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Curro
La levita tiene ocho veranos y un forro que ha ido cambiando de color hasta llegar a uno que no está en ninguna carta, y yo meto el brazo izquierdo por la manga a las nueve menos veinte de la noche, en un cuarto sin ventana que Basi llama vestuario y que es un armario con delirios de grandeza.
Se me engancha el puño en el forro, tiro un poco, el forro cede con ese ruido de tela vieja que llevo ocho años oyendo y que cada julio suena más a que esto se acaba, y aquí seguimos los dos, la levita y yo, colgados de la misma percha.
Levita hay una. No hay dos, ni ha habido nunca dos, y esa es toda la política de vestuario de Rutas Balandra desde su fundación.
Me lo inventé yo con veinticinco años en una barra, y esto lo he contado tantas veces que ya lo cuento con la cara de quien cuenta la verdad.
Salgo del cuarto abrochándome la faja y en la oficina está Yeray, sentado encima de la mesa plegable, con la sábana en el regazo, comiéndose un bocadillo que huele a atún desde la calle.
— Yeray, en la sábana no.
— Si estoy comiendo hacia fuera.
— ¿Tú sabes lo que es explicarle a un grupo de alemanes por qué el fantasma de 1849 huele a conserva?
— Se lo explicas tú, que para eso eres el artista.
Le doy un golpe al ventilador de pie, que está junto a la mesa plegable y que solo gira si le das en el lado derecho, un golpe seco, con la palma abierta y sin cariño ninguno; y el ventilador arranca y se pone a mover el aire caliente de un lado a otro de la oficina con mucha convicción y ningún resultado.
Lleva así tres años. Basi dice que va a comprar otro desde antes de la pandemia, y lo dice con una seguridad que a mí ya me emociona, porque hay que tener fe para prometer un ventilador durante tres años seguidos.
El trabajo de Yeray consiste en aparecer al final de la calle envuelto en una sábana durante nueve segundos y desaparecer. Lo hace bien.
— Curro, oye, ¿lo de mañana a qué hora es?
— ¿Lo de mañana?
— Sí, lo de mañana. Que me he apuntado.
— ¿A qué te has apuntado?
— Pues eso te iba a preguntar yo.
La persiana metálica sube de golpe con el estruendo que hace desde que existe la persiana, y entra Basi con dos bolsas de plástico, una carpeta debajo del brazo y esa cara de haber tenido una idea que le dura desde el desayuno.
Basilio Cardeñosa vendió colchones durante veintidós años y luego se compró una empresa de rutas turísticas porque, según él, era lo mismo pero al aire libre. Tiene sesenta y uno, una camisa distinta para cada día de la semana y todas iguales, y habla de sí mismo en plural desde que yo lo conozco.
— Buenas noches, equipo. Hemos comprado la competencia.
Yeray deja el bocadillo.
— ¿Cómo que hemos comprado la competencia?
— Rutas Poniente. Firmado esta mañana en la gestoría de la calle Ancha, con café y todo. Ya no existen. Ahora somos Balandra y Poniente. Bueno, Balandra.
— Basi, Rutas Poniente somos nosotros con otro cartel. Si hacen la misma ruta que yo veinte minutos antes.
— La hacían. Ahora la hacemos nosotros, y la hacemos mejor, porque hemos incorporado talento.
Yo sigo abrochándome el último cordón de la camisa y pienso que esto es lo de siempre: Basi tiene una idea cada quince días, la anuncia en plural, y a los cuatro días la idea se cae sola por su propio peso y nadie vuelve a mencionarla nunca.
El año pasado compró un barco. Estuvo tres semanas hablando del barco, del amarre del barco, del seguro del barco, y un día dejó de hablar del barco y nadie ha preguntado dónde está el barco.
— Talento — repito.
— Un guía titulado. Habilitado por la Junta, con su carné y su número de registro. Once años de experiencia. Ha trabajado en Teruel, que allí hay más patrimonio del que tú te crees.
— Basi.
— Y a partir de esta noche la ruta se llama Cádiz en dos voces, y la hacen dos personas: tú, que te la inventas, y él, que se la sabe.
— ¿Tú te crees que yo puedo trabajar con alguien que se la sabe?
— Nos parece un complemento estupendo.
El ventilador elige ese momento para pararse. Le doy otro golpe.
— Nos hemos comprado un guía — dice Basi, sentándose en su silla, de espaldas a la pared, desde donde se ve la calle entera —, y no nos lo hemos comprado por capricho.
El doce de septiembre vienen tres agencias a ver el producto.
Nautilia Viajes, Aljarafe Tours y Grupo Escala.
Si les gusta, compran el formato para toda la temporada del año que viene y para las ciudades que a nosotros nos parezca.
— ¿El doce de septiembre?
— Sábado. Lo he mirado tres veces.
— ¿Y el guía titulado sabe que va a hacer una ruta teatralizada con un tío disfrazado de contrabandista de sal?
— Le hemos mandado el dosier.
— Basi, no hay dosier.
— Le hemos mandado un correo muy completo.
— ¿Y ha contestado?
— Ha contestado punto por punto, en un correo con guiones. Yeray, tú vas a seguir siendo nuestro director de atmósfera.
— Yo me apunto — dice Yeray.
— Es lo que ya haces — le digo.
— Pues me reapunto.
A todo esto, los ochenta paraguas negros con el logotipo mal impreso siguen en el cuarto del fondo, en dos cajas, esperando un diluvio que en esta ciudad no llega nunca. Basi no tira nada.
Me pongo el sombrero, me miro en el cristal de la puerta del cuarto porque espejo aquí no hay, y por un segundo pienso en preguntar cómo se llama el hombre.
No lo pregunto. Un guía titulado con carné y número de registro, esta noche, a las nueve menos diez, a mí me suena exactamente igual de real que aquel barco.
— Curro — dice Basi cuando ya estoy en la puerta —. Es una oportunidad seria.
— Todas lo son, Basi.
Salgo a la calle Sagasta y el calor de fuera resulta ser más amable que el de dentro, cosa que en esta oficina no sorprende ya a nadie.
Son las nueve menos cinco y la gente ha empezado a bajar hacia el centro con esa lentitud de julio, porque Cádiz anda como un vecino que sabe que va a llegar igual y no ve el motivo de apretar el paso.
Yo cruzo hacia la plaza de San Juan de Dios con la levita al brazo, porque ponérsela antes de tiempo es de novato y porque en el trayecto se suda una camisa entera.
Yo trabajo de julio a septiembre y en octubre ya veremos, y lo digo así, con esas palabras exactas, desde hace ocho años; y hay gente que se preocupa cuando me lo oye y hay gente que se ríe, y a mí las dos reacciones me sirven igual, porque las dos me dejan seguir andando.
En invierno hago cosas. La ruta de los sábados si no llueve mucho, bolos en colegios de Puerto Real, un invierno de teleoperador que prefiero no recordar y otro de repartidor que recuerdo con más cariño del que merece.
En la puerta de la peluquería está Toñi con la escoba, y me señala el sombrero.
— Ese sombrero cada año está más muerto.
— Es de época.
— Es de mercadillo.
— Es de época de mercadillo.
El grupo me espera debajo del reloj del Ayuntamiento.
Los cuento de un vistazo mientras me abrocho la levita: treinta y ocho.
Un matrimonio mayor con sombreros iguales, una familia con dos niños que no deberían estar aquí a estas horas, tres franceses, siete que vienen de cenar y vienen contentos, y el resto, gente suelta.
Lo primero no es hablar. Lo primero es andar tres pasos hacia atrás y quedarse quieto mirándolos, con las manos cruzadas encima de la faja, hasta que se callan solos. Nunca falla: un grupo de turistas por la noche se calla si tú te callas.
— Yo no soy guía — digo cuando ya no habla nadie —. Yo estoy muerto desde mil ochocientos sesenta y tres. Vengan.
Y echo a andar de espaldas.
Andar de espaldas por Cádiz es un oficio en sí mismo.
Yo llevo ocho veranos haciéndolo y me sé dónde está cada bordillo del Pópulo con los pies, sin mirar, igual que se sabe la escalera de tu casa a oscuras.
Los llevo por la plaza, cruzamos hacia el Arco de los Blanco, y ahí paro y les cuento lo del carro de pescado.
Con esa empieza todo, siempre: don Amaro entrando sal sin sellar por debajo de tres cajas de sargos, a las cinco de la mañana de un martes de febrero, con un aduanero de guardia que era primo suyo por parte de madre y que miraba hacia el otro lado por seis reales y un cesto de boquerones.
Los tengo. Se nota en los primeros noventa segundos si los tienes o no los tienes, y esta noche los tengo, incluso los franceses, que entienden una palabra de cada seis y se ríen en el sitio exacto porque la risa se contagia antes que el idioma.
En la parada del pozo se me junta el grupo con la cola de una heladería que echa a la calle a ocho personas y durante dos minutos tengo delante a ochenta almas, bueno, cuarenta y seis, pero de noche y con el calor parecían ochenta, y aprovecho, porque un grupo grande da más miedo y el miedo se cuenta mejor a lo grande.
En el Arco de la Rosa hay siempre dos o tres vecinos parados mirando cómo trabajo, y a esos la historia les da igual: lo que están mirando es si el grupo se ríe, porque en esta ciudad no hay mejor espectáculo que un paisano pasándolo regular delante de gente de fuera.
Esta noche hay tres, y al que conozco de nombre le devuelvo el gesto de la barbilla sin dejar de hablar.
Ahí hago el primer silencio largo. En la calle de detrás de la Catedral bajo la voz hasta que el matrimonio de los sombreros iguales se acerca dos pasos sin darse cuenta.
Al niño más pequeño lo pongo de ayudante y le doy el sombrero para que lo sostenga, y el niño se pone tan serio con el sombrero en las manos que el padre saca el móvil, y ahí ya tengo a la familia entera para lo que quiera.
No hay guion. Nunca ha habido guion. Yo sé cinco o seis sitios donde parar y me sé de memoria unos veinte trozos, y cada noche los mezclo distinto según lo que me pida la gente y según el ruido que haya.
En una de las paradas, cuando estoy contando lo del ojo malo de don Amaro, veo al fondo del grupo a un hombre alto que no se ríe.
No pasa nada, hay gente que no se ríe. Hay señores que vienen arrastrados por su mujer y se pasan la hora y media mirando el reloj, y hay adolescentes que han venido con los padres y se mueren de vergüenza ajena, y a esos yo les hago un guiño a los veinte minutos y a la media hora ya están conmigo.
Pero este no mira el reloj. Este está escribiendo.
Escribe en una libreta de tapa dura, negra, sujeta con una goma que le cuelga por debajo, y escribe cada vez que yo digo una fecha.
Uno de los franceses lleva la riñonera puesta al revés, con la bolsa en la espalda, y llevo hora y cuarto queriendo decírselo y no se lo digo, porque a lo mejor es a propósito y no soy yo quién para corregir a un hombre que ha tomado esa decisión.
Sigo. Los llevo por el Pópulo con el paso corto que hay que llevar cuando la calle es estrecha y el grupo es de treinta y ocho, y hago la parada del pozo, y hago la del sereno, y a las once menos veinte los meto en el callejón del Sereno, donde termina esto siempre.
El callejón del Sereno tiene seis metros de largo y dos de ancho.
Hay una farola que parpadea, una reja al fondo que no se sabe qué cierra y una placa de cerámica rota en la pared de la izquierda a la que le falta la mitad del nombre.
Yo me pongo de espaldas a la reja y el grupo mira hacia la boca del callejón, apretado, hombro con hombro, y esa es toda la escenografía que necesito.
Aquí es donde don Amaro se muere. Aquí bajo la voz, aquí me quito el sombrero, y aquí aparece Yeray al fondo con la sábana durante nueve segundos.
Esta noche Yeray se pasa. Hace once o doce segundos y encima gime.
— Gracias — digo, cuando el chaval ya se ha ido corriendo —. Ese era mi vecino del cuarto.
Se ríen, aplauden, la señora de los sombreros iguales me da la mano con las dos manos, los franceses me dicen algo muy rápido y muy amable de lo que solo pillo la palabra magnífico, y el niño me devuelve el sombrero con un cuidado de museo.
Yo no me despido nunca: cuando el grupo empieza a moverse hacia la boca del callejón, la última frase se dice andando y de espaldas, para que nadie sepa en qué segundo se ha terminado la función.
Dejo la gorra en el suelo, boca arriba, y digo lo que digo siempre: que esto se paga al final y se paga lo que se quiera, incluido nada, porque para nada ya cobro yo bastante poco. Se ríen otra vez. Van cayendo monedas y algún billete.
El hombre de la libreta no se ha movido del fondo. Espera a que el callejón se vacíe, y cuando quedamos los dos y la farola, se acerca, cierra la libreta con la goma y dice:
— Una hora y cincuenta y un minutos.
— ¿Perdón?
— La ruta. Una hora y cincuenta y un minutos. Está anunciada en noventa.
Y se va. Se da la vuelta y se mete por la boca del callejón hacia el Arco de la Rosa, con la libreta en la mano y sin decir su nombre, y yo me quedo ahí de pie, con la faja desabrochada y el sombrero colgando de la mano, viendo cómo un desconocido se marcha por mi calle.
— ¡Es que depende de la gente! — le grito.
No contesta. La farola parpadea dos veces.
Recojo la gorra, me siento en el escalón de la reja y cuento lo que hay, que es lo que hago todas las noches antes de subir andando hasta Sagasta.
Ciento noventa y cuatro euros con cincuenta. Treinta y ocho personas. Una moneda de dos coronas checas que alguien ha colado con mucha cara, y un caramelo de menta.