Prohibido hacer match con tu ex Chapitre 32
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Chapitre 32

Le dernier et on part.

(La última y nos vamos)

Una y no más. Era lo que me repetía mientras me probaba los zapatos delante del espejo.

Según la Comisión Internacional para Arrepentimientos Inmediatos, la frase «esta es la última vez» tiene exactamente la misma fiabilidad que «solo voy a mirar» al entrar en una tienda de decoración en rebajas.

En el noventa y cuatro por ciento de los casos, termina costándote dinero, dignidad o ambas cosas.

¿Rojos o rosas? No conseguía decidirme, igual que me costaba una barbaridad convencer a Amanda de que aquello no era lo que yo quería.

Porque, seamos sinceros, no estaba siendo nada convincente.

—Esta es la última vez que acepto una cita —le había asegurado, con la boca pequeña y sin mucha seriedad, a mi amiga.

Ella sabía cómo camelarme llegado el momento, por lo que no tenía sentido que insistiera demasiado en ello.

Caería otra vez, lo sabía. Pero, mientras tanto, el orgullo me impedía no decirme una y otra vez que tenía la suficiente personalidad y determinación como para saber imponerme a Amanda.

Pero la realidad era que mi lista de asuntos pendientes estaba llena y con anotaciones en los márgenes y no era capaz de ponerme al día.

Mi versión Dos Punto Cero era casi igual de pusilánime con esta cuestión como la uno punto cero.

Amanda había vuelto a liarme. O, si éramos fieles a la realidad, le había pedido que me liara.

Esa frase no te la esperabas, ¿eh? Muy digna yo, había asegurado que, aunque me pusieran un perfil mucho más acorde a mi personalidad, no volvería a quedar con nadie que viniera de una aplicación de citas.

Pero, de pronto, un viernes con pinta de martes, me acordaba de que estaba sola, de que seguramente el plan que me esperaba era estar tirada en el sofá viendo alguna serie mala, acariciando a Nikki bajo el hocico, mientras Oliver disfrutaba del inicio del fin de semana.

Y si el plan de Oliver hubiera sido precisamente el mismo que el mío, pues no me habría parecido tan mala idea.

Pero había visto que empezaba a arreglarse como de costumbre, dispuesto a triunfar en el ruedo.

Por cierto, ¡cómo odiaba esa expresión y cuántas malditas veces me venía a la cabeza cuando le veía esos pantalones tan ajustados, marcando paquete, como un torero!

En un arranque de despecho, porque no se podía catalogar de otra manera, le mandé un mensaje a Amanda para que me buscara una cita para esa noche.

—¡Entrando en razón, como a mí me gusta!

—me dijo, nada más contestar a su llamada telefónica.

Era de las pocas personas que, en esta época, seguía prefiriendo hablar por teléfono a mandar un podcast a través de un mensaje de WhatsApp .

Aunque eso también lo hacía, sobre todo cuando yo estaba dormida y ella estaba llegando de juerga de madrugada a casa, y quería que me llegara bien su mensaje a primera hora de la mañana sin mediación de un triste café que me pudiera ayudar a sobrellevar el trago de la bronca—.

¿Queremos salir de tranquis con un tío que ni fu ni fa o tiramos la casa por la ventana y tratamos de ligarnos a un hombretón que nos haga saltar las costuras?

Tuve ganas de decirle que lo primero, pero nuevamente mi amor propio me obligó a volver a ser altanera y poco sensata.

Quería eso de las costuras. Aunque tuviera que pasarme el lunes remendando toda mi maldita ropa.

—Veamos lo que se esconde tras la ventana número dos.

Amanda se rio al otro lado de la línea telefónica.

—La puerta, se dice la puerta. Nadie abre una ventana en un concurso. Los premios siempre están detrás de puertas, cortinas, o dentro de cajas.

«Mejor que tu cita no quepa dentro de una caja, mon cher. ¡Y dentro de la caja número dos, el liliputiense con el que quedas esta noche es…!»

—Vale, pues abramos esa maldita puerta, mauvais ami .

—¡Así me gusta! ¿Me dejas que le eche un vistazo a lo que hay disponible con tan poco tiempo de antelación y te aviso en un momento? Tú vete poniendo mona.

—¿Para que después no aparezca nadie y me quede compuesta y sin novio?

«Yo creo que, en esta ocasión, la expresión no aplica, beau ».

—Yo te consigo tío empotrador para esta noche sí o sí, descuida. Ya lo que hagas tú con él, es asunto tuyo. Y no me desmontes el guion. Estoy a un capítulo de titular el podcast: «La noche en la que Colette decidió recuperar su autoestima... o perder definitivamente la paciencia» .

Amanda estaba loca por conseguir que tuviera una buena experiencia sexual que me hiciera ver las cosas de otra manera. Para ella, la que había tenido con el profesor, no había subido al marcador.

Lo de que se hubiera instalado las apps en su móvil y las pudiera manejar con mi perfil me daba tranquilidad y repelús a partes iguales.

Me resultaba mucho más cómodo no tener que estar gestionando yo todo, pero a la vez me inquietaba no saber quién era ni haber visto a la persona con la que Amanda me había emparejado esa noche.

«Cita a ciegas, pero muy a ciegas».

—Pero esta es la última vez.

—Sí, sí, la última vez —se burló ella—. Lo sé, cariño.

Lo que, en su lenguaje podcastero, quería decir: No me fastidies la temporada ahora. El episodio de hoy ya tiene título: «Cuando tu ex se arregla más que tú y decides tomar decisiones impulsivas» . Solo me falta saber quién sería el invitado especial.

Y me colgó.

Y allí estaba yo, probándome zapatos delante del espejo, cuando escuché maldecir a Oliver en el salón.

No le hice mucho caso, pero he de reconocer que me reconfortó que hubiera habido algo que le molestara.

Fuera lo que fuese, me daba igual. Como si se le acabara de caer un botón y tenía que ponerse a coserlo a la carrera para no llegar tarde a la cita.

O, mejor, se le hubiera estropeado la cremallera de esos pantalones ajustados y se le estuviera viendo el calzoncillo a través de la bragueta. Muy elegante todo.

—Salgo, ¿vale, Colette?

Me sorprendió que me estuviera avisando de sus planes. ¿Mi marido volvía a ser considerado?

En esos dos meses, entre la calma que ya he dicho que había aparecido, nos habíamos encontrado también con mucha tempestad.

Esa misma mañana, por ejemplo, había volcado sin querer uno de sus preciados botes de polvos mágicos, o proteínicos, y me había montado un discurso que ríete tú de los podcasts de Amanda.

Así que, enfadada, había pasado todo el día pensando en si merecía la pena volver a romper nuestra tregua o dejarlo correr. Y, obviamente, había ganado la opción número dos.

Mi marido era un capullo, no había que olvidarse de lo que era.

«Un lobo disfrazado con piel de cordero».

Otra vez los animales. En España no podías confiar en ninguno. Los perros eran los mejores amigos del hombre hasta que te mordían, y más te valía no tener pájaros en la cabeza porque también estaba mal visto. Yo, por si acaso, ya solo confiaba en Nikki.

—Yo también —le comenté, asomando la cabeza, y el resto del cuerpo después, a través de la puerta del salón. Llevaba otro de esos vestidos de venganza, como los había bautizado Beni.

Oliver disimuló el repaso que le dio con la mirada a mi atuendo, y lo que había debajo, imagino.

—Bueno… que lo pases bien.

Se me atragantó el «y tú también» en la garganta. No fui capaz de desearle que tuviera un buen orgasmo con otra mujer. Llámame tonta o anticuada. Me siento identificada con ambas.

Cogió las llaves y me dejó sola.

Corrí hacia el dormitorio y, delante del espejo, agarré con tanta fuerza el móvil que casi lo lanzo contra la pared. Llamé a la carrera a Amanda, buscando una salida digna a aquella situación. Enfadada, conté tres tonos antes de que me cogiera el teléfono.

La Comisión Internacional para Arrepentimientos Inmediatos también publicó un estudio sobre despecho.

Descubrieron que el ochenta y nueve por ciento de las decisiones impulsivas empiezan exactamente igual: viendo cómo tu ex se perfuma para una cita mientras tú todavía estás decidiendo entre zapatos rosas o rojos.

Yo llevaba puestos los rosas.

Así que estaba perdida, porque ganaba en todas las encuestas el color rojo.

—Dime que tengo cita o te mato —la amenacé sin saludo ni nada. Para diplomática no serviría esa noche—. O te juro que hoy aprenderé a deshacerme de un cadáver.

Quedaba claro que el lindo cadáver iba a ser el suyo, y que me había hablado lo suficiente de sus podcasts de crímenes como para entender que alguna idea se me había quedado grabada.

Y que, aunque fuera más pequeña que ella, con el cabreo que me gastaba esa noche, mi fuerza se había multiplicado como la de ese superhéroe verde que tenía un pizco de mal carácter.

—Estoy tratando con varios tíos en este momento, tranquila —me aseguró—.

No te vas a quedar en casa esta noche, lo juro por la serie de Solo asesinatos en el edificio .

Pero si me interrumpes cada cinco minutos no puedo seguir hablando con ellos y pierdo el hilo de la conversación. Y si quieres que haya tema esta noche…

—Solo cita… y ya veremos —le dije, no queriendo adelantar acontecimientos—. Y, por tu bien, eso espero.

—No puedes echarte atrás ahora. Los oyentes llevan tres episodios esperando un giro argumental—.

Un día de estos… la mataba. Sé que lo repito mucho, pero es que siempre tengo ganas de matarla, como una madre a sus hijos adolescentes, que los quieres mucho…

pero los matabas también mucho—. Cuelgo, que me están llegando respuestas a mis mensajes —me informó, mientras pude escuchar claramente las notificaciones que sonaban en su móvil, como si fuera una máquina tragaperras que estuviera a punto de dar el premio gordo.

Solo esperaba que el premio tras salir tres símbolos iguales no fuera un señor llamado Manolo con foto sujetando un atún de doce kilos.

Era hora de dejarlo todo en sus expertas manos y hacer que el maquillaje obrara milagros con mis ojeras.

Como dije al principio del capítulo, la Comisión Internacional para Arrepentimientos Inmediatos lleva años estudiando la frase «esta es la última vez».

Su conclusión fue demoledora: nueve de cada diez personas que la pronuncian acaban diciendo «bueno...

esta sí que es la última» antes de que termine la semana.

Yo todavía no sabía que estaba a punto de convertirla en la décima...

porque siempre me ha gustado llevar la contraria a las estadísticas.

Aunque ellas insistan en llevarme la contraria a mí.