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Curro

«Nos hemos permitido convocaros a una hora inhumana.» Eso es literal, lo dice Basi de pie, con la persiana a medio subir y el café en la mano, y son las ocho y cuarto de la mañana de un lunes.

Martín ha llegado a las ocho y diez. Yo he llegado a las ocho y diecinueve y me lo he encontrado esperando en la acera, con la libreta, mirando la persiana, y le he preguntado por qué no entraba y me ha dicho que la persiana estaba bajada.

Le he dicho que Basi vive a cuatro portales.

Me ha dicho que ya. Le he preguntado cuánto llevaba esperando y me ha contestado que doce minutos, con una tranquilidad que a mí me ha puesto nervioso.

Dentro, el ventilador. Le doy el golpe sin pensarlo, con la mano izquierda, según entro, y Martín se queda mirando la maniobra como quien ve a alguien arrancar un coche antiguo con un truco.

— ¿Eso siempre? — pregunta.

— Siempre.

— ¿Y no se cambia?

— Se va a cambiar.

Yeray aparece a las ocho y media con una bolsa de churros que no ha pedido nadie, se sienta encima de la mesa plegable y pregunta si esto es la reunión. Le decimos que sí. Dice que entonces se apunta.

Nadie en el mundo se come un churro a las ocho y media de la mañana de un seis de julio con treinta grados a la sombra, y sin embargo nos los comemos los cuatro, de pie, mientras Basi despliega un folio con cuatro casillas dibujadas a mano y nos explica el verano entero.

— Rodaje — dice —. Hasta el veinte de julio, rodaje. Del veinte al treinta, ajuste. En agosto, velocidad de crucero. Y el doce de septiembre, la prueba.

— ¿Y qué compran exactamente?

— El formato. Compran que esto se pueda hacer en Málaga y en Sevilla y en Córdoba con otros dos que no seáis vosotros.

Martín levanta la cabeza de la libreta. Yo me río, porque es lo que hago cuando alguien dice una cosa que no me cabe, y digo que a ver quién es el guapo que hace de don Amaro en Córdoba, que allí no hay mar, y Basi contesta que en Córdoba hay sal, y yo le digo que la sal en Córdoba es una vinagrera, y Basi me dice que no me disperse.

Y entonces se pone serio, que es una cosa que hace tres veces al año.

Se sienta en su silla, de espaldas a la pared, deja el café, junta las manos encima de la mesa y nos mira a los dos, primero a Martín y luego a mí, y baja la voz al volumen de la gente que habla en singular aunque siga hablando en plural.

— Yo no os voy a decir cómo tenéis que trabajar. Vosotros sabéis y yo vendo colchones. Lo único que os pido, y os lo pido una vez y no lo repito más en todo el verano, es que el doce de septiembre no discutáis delante del cliente.

Silencio.

— Delante de la gente lo que queráis. La gente paga por eso. Pero el doce hay tres personas que vienen a ver si esto se puede comprar, y una empresa que se discute a sí misma delante del comprador no se vende. Eso lo aprendí en el noventa y ocho y me costó un almacén.

— Basi.

— Una vez, Curro. Ya está. Ya no lo digo más.

Y yo me quedo con una cosa rara en el cuerpo, porque a Basi le he oído decir muchas tonterías y no le había oído nunca una petición, y una petición de Basi suena como cuando un vecino que siempre grita de pronto te habla bajo en el rellano.

Y no lo dice más. Se levanta, recoge el papel de las cuatro casillas, lo mete en la carpeta y nos manda a los dos a por hielo y a por el desayuno, que es su manera de terminar las reuniones importantes.

En la calle, a las nueve menos veinte, hay ese sol que todavía no es un problema. Bajamos por Sagasta hacia el mercado sin decidirlo, uno al lado del otro, y no llevamos veinte metros cuando detrás se oye una bocina.

Es una bocina de goma, de las de bicicleta de payaso, y suena tres veces seguidas.

— Ay — digo.

Sebas frena a nuestra altura con el patinete y se baja de un salto, con el casco puesto y una carpeta debajo del brazo, y me da dos besos antes de que me dé tiempo a nada.

— Estás más flaco.

— Estoy igual.

— Estás más flaco y no comes. Buenos días, ¿tú eres el de Teruel?

— Martín Bermejo.

— Sebas. Yo llevo la ruta del patinete. Bueno, la ruta no, el grupo. Van doce detrás de mí en patinete y yo delante con el micro, y no se han matado todavía.

Martín le da la mano y luego se queda ahí de pie, con las manos otra vez a los lados, mirándonos a los dos con una atención de la que yo me estoy dando cuenta demasiado.

— Este y yo estuvimos juntos cuatro años — dice Sebas, tan tranquilo —. Lo dejamos hace tres. Ahora somos mejores que antes.

— Ah.

— Es que si no lo digo yo, lo dice mi madre.

— Sebas.

— ¿Qué? Es información útil. Ahora ya sabe por qué le voy a preguntar por ti cada vez que lo vea.

— Oye, una cosa — me dice, ya con un pie en el patinete —. ¿Tú sigues sin firmar nada?

— Yo firmo lo que me ponen.

— Tú no has firmado un papel en tu vida.

— Firmé la baja del gimnasio.

— Esa la firmé yo por ti.

Es verdad.

Se sube al patinete, toca la bocina otra vez, dice que el jueves hay una cosa en El Bombo y que vayamos, y se va calle abajo esquivando a una señora con un carro.

Martín no ha dicho una palabra desde que ha frenado el patinete.

— ¿Tú sabes lo que le pasa a Sebas? — digo, echando a andar —. Que no tiene ninguna maldad. Ninguna. Es un problema, porque la gente sin maldad te cuenta tu vida en una acera y encima te la cuenta bien.

— Se le nota.

— Y encima lleva razón. Estamos mejor que antes.

— No he preguntado.

— Si ya sé que no has preguntado. Te lo estoy contando yo.

El Mercado Central no abre hasta las nueve y son las nueve menos diez, y los puestos están levantando las persianas por dentro y los de la carga están sacando cajas de una furgoneta blanca en la esquina.

Nos quedamos en la plaza de fuera, apoyados en el murete, cada uno con un café de un vaso de plástico que hemos comprado en un sitio que abre a las siete.

Enfrente hay un hombre colocando cajas de tomates en una pirámide con una paciencia de relojero, y cuando termina la pirámide la deshace entera y la vuelve a hacer, porque no le ha gustado cómo le ha quedado la fila de abajo.

Nos quedamos los dos mirándolo lo que dura un cigarro, y a ninguno de los dos nos ha dado nunca por fumar delante de un mercado.

Y ahí pasa una cosa rara, que es que estamos diez minutos callados y no molesta.

Yo con la gente hablo. Es lo que hago desde los seis años y es lo único por lo que me ha pagado nadie nunca, y cuando alguien se calla a mi lado yo lo relleno, siempre, aunque sea con el tiempo que hace o con lo que valía el pan cuando yo era chico.

Con este hombre llevamos diez minutos y no lo he rellenado, y lo malo es que me he dado cuenta a los ocho.

— ¿Y tú en Teruel qué haces en invierno? — le pregunto.

— Trabajar.

— ¿En qué?

— Hay una ruta de invierno los fines de semana y hay visitas de colegios.

— ¿Y te gusta?

— Es una ciudad pequeña con una catedral de las buenas. Lo escribió un arquitecto en los años cincuenta y no exageraba nada.

— No te he preguntado por la catedral.

Luego él dice, sin venir a cuento:

— Ynojosa con ye griega.

— ¿Qué?

— Un contrabandista de sal de 1849. Está en las multas de aduana. Se apellidaba Ynojosa y el escribiente lo escribió con ye griega, que era como se escribía entonces. Lo multaron por cuatro fanegas.

— ¿Y eso lo has visto tú?

— El sábado por la mañana.

— ¿Te has ido un sábado por la mañana a un archivo?

— Abren a las nueve y cuarto.

Yo me quedo con el vaso en la mano mirándole la cara, y él mira al frente, a las persianas del mercado, y ahí lo deja, y yo entiendo dos cosas a la vez: la primera es que este hombre se ha pasado el sábado entero encerrado buscando algo, y la segunda es que no me ha dicho qué buscaba.

— Ynojosa — repito.

— Con ye.

— Ese es un nombre de personaje.

— Es un nombre de persona.

— Es lo mismo con más trabajo.

Y entonces él hace una cosa que no ha hecho en seis días, que es reírse. No mucho. Una vez, corta, por la nariz, mirando todavía a las persianas, y se le pone un gesto en la boca que le dura menos de lo que a mí me gustaría.

Las persianas del mercado suben todas más o menos a la vez, con ese estruendo de metal que se oye en tres calles, y sale de golpe lo que sale de ahí dentro todas las mañanas de julio: hielo picado, pescado fresco, cartón mojado, un olor a hierbabuena que viene del puesto de las hierbas y que se lo come todo en cuanto pasas la puerta.