Nuestro matrimonio estaba muerto.

Muerto, enterrado y con lápida.

Oliver y yo llevábamos meses fingiendo que seguíamos siendo una pareja, hasta que una discusión especialmente desastrosa nos obligó a admitir lo evidente: ya no estábamos enamorados.

O eso creíamos.

Decidimos divorciarnos, rehacer nuestras vidas y encontrar a otras personas.

Parecía sencillo.

El problema era que no teníamos dinero para separarnos.

Así que hicimos lo que haría cualquier pareja madura y emocionalmente estable: seguir viviendo juntos, compartir piso, compartir cama y abrirnos perfiles en todas las apps de citas que encontramos.

Mientras Oliver acumulaba conquistas, yo acumulaba citas cada vez más extrañas.

Y entonces ocurrió algo todavía peor.

Las aplicaciones empezaron a emparejarme una y otra vez con mi exmarido.

Porque parece que puedes ignorar a tu ex.

Bloquear a tu ex.

Incluso divorciarte de tu ex.

Pero convencer a un algoritmo de que ya no estáis hechos el uno para el otro es otra historia.

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