Prohibido hacer match con tu ex Chapitre 42
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Chapitre 42

Mensonges et vérités immenses.

(Mentiras y enormes verdades)

El Instituto Francés de Sexo Enfebrecido se había puesto, por una vez, de acuerdo con la Agencia Española de Yo lo Hago Mejor que Tú en una cosa. Aquello iba a pasar sí o sí.

Porque, cuando dos personas ya tienen la sensación de que lo han perdido todo y que no pueden hacer más tonterías, encuentran una manera ilógica para distraerse.

Y nosotros no conocíamos ninguna mejor que el sexo.

Oliver no tuvo delicadeza alguna cuando entendió que mi cuerpo le seguiría al mismísimo infierno si allí nos llevaba lo nuestro.

Y yo no quería que tuviera delicadeza alguna, porque deseaba todos y cada uno de sus movimientos sobre mi piel.

Su lengua, sus dedos y su pelvis se habían confabulado para que yo no tuviera ni un momento de respiro entre un gemido y el siguiente.

—Sigues siendo insufriblemente mandón.

—Y tú sigues desobedeciéndome.

—Alguien tiene que mantener tu ego dentro de unos límites legales.

Él soltó una risa ronca.

—Llevas diez minutos haciendo exactamente lo contrario.

«Y lo que te queda…»

No sé en qué momento estuve completamente desnuda en nuestra cama. Tampoco sé si fui yo quien despojó a Oliver de su camisa y del pantalón. Sí que estoy segura de haberle bajado los calzoncillos y haber dejado su virilidad expuesta justo frente a mi cara.

Yo estaba a cuatro patas en el borde de la cama, moviendo las caderas como un gato que estuviera a punto de dar un salto juguetón sobre la bolita que su amo le ponía delante del hocico.

Aunque hay un millón de estudios que dicen que los gatos no tienen dueño…

Pero aquello no era una bolita y no pensaba juguetear… ¿o sí?

Levanté la vista para mirarlo a los ojos.

Oliver me observaba, expectante, con una mano deslizándose sobre su cabeza hasta su cuello.

La otra, de pronto, estaba bordeando mis labios, recorriendo más tarde mi cuello y aferrándome el cabello con una imperiosa posesividad.

Por unos instantes, íbamos a volver a ser Oliver y Colette, los que no sabían alejar las manos el uno de la otra… y viceversa.

Sujeté su miembro en la base con la mano y acompañé el movimiento de mi boca, rodeándolo por entero con mis labios justo antes de apretar con fuerza con ellos y arrancarle la melodía más maravillosa a la garganta de mi ex.

Me dejó recorrerlo con la lengua en la base mientras lo hacía entrar y salir de mi boca con exquisita lentitud.

No había olvidado ni su sabor ni su dureza, pero fue como si hubieran pasado mil años desde la última vez que su glande se había encajado en el fondo de mi garganta, impidiéndome respirar.

Lamí la punta, succioné con ansia y chupé, golosa, disfrutando de cada una de las sensaciones y de cada uno de los gestos de Oliver. Me encantaba notarlo allí, sabiendo que en cualquier momento haría de las suyas.

Se retiró lentamente.

Me miró desde arriba, con el miembro apuntando a mi cara y todas sus ganas apuntando hacia mi boca.

Y empujó. Y yo me perdí en sus embestidas.

Fue muy liberador, y ya sé que es del todo contradictorio, dejar de respirar porque la mano de Oliver hubiera sujetado la parte posterior de mi cabeza y me estuviera reteniendo justo donde me quería, con los labios pegados a su pelvis, acogiendo toda su longitud.

No sin dificultad, he de aclarar, porque si teníamos que hablar de capacidades y tamaños, Oliver se me escapaba de las manos. Y de la boca.

Pero la suya, la otra, la que había recorrido sus pectorales mientras dejaba que mi lengua y mis labios juguetearan con su carne, de pronto estaba aferrando la base de su polla, compitiendo por el espacio con la mía, y se encargaba de que no retrocediera ni un milímetro.

Me quedaba sin aire, pero era la mejor sensación del mundo.

Luego empujó la pelvis. Una, dos, tres, cuatro veces.

Con cada embestida iba subiéndose a la cama, quedando en ella de rodillas, mientras que yo retrocedía hacia el cabecero, en retirada, porque cuando Oliver decidía que iba a llevar el mando no había manera humana o sobrenatural que le hiciera cambiar de opinión.

—Mírame.

Negué con la cabeza acompañando el gesto de un sutil «no» que se había quedado enganchado en el cielo de mi boca.

—No —repetí, con más fuerza.

—Mírame, porque necesito saber que sigues aquí.

Levanté despacio la vista, casi ofendida. ¿Cómo podría tener la cabeza en otro sitio? ¿Sugería que aquello estaba pasando porque no me daba cuenta de lo que era?

«Recuerda, sexo de no reconciliación».

Amanda iba a matarme. Ya me ocuparía de eso más tarde.

—Nunca me he ido.

Me hizo incorporar y me puso también de rodillas, apretando mi cintura contra la suya en un abrazo íntimo y arrollador.

Sus labios no me daban tregua, hinchando los míos con sus besos descarados.

De un movimiento seco, me elevó hasta ponerme a la altura de sus caderas, y yo me aferré a él con todo lo que tuve a mano.

Brazos y piernas lo rodearon como si pudiera caer a un abismo infinito si me soltaba sobre la cama.

Era el mejor lugar del mundo donde estar.

Sentía su polla entre ambos, latiendo y vibrando, con ganas de dejarme exhausta. Y yo lo estaba deseando.

—Dime que no me quieres.

Si necesitaba que le dijera que no estaba cometiendo un error al acostarse conmigo, ya era tarde.

—No pienso mentirte, chéri .

Colocó las manos en mis nalgas, me separó de su cuerpo y dejó su miembro envarado a las puertas de lo que yo sentía como mi infierno de lo que quemaba.

El contacto de su glande contra la humedad de mis pliegues me arrebató un quejido desquiciante.

Quizá, si me lo volvía a preguntar en esa postura, podría confesar que había sido yo quien había matado a Kennedy.

Si seguía haciéndome esa pregunta mientras me sujetaba así, habría acabado confesándole cualquier cosa. Hasta que nunca había dejado de esperarlo.

Pero no podía. Él no quería eso y yo, emocionalmente, no me lo podía permitir.

—Te odio —susurré, con la frente pegada a la suya.

Y, en ese momento, era la verdad más verdadera que podía ofrecerle.

Lo odiaba por no estar follándome con todas sus ganas.

Lo odiaba por no dejar de contenerse. También, por otros millones de cosas, pero no tenía la cabeza para ponerme a hacer listas.

Mi entrepierna había reclamado la totalidad de mi atención, a la espera de lo que estaba por llegar.

Oliver sonrió sin alegría. Y empujó. Lentamente al principio. Intensamente cuando ya estaba en mi interior y comprobaba que seguía siendo capaz de acoplarse a mí como lo hacía hace meses.

—No es verdad. —Y la tensión de su cuerpo contra el mío subió un maldito escalón—. Nunca has sabido mentirme.

Gemí contra sus labios mientras sus manos me movían contra su cuerpo, haciéndome subir y bajar contra él.

Recuerdo millones de posturas en la cama con Oliver. Aquella, en especial, él sabía que era de mis favoritas.

—Pues debería —jadeé, a la vez que incrementaba el ritmo.

Su pelvis se restregaba contra mi clítoris y yo ya era todo terminaciones nerviosas a punto de estallar.

Apresó mis labios, arrebatándome el poco aliento que me quedaba justo cuando sintió tensarse todo mi cuerpo.

Arqueé la espalda, le clavé las uñas y lo mordí en el cuello mientras llegaba el orgasmo, me recorría la columna y me dejaba llevar por la sensación más deliciosa del mundo.

Esa que pensé que jamás volvería a disfrutar.

Correrme entre los brazos de Oliver.

Siguió bombeando en mi interior hasta que el último espasmo de mi cuerpo dejó mis miembros sin fuerza. Entonces, me dejó caer boca arriba en la cama sin desencajarse de entre mis caderas. Me embistió con tanta efusividad que tuve la sensación de que me rompería.

Gemí mientras él lo hacía. Jadeé peleando por el aire que se escapaba de sus pulmones a los míos. Morí otra vez, justo cuando Oliver me empalaba y se quedaba clavado hasta la base, llenándome de todo su deseo, su rabia, su autocontrol echado a perder. Llena de él, de todo él.

—Sí. Deberías… pero no puedes.