Chapitre 37
Si une porte se ferme... vous vous retrouvez enfermé.
(Si una puerta se cierra... te quedas encerrada)
Pasaron… ¿cuánto? Un mes, tres semanas, dos días y cinco horas.
Amanda habría dicho que aquello era material para uno de sus podcasts. «Cómo convertirte en la acosadora emocional de tu ex sin salir de casa». Episodio uno. Duración: un mes, tres semanas, dos días y cinco horas. Y contando.
No, no llevo la cuenta, pero en algún momento puse un cronómetro en el móvil, y lo dejé correr. En verdad, lo hice al poco de percatarme de que era una soberana imbécil, y quería saber cuánto tiempo tardaba en quitárseme la cara de estúpida y dejar de sentirme humillada.
Y lo miraba unas treinta veces al día. Una persona perfectamente equilibrada, vaya.
No, no llevaba la cuenta. Lo puse para demostrarme que aquello se me acabaría pasando. El cronómetro hizo su trabajo. Lo que nunca llegó fue lo de que se me pasara.
Lo único que pasaban eran los segundos.
Ese fue el tiempo que tardé en volver a ver a Oliver, no el que pasó para que se me quitara la cara que estás imaginando ahora mismo.
Podía decirse que vivía en el piso, pero se las apañó milimétricamente bien para no coincidir conmigo en ningún momento.
No dormía allí, al menos de noche. Imagino que lo hacía por la mañana, porque la cama me la encontraba hecha de otra manera cuando regresaba de trabajar.
A veces había algún resto de comida en la nevera, o encontraba su toalla colgada de una forma diferente, y húmeda.
Su ropa aparecía y desaparecía en el armario, y aunque yo no lo vigilaba, mentira cochina y lo sabes, sabía perfectamente la ropa que llevaba puesta ese día.
¿Me había convertido en una acosadora de mi propio exmarido?
Posiblemente. Aunque técnicamente seguía siendo mi marido, así que no sabía qué legislación aplicaba.
Pero de alguna manera tenía que matar las horas muertas, con todo el piso para mí y para Nikki, y un cronómetro que no dejaba de recordarme que habían pasado… ¡Merde! Demasiado.
No miraba sus estados de WhatsApp, salvo dos o tres (mil) veces al día; no espiaba sus redes sociales, sino cuando me acordaba de que existían, con cada puta notificación en el teléfono; no pensaba en él… aunque no hacía otra cosa todo el maldito tiempo.
Según el Instituto Amanda de Estudios Poco Serios, una persona deja de estar obsesionada cuando consulta el perfil de su ex menos de tres veces al día. Yo ya había suspendido antes del desayuno del tercer día. Se encargaba de recordármelo… también todos los días.
Y el cronómetro siguió corriendo, un mes, tres semanas, dos días y cinco horas.
Pero nadie las contaba.
Ni siquiera yo.
Y lo digo con la cabeza alta, aunque sé que no me crees. Aunque sé que sabes que es una patraña.
En todo ese tiempo, quien me había sufrido había sido Amanda.
Y Amanda sostenía que el ochenta y siete por ciento de las rupturas mejorarían si existiera un botón que ocultara automáticamente al ex de todas las redes sociales durante seis meses.
Lo llamaba «la baja médica sentimental».
Yo habría firmado hasta un año. Mercedes se lo habría tomado un poco mal, seguramente, si llego a ausentarme tanto tiempo en la empresa.
Me pilló en el baño, sentada en el inodoro. Por ello, en verdad, los segundos que marcaba el cronómetro cuando se abrió la puerta fueron pasando hasta convertirse en un minuto. Y luego, dos. No hay forma más indigna de que te pillen unas prisas que cuando tienes las bragas bajadas en los tobillos.
Sí, me dio mucho miedo salir y encontrarme con el piso otra vez sin él.
No podía estar allí, preparando un magnífico discurso que soltarle a la cara y que, otra vez, no hubiera cara a la que soltárselo.
¿Y si había entrado a la carrera, había cogido lo imprescindible y se había marchado otra vez sin hacer ruido?
¿Podría enfrentarme de nuevo a ese momento de vacío?
La verdad: no quería. Pero tiré de la cisterna del inodoro. Esperé. Seguí esperando. Y, tras encomendarme a todos los santos que conocía, y en España había una barbaridad de ellos, abrí la puerta del baño y salí sin darme cuenta de que no me había lavado las manos.
Si Amanda hubiera estado allí, habría aprovechado para grabar otro de sus podcasts. «Errores que cometes cuando tu ex reaparece después de casi dos meses» . El primero: salir del baño sin lavarte las manos. El segundo: mirarlo como si siguieras casada con él. El tercero… todavía estaba por llegar.
¿Y si llevaba exactamente un minuto fuera de casa y ya volvía a echarlo de menos?
«A guionista dramática no te gana nadie».
Encontré a Oliver en la cocina, con el aspecto que sabía que iba a tener, porque sabía la ropa que faltaba en su armario.
Lo que no me esperaba era su nueva barba de varios días, su nuevo corte de pelo y su nuevo…
¿brillo en los ojos? Eran unos ojos que parecían haber descansado más que los míos. ¡Qué injusticia!
No te engaño si digo que esperaba que tuviera peor aspecto, casi tan malo como el mío. Llevaba todo ese tiempo sin dormir bien y me molestaba que él no pareciera haber padecido las mismas incomodidades.
Era una ley universal. Tu ex siempre parecía dormir ocho horas justo cuando tú llevabas dos meses sobreviviendo a base de café y ansiedad.
Nikki estaba a su lado, haciéndole la pelota.
Traidor. Tampoco es que hubiera podido echarle de menos, ya que seguramente habría dormido a su lado, le habría dado de comer de sus sobras y hasta habrían salido a pasear juntos alguna que otra vez.
La tutela de Nikki era otro de esos «asuntos pendientes» que no conseguíamos sacar de la lista.
Pero como la venta de la casa parecía que ya no estaba en ella…
—Hola.
Escueto, sencillo. Sí, una mierda, vamos.
Y da igual cuándo leas esto: verano, invierno, fin de semana o en lunes.
En el infierno también me vale. Que te saluden tan secamente después de estar un mes, tres semanas y todo lo que sigue sin ver a alguien, y que encima ese alguien sea tu marido…
Eso mismo, mi varonil y fantástico marido…
Aquí debiera apuntar eso de táchese lo que no corresponda, pero con Oliver, ya se sabe.
Hubo un silencio incómodo, y espero que no fuera solo para mí.
—Hola.
Yo no iba a ser menos. Digo… más. No me queda más remedio que hablar bien en francés porque estaba claro que estaba perdiendo práctica con el español. En casa, solo me comunicaba ya con Nikki y muchas veces lo hacía a base de ladridos.
—¿Cómo ha ido todo?
—¿Te refieres a todo en general o al hecho de cómo he ido viviendo sin saber si volverías a dejarte vez por aquí? O que estabas vivo, por otra parte. Es para no aburrirte con mis cosas.
Estaba claro que no era una buena manera de comenzar una conversación, pero no me daba la gana de callarme cuando me había hecho tanto daño. Teníamos tantos motivos para hacerlo… y no nos hacía falta ninguno, la verdad. Lo de partirme el corazón le salía de forma natural.
En España se decía eso de «a mal tiempo, buena cara».
Según el Ministerio Francés de Paciencia Lingüística, el noventa y cuatro por ciento de los extranjeros termina aceptando expresiones españolas sin entenderlas jamás.
Yo ya había dejado de hacer preguntas. Pero no pensaba ponerle buena cara ni de broma.
—¿Puedes contestar a la puñetera pregunta?
El tono de Oliver decía demasiado como para que la mujer que había compartido con él cama, comida y papel higiénico, no se diera cuenta de que algo malo lo estaba atormentando.
«Especifica que el papel higiénico no lo compartís usado, por favor».
—Ha ido. He tenido temporadas mejores.
—Puedo responder exactamente lo mismo si me hicieras la pregunta a mí.
Oliver tardó unos segundos en levantar la vista, como si no esperara que fuera a preguntárselo.
¿Era una invitación?
«Prueba a ver. No será la primera vez que te llevas una mala contestación de él y estás curada de espanto».
—Venga, a pesar de que eres tú quien ha impuesto esta especie de alejamiento… —y por ello te mereces todos los males de universo conocidos y por conocer— ¿cómo te ha ido?
—Para ser la empática de la pareja…
—Dejé de ser la empática de la pareja cuando esto dejó de ser una pareja.
Oliver, que no me estaba mirando en ese momento, hizo un gesto de asentimiento que quiso decir «punto para Colette».
—Tienes toda la razón. Y gracias por preguntar cómo me ha ido.
—Si vas a querer pagarme para que vayamos a empezar a llevarnos bien ya te digo que vas a llevarte muy mal conmigo. No tienes suficiente dinero en el banco para venir a comprarme ahora.
Tenía que reconocerlo, estaba muy enfadada. Muchísimo. Y angustiada. Y todos los terminados en «ada» malos que se te puedan ocurrir. Pero verlo allí... entero, respirando, en casa. Era un alivio. Uno muy injusto.
Saber que estaba bien a pesar de que habíamos tenido, ambos, temporadas mejores me reconfortaba de una forma tan estúpida que ni delante de un juez con la mano encima de una biblia lo habría reconocido. Pena de muerte para mí, por mentirosa.
Sentirlo allí… a pesar de que su corazón estuviera a una distancia equivalente a la de un satélite de la superficie terrestre. Mis noches habían sido eternas, y esperaba que sus días hubieran sido exactamente iguales, de lo lejos que había estado y me había sentido de él.
No sé cómo explicártelo mejor, pero había sido la peor época de mi vida.
Pensé que estar sin verlo me ayudaría a olvidarlo.
Resultó exactamente al revés. Lo único que había conseguido era que no dejara de pensar en él ni un solo momento.
Si era la única de este binomio que se sentía así…
lo aceptaba con resignación. Estaba claro a esas alturas que me iba a resultar muy complicado olvidarme de Oliver…
porque no había aprendido a dejar de amarlo.
Cuanto menos aparecía, más sitio ocupaba.
Estaba segura de que pensar en alguien más de cien veces al día ya podía considerarse deporte de competición. Yo iba camino de clasificarme para unas Olimpiadas.
Lo observé durante un largo rato, mientras duró su silencio.
Seguía estando tan estupendo como siempre.
No sabía cómo lo hacía, o sí, porque se mataba ejercitando todos los músculos que yo también tenía…
y los que yo no tenía, más. Y, como ya te imaginas, me costó controlar mis hormonas, que pedían a gritos una tregua.
Según Amanda, el noventa y nueve por ciento de los ex mejoran físicamente justo cuando deja de importarte. Lo malo era que Oliver había decidido mejorar antes de que yo hubiera conseguido lo de dejar de quererlo.
—No he conseguido a los patrocinadores nuevos —me confesó, sin atreverse a mirarme a la cara.
Si Amanda hubiera escuchado aquella confesión, habría pausado el podcast justo ahí. «Atención, queridos oyentes. Acabamos de descubrir que el villano también sangra. No apaguen el episodio todavía».
Los patrocinadores que iban a darle el suficiente dinero como para poder comprar mi parte de la casa, para echarme de ella, y que yo me fuera a vivir con un montón de gatos y mucha comida precocinada en la nevera.
No lo había olvidado, aunque lo hubiera intentado.
En ese tiempo sin verlo había llegado hasta a pensar que había conseguido a los patrocinadores, se estaba comprando una nueva casa y en cuanto la tuviera lista vería cómo sus cosas iban desapareciendo poco a poco de nuestro pequeño ex nido de amor.
Había pensado en un millón de posibilidades alternativas, también, pero seguro que te imaginas tú alguna más que yo y no hace falta que te las enumere para no hacer este capítulo más largo.
«Y, la más importante, querida: que estaba compartiendo piso con otra».
Un dolor punzante me atravesó el pecho y aparté ese pensamiento.
Amanda decía que el cerebro abandonado nunca fabrica una hipótesis razonable. Solo produce catástrofes en alta definición. El noventa y cinco por ciento eran mentira y podían entrar a formar parte de un guion de película de terror. El otro cinco por ciento... era el que daba auténtico miedo.
—¿Entonces?
Entonces.
Una sola palabra.
Y, de pronto, el futuro que llevaba casi dos meses imaginando dejó de existir.
Porque, a partir de ese momento, parecía que se cerraba una puerta que abría de golpe un millón de ventanas.
Y el viento que se había colado por esas ventanas se había metido por el hueco del escote de mi blusa, recorriéndome por entera en forma de escalofrío interminable.
Me habría gustado decir que fue como un contacto íntimo, una caricia, un intento de conocer todos los recovecos de mi cuerpo.
Pero no fue así. Fue duro, intenso y nada agradable.
Si había un refrán para eso en España… me daba igual, porque no necesitaba más en la cabeza.
Entonces…
Si no podía comprar mi parte...
Entonces.
—Vamos a vender el piso.