Prohibido hacer match con tu ex Chapitre 43
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Chapitre 43

Oeil pour oeil, et mille autres façons de finir borgne.

(El ojo por ojo y otras mil formas de quedarse tuerto)

—Ojo por ojo.

No te voy a mentir, me lo esperaba de Amanda. Dolía, porque dolía y punto, pero a esas alturas me habían dolido tantas cosas que una más no me resultaba especialmente relevante.

«No seas mentirosa. Amanda te duele como si fuera la mismísima hermana que no tienes».

—¿Y después qué? ¿Nariz por nariz? ¿Riñón por riñón? Porque contigo nunca sé cuándo hablas en sentido figurado y cuándo estás organizando un mercado negro de órganos.

Según el Instituto Nacional de Estadísticas de Colette, el cien por cien de los refranes españoles empeoran cuando intentas imaginarlos literalmente.

Pero no estaba para bromas. Le había pedido a Amanda que me acompañara al aeropuerto… y me había dicho que me buscara la vida. No pensaba participar en, según ella, la última cagada monumental de mi vida.

Huir.

—Te acostaste con él —me echó en cara, no sin falta de razón—. Firmaste la venta de vuestro piso. ¡Firmaste el puñetero divorcio!

La secuencia de la debacle de mi vida me atormentaba a cada instante.

Habíamos tenido el sexo más espectacular que recordaba en mucho tiempo y, a pesar de todo, nuestras almas no habían encontrado la manera de reconciliarse. Si el daño estaba hecho y ya no se podían recomponer los pedazos, ¿qué quedaba?

Nada. Tristemente, no quedaba nada.

—Era lo que teníamos que hacer.

—Mentira. En la puñetera vida te has rendido. Y, cuando lo tienes a tus pies, cuando es él quien quiere que le digas que no lo quieres para que cambien las tornas, ¿vas y te retiras? Esa no es la Colette que yo conozco.

Pero ella no había mirado a los ojos al Oliver de después del sexo. Ese Oliver que parecía completamente arrepentido, a pesar de que nos habíamos asegurado el uno al otro que no significaba nada a esas alturas.

Había significado, y mucho. Y nos dolía demasiado admitirlo o pensar que podíamos haber actuado de otra manera.

Si yo lo quería, no lo hacía bien. Si él me quería no lo hacía bien tampoco. Era mejor admitirlo y pasar página. Llevábamos meses intentándolo. Estaba claro que en alguno de esos intentos estaría el que diera con la tecla exacta.

—La casa había que venderla.

—Solo si os divorciabais.

—El divorcio había que firmarlo.

—Solo si no os amabais.

—El sexo había que olvidarlo.

—Solo si no te importó acostarte con él. Y no me seas una estúpida franchute al decir que así fue. Porque es mentira. Una y mil veces mentira.

Estaba furiosa conmigo. No soportaba la idea de que ya tuviera las maletas hechas, el pasaje comprado y hubiera hablado, al fin, con mis padres.

Se coge antes a un mentiroso que a un cojo, ¿no era así? A mí parecía que ya me faltaban las dos piernas e iba por el camino de perder los ojos.

«Ojo por ojo».

Entiendo que se trataba de un refrán antiguo. Hoy en día, quiero creer, habría denuncias.

—Amanda…

—¡No! Si tienes los santos ovarios de seguir haciendo el imbécil con esto, apáñatelas. Yo siempre quise que ese hombre no te hiciera daño, pero ahora te lo estás haciendo tú misma al alejarte de él.

—Porque no me quiere.

—Porque te quiere lo suficiente como para renunciar a ti, porque está avergonzado de todo lo que ha hecho y no cree merecer tu perdón, porque sabe que te mereces a un tío que jamás vuelva a hacerte lo que él te hizo y Oliver no está seguro de lo que sentirá dentro de seis malditos meses…

«Precisamente porque te quiere, te está dejando marchar. Porque cree que contigo ya solo sabe hacer daño».

Todo eso formaba parte del último sermón barra podcast de Amanda.

Ella y sus cábalas sobre los motivos por los que Oliver me dejaba marchar a pesar de haberme abrazado fuerte, muy fuerte, después de correrse en mi interior.

Después de que dudara una fracción de segundo, o algo más, a la hora de entregar las llaves de nuestro ex piso a sus nuevos propietarios.

Después de que le temblara el pulso cuando cogió el bolígrafo para firmar los documentos que nos declaraban oficialmente no marido y no mujer.

Después de renunciar a todo… no nos quedaba nada a lo que aferrarnos. Ni siquiera a nosotros mismos. Estábamos, literalmente, hechos pedazos.

—Todo el mundo promete quererse para siempre.

Yo no —me aseguró Oliver, y era incapaz de olvidarlo.

Completamente incapaz, a pesar de los años que habían pasado desde que se me declaró y yo supe que era el hombre de mi vida—.

Yo te prometo algo bastante más difícil.

Voy a enamorarme de ti cada vez que cambies.

Porque vas a cambiar. Yo también voy a hacerlo, es ley de vida.

Y quiero conocer a absolutamente todas las Colette que todavía no existen.

Y enamorarme de todas y cada una de ellas.

«Pues a la Colette que dejó de maquillarse sí dejó de querer conocerla».

Los dos habíamos cambiado. Y nuestras nuevas piezas del puzle no habían sido capaces de encajar.

No sé cuándo pasó, pero había pasado.

No sé cuándo dejó de mirarme como antes.

Quizá no ocurrió de golpe. Quizá fue una suma de días malos, silencios largos y pequeñas renuncias que ninguno de los dos supo, quiso o pudo detener.

Pero un día pasó. El Oliver que tenía delante de mí era otro muy distinto.

Y cuando quise darme cuenta, el hombre que había prometido enamorarse de todas mis versiones ya no sabía reconocer a la Colette que me miraba entonces desde el espejo.

Las relaciones casi nunca se rompen un martes a las siete.

Se desgastan.

Oliver dejó de verme con los mismos ojos y tenía que aceptarlo.

No que no me quisiera. Sabía que me quería.

Pero la vida era demasiado corta como para estar con alguien que no conecta contigo en todos y cada uno de los aspectos de tu día a día.

O eso pensaba yo, porque siempre había creído en las medias naranjas a pesar de que Amanda pensaba que era una soberana tontería.

Amanda era más racional, yo más visceral.

Amanda pensaba que había que querer a alguien con sus cosas buenas y sus cosas malas, de forma adulta.

Por eso no se enamoraba. Porque no encontraba ningún hombre que fuera lo suficientemente adulto como para enamorarla, aceptando todas sus facetas horribles.

También las tenía buenas, pero a los hombres se las escondía con una eficacia admirable. El problema era que solo las enseñaba cuando el candidato había superado unas cuarenta y siete pruebas eliminatorias. Según ella, el misterio alargaba la esperanza de vida.

Estaba claro que Oliver y yo no éramos adultos. Y, a pesar de querernos, no sabíamos querernos.

—No, te equivocas —me corrigió cuando expresé esa idea en voz alta—.

No habéis querido aprender a quereros, a pesar de estar absurdamente enamorados el uno del otro.

En otro momento de esta historia habría estado de acuerdo contigo en poner tierra de por medio, irnos las dos a recorrer Asia cual mochileras borrachas hasta que se nos acabara todo el dinero ahorrado y tuviéramos que hacer autostop para regresar a Valencia.

O pedirles un préstamo a tus padres, eso también me habría servido.

Pero en este caso, en este maldito caso…

Ahí, Colette, no puedo ayudarte. Si vas a cometer otro error más, como en estos nueve meses… hazlo sola.

«Precisamente porque te quiere, esta vez no va a ayudarte».

Tras nuestra última noche de sexo, de madrugada, me levanté y estuve un rato observándolo, apoyada contra la pared.

Dormía de forma tranquila, con la luz que se filtraba desde la ventana iluminando sus facciones masculinas.

No sé cuánto tiempo estuve regodeándome en mi sufrimiento, pero imagino que fue mucho, porque por mi mente pasaron las ideas más alocadas.

Decirle que no pensaba renunciar a él. Rogarle que me quisiera como antes.

Amarle incondicionalmente, aunque él no fuera a ser nunca capaz de mirarme como lo había hecho antes de darnos el sí quiero.

«Atarlo a una silla y mantenerlo a tu lado, alimentándolo a base de batidos de proteínas y diciéndole a la señora Ofelia que estaba bien, pero que salía poco de casa porque se había roto una pierna en uno de sus entrenamientos. Eso también lo pensaste, loca del demonio».

Nunca imaginé que un corazón enamorado pudiera dejar de bastarle a quien un día juró que era su casa.

Y quizá ese había sido siempre nuestro problema. Que nunca pensamos, solo sentimos.

Salí a la cocina tras lo que me pareció un siglo.

Tenía hambre y náuseas al mismo tiempo, como todas mil malditas contradicciones.

Quedaba algo de pollo frío en la encimera, que podía acompañar de los recuerdos calientes que me rondaban de la noche anterior.

Como plan para recrearme en mi soledad y tristeza… no estaba nada mal.

Según los estudios de la Comisión Internacional para Arrepentimientos Inmediatos, existe un intervalo de exactamente siete minutos entre aceptar que tu matrimonio se ha acabado y empezar a convencerte de que no vas a ser capaz de sobrevivir a ese hecho.

Yo estaba exactamente en ese punto, y dolía demasiado como para pensar que el mundo iba a poder seguir girando si Oliver no estaba a mi lado.

Y las estadísticas nunca mienten. Iba a morir de tristeza porque los porcentajes estaban en mi contra.

—Ojo por ojo... —repitió Amanda. Si yo la dejaba tirada, ella me dejaba tirada a mí también.

¿Y quién decide qué ojo corresponde? Porque no es lo mismo el izquierdo que el derecho. Debería haber un protocolo.

«Punto para tus tonterías a la hora de no afrontar la dura realidad. Las que duelen. Las que te hacen llorar amargamente».

—No me hagas esto.

Amanda me mantuvo muy seriamente la mirada.

—Te lo estás haciendo tú solita.