Prohibido hacer match con tu ex Chapitre 40
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Chapitre 40

Recherche de financement pour la Commission internationale pour le repentir immédiat.

(Buscando financiación para la Comisión Internacional para Arrepentimientos Inmediatos)

La Comisión Internacional para Arrepentimientos Inmediatos recomienda esperar veinticuatro horas antes de tomar una decisión importante. Yo acababa de aceptar que Oliver me acompañara a casa, a nuestra casi no casa, en menos de veinticuatro segundos. Empezábamos bien.

O mal. Según el mismo estudio, nunca queda del todo claro hasta varias semanas después.

Y aquello era una mala idea porque era una cita de despedida.

Y las citas de despedida tenían que terminarse en el bar donde la has tenido, después de sus buenos momentos recordando anécdotas, soltando alguna lágrima de más cuando estaba claro que era imposible contener la emoción, por ambas partes, y después de un apretón de manos la mar de correcto o, como mucho, un afectuoso abrazo.

Pero no. Yo fui a darle dos besos a Oliver.

Los franceses somos muy de solucionar los problemas con besos en las mejillas.

Luego pasa lo que pasa y acabas besando donde no toca.

Dos besos cuando el local iba a cerrar y estaba claro que los camareros, hacía más de media hora que nos habrían echado de allí a escobazos.

Pero algo en nuestras caras, imagino que la emoción que sentía yo, o quizá debiera llamarlo miedo, y el brillo intenso en los ojos de Oliver, les había indicado que, como buena acción del año, podían dejarnos compartiendo intimidades un poquito más en la mesa en la que habíamos acabado sentados.

O tal vez llevaban veinte minutos haciendo apuestas sobre si terminábamos llorando o enrollándonos encima de la mesa. Personalmente, habría apostado por las dos.

—Te acompaño —había insistido Oliver, poniéndome su chaqueta sobre los hombros—. No admito discusiones al respecto.

—Pero seguro que tú tienes que ir exactamente en sentido contrario a nuestra casa —seguí protestando yo, al cerrarse la puerta del bar a nuestra espalda.

No dieron un portazo fuerte, pero estaba claro que nos lo merecíamos.

Por suerte, Oliver había dejado una buena propina que, aunque no sacaba de pobre a nadie, dejaba bien claro que nos sentíamos muy agradecidos por la atención recibida.

—Buen intento, francesita —y al escucharlo decirlo me volaron un millón de mariposas en el estómago a las que yo no había dado permiso para anidar—. No voy a decirte donde estoy viviendo. Tengo muy presente que sabes usar el alcohol como agente inflamable para incendiar cosas.

Lo decía en broma, ¿no? Creo que sí. Si opinas lo contrario, pestañea dos veces. El libro está programado para enviarme tu respuesta.

—Una vez —me excusé, recordando aquella vez de la que hablaba.

—Dos.

—Media.

—Colette, intentaste prender fuego a unas zapatillas deportivas.

—¡No prendieron!

—Porque eran ignífugas.

Habíamos acordado que al día siguiente aceptaríamos la oferta de los compradores y empezaríamos a hacer la mudanza.

Oliver había sentido verdadero pesar al conocer mi decisión de volver, al menos por un tiempo, a vivir con mis padres.

Siempre había pensado que España era un lugar mucho mejor para vivir, y a mí no me quedaban refranes para rebatírselo… pero no podía quedarme.

«Sí que te quedan refranes. Año nuevo, vida nueva».

Estábamos a finales de verano y yo ya iba por la decimotercera.

«Sin contar todas las vidas que te has inventado en Tinder».

Caminamos distribuyendo estratégicamente nuestros silencios tras algunos chistes malos y unas cuantas confesiones penosas.

Que si lo de haberle tirado sus polvos proteicos por el inodoro había estado muy feo.

Que si no había que tener sexo con clientas si querías que los patrocinadores te tomaran en serio… Cosas de ese corte.

—¿Qué piensas decirle a Mercedes para dejarla en la estacada? Quizá podrías argumentar que es marcharte de España o acabar robándole un hijo para venderlo en el mercado negro, que la vida se está poniendo muy cara.

La verdad, me dolía más lo que iba a tener que decirle a Amanda cuando llegara el momento. Mercedes tenía demasiadas cosas de las que preocuparse para que uno de sus mayores desvelos fuera que una de sus empleadas iba a dejar una vacante que seguramente tendría ya muchas novias.

Amanda, sin embargo…

Amanda era un peligro, necesitando contenido para su podcast o sin él. «Asesinatos entre amigas». Episodio especial: «La muy desgraciada se muda a otro país y pretende que siga felicitándole el cumpleaños».

La Comisión Internacional para Arrepentimientos Inmediatos sostiene que cuanto más rápido decides que tienes que decirle a una amiga que dejas de vivir en el mismo país que ella, más tiempo dedicas luego a buscar excusas para no decírselo.

Decírselo a todos iba a ser duro de narices, o de cojones, como se decía aquí.

La Comisión también sostiene que el noventa y tres por ciento de las conversaciones difíciles empiezan con un «tenemos que hablar». El siete por ciento restante comienza mudándote directamente de país por no enfrentarte a ellos.

—Ya veremos cómo se lo toman todos. Incluidos mis padres.

—Dime que al menos se lo has dicho.

—Está en la carpeta de asuntos pendientes, junto con lo de nuestro divorcio y que no quiero hacerme cargo de la empresa familiar.

—Creí que tendrías muchas ganas de intentarlo, visto lo visto.

Lo miré con tristeza.

—Tenía muchísimas más ganas de otras cosas —confesé, a pesar de que todo mi cuerpo gritaba para que cerrara la boca—. Esa empresa se ha interpuesto demasiado en mi camino. Que regrese a Francia es meramente circunstancial. No hay nada que me vaya a retener allí mucho tiempo.

—¿Y aquí?

«No lo digas, Colette. No lo digas, Colette, no lo dig…»

Miré la acera. Miré las ventanas del edificio. Miré hasta un contenedor de basura con más decisión de la que me permitía mirarlo a él.

—Aquí está todo.

«Pues ya que no me has hecho caso, al menos, no lo mires a los ojos, por favor».

Pero allí estaba, mirándolo a los ojos, diciéndole todo lo que tenía en ese momento en la cabeza y que había subido hasta allí por los apresurados y desbocados latidos de mi corazón. Todos esos malditos recuerdos y promesas. Todo.

—No sé cuánto durará nuestra vida, Colette —me había dicho en su día, con tanta seriedad que me lo había tomado como un acuerdo contractual—.

Ni si algún día tendremos una casa grande o seguiremos viviendo en un piso pequeño.

No sé si tendremos hijos, perros o solo plantas que tú olvidarás regar y yo intentaré salvar a escondidas.

Y luego jurarás que estaban así cuando llegamos.

No sé si dentro de veinte años seguiremos siendo tan guapos como hoy.

Lo único que sé es una cosa. —Se acercó hasta casi rozar mi frente con la suya—.

Quiero que, pase lo que pase, el primer sitio donde quieras volver cuando tengas un mal día sea conmigo.

Y allí estaba, teniendo el peor día de mi vida, delante del portal de nuestro edificio que en nada dejaría de ser nuestro.

Y yo no podía elegir a Oliver como el primer lugar en el que refugiarme para ahogar mis penas, porque él no debía ser ese sitio.

Porque precisamente él había dejado de ser mi refugio.

Y, sin embargo…

Sin embargo, al mirarlo, Oliver me estaba diciendo que seguía siéndolo, a pesar de todo.

Según todas las estadísticas…

«¡Cállate la boca y bésalo de una puñetera vez!»

Mi voz interior llevaba meses intentando hacerse pasar por Amanda, y de repente se ponía de mi lado.

Y eso hice.

Y, para mi sorpresa, cuando me puse de puntillas para llegar trepando hasta sus labios Oliver me cogió de la cintura, me apretó contra su cuerpo y me puso las cosas mucho más fáciles.

Más fáciles… en ese momento. Porque aquello lo complicaba absolutamente todo. Más fáciles... durante exactamente los tres segundos que tardó mi cerebro en dejar de pensar.

Después volvió a hacerlo.

Y decidió recordarme que acabábamos de vender nuestra casa, íbamos a divorciarnos y yo tenía ya un billete reservado para volver a Francia.

Besar a Oliver seguía siendo la cosa más fácil del mundo.

Lo complicado siempre venía justo después.

Sí, besarlo seguía siendo la decisión más fácil de toda mi vida.

Vivir con las consecuencias... nunca se nos había dado igual de bien.