Curro
— Que no, que a ti lo que te pasa es que no soportas que te digan la hora.
Toñi tiene la cabeza de una señora entre las manos y la voz puesta a un volumen que se oye desde la calle, y yo estoy sentado en la silla de la espera con un café que me ha puesto ella misma, a las once y media de la mañana de un viernes, contándole por qué el hombre nuevo me cae mal.
— Me dijo el minuto exacto, Toñi. El minuto.
— Y tenía razón.
— Lo peor es eso.
— Mira, ya lo has dicho tú.
La Peluquería Carranza ocupa el bajo izquierda del portal donde yo vivo y llevo entrando aquí desde que tenía ocho años, primero porque me traía mi madre y ahora porque bajar tres pisos es más fácil que hacerse un café.
Aquí dentro se sabe lo que pasa en tres manzanas antes de que pase, y no porque Toñi pregunte: es que la gente, con la cabeza metida en una pila y los ojos cerrados, cuenta cosas que no le contaría ni a su hermana.
Yo he oído en esta silla dos divorcios, una herencia y un embarazo que todavía no sabía el padre, y no he abierto la boca nunca, más que nada porque a los dos días ya no me acuerdo.
Ella me enseñó a fumar a los trece y yo la enseñé a no fumar a los veintiocho, y las dos cosas nos las echamos en cara según convenga.
— ¿Y cómo es? — pregunta, aclarando.
— Alto. Serio. De Teruel.
— ¿De Teruel?
— De Teruel capital, que lo dijo así, con capital detrás.
— Habrá que ir.
La señora del lavacabezas levanta un dedo con los ojos cerrados y el agua cayéndole por el pelo.
— Yo tengo una prima en Teruel.
— Charo, no se mueva.
— Es que tengo una prima. En Teruel. Que se casó con uno de allí y ahora tiene una tienda de embutidos.
— Muy bien, Charo.
Toñi le pone el acondicionador y me mira por el espejo con esa cara suya de estar montando ya la escena completa.
— ¿Y guapo?
— ¿Qué?
— Que si es guapo, Curro, que llevo veinticinco años preguntándote lo mismo y llevas veinticinco años haciéndote el sordo.
— Es alto.
— Alto no es una respuesta.
— Es lo único que le he mirado.
— Te lo juro por mi lavacabezas nuevo, el único aparato de esta peluquería que me ha costado dinero de verdad, que tú a ese hombre le has mirado más de lo que dices.
Le digo que se ocupe de Charo, cojo el café y me voy, y ella me grita desde dentro que a las nueve pase a contarle qué tal.
Le contesto que a las nueve estaré trabajando.
Me contesta que entonces a las dos. Le digo que a las dos estaré durmiendo.
Y me dice que entonces que le mande un audio, que ella los escucha a velocidad doble y le da igual.
A las siete estamos los tres en la oficina y encima de la mesa plegable está la levita: Basi la ha sacado del armario del cuarto del fondo y la ha extendido ahí con las mangas abiertas y el sombrero encima, y la mira con las manos en la cintura y con esa concentración de quien va a resolver un problema de ingeniería.
La levita la cosió mi abuela en el invierno de 2018 con el terciopelo que le sobró de un traje de comparsa, y estuvo tres semanas con ella encima de la mesa camilla, protestando por el paño, por mi cintura y por el precio del hilo, y el día que me la dio no me dijo que estuviera bien: me dijo que no la mojara.
Ella distingue un forro bueno de uno malo al tacto y con los ojos cerrados, y esta levita no tiene un forro bueno: tiene el forro que había en casa aquel invierno.
— Póntela — le dice a Martín.
— ¿Yo?
— Los dos sois don Amaro. En dos voces. Uno se la pone un día y otro otro.
— Basi, es de mi talla.
— Es de la talla de la empresa.
Martín deja la libreta en la mesa, se quita el reloj, que no sé por qué se quita el reloj, y se mete en la levita con el cuidado con que se maneja una cosa prestada.
Le entra. Le entra de espalda y de pecho, aunque le tira un poco, y todo iría más o menos bien si no fuera porque las mangas se le quedan por encima de la muñeca.
Yeray se lleva las dos manos a la boca.
— Parece que ha crecido de golpe.
— Yeray.
— Como los niños en septiembre, Curro, que vuelven al colegio y se les ve el calcetín.
Martín se mira los brazos. Baja los codos, prueba a estirar las mangas tirando del puño, comprueba que no dan más de sí y se queda ahí de pie, en mitad de la oficina, con una levita parda de 1849 que le queda de niño grande y una cara de dignidad que a mí me da algo por dentro que prefiero no mirar de cerca.
— ¿Y esto se arregla? — digo.
— Se le cosen unos puños — dice Yeray —. De otro color. Y decimos que don Amaro era muy moderno.
— Muy bien.
— O que salga sin levita y que sea el fantasma del inspector de aduanas, y así el público entiende que hay dos bandos.
— Yeray, no hay bandos.
— O de médico de la peste, que esos llevan lo suyo largo y tenemos la careta de la de Halloween del año pasado.
— Ni siquiera es una idea.
— Es una imagen.
Basi asiente. Basi asiente a todo.
— Yeray, la peste de Cádiz fue la fiebre amarilla y fue en 1800.
Eso último lo ha dicho Martín, todavía con la levita puesta, sin levantar la voz y sin mirar a nadie, y Yeray se queda con la boca abierta como si le hubieran resuelto un crucigrama.
Al final Basi decide, en plural, que la levita me la pongo yo porque me está bien y que Martín va con su ropa, camisa clara y pantalón oscuro, y lo llama concepto.
— Dos guías y un solo disfraz — dice —. Eso ya es un cartel. Dice que el contraste es el concepto. Dice que un fantasma y un historiador es un producto que se explica solo, y que él sabe de esto porque el colchón de muelles se vendía enseñando el de espuma al lado.
Salimos a las nueve menos cuarto y vienen cuarenta y una personas, y la primera ruta a dos voces de la historia de Rutas Balandra dura una hora y cuarenta minutos y es, sin discusión, la peor noche de trabajo de mi vida.
Empezamos los dos a la vez, en la misma frase y en el mismo segundo, delante del reloj del Ayuntamiento: yo diciendo que estoy muerto desde 1863 y Martín diciendo buenas noches y su nombre completo y el número de su habilitación, y las cuarenta y una personas mirándonos igual que se mira a dos taxistas discutiéndose un cliente en la puerta de un hotel.
Nos callamos los dos a la vez. Y volvemos a empezar los dos a la vez, que ya es mala suerte.
— Empieza tú — dice él.
— Empieza tú.
— Yo llevaba el saludo.
— Yo no saludo.
Nos quedamos así, debajo del reloj, el tiempo justo para que se note.
Alguien del grupo se ríe, y no se ríe con nosotros, y esa risa es exactamente la que me pone a mí en marcha, porque una cosa es que se rían de don Amaro y otra muy distinta es que se rían de dos hombres hechos y derechos discutiéndose el turno debajo de un reloj municipal.
Recompongo. Arranco con el carro de pescado, los llevo hacia el Arco de los Blanco, y cuando ya los tengo callados, cuando ya se ha hecho ese silencio que a mí me cuesta dos minutos construir y que es lo único mío que tengo, Martín levanta la mano detrás de mí y dice, con una tranquilidad enorme:
— Perdón. El arco es del siglo XIII, no del XVI.
Cuarenta y una cabezas se giran hacia Martín, y luego, despacio, se giran hacia mí, y en ese medio segundo yo noto lo que pesa un grupo entero cuando se queda esperando a que alguien decida quién manda aquí.
Discutir me lo pide el cuerpo. Darle la razón y seguir andando me lo pide la cabeza, y no me lo pide con mucha fuerza.
— Del XIII — repito, muy serio, y me quito el sombrero —.
Del XIII, señoras y señores. Y ahí está el problema, porque este hombre acaba de decirles una fecha, y una fecha no le ha salvado la vida a nadie.
A don Amaro sí que se la salvó este arco.
La noche del catorce de febrero de 1849, con dos guardias detrás y ochenta arrobas de sal en un carro, don Amaro metió el carro en la sombra de este arco y estuvo ahí quieto tres horas, respirando por la boca, contando las piedras.
Doscientas cuarenta y una piedras contó. Se las sé porque me las contó él.
Silencio.
Y luego, del fondo, una señora empieza a aplaudir, y detrás de la señora aplaude un chaval, y detrás del chaval aplauden cuarenta personas en mitad de la calle a las diez y veinte de la noche.
Me pongo el sombrero y miro a Martín, y Martín no aplaude, pero ha sacado la libreta y está escribiendo con la cabeza baja y el bolígrafo muy apretado, y yo me quedo sin saber si acabo de ganar algo o de meterme en un lío bastante más grande.
Lo que viene después es un desastre en cadena de esos que ya no se pueden parar.
Él corrige el número de puertas de la muralla.
Yo cuento lo de la hija de don Amaro y él dice que no consta ninguna hija.
Yo digo que claro que no consta, que era hija de una mujer que no era su mujer.
Él dice que eso tampoco consta. Una señora con acento de Valladolid nos pregunta directamente cuál de los dos dice la verdad, y los dos contestamos a la vez, y los dos decimos cosas distintas.
Y a partir de ahí ya no hay manera de recomponer nada.
Lo que pasa cuando dos personas cuentan la misma calle es que la calle se parte por la mitad, y el grupo, que no tiene ninguna culpa de nada, empieza a mirar a un lado y a otro igual que el público de un partido de tenis que ha perdido de vista quién saca; y hay gente que se ríe, y hay gente que se agobia, y hay una pareja de mediana edad que a la altura del Arco de la Rosa decide que ya ha visto bastante y se marcha sin despedirse, muy dignos los dos, cogidos del brazo, calle abajo.
Terminamos en el callejón del Sereno con el grupo partido en dos bandos, uno mío y otro suyo, y el bando suyo es más pequeño pero está más convencido.
Yeray sale con la sábana y no le hace caso nadie, ni siquiera los niños.
La gorra da noventa y seis euros, que es menos de la mitad de lo normal, y la recojo callado, y él me mira recogerla, y subimos juntos por el Pópulo hasta la plaza sin cruzar una palabra, cada uno rumiando su propia versión de lo que acaba de pasar, hasta que en la esquina de la calle Ancha él se para y dice que mañana traerá un reparto por escrito de quién habla en cada parada, y yo le digo que me parece estupendo, y ninguno de los dos dice lo que está pensando.
Yo termino las rutas hablando solo, repasando en voz baja lo que ha funcionado y lo que no. Esta noche subo derecho y no me paro en ningún sitio, y en toda la cuesta de Sagasta lo único que consigo pensar es que el hombre ha dicho mañana. Mañana. No ha dicho ya veremos.
Llego a Sagasta a la una menos veinte. Toñi está cerrando la persiana de la peluquería con el cigarro apagado en la boca, porque lo dejó pero lo lleva.
— ¿Qué tal el de Teruel?
— Han aplaudido.
— ¿A ti?
— A los dos. A mí más.
— Curro.
— ¿Qué?
— Que si han aplaudido a los dos, quillo, es que ya sois dos.