Chapitre 31
Le bloc comme sport extrême.
(Bloqueo como deporte de riesgo)
Después de diez citas desastrosas había aprendido muchas cosas. Algo bueno debía tener lo del acierto o error, aunque casi todos, por no decir todos, fueran errores garrafales en mi larga lista. Pero, como se dice aquí en España, de los errores también se aprende.
Estaba por verse si eso se podía aplicar a mi persona, que a lo mejor solo se refería a los españoles.
Y quien dice diez citas dice quince, y que alguna de las quince había durado solo unos minutos… también.
La primera cosa que aprendí fue que el filtro de edad era orientativo. La segunda, que «me gusta viajar» significaba que una vez habían ido a Benidorm con sus padres. Y la tercera y quizá la más importante, era que un perfil de Tinder mentía más que un político en campaña electoral.
No sé por qué me sorprendía cuando yo hacía exactamente lo mismo.
El refrán de «Cree el ladrón que todos son de su condición» se aplica aquí de una forma maravillosa.
Porque en Tinder todos éramos ladrones y a todos se nos iban cayendo los diamantes de los bolsillos, dejando un rastro brillante y bien llamativo, al caminar.
Así que decidí empezar a leer los perfiles.
Pero leerlos de verdad, hasta el final, con todas sus mentiras y todas sus verdades encubiertas.
La letra pequeña y todos los detalles de las fotografías.
Y con todas sus malditas faltas de ortografía.
Y lo dice una francesa que podía estar todavía a mitad del nivel A1 de español si no fuera porque es buena con los idiomas, pero mala en el amor.
Amanda decía que nadie los leía. Que las mujeres mirábamos tres fotos y un par de frases, y los hombres ni siquiera eso. Y estaba convencida de que ella tenía el estudio más exhaustivo de todos los existentes, y parte de los inventados, realizado al respecto.
Pero, después de conocer a semejante colección de especímenes, me pareció prudente interesarme por la personalidad antes de acabar secuestrada por un apasionado del lanzamiento de hachas medievales, un coleccionista de cactus carnívoros o un coach emocional especializado en reptilianos.
No tengo nada en contra de los reptilianos, pero las lenguas bífidas me ponen un poco nerviosa. No sé si a ti te pasa lo mismo.
Y entonces apareció él.
No Oliver.
Otro.
O eso creí.
Atlas. «Dicen que cargar con el mundo sobre los hombros es agotador. Yo prefiero ayudarte a olvidarte del tuyo».
Resoplé. Y me estremecí. Leer el pseudónimo me había puesto ya los pelos de punta, pero tenía que reconocer que el eslogan publicitario que tanto había trabajado Amanda en mi perfil era muy bueno en el de este tipo.
—Mira qué bonito. Y qué poco original. Todos se quieren llamar igual.
Cinco segundos después levanté una ceja.
Ese hombro...
Aquel cuello...
Y ese reloj.
Amplié la fotografía, aunque ya estaba convencida de lo que me iba a encontrar al hacerlo. Las gafas de sol no iban a esconderme los preciosos ojos de mi marido. Sabría reconocer sus dedos, su boca y su mirada, aunque estuvieran metidas detrás de una máscara de la serie La casa de papel.
«A ver cómo escondes los dedos detrás de la dichosa máscara. Te has lucido con el ejemplo, querida».
—Oliver —susurré, escapando su nombre de mis labios.
¿Atlas? ¿En serio? ¿Se había vuelto a abrir otro perfil o era el mismo modificado? ¿Estaba jugando al mismo juego que yo? Porque a mí se me estaba dando de pena y a él… a él… ¡Joder! ¡Qué bien salía en todas las malditas fotos!
Deslicé hacia la izquierda con una satisfacción impropia de una mujer adulta. En nada me retirarían el carné de conducir y me impedirían que pudiera ir a hacer catas de vinos.
Tres perfiles después, por si no te lo estás imaginando ya, encontré algo que me hizo ponerme en guardia.
Orion. «No busco a alguien perfecto. Solo alguien con quien merezca la pena perder el tiempo».
—¿Ahora eres poeta?
La camisa era distinta; la barba, también. Pero esos malditos abdominales... ¡Oh, por el amor de Dios! No había Photoshop capaz de inventarse aquella tableta de chocolate. Era una verdadera injusticia. No podía estar más bueno el inútil de mi esposo.
Lo moví con un gesto rápido y brusco hacia la izquierda. Imagino que el algoritmo seguía sin creerse que lo estuviera rechazando sin una buena explicación. Y una podía ser, quizá, que le olía mal el aliento. O le apestaban los pies. O las dos cosas y ya lo dejamos inservible para el sexo.
«Lo estabas dejando mal para mantener una conversación normal o para ir a la playa, mona. Pero, claro, tú solo puedes pensar en el sexo con Oliver».
Cinco perfiles más tarde, moviéndolos a la derecha e izquierda de forma concienzuda, volvió a llenar todo el espacio de la pantalla de mi móvil.
North. «Hay personas que te hacen perder el norte. Yo prefiero encontrarlo contigo».
—Pues yo prefiero que dejes de aparecer.
«¡Quítale la brújula y que se pierda!»
Empecé a sospechar que el dueño de Tinder me estaba gastando una broma pesada porque era uno de los patrocinadores encubierto de Oliver. Eso lo explicaba todo.
Luego llegó Hércules. Después Phoenix, y más tarde… Everest.
«Entreno mucho, sí. Pero prometo que también sé mantener una conversación».
—Mentira.
«Las segundas oportunidades no siempre son una mala idea».
—Mentira también. A mí no me dio nunca ninguna.
«Si te gustan los retos, creo que podemos llevarnos bien».
—Esta no sé si es mentira, pero diremos que sí para que queden todas mis respuestas ordenadas de manera uniforme, ¿vale?
Las frases de la descripción te las he puesto en orden, aunque seguro que eres capaz de unir el nombre con el eslogan como si se tratara de un pasatiempo de una revista hecho para resolver en la salita de espera de la peluquería.
Y, cuando ya pensaba que aquello no podía ser más ridículo...
Leo. «Me gusta entrenar, cocinar bastante mejor de lo que aparento y perderme por cualquier sitio donde sirvan una cerveza bien fría».
Me quedé mirando el teléfono, con cara de pánfila. No me lo podía creer. Y, cuando ya me lo estaba creyendo, me di cuenta de que prefería no hacerlo. Porque dolía demasiado.
—Ese sí eres tú.
Porque era verdad.
Cocinaba mejor que yo. O, al menos, me encantaba todo lo que me llevaba a la boca desde sus dedos. Excitada otra vez por unas puñeteras palabras, y por imaginarme todas las cosas que podríamos estar haciendo y no hacíamos porque… ya no me quería.
Entrenaba muchísimo mejor que yo, básicamente porque yo no entrenaba nunca, y la mayoría de las veces me había metido mucho, o demasiado, con la forma en la que Oliver se ganaba la vida.
«No reconozcas al enemigo que, tal vez, has tenido un poco de culpa en lo de que se distanciara de ti y dejara de quererte, querida».
Y una cerveza fría habría sido capaz de arreglarle más de un día horrible. De esos en los que yo había participado, poniéndolo de mal humor por un motivo u otro.
«Eso. Sigue. No me hagas caso».
Salí de la aplicación… y volví a abrirla.
Atlas otra vez.
La cerré. La volví a entrar.
Orion.
La volví a cerrar y borré toda la maldita caché, las cookies y todo lo que se me ocurrió. No cambié el número de teléfono pidiendo nueva línea a una compañía diferente de milagro.
Otra vez abierta y… Phoenix.
—¿Pero cuántas personalidades tienes, capullo?
Según el Instituto Amanda de Estadísticas Totalmente Inventadas, un hombre se abría un perfil nuevo cada vez que una mujer dejaba de hacerle caso. Oliver debía de haber sido ignorado por media España, pero porque se había acostado ya con esa media España. O eso quería creer.
Porque la otra posibilidad...
La otra posibilidad era que Tinder hubiera descubierto antes que yo que no había hombre en el mundo que pudiera resultarme más atractivo que Oliver.
Y el muy cabrón no dejara de enseñármelo.
Pero yo también tenía mis armas en aquel juego, y no iba a ganarme una aplicación la partida más importante de mi vida.
Me pasé media hora bloqueando perfiles.
Sí, muy adulto todo otra vez, pero quien no veía no deseaba. Aunque, en mi caso, tenía demasiadas imágenes de Oliver haciendo cosas propias de Oliver… y me iba a resultar complicado que dejara de desearlo.
Atlas, bloqueado.
Orion, bloqueado.
North, bloqueado.
Hércules, bloqueado.
Phoenix, bloqueado.
Everest, bloqueado.
Leo… también.
Creí que no terminaría nunca con la maldita lista.
Me sentí mucho mejor tras hacer el último bloqueo, como quien se quita de encima a una teleoperadora pesada que no deja de llamarte para ofrecerte un seguro de decesos cuando todavía no tienes intención de morirte.
Según el Instituto de Estadísticas Muy Poco Contrastadas, una mujer tarda siete perfiles en olvidar a un ex. Yo llevaba bloqueados ocho... y el noveno también era él.
Estaba convencida a esas alturas que Tinder no era una aplicación para ligar, sino un concurso. Y la pregunta siempre era la misma: «¿Dónde está escondido Oliver hoy?»
Me sentí mucho mejor exactamente… cuarenta y tres segundos.
Porque el siguiente perfil que me enseñó Tinder era de un tal Marc.
La fotografía enseñaba solo un mentón cuadrado con un leve inicio de barba, una camiseta negra y unos hombros anchos que yo habría reconocido incluso desde Marte.
—No...
Amplié la imagen.
El reloj.
Ahí estaba otra vez el maldito reloj.
—¡Oliver!
Al final, la marca del reloj iba a tener que pagarle a Oliver por su aparición en Tinder más que la marca de pantalones de deporte ridículamente pequeños por su aparición en sus entrenamientos en su canal de YouTube.
Apagué la pantalla después de bloquear también a Marc.
Cuando terminé de bloquear perfiles levanté el móvil en señal de victoria, a modo de espada, como si acabara de derrotar al enemigo final de un videojuego muy difícil.
Entonces, mientras trataba de respirar profundamente para recuperar mi paz interior, muerta y enterrada, para la que sí necesitaba ese maldito seguro de decesos, vibró otra vez mi móvil.
No era Tinder. Era peor. Era Amanda.
Hay personas que, cuando reciben un mensaje así, sienten ilusión. Yo, en cambio, empecé a buscar dónde había dejado la copa de vino.
Según el podcast « Crímenes con Amanda» , el noventa y nueve por ciento de los asesinatos empiezan por una frase aparentemente inocente.
«He estado pensando...»
El mío acababa exactamente así.