Chapitre 38
Un couple séparé vend son appartement... car ce n'est plus un foyer.
(Pareja rota vende piso… porque ya no es un hogar)
Según el Instituto Nacional Colette de Estudios Inmobiliarios, vender una casa cuando te estás divorciando es facilísimo.
Lo complicado es vender el hogar.
Y aquí tengo que hacer una pausa y pensar en algo divertido porque se me ha hecho un nudo en el maldito estómago y no sé cómo seguir adelante con el dolor que siento.
Oliver estaba, por fin, en la fase de nuestra relación en la que nos dividíamos las cosas a partes iguales.
No sé cómo se divide una mascota, e imagino que por eso Nikki nos miraba muy mal desde hacía tiempo, y se escondía debajo de la cama por si nos daba por ir a buscar una motosierra.
Yo, por mi parte… estaba en otra fase. Una que, como dicen todas las estadísticas, lleva al desastre.
La tan conocida y nombrada Comisión Internacional para Arrepentimientos Inmediatos asegura que toda decisión que empiece con un «¿y si...?» termina inevitablemente con un «¿pero en qué demonios estaba yo pensando?».
Yo quería olvidarlo mientras seguía deseándolo.
Y no existe ninguna forma elegante de sobrevivir a esa contradicción.
Por ello, no diré eso de que debería haber hecho mucho más caso a los «te lo dije» de Amanda.
Porque debí hacerlo, pero ya sabes que hay cosas que no se reconocen ni ante el patíbulo.
Mientras Oliver volvía a subir nuestro piso al portal de ventas, con las mismas fotos que en su día le sacamos, yo aplicaba todas mis malas artes francesas para hacerme parecer la mujer más interesante disponible para una cita esa noche.
Y me empleé a fondo. Matrícula de honor en todo.
Si me aplicara el mismo cuento en todos los aspectos de mi vida seguramente… mi existencia, o subsistencia, no sería un auténtico desastre.
—Ya está —me informó Oliver, que había estado usando el ordenador en el sofá. Yo, para no estar demasiado cerca de él, por salud mental, básicamente, y para que mis hormonas no se pusieran a hacer volteretas, me senté en la mesa de la cocina.
—¿Y esta vez no piensas borrarlo? —pregunté, observando cómo le mudaba el rostro con mi sarcasmo.
Sé que recriminárselo nuevamente no tenía sentido, pero me apetecía hacérselo pasar un poco mal. También sé que después me arrepentiría de hacerlo, pero la satisfacción inmediata es la madre de todas las venganzas que luego acaban en un «lo siento» por tu parte.
—O vendemos la casa o no habrá forma de seguir con nuestras vidas.
Con nuestras vidas… por separado, le faltó aclarar.
«Nuevo tipo de dolor en el corazón desbloqueado».
—Claro, —corroboré, mientras me ardían las entrañas a fuego lento—. Porque no existe otra manera de hacerlo…
—¿Se te ocurre alguna?
Unas cuantas, la verdad. Pero, por supuesto, no iba a decirle que recomponer nuestro matrimonio y volver a querernos era la primera que se me venía a la cabeza.
Y que la segunda era dejarlo todo como estaba y ver qué pasaba, fingiendo que nunca habíamos dejado de querernos.
La tercera, irnos de vacaciones como mochileros.
Incluía una playa, una botella de vino y ninguna conversación seria, para dejar que los paisajes exóticos que nos llenaban las retinas con sus imágenes hicieran el resto.
La cuarta llevaba asociada el alcohol en cantidades indecentes.
La quinta… subía la apuesta a drogas más duras.
La sexta empezaba exactamente igual, pero acababa sin ropa.
La séptima...
La séptima ya no era apta para todos los públicos. Porque todos los finales de la séptima terminaban con Oliver en la cama, entre mis piernas, llenándome con su carne prieta.
—Te mantendré informado por si a mi cerebro de chica francesa acomodada y tonta se le ocurre alguna.
Me miró como si quisiera asestarme un golpe con el ordenador y se lo hubiera pensado mejor sabiendo que era su medio de trabajo.
«Tiene la cabeza mejor amueblada que tú. Sabe perfectamente que puede acabar en chirona. A ti, por otra parte, no te asusta una noche en un maldito calabozo».
—Gracias por recordarme por qué hemos llegado hasta aquí.
Sí, dolía mucho saber que tenías una gran parte de culpa de que tu matrimonio hubiera terminado siendo un auténtico fracaso.
Me había ido dando cuenta a lo largo de la separación, pero todavía no había podido verbalizarlo delante del espejo, delante de Amanda…
y ya ni te cuento delante de Oliver. Hay cosas que es preferible quedarse para una, aunque te deshagan los órganos por dentro como un ácido la mar de corrosivo.
—¿Y por qué lo hemos hecho?
«Tozuda hasta la saciedad. No eres capaz de decírselo tú, pero quieres que te lo eche en cara él. Bien, pues siéntate y disfruta del espectáculo».
—Porque nunca has superado el haber dejado tu vida atrás por un hombre que, según todas tus estúpidas estadísticas, vale menos de lo que arriesgaste al casarnos en Las Vegas.
«¡Oye, que las estadísticas no son estúpidas! Y lo demuestra a la perfección el estudio de estadísticas no estúpidas. Instituto Nacional de Estadísticas no estúpidas de Colette, para ser más exactos».
Estoy convencida de que alguien ha estudiado esto, pero con otro nombre.
Y, si la ciencia todavía no lo ha investigado, va con retraso.
—Lo de Las Vegas fue muy divertido… —defendí ridículamente nuestro amor poniendo como ejemplo el momento más estúpido que habíamos vivido. Pero en el que me había declarado que me amaría para siempre.
—Prométeme una cosa —recordé que me susurró en nuestra boda, tras ponerme el anillo en el dedo. Ese que yo tenía guardado en un cajón. Ese que no sabía si su pareja homóloga había ido a parar a una casa de empeños.
—¿Qué cosa? —pregunté yo, sabiendo perfectamente que le iba a decir que sí a todo el resto de mi vida. Era una pregunta que, entonces, sobraba entre nosotros. ¡Qué equivocada había estado!
—Que, aunque un día dejemos de estar de acuerdo en todo, nunca dejaremos de elegirnos.
Elvis se había equivocado por tercera vez pronunciando mi apellido, había desafinado en dos canciones y olía sospechosamente a bourbon barato.
La peluca le iba grande, al igual que el disfraz, y en cualquier momento podría haberse caído del altar y haberse roto la cadera, ya que muy joven no se le adivinaba.
Y, aun así, fue el instante más bonito de toda mi vida.
Era una pena romper las promesas. Tinder era la prueba de que habíamos decidido elegir a cualquiera menos a nosotros mismos.
—Y también una locura.
Su respuesta a lo de nuestra boda en Las Vegas me trajo al momento presente. ¿Por qué seguía teniendo esa capacidad inhumana de hacerme daño con un par de palabras?
—¿Nos habría ido mejor si lo llegamos a hacer en una iglesia, vestida como Dios manda, y con mis padres de nuestra parte?
—Lo de tus padres habría ayudado mucho.
«Y lo sabes».
Y sí, lo sabía. Pero no servía de nada regodearse en ese tema. Eso también lo sabía.
La respuesta había sido áspera y seca. Pero total y absolutamente cierta. Si hubiéramos tenido más apoyo, si no hubiera estado tan lejos, si a veces no hubiera sentido tanto resentimiento…
«Sí, Colette. Admítelo. Oliver te dejó. Fue quien dijo el primer no. Pero tú… tú llevabas muchos “no” antes de ese».
—¿Y ahora…?
—Ahora dejamos que alguien quiera comprar nuestra casa antes de seguir rompiéndonos dentro de ella. Hay casas que dejan de ser un hogar mucho antes de ponerse en venta.
Lo peor era que tenía razón.
Porque hacía meses que aquella casa solo servía para guardar a dos personas que ya no sabían volver la una a la otra.
Se levantó y cogió la bolsa de deporte que tenía preparada al lado del sofá. Me había esforzado en que no me viera mirándola, porque cada vez que lo hacía estaba segura de que se me ponía cara de perro abandonado.
—¿Te vas?
Pregunta absurda. Pregunta innecesaria.
—Está claro que no avanzamos si seguimos viéndonos las caras todos los días. ¿No te parece?
Eso estaba claro porque no avanzábamos en la misma dirección, sino que éramos dos trenes que, si se despistaban, colisionaban y dejaban un montón de llamas y destrucción a su paso.
—Está claro. —No iba a quitarle la razón cuando la llevaba, aunque se me ocurrieran un montón de réplicas graciosas, y dolorosas, que hacerle—. ¿Y a dónde vas?
—Un amigo me ha hecho un hueco en su apartamento.
Cerré los ojos con fuerza a pesar de decirme a mí misma que no tenía que dar señales de debilidad.
Toda la perfección que había estado usando en el móvil, tramando mi magnífico plan, se me escapó de entre los dedos como el aire que sopla en la calle. No sabía qué iba a hacer… pero había que hacer algo.
—¿Un amigo… o una amiga?
—¿Necesitas ese dato?
Sí.
Pero negué con la cabeza.
—No.
Volví a hacer el gesto.
Mentira.
Necesitaba saberlo. Necesitaba que fuera un amigo. Necesitaba que siguiera habiendo un lugar en el mundo donde Oliver no estuviera empezando otra vida sin mí.