Chapitre 34
Vérités en face.
(Verdades a la cara)
Amanda no solo había cruzado una línea. Clara, clarísima, de las que se ven en el espacio desde una estación o un meteorito a punto de estamparse contra el planeta. Había abierto una autopista de peaje, puesto iluminación, áreas de servicio y una gasolinera.
Incluso había un puesto de sandías en una furgoneta blanca, con una sombrilla de propaganda y un agricultor sentado en una silla de playa. Sandías a dos euros. Tiradas de precio.
Según el prestigioso Instituto Europeo de Amigas que se Pasan Tres Pueblos, el noventa y ocho por ciento de las frases que empiezan por «confía en mí» acaban con alguien queriendo esconderse debajo de una piedra.
El dos por ciento restante acaba en urgencias.
También, el mismo prestigioso instituto, decía que todos terminan necesitando abogado, psicólogo o ambos. Amanda aspiraba al pleno.
Amanda presidía aquello, me jugaba el cuello.
Estuvimos cosa de un minuto, como ese último maldito minuto de la lavadora que se hace eterno y más cuando tienes prisa porque llegas tarde al trabajo, mirándonos sin querer reconocernos a nosotros mismos la cagada monumental que acabábamos de cometer.
Tengo que reconocer que yo pasé de las ganas de llorar a las ganas de abofetearle en cuestión de microsegundos, pero no quise montar una escena allí en mitad de un bar.
O sí, quería. Pero no me atreví, porque en mi familia me habían enseñado a comportarme, a pesar de que la mayoría de las veces, con Oliver, se me olvidaban las formas.
Cuando por fin fui capaz de reaccionar, me giré sin mediar palabra y avancé a duras penas hacia la salida, esquivando otra vez a la multitud que me hacía de muralla.
Caminar muy deprisa con tacones cuando quieres huir con dignidad debería ser deporte olímpico.
Yo habría conseguido, como mucho, diploma de participación.
Si aquel era el plan maravilloso del destino para dejarme claro que mi separación iba a seguir siendo una parodia, había ganado.
No había nada que hacer contra las bromas macabras que algún ser sobrenatural se había propuesto gastarme, con la ayuda inestimable de Amanda.
Por supuesto, como no, no pensaba quitarle su falta de culpa hasta que no se demostrara, ante notario y un par de jueces y otros tantos curas, que estaba libre de todo pecado.
Y eso, viniendo de Amanda, era sencillamente imposible.
A lo mejor se libraba de la pereza como pecado, pero poco más.
Si el universo intentaba mandarme un mensaje, podía empezar por dejar de escribirlo con tanta mala leche.
Llegué a la puerta, me orienté a duras penas, y comencé a andar hacia casa.
—¡Colette, espera! —gritó Oliver a mi espalda.
Ni me apetecía esperar, ni me apetecía tener ningún tipo de conversación con él, y ni me apetecía otra cosa que no fuera que me tragara la tierra para escupirme en alguna aldea perdida donde pudiera desempeñar alguna labor humanitaria y nadie supiera de dónde había salido y qué era de mi vergonzosa vida.
Sobra decir que no me paré, pero que mi ex me alcanzó con rapidez porque su zancada era más larga y no llevaba tacones como artilugio de tortura.
—Quiero llegar a casa —le solté bruscamente cuando sentí que me cogía por el brazo para detenerme—, quitarme el maquillaje y olvidarme de que esto ha pasado. Y espero que tú hagas lo mismo y jamás de los jamases lo menciones, insolent.
No quería volver a mirarlo. Me moría de angustia por lo que acababa de pasar. Me faltaba el aire. Jamás me había sentido tan patética.
«¿Te tengo que recordar el momento en el que te dijo que no te quería? ¿O el que, tras acostarse contigo, dijo que jamás volvería a pasar? O…»
Creo que he pillado el concepto. Y tú… también.
No hagamos más drama. O, como dicen aquí, algo de leña del árbol caído.
No sé si lo estoy utilizando bien en este contexto, pero con una rama le partía la cabeza a Oliver y, con el resto, le prendía fuego en una pira como si estuviera despidiéndome de un vikingo.
—Tengo perfectamente claro que no soy la cita de tu vida, pero no permitas que una mala elección a la carrera nos amargue la noche.
«No eras la cita de mi vida. Eras el error administrativo de toda una existencia. Pero seguro que no tienes narices de decírselo. ¡Venga, ve y dile!»
¿Mala elección de una noche? Yo había elegido a ese hombre para toda la vida, no solo para una cita con previsión de un polvo como apaño de una mala noche en la que me pudo la rabia, otra vez, por ir a quedarme sola en casa mientras él salía a divertirse.
Yo había elegido a Oliver para ser el padre de mis hijos, mi soporte en los días malos y mi confidente en los días buenos.
Lo había elegido para la maldita salud y enfermedad hasta que la muerte nos separara.
¿Quedaba muy feo si se lo decía tal que así, en plena efervescencia del enfado?
¿En medio de la calle, con ganas de arrancarme los zapatos?
«Un poco dramático sí que queda, mon cher, pero no seré yo quien te quite las ganas de hacer una nueva tontería».
—Ibas a salir antes de que quedaras conmigo —tuve que preguntar, por pura necesidad—. ¿Qué pasó?
«¿Y eso qué demonios te importa a ti?»
—Le vino la regla —soltó, encogiéndose de hombros, como si tal cosa fuera un impedimento para tomar unas copas, picar algo y hablar tranquilamente con una mujer.
«Oliver no queda para hablar con las chicas; se acuesta con ellas. A ver si nos vamos enfocando en las prioridades de cada uno».
Me hirvió la sangre.
Amanda habría hecho un podcast especial de cuarenta y cinco minutos titulado: «Cómo descubrir que un hombre cree que la menstruación cancela automáticamente cualquier plan que no incluya mantita y chocolate». Cinco estrellas. Lo escucharía hasta Mercedes.
—No tienes vergüenza…
A falta de que me vinieran a la boca una buena cantidad de tacos, aquello era lo más original que pude decir mientras a Oliver no se le mudaba la cara.
—Espera, no seas mal pensada. Fue ella la que me dijo que no se encontraba bien y que prefería quedarse en casa comiendo chocolate y viendo una peli moña.
Habría estado bien creerle, pero no me dio la gana.
Todos los males podían ser atribuidos a Oliver en mayor o menor porcentaje, que yo de estadística iba sobrada, y aquel seguro que era un doscientos por cien culpa suya.
Incluso de que a la chica le hubiera bajado la regla a destiempo.
¿A quién no le había pasado en un planeado y deseado viaje al destino paradisíaco de su vida?
La menstruación siempre llegaba en el peor momento.
Aunque, en este caso… la había salvado de tener que aguantarle las gilipolleces a mi ex.
Las estadísticas son demoledoras. El noventa y nueve por ciento de las mujeres aseguran que la regla tiene un GPS emocional.
Siempre aparece cuando has reservado vacaciones, llevas ropa blanca o tu ex decide convertirse en un ser humano medianamente razonable.
El uno por ciento restante ya tiene la menopausia y no quiso contestar a la encuesta.
—Seguro que dijo eso después de saber que a ti lo único que te interesaba era que tuviera el agujero disponible.
«Borde hasta decir basta, petite harpie. Si te escuchara tu madre pedía un exorcista. ¿No puedes ser un poco más fina, aunque se trate de él?».
Ciertamente, no me reconocí en esa frase, pero ya era tarde para hacer como que no lo había dicho.
Existe otro estudio, financiado seguramente por mujeres muy hartas, que demuestra que el cien por cien de los hombres asegura que «no iba solo a eso» exactamente tres segundos antes de ir solo a eso.
—Tenía otros buenos agujeros que usar, pero te repito que ha sido ella la que ha preferido quedarse viendo una película —y al decirlo, me sonrojé nivel alemán tirado a la una de la tarde en una playa de Málaga—.
No me voy preocupando por los síndromes menstruales de las chicas que conozco para una noche.
Ya bastante tenía con aguantar los tuyos.
«¡Zas en toda la boca!»
—Por suerte ya no tienes que soportarlos.
O quizá, sí, porque aquella perreta contenía mucho de síndrome premenstrual, aunque no tenía ganas de reconocerlo.
«Oliver no tiene pruebas, pero tampoco dudas».
—Ahora mismo podrías estar pasando por uno muy malo, y estoy teniendo que sobrellevarlo —soltó, leyéndome el pensamiento. ¡Cómo lo odiaba cuando hacía eso!
—No habría quedado contigo…
—¿Tú también te habrías rajado si llegas a tener la regla? ¿Eres otra de las que solo quiere sexo y, si no puede tenerlo, se queda en el sofá? —soltó, lanzando contra mí los mismos argumentos que acababa de esgrimir en su contra.
—¿Quién ha dicho que solo quiera sexo? ¿Y quién ha dicho también que no pueda tenerlo porque me haya venido la regla?
Creo que la conversación había llegado a un punto muerto, donde los dos nos habíamos dejado un poco la garganta gritando en medio de la calle. Respirábamos de forma acelerada y hasta Oliver tenía pinta de estar un poco, solo un poco, avergonzado por la conversación que acabábamos de tener.
—Me alegra que hayamos llegado los dos a la misma conclusión y estemos de acuerdo —sentenció un rato después, con cara más risueña, cruzando los brazos—. No has cenado. No he cenado. No tenemos mejor plan, parece. ¿Qué nos impide que nos hagamos compañía en la barra de un bar tomando algo?
«¿De verdad el tonto de tu marido te está proponiendo una cita no cita porque no hay mejor plan de cita?»
Los expertos llaman a eso optimizar recursos.
El resto del mundo lo llama «ya que estamos».
Y, según el Barómetro Nacional de Decisiones Desastrosas, el ochenta y cuatro por ciento de los «ya que estamos» terminan con alguien llorando, firmando papeles sin leerse la letra pequeña o comprando un mueble de Ikea porque le gustó cómo sonaba el nombre dicho por la dependienta.
Nombre impronunciable, pero tú hiciste que lo grabara en un mensaje de WhatsApp para poder reírte un día de borrachera con tus amigas, cuando al sentarte encima del mueble se le rompan tres de las cuatro patas.
—¿Que nos odiamos, por ejemplo? —pregunté, no queriendo soltar lo que mi mente me estaba diciendo por lo bajo.
Que yo no debiera ser el segundo plato de nadie, a pesar de que ese primer plato era…
¡yo misma! Y que odiaba sobremanera el hecho de que se planteara cenar conmigo solo porque no había cenado y no tenía mejor plan.
Lo de aceptar el plan B de un ex nunca acaba siendo una buena idea, pero yo sabía que nadie razona bien cuando está enamorada.
Y yo… razonaba bien poquito.
Pero no pensaba caer. Esa vez, no.
Amanda siempre decía que donde hubo fuego quedan cenizas.
Mentira.
A veces quedan brasas. Y otras, bidones enteros de gasolina esperando una chispa. Y yo me había comprado un montón de esas cerillas largas que servían para encender barbacoas a distancia. Y un soplete.
—Ni tú me odias a mí —y levantó un dedo para llevarlo a mis labios y hacerme callar antes de interrumpirlo, porque lo vio venir como si hubiera compartido mi cama durante mucho tiempo—, ni yo te odio a ti. Simplemente… ya no nos queremos como antes.
«Maravilloso. Ahora resulta que el hombre que te rompió el corazón también viene a explicarte lo que sientes.»
Sé que la frase tenía que ser «ya no nos queremos, y punto», pero el muy malnacido quiso quedar bien hasta en ese momento. Te rompe el corazón, sí, pero con una puñetera camiseta que decía «Paz y Amor».
—Por supuesto, es imposible querer a un gilipollas creído como…
—Sobran los insultos, francesita.
—No sobran en este caso. ¡Ya está bien! Si tanto te podía apetecer cenar conmigo, ¿por qué no te quedaste en casa cuando tu cita te falló? ¿Por qué corriste a buscar otro plan alternativo? —Ahora que caía, yo era el tercer plato, ¡ni siquiera el segundo!
«Para algunas personas, el postre es el mejor plato».
Le habría escupido también a mi voz interior, pero estaba demasiado enfadada con Oliver y Amanda como para estarlo también conmigo misma.
—Colette…
—Ya te lo digo yo. Porque no te apetecía una mierda, mon cher mari. Precisamente por eso. Porque, si no, habrías dado media vuelta y…
—Te recuerdo que tú te estabas arreglando para salir también.
«¿Subes el punto para Oliver tú o lo hago yo?»
—Pero solo porque…
«¡Alto! Patético lo que estás a punto de decir».
—Solo… ¿por qué?
Oliver sabía cuándo podía tirarme de la lengua porque se me caían las palabras de dentro de la boca. Yo era de las personas a las que le salían subtítulos cuando intentaba no hablar más de la cuenta.
—Porque me daba una envidia infinita que tú tuvieras otra vez plan y yo me fuera a quedar nuevamente sola en casa viendo la tele.
«Sola, sola… no. Que tienes a Nikki y hace más compañía que muchas personas».
Siempre podía haber invitado a la señora Ofelia a jugar una partida de mus. Para que me enseñara a jugar, ya de paso, porque era una actividad la mar de intensa, por lo que había sugerido en su día el tal Benito.
Curiosamente, nadie habla de los celos del que ya ha decidido separarse.
Sin embargo, el cien por cien de las personas que siguen queriendo un poquito a su ex descubren, tarde o temprano, que son igual de ridículos que los otros.
La diferencia es que los propios siempre parecen perfectamente justificados.
¿Fue lástima lo que vi en los ojos de Oliver cuando no pude contener lo que mi verborrea mental vomitó en medio de la calle?
—La mayoría de mis citas son solo polvos.
Y ahí estaba el resumen de nuestra separación. Él coleccionaba noches y yo coleccionaba decepciones. Las estadísticas seguían sin estar de mi parte.
—La mayoría de mis citas ni siquiera debieran llamarse citas.
Según la Comisión Internacional para Repartos Injustos del Universo, cuando una expareja rompe, uno encuentra sexo con facilidad y el otro encuentra terapeutas, chocolate, aplicaciones de citas, mucha desesperación y tipos rarísimos. Adivina cuál me había tocado a mí.
«Tus citas son entrevistas de trabajo para un puesto que nadie quiere cubrir. Hablemos claro».
Me di la vuelta y me marché.
Oliver no me siguió.
Mercedes habría dicho que «más vale sola que mal acompañada».
El problema era que yo llevaba meses comprobando que sola… tampoco era ninguna maravilla.