Prohibido hacer match con tu ex Chapitre 33
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Chapitre 33

Qu'est-ce qui a rejoint un palmier en plastique...

(Lo que ha unido una palmera de plástico…)

Solo llegué un poco tarde, pero era lógico, teniendo en cuenta lo improvisada que había sido la cita. Creo que jamás había ido tan a la desesperada, salvo quizá aquella primera vez que me llevé al borracho a casa después de que vomitara en la acera.

Total, tampoco pensaba que fuera a pasar algo muy diferente que en el resto de las citas anteriores. O sea, nada de nada.

Según el Observatorio Europeo del Ridículo Personal, el noventa y dos por ciento de las frases «voy sin expectativas» acaban pronunciándose con un conjunto de ropa interior que no habría visto la luz un martes cualquiera. Y recordemos que era viernes.

El bar donde habíamos quedado estaba atestado de gente.

No supe decir si me gustaba o me incomodaba la idea, pero ya estaba allí y, como mucho, podía pedirle que cambiáramos de sitio si no encontraba un lugar para sentarme o teníamos que hablar demasiado alto para entendernos. Y eso era lo más probable.

Al fondo del bar, al lado de la palmera de plástico que había pegada a la pared de ladrillo visto, me había dicho Amanda que estaría mi cita.

O sea, que mi tío macizorro me había dicho, creyendo que hablaba conmigo y no con mi terrorífica amiga, que estaría allí, con una camisa blanca y una encantadora sonrisa, abrazado a la palmera de plástico.

¿No le servía con tocarla? De verdad de la buena, esperaba que no estuviera abrazado a ella como un vulgar borracho. Sí, como ese que me llevé en esa primera cita a casa. Tienes buena memoria. Gracias por ponerme en evidencia. Con suerte, no encontraría allí a Beni.

Borrachos de esos que estaban en mi lista y con los que se suponía que no iba a volver a tener ningún tipo de contacto.

Debería de haberme leído la conversación, por si habían intercambiado algún chascarrillo que luego me fuera a comentar. No quería que se me quedara la cara de haberme saltado un capítulo de una serie que estuviera viendo y hubiera dado un giro inesperado de última hora.

Por supuesto, la plataforma en cuestión tenía que ser Netflix, mi autor de libros favorito.

Sí, ironía. Sé que no te lo tengo que explicar, pero es por si también te perdiste algún capítulo de este libro y el chiste de la plataforma no te suena.

Me había hecho gracia lo de la palmera, tengo que reconocerlo.

Agradecí profundamente que no hubiera propuesto una contraseña del tipo:

—El águila vuela al amanecer.

—Pero solo los jueves.

Porque yo habría respondido cualquier cosa y habría acabado cenando con un señor de sesenta años que solo quería hablar de cetrería.

Y yo, para que me identificara, le había dicho de qué color iba vestida, cómo eran mis zapatos y que me había puesto una flor blanca, también de plástico, en el pelo. Por si quería abrazarla igualmente. O arrancármela con los dientes.

Me pareció una referencia bastante original. Muchísimo mejor que «llevaré una rosa roja», que ya solo falta que lo completen diciendo «y preguntaré por el señor Smith». Las películas han hecho mucho daño a las citas.

Amanda se rio cuando le dije que transmitiera esa descripción, mientras yo corría por la calle atestada de gente en aquel viernes que ya no era tan martes, con los zapatos más incómodos que se me había ocurrido ponerme.

—Está cañón —me aseguró mi amiga—. Parece muy simpático y tiene muchas ganas de tener un plan esta noche, igual que tú. ¡Es perfecto! No le he visto la cara, perdona por eso. En ninguna foto se le ve. Pero la mayoría de los perfiles de tíos suben más imágenes de sus abdominales que de sus ojos.

La Comisión Internacional para Arrepentimientos Inmediatos publicó un informe muy serio sobre las citas improvisadas. Concluía que cuanto menos tiempo tienes para prepararte, más convencida sales de que hoy sí puede pasar algo importante. Y también de que te has dejado el horno encendido.

Sabía lo de las fotos de los abdominales. Había estado ojeando muchos perfiles y solo un cuarto de ellos tenía alguna fotografía donde se le viera parte del rostro, y pocos el rostro completo. Por ello… yo tampoco tenía ninguna donde se me viera el mío. Como solía decir Amanda: al enemigo, ni agua.

Y el macho siempre era el enemigo.

«Mientras no suban fotopollas al perfil como reclamo publicitario…»

Empezaba a sospechar que Tinder tenía un límite máximo de imágenes de cara permitido por usuario. O que, simplemente, el abdomen era el órgano encargado de tomar las decisiones importantes. ¡Qué extraño! Siempre había imaginado que el órgano que lo tomaba en estos casos era el pene.

—Vale. Si es feo como pegarle a un padre, me debes una cena —la amenacé, ya que había sido ella quien me había cerrado la cita.

¿Con mi consentimiento? Cierto, pero eso no aplicaba si era feo a rabiar.

Podía perdonarla si estaba bueno y de cara era…

normalito. Y podía compensarlo con lo de simpático.

Pero ya sabía yo que mi lista de conquistas estaba llena de tíos raros y desesperados.

Y, además, pocos habían sido atractivos como para hacerme perder la cabeza.

—Y si es guapo y está bueno… te lo tiras. ¿Trato hecho?

Pensé en decir que sí, que firmaba el acuerdo. Pero una pequeña y escondida parte de mi cordura me gritó, desde el lugar donde se había arrinconado esa noche al verme hacer otra nueva tontería, que no se me ocurriera hacer ningún trato con Amanda. Siempre acababan mal, y las dos lo sabíamos.

—Ya lo veremos —me hice de rogar.

—Al menos, avisa cuando estés con él y dime que todo ha ido bien. Ya, si acabáis en la cama, me lo puedes contar mañana.

Estaba pensando en lo que había acabado respondiendo antes de despedirme de Amanda mientras avanzaba entre la gente del bar hacia la palmera de plástico.

Lo acertado habría sido decirle que no tenía ninguna intención de airear mis escarceos sexuales con ella, pero a estas alturas está claro que no te vas a creer que no acabaría soltando por mi boca todo lo que iba a acontecer esa noche.

Por suerte, la palmera llegaba hasta el techo y no tenía pérdida.

Yo, al ser bastante bajita, era incapaz de ver más allá de las tres o cuatro personas que tenía delante.

Fui disculpándome con todos a los que separaba en sus conversaciones para avanzar los pocos pasos que me distanciaban del fondo del bar, cuando me encontré con un enorme tiarrón, carne durísima de gimnasio, ataviado con una camisa blanca.

Estaba delante de la palmera, aunque no exactamente abrazada a ella. ¿Podía ser mi cita perfecta por fin?

Durante exactamente tres segundos pensé que Amanda había acertado definitivamente.

Tres segundos.

Según el Observatorio Francés del Drama Sentimental, es justo el tiempo medio que tarda una ilusión en estrellarse contra la realidad cuando interviene una aplicación de citas.

Fui a saludarlo cuando me di cuenta de que sí estaba abrazado a algo. O, mejor, a alguien. Una chica preciosa, vestida de forma excesivamente ajustada para mi gusto, tenía casi por completo la cintura rodeada por uno de sus fuertes y corpulentos brazos.

Si esa era mi cita, iba a ser un trío.

Y ni siquiera me habían preguntado si me apetecía participar. Muy feo por su parte. La educación sentimental estaba perdiéndose a una velocidad alarmante.

«Mira que Amanda tiene ideas raras, pero esperaba que avisara antes de añadir participantes extra al plan».

¿De verdad alguien podía pedir quedar con una mujer a través de una aplicación de citas para que le dieran ganas de matar indiscriminadamente después de burlarse de ella?

Una metralleta, un cuchillo afilado, un cortaúñas.

Cualquier cosa me serviría para cometer una masacre en aquel momento.

Miré a la pareja, valorando si me merecía la pena soltar la batería de insultos que se me estaban amontonando en la boca y que no sabía si conseguiría que escucharan con la música tan alta y la cantidad de gente que hablaba igual de alto.

Me toqué la flor y el tipo de la camisa blanca no parecía tener ni idea de quién era yo ni por qué lo miraba así de raro.

Su chica, por suerte, estaba hablando con una tercera persona, a su lado, y no se había dado cuenta de que me habían entrado ganas de sacarle los ojos con una cuchara en cuanto vi ese brazo alrededor de su perfecto cuerpo.

«Vas a matar a Amanda, y lo sabes».

El tío enorme se giró para besar a la chica, no me quedó muy claro si para darme a entender que ya tenía plan para esa noche y que no comprendía por qué lo miraba de una forma tan intensa o, lo más probable, para atraer la atención de la otra.

Al hacerlo, despejó un pequeño pasillo y pude ver el fondo del bar.

La pared de ladrillo, la palmera de plástico, una camisa blanca sobre un cuerpo bien proporcionado…

Y la cara de Oliver.

Me vio en el preciso instante en el que yo lo vi a él. Le mudó la cara, imagino, exactamente igual que a mí al entender lo que sucedía.

Él tenía la mano rodeando el tronco de la palmera.

Yo tenía en el pelo una flor blanca.

Estábamos los dos, uno frente al otro, en un bar que no quedaba demasiado lejos de casa.

Había quedado esa noche para intentar follarme a mi marido.

«Exmarido, no lo olvides».

Mi conciencia, puntualizando al segundo, siempre tan oportuna cuando menos falta hacía.

Iba a matar a Amanda; esa vez… no se libraba.

Y lo peor era que, si sobrevivía, sería capaz de convertirlo en el episodio especial de su podcast.

«Temporada dos. Capítulo uno: Cómo casi consigo que mi mejor amiga tenga una cita con su exmarido sin saberlo» .

Tendría millones de reproducciones. Y yo… antecedentes penales.