Prohibido hacer match con tu ex Chapitre 41
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Chapitre 41

Nous n'avons pas besoin de votre bénédiction, mais si vous nous la donnez...

(No necesitamos tu bendición, pero si nos la das...)

No quiero lecciones de moral. Sé que estuvo mal que, tras una cita maravillosa con Oliver, acabara tentándolo de aquella manera. Porque sí, estuvo mal.

Pero no me arrepiento.

Conocía muy bien a mi ex. Por eso sabía que no era de piedra, y que podía seguir deseándome a pesar de que estuviéramos a punto de cambiar de libro.

Porque nosotros no pasábamos página. Era mucho más que eso.

—Esto no cambia nada… —me susurró.

—Lo sé.

Me dolía, pero lo sabía. Y, a pesar de todo, a pesar de pensar que ya habíamos tenido nuestro último momento aquella vez en la que Oliver no se pudo resistir, pensando que habíamos tenido sexo la noche anterior cuando llegó borracho a casa, me decía a mí misma que aprovechara la oportunidad y que disfrutara de los regalos que me ofrecía la vida, por migajas que fueran.

Aunque Oliver nunca había sido una migaja.

—Vamos a vender la casa mañana y vamos a firmar los papeles en unos días.

—Lo sé.

—Vamos a…

—Lo sé. Lo sé. Lo sé. —Y era cierto, lo sabía—. Fóllame de una puñetera vez, porque todo eso ya lo sé.

Oliver me tenía acorralada contra la puerta de nuestro piso, en el rellano, tratando de aclarar unas ideas que yo no le permitía aclarar. Tratando de que fuera yo la que pusiera cordura en nuestro último acto de locura.

«Pues está bueno que piense que vas a ser tú la que tenga las neuronas operativas, querida».

La puerta temblaba a mi espalda como una hoja de papel a punto de rasgarse.

Oliver me había levantado y yo estaba enroscada en sus lascivas caderas con mis piernas.

Sabía cómo hacerlo. No dudé ni por un instante de que mi exmarido no fuera a tener las mañas de sostenerme, desnudarme y abrir la puerta al mismo tiempo.

Si algo se le daba bien a Oliver era dominar aquel tipo de situaciones.

Cubrió mis labios con los suyos en un beso posesivo y ansioso, buscando mi respuesta como si necesitara saber que mi boca iba a reaccionar a lo que tenía en mente más allá de lo que mi poca sesera fuera a decirle con palabras.

Después de todo, él era muy consciente de que me había hecho mucho daño, y que yo le dijera que lo deseaba no era lo mismo que mi cuerpo pudiera desearlo con la misma intensidad después de todo ese dolor.

Pero ahí estaba mi respuesta, enroscándose a todo lo que era él, respondiendo a su contacto, queriendo todo al mismo tiempo. Siendo lo que siempre había sido. Suya.

Oliver gimió contra mi boca y se derribaron todas sus defensas. Aquello ya había llegado al punto de no retorno. Su entrepierna dura se clavaba con obscena naturalidad entre mis piernas, como preludio de lo que iba a sentir en unos momentos.

Si estás preguntándote si en algún momento pensé que me iba a arrepentir de seguir adelante, la respuesta es que no. Un no rotundo, como con el que comenzó esta historia, cuando me dijo que no me quería.

Y me da igual que pienses que estoy mal de la cabeza. Yo sé que estoy mal de la cabeza desde hace mucho tiempo y lo tengo asumido.

Los labios de Oliver bajaron por mi mentón y mi cuello, mientras una mano experta empezaba a dar cuenta de todos los botones de mi ropa.

En algún lugar estaban las llaves de la cerradura de la puerta, pero parecía que nos habíamos olvidado de que era aconsejable hacer ciertas cosas con algo de intimidad. Porque… porque podían pasar cosas.

Los botones de mi blusa habían cedido a los dedos expertos de mi exmarido cuando sonó la puerta del ascensor. Los dos nos quedamos congelados. Ardiendo y congelados, una de las contradicciones más extrañas que se pueden dar en dos cuerpos humanos.

—No puede ser... —susurré.

—Sí puede —contestó Oliver, sin soltarme de la cintura, pero sin reparar en que tenía toda la ropa interior expuesta.

Las puertas metálicas se abrieron con esa lentitud desesperante que solo tienen los ascensores cuando más prisa tienes, y en todo ese momento no nos movimos ni un milímetro, como si pensáramos que solo se percibiría nuestro movimiento, como nos había enseñado las películas de Parque Jurásico con los dinosaurios.

Porque, si se trataba de ir con una cámara con sensor térmico para localizarnos, estábamos jodidamente perdidos.

Y apareció la señora Ofelia, con una bolsa de la compra en una mano y una barra de pan en la otra. Federico iba enganchado de su correa, que llevaba a la altura de un codo. ¿De dónde venía esa anciana a aquellas horas con la compra?

Nos miró. Nosotros la miramos a ella.

Oliver seguía sujetándome en brazos, como si fuera lo más natural del mundo.

Yo seguía con las piernas alrededor de su cintura, enganchada, sin saber si era mejor que no se me viera la cara y que creyera que era otra de las conquistas de Oliver o que entendiera que era yo y que pudiera despacharse a gusto.

No había manera elegante de explicar aquella postura.

Ganó la segunda opción.

—Buenas noches... —dije, porque alguien tenía que decir algo.

La señora Ofelia suspiró muy despacio. Creo que Federico también emitió un pequeño ladrido, aunque dudo que fuera para saludar.

—Pues menos mal que os estabais divorciando.

Oliver carraspeó. No había girado todavía la cabeza para mirar a nuestra venerable vecina.

—Podemos explicarlo —comenzó a decir, reuniendo el valor que nunca le falta para otras cosas.

—No, hijo, por favor —le pidió, con ese tono que no deja lugar a dudas de que no necesita escuchar nada a esas alturas—. A mi edad una ya aprende qué conversaciones es mejor no tener.

Bajé de un salto al suelo tras conseguir que las manos de Oliver se decidieran permitírmelo, y me recoloqué la blusa con toda la dignidad que pude reunir.

No nos engañemos, no era mucha.

—No es lo que parece...

—Claro que no. Lo que parece es bastante más discreto.

Oliver se mordió el labio para no reírse. Yo también.

Mal momento.

Muy mal momento.

—Os voy a decir una cosa —continuó la señora Ofelia mientras rebuscaba las llaves en el bolso—.

Llevo treinta y ocho años viviendo en este edificio.

—Nosotros asentimos. No sabíamos cuántos años llevaba, pero estaba claro que eran muchos y no le íbamos a quitar la razón.

Como para discutir por esa nimiedad estábamos Oliver y yo.

Ninguno de los dos creía que nuestra vecina chocheara o algo por el estilo—.

Y jamás había visto a dos personas discutir tanto para terminar besándose todavía más.

Silencio. Uno muy incómodo y largo. Uno que escondía demasiadas palabras.

—Eso sí... —añadió mientras abría su puerta—. Si vais a reconciliaros, hacedlo ya de una vez. Que una tiene una edad y no puede estar pendiente de si esta semana sois exmaridos o amantes. Y, por otro lado, no me gusta ninguna de las parejas que ha venido a visitar la casa.

Oliver ya no pudo contenerse y soltó una carcajada. Y su risa fue de lo más contagiosa. Yo también me reí. Probablemente aquella iba a ser la última vez que la señora Ofelia nos echara la bronca, y podía estar siendo casi tan ridícula como aquella en la que…

«¡No! ¡No! Te prohíbo que pienses en aquella vez».

Nos doblábamos de la risa como dos adolescentes. Creo que a mí se me salió un pecho al hacerlo. La señora Ofelia negó con la cabeza.

—No os riais tanto. Dentro de nueve meses vendréis a decirme que todo fue culpa del vino.

Pensamos en las implicaciones que estaba sugiriendo tras esos nueve meses. A los dos se nos erizó la piel de todo el cuerpo.

—No va a pasar —contestó Oliver, con una seguridad que habría convencido hasta a un juez.

—Eso mismo dijisteis cuando lanzasteis la ropa por la ventana.

Nos quedamos callados. Tenía razón, como siempre. Es lo que tiene ser más anciana que Matusalén, que la edad te da una experiencia y seguridad a las palabras que no consigues tú con tus treinta y muy pocos años.

Antes de entrar, volvió a asomar la cabeza.

—Y cerrad bien la puerta, que las paredes son muy finas y Federico lleva toda la tarde diciendo que quiere acostarse temprano.

Quise preguntarle cómo le había dicho su perro que quería acostarse temprano. Y también quise preguntarle que, entonces, por qué no estaba ya en la cama si tan bien se entendía con su perro a través de los ladridos. Nos habríamos ahorrado aquella incómoda escena.

La puerta se cerró y nos quedamos los dos solos, inquietos, porque estaba claro que doña Ofelia había puesto sobre la mesa muchos temas incómodos que nosotros no habíamos querido que pasaran por nuestra cabeza mientras tratábamos de anudar nuestros miembros ardientes.

Oliver apoyó la frente en la mía y pasó los dedos sobre mi mentón, buscando luego la carnosidad de mis labios con las yemas. Cerré los ojos y me estremecí. ¿Habíamos perdido la oportunidad?

—Voy a echarla muchísimo de menos —susurró.

—Yo también.

En verdad, no. Era lo único que no iba a echar de menos de todo aquello, pero no me salió llevarle la contraria cuando sus dedos estaban arrebatándome otra vez toda la cordura con un sencillo movimiento.

O en verdad… sí. Iba a echar de menos incluso las broncas de nuestra vecina.

Era una de esas personas que, sin darte cuenta, acababan formando parte del decorado de tu vida.

Y cuando desaparecían, descubrías que el silencio también podía hacer ruido.

Pero ya sabemos que mis neuronas no estaban para mucho conectar entre ellas en ese momento. Yo era toda terminaciones nerviosas a flor de piel, a la espera de sus caricias. Lo de pensar lo queríamos dejar para luego.

—¿Crees que sospecha algo?

Lo miré. No pude entender a qué se refería. ¿Qué tenía que sospechar la señora Ofelia? Que nos íbamos a divorciar y que vendíamos la casa ya lo sabía. Que nos seguíamos peleando a la vez que nos deseábamos como adolescentes, también. Entonces, ¿qué?

—Oliver...

—¿Sí?

Sus labios se acercaron a los míos. Demasiado. Su calor era abrasador y yo ya estaba en llamas.

Doña Ofelia se acababa de convencer de que nunca íbamos a aprender.

En eso sí nos conocía bien.

—Creo que acaba de darnos permiso para hacer una última estupidez.

Y Oliver, sonriendo, me mordió el labio inferior en un lento y desquiciante movimiento.

—Llega unos diez minutos tarde para eso.