Prohibido hacer match con tu ex Chapitre 35
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Chapitre 35

D'un bout à l'autre.

(De un extremo a otro)

—Nunca más, y cuando digo nunca más…

Según el Observatorio Internacional del «Nunca Más», el noventa y seis por ciento de las personas que pronuncian esas palabras, repiten exactamente la misma tontería antes de que acabe el mes. El cuatro por ciento restante todavía no ha tenido oportunidad porque aún no ha terminado el mes.

Hablamos más de esto el día treinta, con mejores datos y más contrastados.

—Sí, profe. Esta respuesta sí que me la sé —soltó la muy malvada, levantando la mano como si estuviera en una clase de primaria. Le comía el ansia viva por responder. La habría fulminado—. Cuando…

—¿Quieres…?

—…Dices nunca más es nunca más jamás de los jamases —me interrumpió Amanda, imitando mi porte a la hora de intentar ser de lo más digna en la situación más humillante de todas. Lo de burlarse de mí aparecía como plato principal en su menú del día.

Las estadísticas son claras: un «nunca más» dura exactamente hasta que aparece otra mala idea con buena presentación.

Me brotó el tic del ojo, ese que hacía años que parecía dominado.

—Me vas a tener que pasar tus apuntes. Esos donde tienes descrito lo de «cómo deshacerse de un cadáver, versión para torpes o novatos en la materia».

Amanda se habría partido de risa si no llega a ser porque a mí no me hacía ni puñetera gracia lo que había pasado la noche anterior.

—Si es para deshacerte de mi cadáver, preciosa mía, permíteme decirte que no soy tan estúpida. Y que no eres tan mañosa para conseguirlo a la primera.

«Y que no entenderías lo que pone. Tiene una letra horrible tipo médico repartiendo recetas».

—Creo que ahora mismo quiero deshacerme de varios.

Penosa.

Pasé la regadera sobre otra de las macetas de las que me estaba ocupando en el invernadero y la vacié sobre la tierra, sin fijarme si la planta en cuestión era de mucha o poca agua.

A veces, o te adaptabas a la cuidadora que te había tocado o era mejor que te pudrieras o secaras, según criterio.

A esas alturas ya no distinguía entre una suculenta y un nenúfar.

Si sobrevivían, era por puro instinto de conservación.

La selección natural iba a hacer horas extra aquella mañana, y yo tenía gran parte de la culpa.

—De verdad que lo siento mucho, Colette —se disculpó por decimoquinta vez.

Y no me faltaban motivos para pensar que estaba siendo del todo sincera, pero no me daba la gana perdonarla—.

De todas las putadas que podía hacerte, esta es la que más lejos estaba de pasarme por la cabeza.

En serio que le vi buena planta, fue simpático y…

—¿Por qué te crees que me enamoré de Oliver la primera vez si no fue porque es un tío bueno, amable y alegre que sabe ganarse a las mujeres?

Estaba claro que el algoritmo de Tinder no se había equivocado conmigo. Quizá… con él, tampoco. Pero la vida seguía, putadas aparte.

—Lo de buen tío… vamos a dejarlo macerando —comentó, sabiendo que no podría ponerle pegas a su argumento. Como el vino malo, pensé. Mucho tiempo en botella y sigue dando dolor de cabeza—. Pues sí, eso mismo hizo conmigo anoche.

—Pues ya sabes que Oliver ligó contigo y caíste —le dije, siendo cruel, pero muy directa y sincera. Había caído ella, y no yo. Yo, desgraciadamente, solo fui una mandada. Y, probablemente, también habría picado en el anzuelo del perfil de Oliver, pero no había necesidad de reconocerlo en voz alta.

Según un estudio completamente inventado por mí en ese mismo instante, Oliver tenía un porcentaje de éxito preocupantemente alto con mujeres poco inteligentes, lo cual hablaba muy mal de nosotras dos.

Me encantó la cara de asco que puso Amanda cuando comprendió que era cierto. Su archienemigo la había engañado. Y ella, a pesar de todo, había sido seducida por el tío que se pajeaba delante de su ordenador con sus alumnas y que consideraba que eso no era tener sexo.

—Un error lo puede tener cualquiera —se excusó, echando balones fuera.

Política me había salido la niña. «Lo lamento mucho, no volverá a pasar» mientras sostienes un rifle para sacarte una foto delante de un elefante que había tenido días mejores—.

¿Me vas a contar qué pasó después o me lo voy a tener que imaginar?

Era sábado por la mañana, me habría encantado decir que podía haberme quedado en la cama, pero Mercedes nos había pedido que nos acercáramos al vivero para adecentar las plantas un poco, ya que estaba haciendo mucho calor y se podían morir por inacción de sus cuidadoras.

Por eso, no me dio vergüenza reconocer que la noche anterior me había bebido dos copas de un vino muy malo que teníamos en la nevera, que ninguno de los dos reconocería jamás que habíamos comprado, y que me había quedado dormida entre lágrimas en la cama.

Hasta que me despertó Mercedes para pedirnos que fuéramos a trabajar esa mañana.

Ni rastro de Oliver. Si durmió en el sofá, en la cama o no pasó por casa, daba igual. Cuando me levanté, no estaba. Y lo agradecí enormemente, porque me habría sido muy difícil enfrentarme a él con el dolor de cabeza que me había producido tomarme el vino sin haber cenado absolutamente nada.

Mercedes nos llevó una cafetera italiana con café hasta los topes, porque se imaginó, por nuestras pintas, que ninguna de las dos había dormido demasiado bien.

—¿Juerga un viernes noche? —nos preguntó al vernos llegar, con gafas de sol y poca sonrisa. Yo, al menos, tenía una buena excusa. No pensaba preguntarle a Amanda por la suya… al menos de momento—. ¡Cómo se nota que no tenéis hijos a los que cuidar!

Habría estado bien recordarle que tampoco se podía poner a beber estando en avanzado estado de gestación de su quinto hijo, pero ella mejor que nadie sabía las cosas que se podían hacer y no hacer en un embarazo.

Como lo de comer jamón o acercarse a los gatos.

Y, por el peso que había cogido en ese último, estaba claro que ya le importaba bastante poco lo de mantener la silueta y la vida sana.

—Eso mismo —respondí sin quitarme las gafas, debido a la fotofobia—, pero no la juerga que te piensas. Alguien trató de envenenarme anoche, y no estoy segura de no haber sido yo.

—¡Amanda! ¿Qué le has hecho a la pobre muchacha?

—¿Con el brebaje que se bebió? No es mi culpa. Me responsabilizo de concertarle una nueva mala cita, lo de siempre.

Ambas resoplamos. Mercedes puso los ojos en blanco.

—¿Ninguna de las dos piensa escarmentar?

En España siempre decía que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Yo empezaba a sospechar que algunas mujeres podíamos montar directamente una urbanización encima de la primera piedra.

—Yo sí.

Las dos me miraron con ojos rasgados, sabiendo que mis mentiras no se las creía nadie.

Según mis cuentas, en nada volvería a estar metiendo la pata otra vez.

Las estadísticas no mienten y menos cuando se trata de argumentar mi mala suerte.

Según el Instituto Francés para Mujeres con Muy Poco Amor Propio Temporal, una de cada una acababa reincidiendo.

Yo representaba perfectamente la muestra.

—Eso dice ahora, pero dale unos días hasta que se le pase la resaca.

—Quizá hay que buscarle chicas en vez de chicos.

Me atraganté con el café.

—Pues no me parece una mala idea. Así sería imposible confundirse con…

—Déjalo estar si no quieres recibir un buen mamporro.

No tenía nada en contra de salir con chicas…

salvo por el pequeño detalle de que me gustaban los hombres.

Rarezas de una, ¡qué se le va a hacer! Mejor me iría con una chica educada y sensible a mi lado, probablemente.

Y, como decía Amanda, así no sería posible que volviera a caer en las garras del perfil de mi ex. Pero me gustaban los hombres…

¡Mierda, me gustaba Oliver!

Según el Barómetro Europeo del Tropezón Emocional, volver a ilusionarse con el mismo idiota es mucho más frecuente de lo que cualquiera reconoce delante de sus amigas.

Enfadada como pocas veces había estado después de mi separación, me enfurruñé y no quise seguir hablando.

Intercambié monosílabos con ambas y, en cuanto pude, cogí mis cosas y me marché a casa.

Ya había ahogado suficientes plantas por un día, y necesitaban que las otras les hincharan los flotadores a medida para no morir en plena ola de calor.

Si Mercedes llegaba a hacerles la autopsia, acabaría acusándome de homicidio vegetal en primer grado. Total, todavía no podían acusarme del homicidio de Amanda porque no lo había llevado a la práctica.

Por el camino, mientras me arrepentía de mis instintos asesinos descargados sobre unas pobres plantas, no acepté las dos llamadas que me hizo Amanda.

Sabía que tenía que estar disgustada por lo que había pasado y no quería descargarme con ella.

No se lo merecía. Al fin y al cabo, Oliver era encantador y…

¿Y?

Me senté en un banco, a dos pasos de mi piso. Saqué el móvil y abrí la aplicación de Tinder.

Los expertos aseguran que cerrar una aplicación es cuestión de un segundo. Abrirla de nuevo también. Lo verdaderamente complicado es cerrar una historia cuando la otra persona sigue viviendo al otro lado del pasillo.

Encontré la conversación con Oliver en un momento.

«¡Qué curioso! Tardaste menos en encontrar su chat que en encontrar un motivo para dejar de quererlo».

Era la segunda conversación en la aplicación.

Alguien más había tratado de contactar conmigo, pero ni Amanda ni yo habíamos contestado.

Justo debajo de esa, vi la foto de un mentón muy masculino con un poco de barba.

Un cuello musculoso, un hombro bien definido, una camisa elegante.

Se hacía llamar Taurus. Sabía que… que le iba bien lo de toro.

Entré en su perfil. Me encantaron sus fotos. Todas. ¡Maldita sea! Absolutamente todas.

Leí la descripción que hacía de sí mismo: «Hay muchos por aquí que se definen como “chicos solteros que buscan”. Yo, soy un hombre que encuentra».

Encontraba, sí.

Mi paciencia.

Mis nervios.

Mis ganas de besarlo.

Y, sobre todo, la manera exacta de desmontarme en cuatro palabras.

¿Podía odiarlo más? ¿Podía conseguir que fuera a caer una y otra vez en sus redes?

Sí, podía.

Tenía que recordarme lo que me había dicho Amanda ayer.

¿Qué había de malo en acostarse con un tipo que estaba bueno, era simpático y, además, daba la casualidad de que también era guapo?

Pues… imagino que nada, salvo que se diera también la circunstancia de que era tu ex y que estabas intentando olvidarte de él.

Porque estaba claro que, solo… lo estaba intentando.

Era muy difícil olvidarse de Oliver cuando, ¡por todos los demonios!, lo seguía queriendo.

¿Qué habría pasado si llego a aceptar su invitación para cenar? ¿Lo habríamos pasado bien, rememorando viejos tiempos y sueños nuevos? ¿Habría caído él o habría caído yo? ¿Y por qué tenía que perder cualquiera de los dos cuando, estaba claro, seguía habiendo algo que nos mantenía unidos?

Y no, no me refiero a la casa.

Había visto algo en sus ojos. Algo… que me había dado miedo. Algo que quería y no quería. Algo que me torturaba cada vez que lo miraba.

Oliver había sido el hombre más especial de mi existencia. Y, por cosas de la vida, lo seguía siendo. A pesar de odiarlo… le quería.

Y eso explicaba muchas cosas.

Casi todas malas.

Porque el amor no entiende de divorcios, ni de orgullo… ni de sentido común.