Chapitre 36
L'art de mentir.
(El arte de mentir)
—¿Se puede saber qué demonios estás haciendo con la venta del piso?
Entré en casa como alma que llevaba el diablo.
Después de estar dándole vueltas y más vueltas al perfil de Tinder de Oliver, Taurus para las amigas, me dio por entrar en el portal de venta de casas donde habíamos anunciado nuestro pequeño ex nidito de amor.
Pensar en lo que, supuestamente, nos ataba, había hecho que me replanteara muchas cosas.
¿Estaríamos llevándonos mejor si no viviéramos juntos?
¿Nos habríamos echado de menos? ¿Tener menos tensión económica nos habría ayudado a gestionar mejor nuestras diferencias?
La casa era un problema.
Los dos viviendo en esa casa éramos un problema.
Y para mi desagradable sorpresa, al entrar en la web de venta de pisos, no lo encontré.
Según el Instituto Internacional de Divorcios Complicados, el noventa y dos por ciento de las parejas asegura que lo peor de una separación no es repartir los recuerdos, sino decidir quién se queda con la cafetera, el sofá...
y la vida que habían imaginado dentro de esas cuatro paredes.
El ocho por ciento restante todavía sigue discutiéndolo por WhatsApp.
Al parecer, lo de repartirse la casa no era tan complicado.
Pillé a Oliver en plena sesión de entrenamiento, esta vez con el miembro bien guardado dentro de los pantalones. Tras un leve rictus de estupor, me hizo un gesto disimulado con la mano para indicarme que la conversación, o mejor la bronca que quería echarle, tenía que esperar.
Pues bien, si eso era la que quería, no pensaba dejarlo escapar.
Acaparé el sofá, me crucé de brazos y piernas, y me dispuse a acosarlo con la mirada para que aquello se le hiciera lo más incómodo posible.
Solo pretendía… ¡por Dios… et par tous les démons !
No podía ser que nuevamente lo estuviera devorando con la mirada mientras estiraba y contraía todos sus malditos músculos.
Había mujeres capaces de mantener una discusión mirando a los ojos. Yo tenía la desgracia de discutir mirando abdominales. Estaba claro que mi dignidad hacía abdominales bastante peores que los suyos.
Tiré de móvil para distraerme, pero volví a recordar el motivo por el que había entrado en la casa hecha una furia y se me pasó el calentón.
—¡Se acabó! —grité a la vez que cerraba de un golpe seco el portátil y salía volando la webcam que tenía sujeta a la pantalla con una pinza—. Vas a darme todas las explicaciones ahora mismo.
—¡Qué diablos haces, loca? Esto paga las facturas. Te recuerdo que tenemos una hipoteca…
—Hipoteca que podríamos haber liquidado ya si la casa se hubiera vendido. Pero ¡oh, sorpresa! ¡No está a la venta! ¿Qué estás haciendo?
Vi a Oliver enfurecerse como podría haberlo hecho Hulk, pero no se puso verde ni rompió la ropa ni nada de eso.
Se le hincharon las venas, eso sí, y respiraba tan fuerte por la nariz que parecía que fuera a intentar quedarse con todo el aire del salón dentro de los pulmones.
Egoísta hasta con el maldito aire. Un Hulk de mierda, lo sé, pero es mi mierda de Hulk.
«Deja de pensar en Oliver como una propiedad. Tuya es la ropa que te cabe en la maleta, rêveur stupide ».
Y eso explicaba por qué necesitaba urgentemente cambiar de psiquiatra… si hubiera tenido uno.
Sí, lo de soñar despierta se me daba de fábula.
—No estoy seguro de querer vender el piso, eso es todo.
En España se decía que el que parte y reparte se lleva la mejor parte.
Oliver había decidido ahorrarse la primera mitad del refrán.
—¿Todo? No te equivoques, eso no es todo, y no es una decisión que puedas tomar tú de forma unilateral. ¡Te recuerdo que la casa es de los dos!
—Estoy buscando la manera de pagarte tu parte y quedarme con ella. Llevo semanas tratando con varios patrocinadores, y si consigo los contratos podré pedir un nuevo préstamo y…
—¿Y? ¿Y? —repetí—. ¡Venga, dilo! Ten narices y dilo. ¡Echarme de mi propio hogar!
—No te pongas melodramática. Con ese dinero podrás empezar una nueva vida.
Quizá un negocio propio, buscar un pisito que te convenza y te dé más libertad para tener tus…
tus… citas. Esos escarceos que seguro que te tientan.
¡No sé! Hacer las cosas normales de una mujer de tu edad que acaba de separarse.
Resulta curioso que todo el mundo crea, y en especial mi marido en ese momento, que los problemas sentimentales se solucionan con dinero. Según el Banco Mundial de las Malas Ideas, abrir una cuenta corriente nueva reduce exactamente cero el número de veces que echas de menos a alguien.
Y ese alguien iba a ser siempre él.
—¿Ganchillo, por ejemplo? ¿Llenar el piso de gatos que me devorarán en cuanto me quede dormida? ¿Te estás escuchando? Si hasta ayer me habías propuesto cenar juntos, aprovechando la coyuntura de que la mandita app nos había metido a los dos en el mismo embrollo.
—Me pareció que era una buena manera de intentar llevarnos bien, aunque solo fuera por una vez.
—Y yo que pensé que lo nuestro…
—¿Qué nuestro, Colette?
O sea, se había sentido ofendido por haber quedado conmigo, porque seguía intentando rehacer mi vida cuando él hacía una barbaridad que había rehecho la suya, ¿o de qué iba eso?
Lo nuestro debía de haber sido eterno. Lo nuestro era despertarnos por la mañana y comernos los labios hasta quedarnos sin tiempo para tomarnos ni un mísero desayuno.
Lo nuestro era mirarnos a los ojos y adivinar lo que iba a decir el otro antes de que su boca tuviera a bien hacer el esfuerzo. Lo nuestro…
Lo nuestro era dejar enfriarse el café porque siempre encontrábamos algo mejor que hacer.
Lo nuestro lo era todo y no era absolutamente nada. ¡Por su culpa!
—¡ Condamner , Oliver! ¡Lo nuestro! Venía ahora a casa con la intención de decirte que te aceptaba esa jodida cena, que daño no nos iba a hacer pasar tiempo juntos sin discutir, charlando de nada y todo. Quizá me habría envalentonado con el vino y habría acabado diciéndote que todavía te quiero…
A Oliver se le fueron a salir los ojos de las órbitas casi al mismo tiempo que a mí me entraban unas enormes ganas de vomitar de los nervios.
¿Por qué me avergonzaba decirlo en voz alta?
No debiera importarme incomodar a mi ex.
Si no llego a salir corriendo la noche anterior, muy probablemente esta mañana habríamos despertado con los miembros entrelazados en una cama revuelta.
Me conocía. Lo conocía. Habríamos tenido sexo y él lo sabía también.
Nos habríamos arrepentido, o quizá no. Habríamos jurado que sería la última vez…
y ambos lo estaríamos diciendo con los dedos cruzados en la espalda, sabiendo que era una gran mentira.
Con esa maldita mirada de Oliver no podía luchar. Me dolía demasiado.
—Colette…
—Me da igual lo que vayas a decirme. No has puesto la casa en venta.
Tienes sexo sin compromiso con cualquier mujer que no te importe.
Habrías acabado anoche estrechándome entre tus brazos, cogiéndome la cara con ambas manos y robándome un millón de besos.
Chéri , anoche habrías dicho te quiero justo después de decírtelo yo.
Me da igual lo que gesticules ahora. Porque nos conocemos demasiado bien. Es un hecho. Y eso también lo sabes.
«Ya está. Lo has dicho. Ya no puedes volver a esconderlo debajo de ninguna alfombra».
No había estado nada mal como discurso. Se me habían erizado todos los pelos del cuerpo. Me temblaban las piernas y el estómago se había mudado a otra parte de mi cuerpo que todavía no era capaz de señalar. Se me había escapado una lágrima, o quizá dos. Se me había quebrado la voz…
Dicen que las estadísticas nunca mienten. Ojalá existiera alguna capaz de calcular cuántas veces dos personas dejan escapar la misma oportunidad por orgullo.
Sí, había sido un discurso estupendo, el mejor de mi vida. Pero quizá debí pronunciarlo treinta segundos antes, cuando Oliver todavía estaba en el salón, de pie, mirándome.
Lástima que el único espectador ya se hubiera marchado.
Pero ¡ya ves!, tras pronunciar mi nombre no había tenido el valor de quedarse y terminar la conversación. Había cogido las llaves de casa y había cerrado la puerta tras sí.
Y yo había soltado mi discurso mirando el aire que ocupaba ahora el hueco donde había estado su cuerpo, sin él, soltando lágrimas y con la voz rasgada de dolor.
«Nunca más, Colette. Nunca más».
Lo malo de los «nunca más» era que casi nunca hablaban del pasado.
Siempre intentaban convencerte del futuro.
Aquella frase empezaba a sonar menos como una promesa... y más como una súplica.