Martín
Miércoles, uno de julio, seis y veinte de la tarde.
La habitación seis del hostal La Corredera tiene una cama de noventa, una mesilla, una silla y un armario de dos puertas de las que una no cierra.
El ventilador de techo tiene tres velocidades y solo funciona la tercera.
La elección, por tanto, es entre nada y vendaval.
Llegué ayer en un tren con dos transbordos, dejé la maleta antes de que estuviera hecha la habitación y salí a andar.
Anduve cuatro horas seguidas sin gorra. Un guía que no ha pisado la ciudad no puede contarla, y yo tenía diez días para aprenderme un casco antiguo que se cruza entero en veinticinco minutos.
Ahora tengo los antebrazos, la nuca y una franja del cuello del color de una teja. Me he comprado una crema en la farmacia de la esquina y me la estoy poniendo delante del armario, porque el espejo del baño está en el pasillo y el baño es compartido.
En once años he trabajado en Teruel capital, en Albarracín, en un parque paleontológico con dinosaurios de resina y en cuatro temporadas de autobús por media España, de esas en las que se duerme en hoteles de polígono y se desayuna de pie.
Nunca he pedido un puesto. Me los han dado o no me los han dado, y las dos cosas me han parecido igual de normales.
Un currículum es un documento que se rellena solo si te van llamando.
Mi madre me llamó el domingo para preguntarme por la habitación.
Le dije que era pequeña y que estaba limpia.
Me preguntó si tenía baño y le contesté que está en el pasillo.
Se quedó callada y luego me preguntó por el desayuno.
En veinte minutos me preguntó cuatro veces por la comida.
Mi padre estaba en casa y no se puso, y en mi casa eso lleva siendo lo normal desde siempre.
Basi me llamó el nueve de junio a las once de la noche.
Habló once minutos y medio, casi todos en plural, y me ofreció un trabajo de temporada en Cádiz con alojamiento aparte y una comisión sobre el producto nuevo.
Yo le dije que me lo pensaba. Al día siguiente le pedí que me lo mandara por escrito, y me lo mandó: un correo de cuatro párrafos, con mi nombre completo arriba y las condiciones numeradas del uno al seis.
Ese correo es la razón por la que estoy en esta habitación.
Sin el correo yo no me habría movido de Teruel.
Salgo a las siete y bajo la calle Cristóbal Colón hacia la plaza.
Delante del hostal hay una obra. Son cuatro vallas naranjas, un agujero de dos metros por uno y medio, y un cartel atado con bridas donde pone que la actuación termina el 30 de abril.
Dentro del agujero hay un tubo gris y una botella de agua vacía.
No hay nadie trabajando, ni ayer lo había.
La fecha del cartel es del año pasado. Debajo del 30 de abril se lee un 2025 que el sol se ha comido casi entero.
A las nueve y veinte estoy en la plaza de San Juan de Dios, debajo del reloj del Ayuntamiento, con la libreta en el bolsillo y sin decir quién soy. Basi me ha dicho que vaya a ver la ruta antes de opinar. Ha sido la única instrucción que me ha dado y me ha parecido razonable.
Vienen treinta y ocho personas. Las cuento cuando ya han arrancado, en la primera parada, porque en movimiento no se puede.
Del guía anoto lo siguiente, en este orden.
Empieza cuatro minutos tarde. No se presenta ni dice el nombre de la empresa.
Camina de espaldas por calles con bordillo, que es una temeridad que en un curso de habilitación te cuesta el aprobado.
Da una fecha en los primeros dos minutos, 1849, y la da bien.
Da otra a los once, 1863, y esa también. La tercera es un desastre.
Anoto también que en los cinco años que llevo trabajando con grupos grandes no he visto a treinta y ocho personas callarse solas.
Se callan cuando les pides silencio, y se callan mal, y siempre queda uno hablando al fondo.
Este hombre se calla él y se callan ellos.
Lo hace tres veces en hora y media y las tres le funciona.
Eso no lo apunto. Eso lo pienso mientras lo apunto todo lo demás.
Un grupo de treinta y ocho personas de noche se comporta como un almacén mal inventariado.
Hay ocho que van delante y quieren llegar.
Hay veinte en medio que hacen lo que hagan los ocho.
Y hay diez que se descuelgan cada vez que pasan por delante de un escaparate encendido.
El trabajo consiste en que los diez no se pierdan sin que los ocho se aburran, y yo eso lo he resuelto siempre con el paraguas, con el reloj y con la voz.
Este hombre no lleva paraguas ni lleva reloj.
Se para en mitad de la calle, se calla, y espera.
La ruta termina en un callejón del Pópulo que no aparece en el callejero con ese nombre.
Caben treinta y ocho personas si nadie respira hondo.
Yo me quedo en la boca, contra la pared, porque desde allí veo al guía y veo las caras del grupo, y las caras del grupo son el único dato fiable que existe en este oficio.
Al final le digo lo del tiempo. Una hora y cincuenta y un minutos para una ruta anunciada en noventa. Es exactamente el tipo de cosa que hay que decir el primer día, y sé mientras la digo que la estoy diciendo mal, pero ya la he empezado.
Me voy antes de que me pregunte el nombre. Detrás oigo que grita algo sobre la gente.
El jueves a las nueve menos diez estoy delante del bajo de la calle Sagasta. La persiana metálica está subida y la puerta está abierta de par en par, sujeta con un ladrillo. Desde la acera se ve a Basi sentado a su mesa con un vaso de café.
Me quedo fuera.
No es una decisión que yo tome. Sencillamente, la puerta de una oficina en la que no trabajo desde hace ni un día no es una puerta que yo cruce sin que alguien me lo diga. Espero cuatro minutos. A los cuatro minutos Basi levanta la cabeza, me ve en la acera y abre mucho los brazos.
— ¡Martín! ¿Y qué haces ahí parado, hombre?
— Buenos días.
— Pasa, pasa. Estás en tu casa. Bueno, en la nuestra.
Dentro hay un ventilador de pie que gira mal, una mesa plegable larga y un olor a plástico caliente. Detrás de la mesa plegable hay un chico joven con una sábana doblada en el regazo. Y a la izquierda, apoyado en la pared con un vaso de plástico en la mano, está el hombre del callejón.
De día tiene otra cara. Es más bajo de lo que me pareció anoche, delgado, muy moreno, con el pelo negro rapado y una cicatriz blanca en la barbilla. Me mira desde detrás del vaso y espera.
— Presentaciones — dice Basi —. Francisco Bohórquez, Curro, nuestro director artístico. Martín Bermejo, nuestro director de rigor histórico. Yeray Piñero, director de atmósfera.
— Encantado — digo.
— Si nos conocemos — dice Curro —. Anoche me cronometró.
— Le dije el tiempo.
— Me dijo el tiempo, sí. Como el hombre del telediario.
Basi da dos palmadas y explica el plan de la mañana, y el plan de la mañana consiste en que yo haga mi ruta delante de un grupo de prueba para que la vean.
El grupo de prueba lo ha reclutado él en la misma manzana.
Son seis, y uno de los seis es una clienta de la peluquería que entra con papel de plata en la cabeza y avisa de que tiene doce minutos.
Rocío llega a las nueve y veinte, entra sin llamar y habla desde la puerta con un volumen que aquí dentro no le hace falta a nadie.
— Buenos días, buenos días. A su izquierda, el fichaje. A su derecha, mi hermano, que sigue con la camiseta de anoche.
— Rocío, que estamos aquí al lado.
— Yo hablo así.
Habla así siempre. Conduce un trenecito turístico con megafonía desde hace seis años y en algún momento se le quedó la voz puesta en el aparato.
— ¿Hace falta paraguas? — pregunta Basi —. Tenemos paraguas.
— Con un paraguas se ve mejor el punto de reunión en un grupo de más de veinte.
Basi entra en el cuarto del fondo y sale con una caja. Los paraguas son negros, grandes, y llevan el logotipo impreso en un lateral. En el mío pone RUTAS BALANDR. Compruebo tres. En los tres pone lo mismo.
— Es el mismo defecto en toda la partida — digo.
— Es que se pidieron muchos.
Salimos a la calle. Abro el paraguas, lo levanto por encima de la cabeza, me pongo delante de las seis personas y digo lo que llevo once años diciendo.
— Buenos días a todos. Me llamo Martín y voy a ser su guía esta mañana. Síganme, por favor.
Y detrás de mí, muy claro, se oye una risa.
Es una risa con la boca abierta y el cuerpo echado hacia atrás, de las que no se disimulan ni se intentan disimular, y dura lo suyo, y termina con el ruido de alguien que se ha atragantado con su propio café.
— Perdón — dice Curro —. Perdón. Sigue. Sigue, sigue.
— ¿Hay algún problema?
— Ninguno. Es la frase.
— ¿Qué frase?
— Sígueme, por favor.
— Es la fórmula habitual.
— Es la fórmula habitual, sí. Nada, nada. Tú sigue.
Sigo. Hago la ruta entera. La tengo escrita desde el día once de junio, revisada dos veces y cronometrada tres, y dura cuarenta y siete minutos. Eso está medido y no lo medí yo.
Salimos por la calle Ancha, bajamos a la plaza de Candelaria, subimos por San Antonio y volvemos.
Cuatro paradas. En cada parada, un dato duro, una fecha y una imagen.
La clienta se va en el minuto trece, avisando, y es lo pactado.
El del bar de la esquina viene con el delantal puesto y un trapo al hombro y en cuarenta y siete minutos no se quita ninguna de las dos cosas, y en Candelaria levanta la mano para preguntar si el edificio de enfrente es el que se cayó.
No lo es. Se lo digo, y me contesta que él lo ha oído toda la vida.
Eso también lo apunto. La del trenecito, que resulta ser hermana de Curro, hace tres preguntas y las tres son buenas.
Termino a las diez y treinta y uno.
— Cuarenta y siete minutos — dice Curro, mirando el móvil —. Anda. Es verdad.
— Sí.
— ¿Y si el grupo quiere más?
— No quiere más. Cree que quiere más en el minuto cuarenta y a los cincuenta y cinco está mirando escaparates.
— ¿Y si es un grupo bueno?
— Los grupos buenos también tienen pies.
Curro se ríe otra vez, pero esta vez de otra manera, más corta, y se separa de la pared y se acerca dos pasos.
— Es que eso es lo que yo no entiendo. Tú lo tienes medido antes de saber quién viene.
— Lo tengo medido porque no sé quién viene.
— Depende de la gente, hombre.
— Depende de la gente lo que se cuenta. No lo que dura.
— ¿Tú sabes lo que pasa un martes de agosto a las once de la noche con un grupo de veinte italianos que vienen de cenar?
— No.
— Pues eso.
Basi aplaude desde la puerta de la oficina y da por terminada la reunión.
Dice tres veces la palabra química. Dice dos veces la palabra formato.
Dice, con la mano en el pecho, que el doce de septiembre nos van a comprar hasta la sombra, y que él lo sabe porque él vendió colchones veintidós años y sabe cuándo un cliente ya ha comprado.
Yeray levanta la mano y dice que se apunta. Nadie le pregunta a qué.
Yo apunto en la libreta las cuatro cosas que han salido mal esta mañana: la salida con cuatro minutos de retraso por esperar a Rocío, la parada de Candelaria demasiado larga, el paraguas mal impreso y una fecha que he dado sin fuente porque la llevaba en la cabeza.
Cierro la goma. Me guardo la libreta en el bolsillo de atrás.
Cuando levanto la vista, Curro está en la acera de enfrente, con el vaso de plástico todavía en la mano, mirándome apuntar.
— ¿Y eso qué es?
— Lo que ha salido mal.
— ¿Hoy?
— Hoy.
— ¿Y cuántas hay?
— Cuatro.
Se queda pensando un momento con la cabeza un poco ladeada, y luego levanta el vaso de plástico en un brindis que no llega a brindis y se mete por la calle Sagasta hacia arriba.
Me quedo un momento solo en la acera, con la libreta en el bolsillo de atrás y el paraguas mal impreso debajo del brazo. El sol de las once da de plano en esta calle y no hay un metro de sombra hasta la esquina. En Teruel también aprieta en julio, pero allí el calor se seca y aquí se pega.
Basi sale, comprueba que no queda nadie dentro, apaga el ventilador y tira de la persiana metálica hacia abajo con las dos manos.