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Curro

Voy corriendo por la calle Mesón con la levita abierta y el sombrero en la mano, esquivando a una pareja que sube y a un chico con una bicicleta, porque veintiséis niños de entre seis y nueve años acaban de doblar la esquina equivocada detrás de un gato.

Detrás de mí viene Martín, que corre con los codos pegados y sin un aspaviento, como la gente que hace deporte, y aun así le estoy sacando media calle porque yo llevo ocho años corriendo detrás de gente por estas piedras y él lleva ocho días.

Los alcanzo en la esquina del Arco de la Rosa. Están todos parados alrededor del gato, que se ha metido debajo de un coche y que ya no piensa salir en toda la noche.

El gato es de esos gatos de Cádiz que llevan aquí más generaciones que cualquiera de nosotros y que miran a la gente por encima del hombro con toda la razón del mundo.

Los veintiséis están agachados alrededor del coche, en semicírculo y callados, y hay que ver lo poco que hacía falta para tenerlos callados y lo mucho que me ha costado a mí no conseguirlo.

— ¡Es que se ha ido! — me grita una niña con una diadema de plástico.

— Lo veo, mi alma.

— ¡Y era negro!

— Peor. Era gris.

Detrás de los niños llegan los padres, que llegan andando porque los padres no corren nunca delante de otros padres, y detrás de los padres llega Yeray con la sábana enrollada al cuello a modo de bufanda, sudando, preguntando si ya ha salido su parte.

Cuento cabezas y me salen veintiséis, que son los que estaban y los que siguen estando, y ese número, a las diez menos veinte de un jueves, con los niños sueltos por una calle del Pópulo y ocho padres andando por detrás, me quita diez años de encima.

Yo las rutas infantiles no las hago. No las hago desde 2019, desde una en la que un niño de ocho años me preguntó, delante de su padre, si a mí me pagaban por esto; y cuando le dije que sí me preguntó cuánto; y cuando no se lo dije se lo preguntó a su padre, y su padre me miró a mí.

Con los adultos yo sé dónde estoy: el adulto ha pagado, ha decidido venir y me va a ayudar aunque yo lo haga regular.

Al niño lo han traído. Y un público que no ha decidido venir me quita la única herramienta que tengo.

Para entender cómo he llegado hasta aquí hay que volver a las seis y media de la tarde, cuando Basi nos reúne en la oficina con una carpeta y esa manera suya de anunciar las catástrofes como si fueran ascensos.

— Hemos ampliado el catálogo.

— Basi.

— La ruta del miedo. Para niños de seis a nueve años. Una hora. Hoy a las nueve.

— ¿Hoy?

— Hoy. Es un cumpleaños de una niña de un colegio del barrio de Santa María y viene la clase entera y algunos hermanos.

— ¿Tú sabes lo que es una ruta del miedo para niños de seis años, Basi? Es una ruta en la que un niño se echa a llorar en el minuto cuatro y su padre te pide el dinero en el minuto cinco.

— Por eso os mandamos a los dos.

Martín, que lleva callado desde que hemos entrado, levanta la cabeza del reparto que ya no usa porque se lo sabe de memoria.

— ¿Qué contenido lleva?

— El vuestro, pero para niños.

— El nuestro para niños es un contrabandista que muere de una enfermedad del hígado.

— Pues quitadle el hígado.

— ¿Y quién ha vendido esto? — pregunto.

— Lo hemos vendido nosotros.

— ¿Cuándo?

— El martes. Vino la madre a preguntar por la ruta normal y le dijimos que teníamos una infantil.

— Y no la teníamos.

— No la teníamos el martes.

Yeray levanta la mano desde detrás de la mesa plegable, despacio y entera, y la levanta así siempre para que se le vea desde la puerta de la calle.

— Yo me apunto.

— Tú ya estás dentro — le digo —. Tú eres el fantasma.

— ¿Y salgo una vez o tres?

— Tres.

— ¿Tres? — Y se le pone una cara que no le he visto en cuatro meses —. Tres ya es un papel.

Y así, con el hígado quitado y hora y media de margen, montamos en una servilleta de El Bombo una ruta del miedo que consiste en cuatro paradas, un mapa falso, un gato que sale en la historia y Yeray de fantasma tres veces en vez de una.

La servilleta la escribe Martín y sigue en el bolsillo de mi pantalón. Tiene las cuatro paradas numeradas, tres cruces donde sale Yeray y una nota al margen que dice: no decir la palabra muerto más de dos veces. La nota es suya. Yo la habría dicho catorce.

La versión corta de lo que ha pasado luego es que ha salido bien y que no se ha perdido ningún niño, y la versión larga necesita más sitio y es esta.

A las nueve menos cinco, en la plaza de San Juan de Dios, hay veintiséis niños que corren como cien y suenan como doscientos.

Con ellos vienen ocho adultos, de los cuales siete se quedan a treinta metros hablando entre ellos y uno se pone en primera fila con el móvil en la mano, en vertical, grabando.

Los veintiséis traen dentro dos horas de tarta, y eso, a las nueve de la noche, es un fenómeno meteorológico.

La madre del cumpleaños me da la mano, me dice que muchísimas gracias y desaparece hacia una terraza con otras dos madres, y ahí entiendo yo que el encargo real es devolver veintiséis niños a las diez y media.

El padre del móvil se llama Kiko. Lo sé porque lo dice él, dos veces, y porque durante la hora entera va narrando la ruta para su propio vídeo con un susurro que se oye.

— Aquí estamos, en la ruta del miedo, con el guía. Mira, Sofi, el guía.

— Kiko, que Sofi está aquí.

— Si es para el vídeo.

— Y aquí, en esta calle tan típica, seguimos con el guía y con el otro guía.

— Kiko.

— Perdón.

La primera parada la hago yo y es un desastre. Me pongo en plan misterioso, bajo la voz, digo eso de que hace muchos años en esta ciudad pasó una cosa que nadie se atreve a contar, y un niño de siete años con una camiseta de un dinosaurio me interrumpe para preguntarme si estoy muerto de verdad.

— Estoy muerto desde 1863.

— ¿Y por qué hablas?

— Porque los muertos de Cádiz hablan mucho.

— Mi abuelo está muerto y no habla.

Y ahí se me cae la ruta entera al suelo, delante de veintiséis personas que no me llegan a la faja, porque no hay nada en este oficio más difícil que un niño de siete años que tiene razón.

Y entonces entra Martín, que no lo hemos hablado y que no está en la servilleta.

Se pone de rodillas en mitad de la calle, y es lo primero que me llama la atención, porque nadie se pone de rodillas en un sitio por el que ha pasado un cubo de basura hace dos horas.

Y desde ahí abajo le habla al niño del dinosaurio a su altura y en su tono, sin ponerle voz de niño y sin ponerle voz de nada.

— ¿Cuánta gente vive en Cádiz?

— No lo sé.

— Ciento diez mil. ¿Y sabes cuántas han vivido aquí desde que hay ciudad?

— No.

— Yo tampoco lo sé exacto. Pero son muchos millones. Y todos se murieron. Así que si el uno por ciento hablara, esto sería un escándalo.

El niño se queda pensando un rato largo, asiente una vez, se gira hacia mí y me dice que siga.

Yo sigo. Y lo que viene después es lo mejor que le he visto hacer a nadie en un verano, porque Martín se va a la cola del grupo y cada vez que un niño se descuelga se agacha y le cuenta un dato.

Uno solo. Pequeño y verdadero: que las bolas de piedra de la esquina son para que los carros no se comieran las paredes; que ese balcón tiene una barra por dentro porque la casa se estaba abriendo.

En la segunda parada llora uno. Se llama Bruno, tiene seis años y llora porque su hermana le ha dicho que el fantasma es de verdad.

Lo arreglamos en cuarenta segundos con el método más antiguo que existe, que consiste en llamar a Yeray, que se quite la sábana delante del niño y que le dé la mano.

Yeray lo hace de maravilla y luego se pasa el resto de la ruta preocupado por si le ha estropeado el número al chaval.

En la tercera parada hay una niña, la de la diadema, que se llama Alba, que tiene nueve años y que sabe cosas.

Sabe que Cádiz es una de las ciudades más antiguas de occidente porque se lo ha dicho su tío.

Sabe que los fenicios venían del Líbano.

Y en un momento dado le pregunta a Martín si los fenicios tenían gatos, y Martín, en lugar de decirle que sí para salir del paso, le contesta que no lo sabe y que lo va a mirar.

Alba se queda con la boca abierta.

— ¿Y me lo dices?

— Si vienes otro día, te lo digo.

Y los niños, que del miedo se aburren en cuarenta segundos, del dato no se aburren.

A la tercera parada tiene cinco detrás y a la cuarta tiene nueve, más una madre que se ha apuntado por su cuenta.

En el callejón del Sereno, cuando Yeray sale por tercera vez con la sábana, hay un momento en que la mitad del grupo está mirando al fantasma y la otra mitad está mirando a Martín, que les explica por qué la placa de la pared está rota justo por la mitad.

Yeray tiene que gemir dos veces seguidas para recuperarlos, y después me dice que eso no lo vuelve a hacer porque le rompe el personaje.

Al final, taquilla inversa, que con niños la pagan los padres y la pagan bien porque se han sentado una hora. Ciento sesenta euros y una bolsa de aperitivos que se deja alguien en el escalón.

Kiko me enseña el vídeo entero. Cincuenta y un minutos. Le digo que está muy bien y no le miento del todo, porque en el minuto treinta y ocho se le ve la punta del dedo tapando la cámara y eso a mí me alegra la noche.

Cuando ya se van, la madre del cumpleaños vuelve de la terraza, cuenta a los niños con el dedo, le salen veintisiete y tiene que contarlos otra vez.

Terminamos a las diez y media, que es una hora ridícula para nosotros, y bajamos a El Bombo, que a las once de un jueves de julio está lleno hasta la puerta porque hoy es la final del campeonato de dominó del barrio.

Lo organiza Manolo desde hace nueve años, la hoja de resultados va pegada con celo en el espejo del fondo y el premio es una bandeja de pescado frito para cuatro.

Manolo nos ve entrar, levanta la barbilla y nos señala el único hueco que queda, en la punta de la barra, al lado de la máquina de tabaco que ya no funciona.

— Dos.

— Dos — digo.

— ¿Y tú comes? — le dice a Martín —. Que estás muy blanco.

— Estoy quemado.

— Estás quemado por fuera y blanco por dentro, pisha.

Manolo tiene una teoría por cada cosa que sirve.

La tortilla, a temperatura ambiente, y quien la pide caliente no sabe lo que quiere; la cerveza, en vaso pequeño y muchas veces; el pescado sin limón, porque el limón es para tapar.

Lleva treinta y dos años detrás de esa barra sin preguntarle a nadie por su vida y se la sabe entera a todo el barrio.

Nos pone dos cañas y un plato de tortilla que no hemos pedido, y se va a la otra punta a arbitrar una discusión sobre si el seis doble estaba o no estaba jugado.

Y ahí, apoyados en una barra, con veinte hombres gritándose por un dominó a nuestra espalda, es donde tengo la primera conversación larga de mi vida con Martín Bermejo.

Empieza bien, de hecho, y empieza con los niños.

— Se te dan bien los críos.

— No.

— Martín, tenías nueve detrás y una madre.

— Es que preguntan cosas que se pueden contestar.

— Pues se te dan bien.

— En el parque de los dinosaurios estuve dos temporadas con grupos de colegio y lo pasé mal. Me acuerdo de un lunes con ciento veinte de primaria en el que me metí en el baño del personal y estuve dentro nueve minutos.

— ¿Y hoy?

— Hoy eran veintiséis y no llevaban ficha que rellenar.

Se queda mirando la caña un rato largo y luego dice, más para él que para mí:

— No me lo esperaba.

Y después empieza lo otro, que empieza mal, porque empieza conmigo preguntando.

— Oye. ¿Tú de dónde eres exactamente?

— De Teruel.

— De Teruel ya lo sé. De Teruel de qué. De Teruel cómo.

Se bebe medio dedo de cerveza y deja el vaso en la barra, y noto el momento exacto en que decide no contestarme, porque se le pone la cara del hombre que va a decir un dato.

— Teruel es la capital de provincia más pequeña de España. Treinta y cinco mil habitantes. Y en el padrón de 1857 tenía siete mil doscientos, que es menos gente de la que hay ahora mismo en la playa de la Victoria un sábado.

— Martín.

— Es un dato bueno.

— Es un dato buenísimo y no te he preguntado eso.

— Ya.

— Te he preguntado por ti y me has contestado con un censo.

Y él se queda callado, mirando la hoja de resultados del dominó pegada en el espejo, y yo tengo delante uno de esos silencios que se pueden empujar y decido no empujarlo, porque a mí en estas situaciones me sale siempre otra cosa, y lo que me sale es contar.

— ¿Sabes lo que me pasó a mí en 2012? Que me fui a Sevilla a estudiar arte dramático y estuve dos años.

Y el primer día un profesor nos puso a todos en fila y nos preguntó de dónde éramos, y cuando me tocó a mí dije Cádiz, y el tío me dijo: ya se te nota.

Yo tenía diecinueve y me pareció un elogio.

Tardé un curso en darme cuenta de que no lo era, y otro en darme cuenta de que sí lo era, pero por otro motivo.

— ¿Y por qué lo dejaste?

— ¿Ves? Eso sí es una pregunta.

— Es que la has puesto tú ahí.

— Lo dejé porque en agosto volví a hacer la ruta y en septiembre no me apetecía irme.

— ¿Y ya está?

— Y ya está. Yo soy de temporada, Martín. De julio a septiembre. Lo demás es relleno.

Lo digo como lo digo siempre, con la caña en la mano y media sonrisa, que es la manera en que se dicen estas cosas para que no pesen, y funciona con todo el mundo. Funciona con Toñi, funciona con mi madre, funciona con la gente que se lo pregunta en una barra.

Con él no funciona del todo. No se ríe, y se queda un segundo de más mirándome antes de girarse hacia el dominó.

Detrás gritan. Han ganado los hermanos Nieto, que llevan ganando desde que el campeonato se inventó, y hay media barra que lo celebra y media barra que sostiene que los Nieto se entienden por la manera de dejar la ficha en la mesa.

Manolo les saca la bandeja de pescado frito con una solemnidad de final de copa.

A las doce menos cuarto Manolo empieza a subir las sillas encima de las mesas, de dos en dos y sin decirle nada a nadie, y esa es su manera de anunciar el cierre desde hace treinta y dos años.

— Que os vais, que cierro.

Salimos, y en la puerta Martín se para en la acera y se queda mirando la esquina de enfrente, donde no hay absolutamente nada que mirar.

— El torico.

— ¿Qué?

— En Teruel, en una plaza pequeña, hay una columna con un toro encima. Es de bronce y es del siglo XIX. De crío yo creía que era un perro. Estuve creyéndolo hasta los nueve años.

— ¿Y eso lo cuentas en la ruta de allí?

— No.

— Pues es lo mejor que has dicho en toda la noche.