una cosa personal contra ella.

Los turistas, en cambio, no se enteran de nada. Los turistas creen que esto es una brisa agradecida y bajan a la playa a las doce con la sombrilla debajo del brazo, y a la una vuelven con la sombrilla partida y con esa cara de haber discutido con alguien invisible y de haber perdido la discusión.

Basi cancela las rutas del miércoles y del jueves a las once de la mañana con un mensaje de voz de cuarenta segundos en el que dice tres veces la palabra prudencia.

Yo el levante lo tengo estudiado. Sé exactamente qué calles se pueden andar y cuáles no, sé que a mitad de la calle Sacramento el viento te empuja y que en la esquina de Cristóbal Colón te espera de frente para recibirte, y sé que a los tres días la gente empieza a discutir por cosas que no existen.

Es un viento que no hace daño. Lo que hace es cansar.

A la una y media llamo a Martín porque me lo imagino en la habitación seis con el ventilador de techo en la tercera y la ventana cerrada, y porque tres días de levante en un hostal es la clase de cosa que le arruina el verano a un hombre de Teruel.

— ¿Qué haces?

— Nada. He leído.

— ¿Has comido?

— Todavía no.

— Coge una camisa de manga larga y vente a La Viña.

— ¿Ahora?

— Ahora, hombre. Que mi abuela ha hecho puchero y a mi abuela hay que quitarle comida de encima.

Silencio. Es lo que tarda este hombre en decidir cualquier cosa que no esté escrita en un correo.

— ¿Y ella lo sabe?

— ¿Que si sabe que ha hecho puchero?

— Que si sabe que voy.

— Se lo digo yo por el camino.

Subimos los dos pisos de la calle Virgen de la Palma a las dos y veinte con el pelo hecho un desastre y la boca llena de arena, y Encarna nos abre la puerta con el delantal puesto, mira a Martín de arriba abajo y dice que ha adelgazado, cosa que es imposible pero que en esta casa se dice igual.

El puchero de mi abuela es un puchero de invierno que ella hace en julio porque el calendario, para Encarna Villegas, es una sugerencia. Se come igual de bien. Martín se come dos platos y el segundo se lo pone ella sin preguntarle, porque preguntándole no repite nunca.

Comemos con la ventana cerrada. Por debajo de la ventana entra el ruido del viento en la calle y, cada cierto rato, el golpe de una puerta en el patio de al lado que nadie va a cerrar en tres días.

— Con este viento la gente saluda menos — dice mi abuela, sirviendo —. Y yo tomo nota.

— Abuela, no puedes meter a nadie en la lista por el levante.

— Puedo apuntarlo en lápiz.

Después del café, Encarna se levanta y vuelve de la cómoda con una lata de galletas que no tiene galletas. Dentro hay carretes de hilo puestos de pie y ordenados por color, un acerico con forma de tomate y un sobre de papel con agujas.

— Tú tienes buena vista.

— Regular.

— Mejor que la mía.

Y le pone el sobre delante.

A Martín Bermejo, que lleva trece días esperando en aceras a que alguien le diga que entre, acaban de pedirle una cosa.

Enhebra doce agujas. Las enhebra de una en una, contra la luz de la ventana cerrada, con el hilo cortado en diagonal y la lengua entre los dientes, y las va clavando en el tomate según las termina.

Mi abuela se sienta enfrente y lo mira hacer sin decirle cómo, que en ella es la máxima demostración de confianza que existe.

— ¿Y esto para qué es?

— Para cuando haga falta.

— ¿Y cuándo hace falta?

— Hijo, si yo lo supiera no las dejaba enhebradas.

Cuarenta años cosiendo trajes de comparsa en esta misma mesa camilla, de octubre a febrero, veinte o veinticinco al año, y le pagaban casi siempre. Ahora tiene una espalda que le aguanta media hora sentada y unos ojos que no pasan del ojo de una aguja.

— El año que salieron de emperadores no dormí en tres semanas — dice —. Y luego el del bombo se rompió la manga el segundo día.

— ¿Y los patrones los guarda?

— Los hacía y los tiraba.

— ¿Por qué los tiraba?

— Porque el año siguiente era otra cosa.

Martín se queda un rato largo con esa respuesta encima. Luego termina la última aguja y las deja las doce clavadas en el tomate, todas del mismo lado, en abanico.

— Están bien — dice ella.

— Están iguales.

— Por eso están bien.

Y entonces, con la taza del café todavía en la mano, sin que nadie le haya preguntado nada, Martín dice:

— Mi padre nunca me ha pedido nada.

Encarna levanta la cabeza.

— ¿Cómo dices?

— Que mi padre no me ha pedido nada en la vida. Ni una vez. Estuvo cuarenta y un años en Correos y se jubiló y no me pidió que fuera. Ni que le llevara el coche al taller, ni que le arreglara el móvil, ni que me quedara un domingo por la tarde. Ninguna cosa de esas.

Se calla. Se lleva la mano a las entradas y se toca el pelo un segundo, y baja la taza a la mesa, y se le nota en la cara el momento exacto en que se oye a sí mismo.

— Perdón. No sé por qué he contado eso.

Y aquí yo tengo dos caminos. Uno es preguntar.

Es el camino corto y es el que me pide todo el cuerpo, porque llevo trece días viendo a este hombre esperar en aceras a que le digan que entre y acabo de entender de dónde viene esa costumbre.

Y el otro camino es el mío de siempre, el que llevo usando desde los seis años, que consiste en meter una historia por el hueco para que nadie tenga que quedarse ahí de pie.

Cojo el segundo.

— A todo esto. Ayer me encontré a Manoli, la del quiosco de la plaza.

Y me contó que su hijo se ha metido a bombero en Bilbao y que la llama todos los domingos a las siete en punto, y que el domingo pasado no la llamó y ella se pasó la tarde entera pensando que se había quemado en un incendio, y a las nueve el chaval le mandó una foto en una boda.

En una boda. Con el móvil en modo avión desde las cuatro.

Encarna se ríe. Martín se ríe también, y se ríe de verdad, con alivio, y pregunta si el hilo azul del carrete grande es de coser o de hilvanar.

Encarna aprovecha para contar que ella tuvo un hijo ocho meses en Bilbao, que es mi tío Juanma, y que volvió porque allí llovía; y la verdad es que volvió porque le salió trabajo aquí, pero en esta casa la versión oficial lleva siendo la lluvia cuarenta años y ya no la va a cambiar nadie.

Y así se pasa la cosa. Y así se queda.

Nos vamos a las siete y media. En la calle sigue el viento, más flojo que a mediodía pero con las mismas ganas, y bajamos hacia el Campo del Sur andando de lado en los cruces y sin hablar mucho, porque con levante no se puede hablar de frente.

Y a la altura del arco, con la arena dándome en la cara, se me pone una cosa en el estómago que tardo dos calles en identificar.

Que no le he preguntado.

Yo esto lo hago siempre. Lo hago con Toñi cuando me pregunta si voy a buscar piso para octubre, lo hago con mi madre cuando llama un domingo por la tarde y lo hago con la gente que se me acerca al final de la ruta a contarme algo de su padre, que se me acerca mucha más gente de la que parece.

Meto una historia por el hueco y no falla nunca, y todo el mundo sale de ahí aliviado, yo el primero.

Que un hombre ha soltado en mitad de una mesa camilla la única cosa que ha dicho de sí mismo en trece días, y que yo, que me gano la vida sabiendo cuándo un grupo se está aburriendo antes de que se aburra, he cogido esa frase y le he puesto encima a Manoli la del quiosco y a un bombero de Bilbao.

Se lo digo. Estoy a punto de decírselo dos veces. En la esquina de Sagasta abro la boca y lo que me sale es preguntarle si mañana quiere que le enseñe la Punta de San Felipe, que con este viento es un espectáculo, y él dice que sí.

El levante sigue soplando toda la noche del miércoles y todo el jueves. El jueves a las once de la noche, cuando salgo a cerrar el balcón, en el patio de abajo la puerta sigue dando golpes y el levante viene con la misma fuerza que el martes, ya sin arena, seco, sin ninguna intención de irse.