Prohibido hacer match con tu ex Chapitre 39
86%

Chapitre 39

Les choses pour lesquelles il ne faut jamais porter un toast.

(Cosas por las que nunca se debe brindar)

—Hola, Colette.

Estaba de espaldas, con un pañuelo en la cabeza disimulando el color y corte de pelo. Llevaba ropa nueva que nadie me había visto. Había elegido un bar que no tenía ni un solo espejo, para que no se pudiera ver mi reflejo.

Lo había hecho todo bien. O eso creía. Porque, según la Asociación Internacional de Mujeres que Han Hecho una Tontería, el noventa y ocho por ciento de mis planes perfectamente organizados terminaban convirtiéndose en una tragedia griega... y el otro dos por ciento también, pero con vino.

—¿Lo sabías?

—Es imposible ignorar que tienes al otro lado de la pantalla a la mujer que lo ha sido todo en tu vida.

El matiz, tremendamente doloroso, estaba en el verbo en pasado, y no en el presente… ni en el futuro.

—¿Y por qué has venido?

Me había saltado todas mis malditas normas de aquella manida servilleta, había vuelto a abrir otro perfil de Tinder y lo había buscado en todos sus perfectos perfiles, a cuál más seductor. Me habría ganado con cualquiera, pero me apetecía el de Taurus. Ese que no buscaba. Ese. El que encontraba.

Y me había encontrado.

Por sorpresa, me había encontrado sabiendo exactamente quién era yo.

Lo que no especificaba era que encontraba siempre a la misma mujer, aunque cambiara de nombre, de color de pelo y probablemente hasta de ADN.

Oliver.

Había elegido un bar sin espejos, porque bastante tenía ya con enfrentarme a un Oliver como para ver a varios y, además, encontrarme también conmigo misma reflejada en uno.

—¿Y por qué no?

Se me ocurrieron un montón de opciones que enumerarle, pero yo no quería escucharme a mí poniendo las respuestas en su boca, por más que me apeteciera que eligiera una de ellas. Yo quería la que Oliver tenía guardada entre el paladar y la lengua, que era solo suya, que era solo para mí.

—¿Y por qué sí?

—Siempre has sido una cita perfecta.

Sí, siempre habíamos tenido encuentros apasionados, inmaduros y febriles, incluso cuando no sabía lo que me estaba diciendo en español y era incapaz de entender su chapurreo de francés inventado.

Oliver me había enamorado de todas las maneras posibles y algunas que, seguramente, no eran de este planeta. Yo le había hecho exactamente lo mismo a él, porque estaba plenamente convencida de que me había querido de forma entregada, enloquecida y completamente absurda.

Así no se podían querer dos personas adultas. Pero así habíamos sobrevivido.

—Hasta que dejamos de tener citas…

Llevaba demasiado tiempo siendo solo esposa. No se me daban bien las citas. Mi historial de Tinder era la mejor prueba que podía aportar al jurado.

—Pues imagino que, después de todo, nos merecemos la última.

El día anterior, después de varias semanas de visitas a nuestro piso, en las cuales los posibles compradores miraban por encima del hombro la decoración, la mala calidad de la encimera de la cocina, y la inverosímil colección de libros de autoayuda para bíceps, a la que se habían añadido títulos como «Entrena hasta que tu reloj te pida perdón», «No sudas lo suficiente» o «Si puedes respirar, haz otra repetición», y haber aguantado comentarios de los visitantes preguntando si no teníamos el libro «Cincuenta batidos para enamorar a tus abdominales» o si aquello era una estantería o un altar de culto a una nueva religión…

por fin habíamos recibido una oferta seria por la casa.

Por fin… y para mi completa y absoluta desesperación.

Teníamos que dar la respuesta al día siguiente, así que ya no tenía absolutamente nada que perder.

Aquel perfil que abrí de forma clandestina mientras Oliver subía nuevamente nuestro piso al portal de Idealista, y que ni Amanda sabía que existía, llevaba semanas espiando a Oliver.

De forma discreta, muy a la francesa. De forma obsesiva, también había que aclararlo.

De forma que pedía una orden de alejamiento o prisión preventiva, porque estaba claro que algún delito iba a acabar cometiendo.

Mi mayor delito era ir a vender nuestra casa, usar el dinero para separarnos, y seguir queriéndolo el resto de mi vida.

—La última —repetí, como si fuera la sentencia a muerte del juez ante la acusada.

Por eso, y no teniendo nada que perder, ya que en breve firmaríamos los papeles del divorcio, le había escrito aquella misma mañana un escueto «Hola» en el chat de la aplicación.

Oliver no había tardado mucho en contestarme.

—¿Qué tal?

Lo que me pedía el cuerpo era responderle que estaba fatal, que mi vida estaba deshecha y que no sabía cómo salir adelante.

Que era la típica conductora de un coche viejo al que le pide que se esfuerce por llegar al destino, con la esperanza de que su motor pueda estar más convencido que yo de que era capaz de concluir sin más contratiempos el sufrido viaje.

Llevábamos días tratando de ser cordiales.

Solo Oliver lo había conseguido. Yo, por mi parte, había sonreído de manera forzada a todas las personas que entraron en nuestro piso y hablaron de los cambios que necesitaban hacerle para adaptarlo a su estilo de vida.

Yo… yo solo quería llevarme de allí mi cuadro de París, a Nikki y todos nuestros recuerdos para que nadie pudiera tirarlos con los cascotes de la reforma.

Iba a echar de menos hasta a la señora Ofelia.

—Pues… sorprendida, la verdad. Sabiendo como sabías que era yo ahora, vamos. Antes, solo estaba nerviosa, por si no aparecías.

Oliver levantó la mano para atraer la atención del camarero y pidió un par de copas de vino bastante aceptables. Ya que íbamos a poder brindar en condiciones, porque en breve tendríamos nuestras cuentas saneadas, no conocía mejor ocasión para gastarse unos buenos euros en un vino decente.

«Creo que él opinará que el champagne ha de reservarse para la firma del divorcio».

—Recuerda que soy al que dejan tirado, no de los que rechaza una cita. Y no pienso preguntarte si se te ha pasado por la cabeza no aparecer porque tienes la regla.

El chiste podría haber sido gracioso, pero todo lo que decía con referencia a sus escarceos anteriores y actuales, así como de nuestras broncas monumentales, me hacía daño.

«Quizá, lo de quedar… no fue muy buena idea».

Pero en mi fuero interno sentía que tenía que hacerlo.

Una cita, como había sugerido él aquella vez que Tinder nos unió a través de Amanda.

Una cita, donde actuar como dos personas que no se conocen, como había visto tantas veces en muchas películas.

Una cita que nos hiciera cerrar aquel capítulo de nuestras vidas con un buen sabor de boca.

Era solo una cita, no un intento de reconquistarlo a esas alturas.

«Francesita, mientes fatal».

—¿Podemos hacer como que no nos odiamos, ni que tenemos un pasado en común?

—le pregunté a modo de sugerencia. Oliver cogió la copa de vino que le acababa de servir el camarero, me la ofreció y le hizo el gesto de que esperara a que yo diera el visto bueno.

No se fiaba de mí para seguir siendo mi marido el resto de sus días, pero sabía que yo tenía buen gusto para el vino.

«Por eso te enamoraste de él, querida. ¿Recuerdas? Te lo dice cada vez que tiene ocasión de plantarlo en una frase».

Amanda sostenía que el noventa por ciento de las reconciliaciones empezaban con una copa de vino y terminaban compartiendo cepillo de dientes otra vez. El otro diez por ciento empezaba con tequila y acababa declarando la guerra a un grupo de WhatsApp familiar.

Probé el vino, recordando los versos de la canción de Alejandro Sanz «El vino de tu boca». «Y no es que no pueda vivir sin ti, es que prefiero que sea contigo. En otra cama no se duerme igual. Si no es de tu boca no me gusta el vino».

Y era verdad. Ya no me gustaba pensar en las cosas que me gustaban antes, porque solo podía relacionarlas con él.

En unos cuantos días, cogería un vuelo a París, aceptaría la hospitalidad de mis padres y me acordaría de todas las veces que ellos podían haber contribuido a que aquel matrimonio funcionara… y no lo hicieron.

«No los culpes a ellos, cher ».

Cierto. Me empeñaba en buscar a quien acusar y tenía que asumir por fin mi parte de culpa.

Oliver era, había sido, y sería un hombre más que válido para hacer que una mujer se sintiera amada y feliz, protegida y acompañada.

Si me escuchaba Amanda reconocer aquello, protagonizaría el capítulo estrella de su aclamado podcast de asesinatos a amigas que se merecen una muerte lenta.

Es más, si Amanda hubiera intuido que había acabado planeando aquella noche y defendiendo a Oliver con semejante entusiasmo, habría dedicado un programa especial de su imaginario podcast llamado «Crímenes entre amigas. Episodio veintisiete: Cuando la víctima decide colaborar con el asesino».

Había sido yo, con mi forma de culparlo a él de no lograr adaptarme del todo a la España que él tanto amaba y que a mí me resultaba compleja, por no decir contradictoria, la que había horadado nuestra relación hasta que… hasta que dejó de ser una relación para convertirse en una batalla campal.

Echando la vista atrás, muchos meses atrás, recordé cuando tiramos toda nuestra ropa por las ventanas del piso.

Y sonreí. El vecino del primero se había quedado con una camiseta de Oliver pensando que era un regalo del Ayuntamiento, y una señora preguntó si aquello era una promoción del Black Friday.

Habíamos sido felices de una forma completamente ridícula.

Habíamos sido infelices de una manera absolutamente impredecible.

Habíamos llegado por fin al punto final. Y nos debíamos ese punto, ese final, y ese nuevo comienzo de etapa.

—Te lo he dicho muchas veces, Colette. No te odio. Y no quiero fingir que no te conozco y que eres otra persona, aunque haya aceptado una cita de una tal Caroline. Eres Colette. No necesitas ser otra persona para ser perfecta.

«Entonces... ¿por qué dejaste de elegirla?»

No lo dije. Tenía tal nudo en la garganta que era incapaz de tragar ni mi propia saliva… si llego a tener en la boca.

Hay preguntas cuya respuesta ya no cambia absolutamente nada. Solo hace más daño.

Pero mi maldito corazón tenía otros planes, y no era quedarse sin pronunciar la maldita pregunta. Reuniendo todas las fuerzas y alejando la vergüenza de mi cabeza, Oliver supo lo que venía antes de que me viera mover los labios.

—¿Entonces, por qué…?

Oliver levantó una mano para hacerme callar. Mi siguiente frase estaba de más, los dos lo sabíamos, pero yo me empeñaba en seguir girando en la rueda, como un maldito hámster. Cogió la copa, que ya le había rellenado el camarero con mi aprobación y su asentimiento, y la puso muy cerca de la mía.

Miré su mano. Sus dedos. La alianza no estaba, pero no podría jurar que se la había quitado hacía mucho. Seguía teniendo la marca, o yo quería seguir viéndola en su dedo.

—Por una vida feliz, Colette. —Y esperó a que a mí se me pasara el nudo de mi pecho y chocara el cristal contra el suyo, con un movimiento casi imperceptible.

Sabía que, para aquellas cosas, me gustaban las sutilezas.

Para otras… no tanto—. Te mereces todo lo bueno que está por llegar.

Y sería un honor para mí enterarme de todas y cada una de tus alegrías, y poder ayudarte en tus momentos tristes…

cuando todo esto pase y seas capaz de mirarme con otros ojos sin todo ese dolor.

Yo, que todavía me veía envejeciendo con ese maldito hombre, ese que me pedía seguir en mi vida a pesar de no quererme en su círculo más íntimo, sentí una nueva puñalada que me lastimaba hasta robarme los latidos más preciados para seguir respirando.

«Te quiero».

Que mi irónica voz interior se pusiera de mi parte a la hora de expresar lo que yo no podía decir con palabras sin caer en el más espantoso de los ridículos… terminó de hacerme abrir los ojos.

Se había acabado.

—Por una vida feliz, Oliver.

Según el Instituto Francés de Cosas por las que Nunca Debe Brindarse, hacerlo por una vida sin la persona a la que todavía quieres ocupa exactamente el primer puesto de la lista.

A pesar de que dejes un enorme hueco en ella, que no sepa cómo demonios rellenar, por una vida nueva. Sin ti. Aunque la mía vaya a necesitar un plano para aprender a rodear el agujero que dejas, porque seguro que me caigo a él mil veces antes de aprender a esquivarlo.

El vino estaba bueno.

¡Qué mala costumbre tenía la vida de servirte lo mejor justo cuando estaba a punto de quitártelo!

Un choque de copas que casi no se había escuchado. Comprendí que los finales no hacen ningún ruido. Los que lo hacen son los corazones cuando intentan convencerse de que ya no esperan a nadie.