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Martín

La libreta es de tapa dura, negra, de cuadrícula pequeña, y la cierra una goma que ya ha perdido color.

Es la séptima. Las seis anteriores están en una caja en casa de mis padres, en Teruel, encima del armario del cuarto que fue mío.

En cada una hay entre cuatrocientas y seiscientas anotaciones y todas dicen lo mismo: lo que salió mal.

La primera la compré en una papelería de la calle San Francisco de Teruel el año que empecé, y la compré por consejo ajeno. En un curso de tres días nos dijeron que un guía sin registro de incidencias repite las mismas dos veces al año, y era verdad.

No apunto lo que sale bien. Lo que sale bien no hay que arreglarlo y se olvida solo, y una libreta de cosas buenas es un álbum, no una herramienta de trabajo.

La página de anoche tiene once líneas. Once es un número alto. Mi media es de tres coma dos por servicio, y lo sé porque las conté una vez en un tren, aburrido y con la libreta encima.

Las once de anoche, en el orden en que ocurrieron: salida simultánea de los dos guías; corrección del arco delante del grupo; el grupo se parte; datación de la hija inexistente; discusión sobre la hija inexistente; pregunta directa de una clienta sobre quién dice la verdad; respuesta doble y contradictoria; dos abandonos; el figurante sale sin público; recaudación de noventa y seis euros; y la última, que escribí ya en el hostal, a la una y veinte de la mañana, y que dice: aplauden por una cosa que no ha pasado.

El sábado a las nueve estoy en la puerta del Archivo Municipal esperando a que abran. Abren a las nueve y cuarto.

En un archivo yo estoy cómodo. Se pide, se espera, se recibe y se devuelve. Nadie te toca al hablar. Todo el mundo sabe cuánto tarda cada cosa. Es el único sitio de este oficio donde el tiempo está de tu parte, y es también, si soy honesto, el único sitio donde no tengo que decidir si sobro.

Pido lo que se pide cuando se busca a un hombre: padrones, protocolos notariales, causas judiciales.

Un padrón no es una lista de vecinos, es una lista de contribuyentes, y por eso sirve para tanto.

Trabajo cuatro horas con dos descansos. La sala tiene aire acondicionado y una funcionaria que se llama Merche y que a la tercera consulta ya me trae las cosas antes de que las pida.

Merche deja el legajo en la mesa y se queda un segundo de pie al lado, por si hay que explicar algo. Nunca hay que explicar nada. Aun así lo deja, y a mí ese segundo me parece lo más profesional que he visto en toda la semana.

De la aduana no pido nada, porque de la aduana no hace falta pedir: el índice está en la sala, en la balda de detrás de la mesa de Merche.

Es un cuaderno mecanografiado en los años setenta que recoge las multas por sal sin sellar de todo el siglo, y las recoge por apellido, por año y por concepto.

Nombres de pila no lleva. El escribiente de 1849 los abreviaba con una letra y una o volada, y el que mecanografió esto ciento veinte años después no se puso a descifrar abreviaturas de nadie: puso la inicial cuando la había y un guion cuando no.

Voy por la ese de 1849 con el dedo. Salas hay tres y los tres van con guion. Hay un Peña que sale dos veces. Hay un Ynojosa con ye griega, multado por cuatro fanegas. Hay una viuda, Josefa Rendón, que es la única mujer de la página y por eso es la única que tiene nombre entero.

Amaro no aparece. Y no puede aparecer, porque Amaro es un nombre de pila y en este cuaderno no hay nombres de pila. De la Sal tampoco, porque de la Sal no es un apellido español ni lo ha sido nunca.

Pedir los legajos es otra cosa. Son cuatro cajas atadas con cinta, hay que rellenar una solicitud y hay que volver otro día. Con el índice delante no tengo ningún motivo, y yo no pido cajas sin motivo.

A la una y media cierro el cuaderno de notas y me quedo un rato mirando la mesa.

Yo pensaba que ese hombre había encontrado algo.

Una nota a pie de página en un libro local, una tesis de los años ochenta, cualquier cosa.

Lo pensaba porque el personaje está demasiado bien hecho: tiene oficio, tiene ruta, tiene fecha de muerte y tiene una hija con la que se llevaba mal. Los inventos no suelen tener una hija.

No la tiene. Se lo ha inventado entero, con el ojo malo y con las doscientas cuarenta y una piedras, y anoche cuarenta personas aplaudieron en mitad de la calle una historia que no existe.

Merche me pregunta si he encontrado lo que buscaba. Le digo que no lo he encontrado. Me contesta que eso pasa mucho, que la gente viene a buscar a un bisabuelo y se encuentra con otro, y que hay quien se lleva un disgusto.

Eso no lo apunto en la libreta. No sé todavía en qué columna va.

A las dos menos cuarto me suena el teléfono. Es Basi.

— Martín. Comemos en casa de la abuela.

— ¿De qué abuela?

— De la abuela. Encarna. La abuela de Curro. Hemos quedado a las tres.

— ¿Quién ha quedado?

— Hemos quedado nosotros. Es importante que la familia te conozca. Tú eres nuestro director de rigor histórico y esta empresa es una empresa de barrio.

— No sé si...

— Calle Virgen de la Palma, segundo. No hay ascensor. Lleva algo dulce.

Cuelga. Yo me quedo con el teléfono en la mano delante de la puerta del archivo, calculando cuánto necesito para pasar por el hostal, cambiarme y comprar algo dulce en una calle en la que no sé dónde hay una pastelería.

Compro un brazo de gitano en la plaza de las Flores, porque es lo que se compra cuando no se sabe qué se compra.

La dependienta me pregunta si es para muchos.

Le digo que para cuatro y me da uno de seis, porque para cuatro no se compra de cuatro.

Salgo con la caja atada con un cordel rojo, sujeta por debajo con la palma de la mano.

La Viña empieza sin avisar. Se cruza una plaza, se meten dos calles y de pronto las fachadas son más bajas, las puertas están abiertas y hay sillas en la acera.

A las tres menos cuarto de un sábado de julio hay más gente fuera de las casas que dentro.

En un plano este barrio no se distingue del de al lado.

En la calle se distingue en dos minutos.

Llego a las tres menos dos minutos. Llamo al telefonillo. Me abren sin preguntar quién es.

El segundo de la calle Virgen de la Palma da directamente al salón.

No hay recibidor. Se abre la puerta y ya estás dentro, y dentro hay una mesa camilla con hule de cerezas en el centro, un aparador con fotografías, una ventana a la calle a la derecha y una cocina al fondo sin puerta.

Desde la mesa se oye la calle entera: dos mujeres hablando abajo, una moto, un niño con un balón.

Encarna Villegas está de pie junto a la mesa con el delantal puesto y las gafas en la cabeza, y me llega al hombro.

— Tú eres el de Teruel.

— Martín Bermejo. Encantado.

— ¿Bermejo de dónde?

— Bermejo Solana. Bermejo es de mi padre. Solana es de mi madre, que es de Cella.

— Ah.

Se queda un momento pensando y luego señala la silla del fondo, la que está pegada a la ventana, y dice que me siente ahí porque es la que corre. Me siento. Dejo el brazo de gitano encima del aparador porque no sé si se deja en la mesa.

En el aparador hay once fotografías y ninguna es de estos años. Dos son de comparsas enteras, en blanco y negro, con el mismo bigote repetido veinte veces. Y hay una de un niño de seis o siete años en la playa, con un flotador de goma, que es Curro y se le nota en la manera de mirar a la cámara.

Curro llega cinco minutos después con dos barras de pan debajo del brazo y en camiseta. Me ve sentado en la silla de la ventana y se para un segundo en la puerta.

— Estás en mi silla.

— Perdón.

— No te levantes, hombre. Que es broma. Que yo me siento en el taburete.

No hay taburete. Se sienta en una silla normal, enfrente de mí, y me mira con esa cara que tiene de estar disfrutando de algo que todavía no ha empezado.

Rocío llega a las tres y cuarto directamente del trenecito, con la camisa del uniforme y una gorra en la mano, y entra hablando desde el rellano.

— Buenas tardes y bienvenidos a la comida de los domingos, que hoy es sábado. A su izquierda, la abuela. A su derecha, mi hermano, que no ha traído postre. Al fondo, el señor de Teruel, que sí.

— Rocío, siéntate.

— Duración del recorrido, dos horas. Prohibido sacar los brazos por la ventanilla.

Encarna saca del horno una carne con tomate en una cazuela de barro y la pone en el centro de la mesa encima de un corcho. Hay pan, hay una ensalada con cebolla y hay una jarra de agua con dos vasos de más.

Sirve a todo el mundo. A mí me pone un plato con la mitad de lo que le pone a Curro y me dice que si quiero más se pide. Yo digo que está muy bueno. Es verdad que está muy bueno.

Al cabo de un rato Encarna me señala la jarra con la barbilla.

— Bebe agua, hijo, que hace calor.

— Sí, gracias.

No cojo la jarra. No sé por qué no cojo la jarra. Está a treinta centímetros de mi mano y la he mirado dos veces, y sigo con el vaso vacío y las manos en el borde de la mesa.

Encarna me mira. Coge la jarra, me llena el vaso hasta arriba y lo deja delante de mí con un golpecito.

— Ea.

Bebo. Cuando levanto la vista, Curro está mirando el vaso y luego me está mirando a mí, y no dice nada. Es la primera vez en cuatro días que este hombre hace algo sin decirlo.

La conversación va bien durante veinte minutos.

Rocío cuenta que ayer se le subieron al trenecito once suecos sin billete y que los llevó igual porque le dio pena.

Curro cuenta lo del aplauso de anoche y lo cuenta a su favor.

Encarna pregunta cuánto se paga hoy por una habitación de hostal, le parece un escándalo y dice que en esta ciudad ya no vive nadie que no sea de fuera o de dinero.

— ¿Y a ti te han puesto la levita?

— Me la puse ayer. No me llegaba de mangas.

— Claro que no te llega. Esa levita se la hice yo a él con lo que sobró de un traje, y él es un alambre y tú eres un armario.

— Abuela.

— Es un elogio, hijo.

— ¿Y tú estás casado? — me pregunta Encarna después, sin transición ninguna.

— No.

— ¿Ni lo has estado?

— No.

— Abuela, que el hombre está comiendo — dice Curro —.

Y a todo esto, ¿tú sabes lo que pasó ayer en la parada del pozo?

Que vino un señor de Jaén con un metro de obra y se puso a medir la calle delante de todo el mundo.

Dos metros y cuarenta. Y luego me dijo que en su pueblo hay una más estrecha y que si me interesaba.

— ¿Y te interesaba?

— A mí me interesa todo.

Y así se termina la pregunta de si estoy casado. Lo hace en dos frases y sin que se le note el esfuerzo, y en cuatro días se lo he visto hacer tres veces.

Abajo, en la calle, alguien llama a un niño tres veces por su nombre completo y a la tercera el niño contesta. Encarna levanta la cabeza, mira hacia la ventana y dice que ese niño es de la del cuarto y que va a salir listo.

Entonces Encarna me pregunta por mi familia. Es la pregunta lógica y era cuestión de tiempo.

— ¿Y tus padres qué son?

— Mi padre estuvo cuarenta y un años en Correos. Mi madre fue farmacéutica.

— ¿Y qué dicen de que te vengas a Cádiz de julio a septiembre?

— Teruel en verano se vacía. Lo escribió un viajero inglés que pasó por allí en 1830 y sigue siendo verdad.

Se hace un silencio. Rocío se ríe. Curro no.

— Eso no es lo que te ha preguntado — dice Curro.

— Ya.

— Es que le ha preguntado qué dicen.

— No dicen nada.

Y ahí se acaba, porque Encarna, que ha visto la escena entera desde su silla, se levanta y se va a la cocina, y desde la cocina, en voz alta, sin que nadie le haya preguntado nada, empieza a hablar de una lista.

— Quita a Pepa la del tres.

— Abuela.

— Que la quites. Que ayer pasó por delante de la puerta y miró para arriba y no dijo ni buenas.

— A lo mejor no te vio.

— Me vio. Estaba yo en la ventana con el abanico rojo.

Rocío se inclina hacia mí y me explica, en un volumen que se oye desde la calle, que su abuela tiene una lista escrita a mano y pegada en la nevera con la gente a la que ya no piensa saludar, que la escribe desde los años noventa y que uno de los nombres es un concejal.

— ¿Y funciona? — pregunto.

— Funciona muy bien — dice Encarna desde la cocina —. La gente se entera.

— ¿Y cuántos hay ahora en la lista? — pregunta Rocío, que ya lo sabe.

— Nueve.

— Eran once.

— Dos se han muerto.

Curro se levanta a por más pan y al pasar me da un golpe en el hombro con el dorso de la mano, sin mirarme, como el que aparta una silla para no tropezar. Vuelve con el pan y no ha hecho falta ninguna palabra.

Yo tengo la libreta en el bolsillo de atrás. Esta mujer lleva treinta años apuntando lo mismo que yo, y lo apunta en la puerta de la nevera, donde lo ve todo el que entra.

Eso no lo digo. Me como el brazo de gitano, que estaba frío y ha sudado dentro de la caja, y me disculpo a las cinco menos veinte porque a las seis he quedado con Basi.

Encarna me acompaña a la puerta, que está a cuatro pasos.

— ¿Vuelves?

— Si me lo dicen, sí.

— Yo te lo digo.

Curro, desde la mesa, se ríe con la boca cerrada.

Encarna no le hace caso. Se va derecha a la cocina, se para delante de la nevera, se sube las gafas, y empieza a despegar el imán amarillo que sujeta la lista con las dos manos, muy despacio, porque el imán está viejo y el papel está pegado a la puerta por el calor.