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Martín

El martes no corre el aire. El poniente que llevaba dos días entrando por la Caleta se ha quedado en nada y a las siete de la tarde la ciudad está parada, con las persianas a media altura y las calles vacías por el lado del sol.

En la habitación seis el termómetro que compré el viernes marca treinta y uno.

Un calor así es lento más que incómodo. Se trabaja igual, pero se trabaja media hora más tarde de lo que uno cree, y a las nueve todavía hay quien está saliendo de casa.

Por la mañana he hecho la ruta solo, con el cronómetro en la mano, parando en cada sitio el tiempo que se para de noche.

He anotado que del Arco de la Rosa a la parada del pozo hay ciento ochenta metros y una cuesta que en el plano no se ve y que a las once de la noche, con sesenta personas detrás, se paga entera.

También he desayunado en el bar de la esquina de Sagasta, que se llama El Bombo, porque es el único sitio abierto a las ocho en toda la manzana.

El dueño se llama Manolo Rendón, no pregunta nada y sirve el café en vaso de cristal.

Al segundo día ya me lo puso sin que lo pidiera. En los hoteles de polígono eso no pasa.

A las siete y media bajo con el reparto escrito.

Son dos folios grapados, con las once paradas de la ruta en una columna y dos columnas más a la derecha, una con mi nombre y otra con el suyo.

Lo he hecho el domingo por la noche en la mesilla de la habitación, con la libreta abierta al lado y las once incidencias del viernes delante.

Curro lo lee de pie, en la puerta de la oficina, sin sentarse, pasando el peso de un pie al otro.

— ¿Esto qué es?

— El reparto.

— Esto es un horario de trenes.

— Es un reparto de paradas.

— Aquí pone que yo hablo en la uno, en la tres, en la cinco, en la siete y en la nueve.

— Y en la once.

— Ah, bueno. Me dejas el final.

Coge un bolígrafo de la mesa plegable, se apoya en la pared y empieza a tachar.

Tacha la parada cuatro entera. Escribe encima algo que no leo.

Hace una flecha larguísima desde la parada seis hasta la parada dos y le pone un círculo.

Me devuelve los folios doblados por la mitad, cosa que yo no habría hecho nunca con un documento, y me dice que así sí.

— ¿Y la parada cuatro?

— La parada cuatro no existe.

— La parada cuatro es la casa del gobernador.

— La parada cuatro está debajo de una terraza con cuarenta sillas y un altavoz colgado de un cable. Ahí no cuenta nada ni tu abuela.

— Entonces hay que quitarla del folleto.

— No hay folleto.

— Hay folleto. Lo imprimió Basi en marzo. Hay ochocientos en el cuarto del fondo, debajo de las cajas de los paraguas.

Se queda un momento callado, con el bolígrafo todavía en la mano y la vista puesta en la puerta del cuarto del fondo, haciendo cuentas.

— ¿Ochocientos?

— Los conté en marzo.

Lo miro y compruebo que ha cambiado tres cosas, y las tres están bien.

La primera es que ha movido el dato de la muralla de la parada seis a la parada dos, y tiene razón, porque en la dos la gente todavía escucha.

La segunda es que ha borrado la parada cuatro porque es la que está al lado de la terraza ruidosa, y de eso yo no me había enterado en seis días.

La tercera es que ha puesto mi nombre en la parada del pozo, la mejor parada de la ruta, y esa hasta hoy era suya.

— La del pozo es tuya — digo.

— Era.

— ¿Por qué?

— Porque el pozo tiene fecha y yo con las fechas me lío. Y porque en el pozo la gente está callada y a mí me gusta más cuando hablan.

Guardo los folios en la carpeta. Yo he trabajado con otros doce guías, en autobuses, en museos, en un yacimiento y en una catedral, y ninguno me ha regalado nunca una parada.

En la calle, mientras esperamos a que llegue la gente, Curro se come media tapa de tortilla que le ha sacado Manolo a la puerta del bar.

Se la come de pie y con los dedos. Le ofrece la otra media a Yeray, Yeray dice que no porque está a régimen, y a los dos minutos se la come igual.

Basi sale de la oficina, mira el cielo, dice que la noche va a ser buena y se mete otra vez dentro.

Nadie le pregunta en qué se basa. El cielo, desde la calle Sagasta, es una franja estrecha entre dos aleros.

Salimos a las nueve menos cuarto. Vienen sesenta y dos personas. Es el grupo más grande de la semana y hay que partirlo en dos filas por la calle Nueva porque de una sola no cabemos.

Y funciona.

Funciona desde la primera parada y se nota en el minuto tres.

Yo doy la fecha, el nombre, la cifra y la fuente en cuarenta segundos, me callo y doy dos pasos hacia atrás.

Curro entra por donde yo salgo, sin pausa, sin decir «y ahora», sin presentarme, y coge esa cifra que acabo de dar y la convierte en un hombre con nombre que hace algo en una calle concreta.

Cuando termina, me mira. Yo entro otra vez.

Así once veces. Las dos cosas seguidas, con veinte segundos entre medias, dejan a sesenta y dos personas quietas en una esquina a las diez y media de un martes.

En la calle Nueva se nos mete un perro en la fila. Es un perro pequeño y blanco que no lleva correa. Se coloca entre la segunda y la tercera fila y hace la ruta entera con nosotros hasta la parada nueve. En la nueve se marcha por una bocacalle.

A mitad de la ruta pasa una cosa técnica que yo no había previsto.

Termino mi parte de la parada siete, hago el paso atrás, y Curro no entra.

Tarda dos segundos largos. En esos dos segundos el grupo entero se queda quieto, y cuando por fin entra, entra dentro de un silencio que yo no he sabido construir nunca, porque yo el silencio lo pido y él lo hace esperando.

Al terminar la parada le pregunto si lo ha hecho a propósito.

— ¿El qué?

— Los dos segundos.

— Ah. Sí.

— ¿Siempre?

— Cuando el dato es bueno, sí. Al dato bueno hay que dejarle sitio.

En la parada del pozo cuento lo de las cuarenta y una casas que se quedaron sin agua en el verano de 1852.

No me sale mal. Y noto una cosa rara: el grupo no me está escuchando a mí, está esperando lo que viene después.

Y lo que viene después soy yo también, porque lo que viene después lo he montado con él esta tarde en una acera.

En el callejón del Sereno la farola hace lo que hace siempre. Yeray sale nueve segundos, ni uno más, y se va corriendo.

Los sesenta y dos se deshacen por la boca del callejón en menos de un minuto. Los grupos grandes hacen eso cuando la noche ha ido bien; cuando ha ido mal se quedan parados preguntando cosas que ya se han contado.

La gorra da doscientos treinta y ocho euros con veinte. Curro los cuenta sentado en el escalón, en voz baja, moviendo los labios. Cuando termina levanta la cabeza y me dice una cifra equivocada, con dos euros de más. No le corrijo, y hasta hoy yo no había dejado pasar un número.

Volvemos a la oficina a las once y veinte a dejar el vestuario. Basi se ha ido. La persiana está subida a medias y la puerta abierta con el ladrillo.

Y cuando entramos, se va la luz.

Se va de golpe. El ventilador se para, la bombilla del techo se apaga y el bajo entero se queda a oscuras. La única claridad entra por debajo de la persiana, desde la farola de la calle. Llega hasta la mesa plegable y no llega al fondo.

— Otra vez — dice Curro, desde algún sitio a mi derecha.

— ¿Pasa mucho?

— El diferencial este salta cuando hay dos aparatos y una tormenta a doscientos kilómetros. Lo tenemos hablado con la comunidad.

— ¿Y dónde está el cuadro?

— En el rellano del portal, que está cerrado. Espera, que enciendo el móvil.

Se oye que se palpa los bolsillos. Después se oye que no lo encuentra. Después dice una cosa sobre el móvil que no voy a repetir.

Yo sí tengo el mío, pero lo tengo en la mochila y la mochila está en el suelo, junto a la mesa plegable. Para entonces Curro ya se ha metido en el cuarto del fondo a colgar la levita, como todas las noches. Desde dentro dice que no ve nada.

Entro detrás.

El cuarto del fondo no tiene ventana. Con la puerta abierta llega algo de la farola; con la puerta a medias, nada. Huele a paño, a plástico y a tinte viejo. Yo me quedo en el marco, con la mano en la jamba, y le oigo moviéndose, buscando la percha con las manos.

— ¿La tienes?

— Tengo la percha. Lo que no tengo es la hebilla.

La levita lleva una tira de cuero por detrás, a la altura de la cintura, con un pasador de latón.

Se abrocha de una sola manera: la lengüeta entra por el hueco de arriba y se baja después.

Es la parte que él se abrocha solo antes de salir, a ciegas, con las manos por detrás de la espalda.

También es la parte que lleva ocho veranos escurriéndose al hueco de abajo, porque el cuero está dado de sí.

— Se ha soltado — dice —. Si no la abrocho se cuelga torcida y mañana está hecha un acordeón.

— Date la vuelta.

Lo digo sin pensarlo y me sorprende oírmelo decir, y él se da la vuelta sin decir nada. Lo raro es eso, porque este hombre contesta a todo.

Le busco la cintura con la mano izquierda. La encuentro. Encuentro la tira, la sigo con dos dedos hasta el latón, sujeto el pasador con una mano y busco el hueco con la otra. Por abajo no entra. Tiro un poco. Entra por arriba.

Está caliente. La tela está caliente porque la ha llevado puesta hora y media.

Por debajo de la tela hay una espalda que respira.

Y yo tengo las dos manos ahí, en el hueco de la cintura de un hombre al que conozco desde hace seis días, en un cuarto sin ventana y sin luz. Todo esto dura cuatro segundos.

Cuatro segundos exactos. Los cuento sin querer, porque cuento siempre.

En once años he abrochado cinturones de autobús a señoras de ochenta años, he ajustado cascos en un yacimiento y le he puesto el chaleco reflectante a un grupo entero de sesenta escolares en el arcén de una carretera de Teruel.

Todo eso lo he hecho con las manos, y ninguna de esas veces me ha pasado nada por las manos.

— Ya está — digo.

— Gracias.

Y ya. No dice nada más. Yo tampoco. Sale del cuarto delante de mí, se agacha, coge mi mochila del suelo y saca mi móvil. Enciende la linterna y la deja apoyada contra la pared, apuntando al techo. Con esa luz cerramos, bajamos la persiana y salimos a la calle.

En la acera hace más calor que dentro, y eso en esta ciudad pasa dos o tres noches al año y siempre en julio.

— Mañana a las nueve menos veinte — dice.

— A las nueve menos veinte.

— Y no traigas el reparto, que ya me lo sé.

Se va calle arriba. Yo bajo hacia Cristóbal Colón. En la esquina hay un grupo de chavales sentados en un banco y uno está tocando la guitarra sin saber tocar la guitarra, y tardan en callarse lo que tardo yo en llegar al hostal.

El hostal La Corredera tiene la puerta abierta hasta las tres y un timbre para después.

En recepción, a esta hora, hay una lámpara encendida y no hay nadie detrás del mostrador.

La llave de la seis está colgada en el casillero de madera, en su número, con un llavero de plástico verde del tamaño de un mando de televisión.

En la habitación seis, el ventilador de techo hace un ruido de motor pequeño y no baja la temperatura ni un grado. Me ducho en el baño del pasillo, que a esa hora está libre y huele a lejía. Me acuesto a las doce y media.

He dormido en doce hostales por trabajo y en casi todos he dormido bien, porque una habitación de hostal no le pide nada a nadie. Esta tampoco. La cama de noventa es corta para un hombre de metro ochenta y tres y eso lo sé desde el primer día, y esta noche la cama no tiene ninguna culpa.

Repaso la ruta entera de memoria, parada por parada, porque es lo que hago siempre que no me duermo. La cuatro no la hemos hecho. La nueve se ha alargado por el perro. La once ha durado lo previsto y ha terminado a las once y cuatro. Todo correcto.

A la una y diez sigo despierto. A las dos y cuarto sigo despierto. A las tres menos veinte enciendo la luz de la mesilla, cojo la libreta y la abro por la página de hoy.

La página de hoy está en blanco.

Es la primera vez en once años que termino un servicio y no tengo nada que apuntar en la columna de lo que ha salido mal. Me quedo un rato con el bolígrafo en la mano y la cuadrícula delante. Una libreta en blanco no me sirve para trabajar y aun así no la quiero cerrar.

Escribo la fecha. Debajo de la fecha escribo una línea que no es una incidencia.

La lengüeta va por arriba.

La leo. Cierro la libreta y apago la luz.

A los diez segundos vuelvo a encenderla.